POLÍTICA MUNDIAL

Afganistán: La seña más reciente de la decadencia del imperialismo estadounidense (II)

Pekín y Moscú dispuestos a aprovechar una ‘oportunidad dorada’


Esta es la segunda de dos partes. La primera puede encontrarse aquí.


Por Argiris Malapanis

31 de agosto del 2021—El revés de Washington en Afganistán es sólo el último de una larga lista de ejemplos que subrayan la decadencia del imperialismo estadounidense,[1] comenzando con su derrota en Vietnam en 1975.


ANÁLISIS NOTICIOSO


Otro ejemplo es la guerra civil de 10 años en Siria, que comenzó en 2011 y que fundamentalmente ha terminado. Ante una rebelión popular que formaba parte de la Primavera Árabe, el régimen dictatorial de Bashar al-Assad desató una brutal represión. Con la ayuda militar y económica de Moscú, Assad salió victorioso. Entre las potencias participantes, Moscú fue el principal ganador de ese conflicto. Washington, que apoyaba a algunos de los grupos que luchaban contra Assad, en cambio, se vio obligado resignarse ante sus derrotas y a retirar la mayoría de sus fuerzas de la región.

En el 2011, Washington y la OTAN derrocaron al presidente de Libia, Muamar el Gadafi, que fue capturado y asesinado por los aliados de Estados Unidos. Posteriormente se desató una guerra entre fuerzas burguesas rivales por el control de ese país dotado de petróleo y gas natural. La intervención de varias potencias capitalistas alimentó el conflicto. El régimen oficial de Trípoli, dirigido por Fayez al-Sarraj, tenía sus raíces en la Hermandad Musulmana islamista y contaba con el apoyo de Turquía, grupos islamistas de Siria y Qatar, así como de Italia, la anterior metrópolis colonial del país que sigue dominando sus recursos naturales.

Su contrincante, el Ejército Nacional Libio, dirigido por Khalifa Haftar, controlaba grandes extensiones del país y luchaba contra Trípoli. Moscú desplegó 1,000 soldados, bombarderos y otro material militar para respaldar a las fuerzas de Haftar, que también recibieron el apoyo de los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Egipto, Francia y Grecia.

Recientemente, las facciones opuestas aceptaron un acuerdo de paz con la mediación de la ONU, estableciendo un gobierno de “unidad” que tiene previsto celebrar elecciones en diciembre. Washington, empantanado con sus guerras en Irak y Afganistán, hizo poco por intervenir en el conflicto y ha perdido influencia.

Combatientes del gobierno de Libia dirigido por Fayez al-Sarraj divisan las posiciones de las primeras filas de las tropas del ejército opositor dirigido por Khalifa Haftar en el aeropuerto internacional en Trípoli el 4 de julio del 2019. El resultado de la guerra civil en Libia es otro ejemplo del debilitamiento de la posición de Washington como primera potencia militar y económica del mundo. (Foto: Emanuele Satolli)

Tras dos invasiones masivas, el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein y una ocupación de 18 años en Irak, ha surgido en Bagdad un gobierno con estrechos vínculos con Irán, que es la némesis de Estados Unidos en la región. Washington anunció la retirada de los últimos 2,500 soldados de ese país para finales de este año.

En el 2019, misiles y drones de fabricación iraní evadieron los radares estadounidenses y las baterías antimisiles Patriot en el Golfo Pérsico y destruyeron importantes refinerías de petróleo de Arabia Saudí. Los rebeldes Houthi, respaldados por Irán en el cercano Yemen, se atribuyeron la responsabilidad, pero las pruebas señalaban a Teherán como el culpable. Al no poder aportar pruebas inequívocas de dicha responsabilidad, los gobiernos saudí y estadounidense protestaron airados, pero no hubo represalias contra Irán.

Tras el colapso de la Unión Soviética y el desenlace en el 2001 de la llamada “guerra contra el terror”, las fuerzas estadounidenses se desplazaron a una serie de antiguas repúblicas soviéticas en Asia Central, entre ellas, Kazajistán, Tayikistán y Uzbekistán. Washington estableció una gran presencia militar en esta última y utilizó ampliamente la base de Khanabad de ese país. Sin embargo, la presencia militar estadounidense sólo duró algunos años. Incluso el régimen de Uzbekistán, que mantenía las relaciones más amistosas con el Pentágono, ordenó la salida de las tropas estadounidenses en el 2005, después de que Washington criticara al gobierno uzbeko por utilizar la fuerza al reprimir a manifestantes de la oposición.

Moscú y Pekín dispuestos a ‘aprovechar la oportunidad dorada’

Cuando el gobierno afgano se derrumbó y Washington cerró su embajada en Kabul, los diplomáticos estadounidenses y sus aliados se apresuraron a huir del país. Sin embargo, Moscú mantuvo su embajada abierta, con la esperanza de aprovechar los lazos diplomáticos que ha cultivado con los talibanes durante años, al tiempo que calificaba al grupo como organización “terrorista”. Ésto fue más que todo por razones internas en contra de los musulmanes dentro de Rusia en la República de Chechenia y en otros lugares. Los talibanes se comprometieron a proporcionar seguridad para los diplomáticos rusos.

Al mismo tiempo, a cientos de kilómetros, cientos de vehículos blindados y piezas de artillería rusos eran claramente visibles en la frontera con Tayikistán. Formaban parte de un ejercicio militar muy visible en el que participaban tropas rusas, uzbekas y tayikas y que tuvo lugar a sólo 15 km de una posición talibán. Estaban allí para demostrar algo, dijo el general ruso Anatoly Sidorov, comandante de las fuerzas que participaban en el ejercicio, según un artículo publicado el 19 de agosto en el New York Times. “Todos son visibles”, señaló Sidorov. “No se esconden”.

Los ejercicios militares fronterizos de Moscú representan otra cara de su estrategia. Se trata de un despliegue de fuerza para demostrar su voluntad de castigar a los talibanes si se pasan de la raya. “Se puede hablar con los talibanes, pero también hay que enseñarles el puño”, dijo al New York Times, Daniel Kiselyov, editor de Fergana, un medio ruso con enfoque en Asia Central.

Tanques uzbecos durante ejercicios militares conjuntos con fuerzas rusas y tayikas cerca de la frontera entre Tayikistán y Afganistán el 10 de agosto de 2021. El ensayo militar de Moscú representa una cara de su estrategia hacia el nuevo régimen de Kabul. La otra cara es la consolidación de las relaciones diplomáticas con el gobierno talibán. (Foto: Didor Sadulloev / AP)

Sin embargo, es el gobierno de China el que más saca provecho del debacle de Washington en Afganistán.

“La velocidad y el alcance de la victoria de los talibanes en Afganistán ha provocado una introspección en el Occidente sobre lo que salió mal”, escribió Zhou Bo en una opinión publicada en el New York Times del 20 de agosto. “China, sin embargo, mira hacia adelante. Está dispuesta a entrar en el vacío dejado por la precipitada retirada de Estados Unidos para aprovechar una oportunidad dorada”.

Zhou fue coronel en el Ejército Popular de Liberación de China del 2003 al 2010 y “es un experto sobre las opiniones estratégicas del Ejército chino en cuanto a la seguridad internacional”, según el Times.

“Pekín no tiene miramientos en cuanto a fomentar una relación más estrecha con los talibanes y está dispuesto a imponerse como el actor externo más influyente en un Afganistán prácticamente abandonado por Estados Unidos”, dijo el funcionario chino.

“Pekín observó cómo la incursión de Washington en Afganistán se convertía en un pantano caótico y costoso”, señaló Zhou. “Mientras tanto, China proporcionó a Afganistán millones de dólares en ayuda para asistencia médica, hospitales, una estación de energía solar y más. Al mismo tiempo, Pekín fomentaba relaciones comerciales más estrechas, llegando a convertirse en uno de los principales socios comerciales de Afganistán”.

“Con la retirada de Estados Unidos, Pekín puede ofrecer lo que más necesita Kabul: imparcialidad política e inversión económica. A su vez, Afganistán tiene lo que China más valora: oportunidades en la construcción de infraestructura e industria —áreas en las que las capacidades de China son presumiblemente inigualables— y acceso a un billón de dólares en depósitos minerales sin explotar, entre ellos metales industriales críticos como el litio, el hierro, el cobre y el cobalto [énfasis añadido]”. El acceso a estos minerales no tiene precio para Pekín, ya que China impulsa la producción masiva de baterías para coches eléctricos, para las que el litio es esencial, así como el desarrollo industrial relacionado. “Aunque los críticos han planteado que la inversión china no es una prioridad estratégica en un Afganistán menos seguro, a mi parecer no es así”, subrayó Zhou.

“Aunque la presencia de las tropas estadounidenses contribuyó en cierta medida a evitar que los grupos armados utilizaran Afganistán como refugio, su salida también significa que la guerra de 20 años con los talibanes ha terminado”, afirmó Zhou. “Por lo tanto, se han eliminado las barreras a la inversión china a gran escala. China es, por supuesto, un gran importador de los metales y minerales industriales del mundo para cebar su motor económico”.

Señaló que Pekín está dispuesto a utilizar su iniciativa de infraestructuras “la Franja y la Ruta” (o Nueva Ruta de la Seda) para extender una autopista desde China hasta Pakistán y Afganistán, abriendo una ruta terrestre más corta para facilitar el acceso a los mercados de Oriente Medio.

Para asegurar sus inversiones y sus intereses más amplios, Pekín ha registrado en las Naciones Unidas una “fuerza de reserva para el mantenimiento de la paz de 8 mil soldados, una medida que podría convertirla en uno de los países que más contribuye tropas”, explicó el funcionario chino. “Si se despliega una misión de tropas para el mantenimiento de la paz por la ONU en Afganistán, las tropas chinas de paz, procedentes de un país vecino amigo, serán casi con toda seguridad más bienvenidas que las que vienen de lejos”, dijo.

“Afganistán ha sido considerado durante mucho tiempo un cementerio de conquistadores: Alejandro Magno, el Imperio Británico, la Unión Soviética y ahora Estados Unidos”, concluyó Zhou. “Ahora entra China, armada no con bombas sino con planos de construcción, y con la oportunidad de demostrar que la maldición puede romperse”.

En los últimos 20 años, las tendencias del comercio mundial han cambiado. Hoy por hoy, la mayoría de los países tienen un porcentaje mayor de comercio con China que con Estados Unidos. El deseo de Pekín de aprovechar la ‘oportunidad dorada’ de entrar en el Afganistán dirigido por los talibanes tras la salida de Estados Unidos servirá para acelerar esta tendencia. (Fuente: The Economist)

En el diario israelí Haaretz del 23 de agosto, Alon Pinkas, funcionario de política exterior y asesor político israelí de larga trayectoria, escribió una opinión típica de aquellos expertos hartos de las críticas a Washington. “Basta de exageraciones: Abandonar Afganistán no perjudicará la posición internacional de Estados Unidos”, decía el titular. La retirada fue necesaria para reorientar la política exterior de Estados Unidos hacia otras prioridades, especialmente para hacer frente a la creciente influencia y poder económico de China en todo el mundo, argumentó Pinkas.  Otro ejemplo fue el discurso de Kamala Harris del 24 de agosto en Singapur. La vicepresidenta estadounidense atacó a China por sus reivindicaciones en el Mar de China Meridional y argumentó que las cosas pueden gestionarse mejor desde Washington, a más de 10 mil km de distancia.

La estrategia de Pekín de intentar entrar en un Afganistán dirigido por los talibanes, esbozada en el artículo de opinión de Zhou Bo, es otro desafío directo a los esfuerzos de Washington por limitar el alcance y el poder de China.

Irán se unirá a la Organización de Cooperación de Shanghai

El 11 de agosto, mientras los combatientes talibanes se acercaban a Kabul, el diario iraní Tehran Times anunció que Irán se uniría pronto a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) como miembro permanente. La OCS es una alianza de seguridad del Oriente, con sede en China.

Lanzada en junio del 2001, los Estados miembros fundadores de la OCS fueron China, Rusia y cuatro antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central: Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán. Desde entonces, la OCS se ha ampliado para incluir a India y Pakistán. La incorporación de Irán significa que la alianza de la OCS abarcaría la mayor parte de Asia.

Irán tuvo estatus de observador en la OCS durante años. Durante un tiempo intentó ser miembro permanente, pero Moscú lo vetó hasta ahora, en una señal de la creciente confluencia entre Rusia, China e Irán.

Los representantes del gobierno iraní se mostraron eufóricos ante las perspectivas de reforzar los lazos de Teherán tanto con Moscú como con Pekín. Funcionarios iraníes declararon al Tehran Times que la ampliación de la OCS mejoraría las perspectivas de reabrir la “Ruta de la Seda”.

La Ruta de la Seda fue una antigua ruta comercial que unía a China con Occidente. Los comerciantes la utilizaban para transportar mercancías entre Roma y China hace más de dos mil años. La seda iba hacia el oeste y la lana, el oro y la plata hacia el este. La ruta de 6,400 kilómetros atravesaba China, Afganistán, Irán y llegaba hasta el mar Mediterráneo. Tras la caída del Imperio Romano y el ascenso del poderío árabe, la ruta se volvió cada vez más insegura y poco transitada. Bajo los mongoles, China recuperó la ruta comercial en los siglos XIII y XIV; en esa época, el veneciano Marco Polo la utilizó para viajar a China.

Mientras las tropas estadounidenses se retiraban de Afganistán, Irán pasaba de ser observador a convertirse en miembro permanente de la OCS. Con sede en Shanghai, China, la OCS es la mayor organización regional del mundo en términos de cobertura geográfica y población. Abarca tres quintas partes del continente euroasiático y casi la mitad de la población mundial. Los Estados miembros realizan regularmente ejercicios militares. La OCS también ha iniciado docenas de proyectos de cooperación económica a gran escala, especialmente relacionados con el transporte, la energía y las telecomunicaciones. (Gráfico: World-Outlook)

Estos nuevos hechos indican que Irán también está dispuesto a reforzar su posición frente a sus competidores de Asia Central y el Oriente Medio. Teherán se siente envalentonado por el fracaso de Estados Unidos en Afganistán y su desastrosa retirada, que se vio acelerada por la rápida toma de posesión de los talibanes.

El fracaso de la revolución de 1978 dio lugar a los talibanes

Las fuerzas que se convirtieron en los talibanes surgieron tras la invasión de Afganistán en 1979 por la Unión Soviética, que intentó apuntalar el gobierno de Kabul dirigido por el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA). El PDPA era un partido con influencia estalinista que llegó al poder durante una revolución popular el año anterior.

Esa revolución despertó las esperanzas de millones de personas. El régimen del PDPA comenzó a distribuir tierras a los campesinos y a cancelar algunas de sus deudas con los terratenientes. Permitió a las nacionalidades oprimidas publicar y transmitir programas en sus propias lenguas por primera vez y legalizó los sindicatos.

Sin embargo, este régimen miraba al estalinismo[2] y a Moscú como guía e inspiración política. Trató a los campesinos y a otros trabajadores como objetos que debían ser administrados burocráticamente, en lugar de guiarlos para que ejercieran un control cada vez mayor sobre sus propias vidas, y respaldar sus esfuerzos en la medida en que ellos mismos buscaran transformar sus condiciones sociales y económicas.

Kabul, por ejemplo, envió emisarios al campo para entregar títulos de propiedad a los campesinos. Sin embargo, muchos habitantes de las zonas rurales se mostraron reacios a aceptar estos títulos, ya que tenían que valerse por sí mismos frente a los terratenientes, que controlaban el acceso a la maquinaria, las semillas y los fertilizantes, y disponían de ejércitos privados para castigar a cualquiera que se les enfrentara. La campaña gubernamental de alfabetización fue obligatoria, lo que provocó cierta resistencia. Esto contrasta totalmente con la muy exitosa campaña de alfabetización voluntaria realizada por los revolucionarios cubanos en la década de 1960.

Cuando la población cuestionaba o se resistía, la respuesta del PDPA era emular la coerción estalinista, acorralando a supuestos opositores a punta de pistola o castigando a pueblos enteros por la oposición de individuos.

Como resultado, el régimen del PDPA quedó cada vez más aislado. Los mulás que poseían grandes extensiones de tierra, y otros terratenientes, organizaron una oposición armada que obtuvo el apoyo popular como forma de rechazo a la coacción gubernamental.

Moscú envió tropas para apuntalar el régimen del PDPA y orquestó el asesinato de una parte de sus dirigentes. Washington fomentó y apoyó la rebelión reaccionaria de los terratenientes y las fuerzas islamistas contra el PDPA. Estas fuerzas acabaron engendrando a los talibanes y a Al Qaeda. Moscú se vio obligado a retirar sus tropas tras una fracasada ocupación de 10 años, que también perdió apoyo entre la población de la URSS. La derrota en Afganistán alimentó el rechazo hacia el régimen de la URSS, contribuyendo al colapso de la Unión Soviética en 1991.

Tropas rusas en Kabul el 7 de enero de 1980. La Unión Soviética invadió en 1979 para apuntalar al gobierno liderado por el Partido Democrático del Pueblo de Afganistán (PDPA), un partido con influencias estalinistas. Washington fomentó y apoyó una rebelión reaccionaria de terratenientes y fuerzas islamistas contra el PDPA. Después de la derrota y retirada de la URSS en 1989, estas fuerzas reaccionarias finalmente engendraron tanto a los talibanes como a al-Qaeda. (Foto: AP)

Tras años de sangrientos conflictos entre caciques militares rivales y después de la retirada de las tropas soviéticas en 1989, los talibanes llegaron al poder en 1996, imponiendo condiciones políticas, sociales y culturales reaccionarias.

Los talibanes habían surgido pocos años antes, en 1994, como una amalgama de facciones anticomunistas de grupos muyahidines que luchaban contra el gobierno de Kabul. El régimen pakistaní les sirvió de principal patrocinador y les proporcionó un refugio seguro. El apoyo financiero y militar también procedía de Estados Unidos y Arabia Saudí. La CIA y su homólogo pakistaní, la Dirección de Servicios de Inteligencia, proporcionaron apoyo encubierto a las fuerzas que eventualmente produjeron a los talibanes.

Los talibanes son un movimiento burgués reaccionario que tiene muchas similitudes con otros grupos islamistas como Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano, la Hermandad Musulmana en Egipto y el régimen clerical de Irán. Estas corrientes islamistas se han mantenido viables durante décadas porque no ha existido una dirección revolucionaria entre los trabajadores o en las naciones oprimidas durante casi medio siglo. Las principales causas de esta crisis histórica de dirección de la clase obrera son, por un lado, las traiciones de los movimientos de liberación nacional y de otras luchas revolucionarias por el estalinismo durante décadas, y por otro el segundo aliento que recibió el capitalismo mundial por la restauración del capitalismo en la antigua URSS y en Europa del Este, así como las profundas incursiones que el capitalismo ha podido hacer en China y en Vietnam.

Elucidar las lecciones de esta historia es esencial para entender lo que sucede hoy en Afganistán y los eventos que se avecinan. Eso excede el alcance del presente análisis. Será un tema que discutiremos más adelante.


NOTAS AL FINAL

[1] El imperialismo es la etapa monopólica del capitalismo. Se hizo predominante en los albores del siglo XX. El dirigente bolchevique V.I. Lenin dio a este sistema económico la definición más acertada en su famosa obra, El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrita en 1916. El imperialismo se define por cinco rasgos fundamentales, decía Lenin: “1) La concentración de la producción y del capital llevada hasta un grado tan elevado de desarrollo, que ha creado los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este ‘capital financiero’, de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande; 4) la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5) la finalización del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes”.

En el segundo congreso de la Internacional Comunista, en julio de 1920, un informe sobre el trabajo de la Comisión de las Cuestiones Nacionales y Coloniales resumió el desarrollo ulterior del imperialismo de esta manera: “El rasgo distintivo del imperialismo consiste en que actualmente, como podemos ver, el mundo se halla dividido, por un lado, en un gran número de naciones oprimidas y, por otro, en un número insignificante de naciones opresoras, que disponen de riquezas colosales y de poderosa fuerza militar. La enorme mayoría de la población del globo… pertenece a las naciones oprimidas… Esta idea de la diferenciación, de la división de las naciones en opresoras y oprimidas preside todas las tesis…”

[2] El estalinismo se originó como la justificación política e ideológica de las políticas de la casta social privilegiada que surgió en la Unión Soviética en la década de 1920.  En 1917, la clase obrera y el campesinado de Rusia llevaron a cabo una de las revoluciones más profundas de la historia mundial. En cuestión de meses, la revolución supuso un salto sin precedentes en el país, que pasó de ser una monarquía semifeudal a una república dirigida por los trabajadores de la ciudad y el campo, abriendo la posibilidad de la transformación socialista de la sociedad en el antiguo imperio zarista y en todo el mundo. Pero la nueva república obrera y campesina quedó aislada internacionalmente cuando se perdieron las oportunidades de extender la revolución en Alemania y otros países capitalistas avanzados de Europa. Bajo la presión de la implacable hostilidad de las potencias capitalistas, surgió una corriente reaccionaria en un espacio de diez años. Una casta burocrática privilegiada dirigida por José Stalin aplastó mediante la violencia toda oposición a su política en el Partido Bolchevique que había dirigido la revolución, y apartó a los trabajadores y campesinos del poder político.

El estalinismo sustituyó al internacionalismo, pilar fundamental del marxismo, con la idea del “socialismo en un solo país”. Utilizó la coerción y hasta el asesinato contra quienes defendían el marxismo por el mundo. Transformó a los partidos de la Internacional Comunista en apéndices serviles del régimen de Stalin en la URSS. Al transcurrir las décadas, esta teoría se convirtió en la expresión cumulativa de la falsificación consciente del comunismo y del marxismo, hecha en nombre del comunismo y del marxismo.

En su libro La Revolución Traicionada, el líder bolchevique León Trotsky, exiliado por el régimen de Stalin y finalmente asesinado por sus agentes, nos da la explicación más clara y detallada de cómo y por qué esa capa social y burocrática pudo tomar y mantener el poder político en la URSS.

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