En el verano de 1966, Howard Petrick fue reclutado por el ejército de Estados Unidos. Ya había sido influenciado por el creciente movimiento contra la guerra en Vietnam y se había sentido atraído por la política socialista.
Cuando Petrick llegó para empezar su entrenamiento básico, ya se estaba gestando en el ejército la disidencia sobre la guerra, especialmente entre los soldados negros, muchos de los cuales sentían firmemente que su lucha debía estar en casa en el movimiento por los Derechos Civiles. Los altos mandos militares se dieron cuenta, intentando aislar y disciplinar a los soldados que se oponían a que Estados Unidos participara en esa guerra. Petrick fue uno de los señalados.
La manera en que Petrick y otros lucharon por defender su derecho a la libertad de expresión mientras vestían el uniforme es instructivo para quienes hoy puedan encontrarse en una situación similar.
A medida que el gobierno estadounidense intensifica sus intervenciones imperialistas en el extranjero y el uso del ejército en casa para criminalizar a los trabajadores inmigrantes y sofocar la disidencia, se están planteando dudas sobre la constitucionalidad de los despliegues de Washington en ciudades estadounidenses, así como en Venezuela y en otras partes del Caribe.
Grupos de veteranos y tropas prestando servicio activo como About Face: Veterans Against the War [Giro de 180°: Veteranos Contra la Guerra] están activamente buscando educar a las tropas de hoy para que sepan que ponerse el uniforme no significa que se interrumpen sus derechos constitucionales.
A continuación publicamos una entrevista reciente con Howard Petrick que apareció por primera vez en la revista Against the Current (Contra la Corriente — ATC por sus siglas en inglés) en su edición de enero-febrero de 2026. Los titulares, subtítulos, gráficos y notas del editor son del original. La traducción es de Panorama-Mundial.
Le damos a la entrevistadora, Dianne Feeley, y al consejo editorial de ATC un especial agradecimiento por permitirnos publicar esta entrevista.
— Los editores de Panorama-Mundial
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La historia de un soldado contra la guerra: entrevista con Howard Petrick

Dianne Feeley para ATC: ¿Cómo te interesaste por primera vez en la política?
Howard Petrick: Crecí en Erie, PA, pero después de la preparatoria me fui a Minneapolis, donde trabajé en el ferrocarril. Estuve en Chicago el verano de 1965 cuando Martin Luther King organizó reuniones y manifestaciones contra la discriminación. Cuando volví a Minneapolis ese otoño, me puse en contacto con el Partido Socialista Obrero.
Había leído un artículo en la revista Esquire sobre el movimiento por la libertad de expresión en Berkeley. Sabía que estaba en contra de la guerra de Vietnam; decidí ir a sus oficinas. Me dijeron que leyera a Daniel DeLeon, que estos movimientos no eran socialistas sino pequeñoburgueses, liderados por jóvenes que no sabían nada. Pensé, bueno, yo soy uno de ellos. Quería hacer algo y no quedarme sentado a leer libros sobre lo que ocurría.
Escuché que había reuniones de comités contra la guerra en la Universidad de Minnesota y empecé a asistir a ellas. Para entonces decidí que ya no quería trabajar para los ferrocarriles. Simplemente fui saltando de un trabajo a otro. Tuve un trabajo lijando palos de hockey y otro poniéndoles el mango a destornilladores. Iba a la deriva.
Nunca se me ocurrió que pudiera unirme a nada; solamente iba a las reuniones contra la guerra. Cuando organizaron una manifestación, dije que ayudaría.
La concentración tuvo lugar en la intersección de Seventh y Hennepin, en el centro de Minneapolis. Queríamos informar a la gente sobre la guerra en Vietnam. Éramos probablemente unas 25 personas paradas en una esquina con una escalera de mano. Alguien subía unos escalones en la escalera y empezaba a hablar.
Encontrando el socialismo
Cuando la manifestación estaba llegando a su fin, Larry Siegel me preguntó si quería ir a las oficinas de la Alianza de la Juventud Socialista (YSA por sus siglas en inglés) justo enfrente. Estaban organizando un evento social. Hablé con personas que estaban involucradas en el movimiento contra la guerra y todo me pareció bien.
Dijeron que Farrell Dobbs, que fue líder del Partido Socialista de los Trabajadores y lideró la huelga de camioneros de 1934, iba a hablar el viernes siguiente. Fui a ese foro; eso me convenció de que debería involucrarme con esas personas. Allí tenían una hermosa biblioteca, y los días cuando no iba a trabajar me sentaba a leer en su biblioteca.
Un día me acerqué a Ray Dunne, otro participante en las huelgas de 1934, y le pregunté si podía contarme un poco más sobre ellas. Dijo que podía hablar conmigo durante semanas, pero me animó a leer los volúmenes encuadernados de la revista The Organizer. Los leí de principio a fin. Era como leer una novela que no podías dejar de leer.
ATC: ¡Tenías muchas ganas de aprender!
HP: Sí, creo que sí. Sentí que se lo debía a Ray porque le hice una pregunta y me dio una respuesta. Para hablar con él otra vez tendría que tener una pregunta concreta.
ATC: ¿Cuándo recibiste la notificación de tu reclutamiento?
HP: Me fui de casa cuando tenía 17 años. En ese entonces se suponía que debías actualizar tu dirección con la junta de reclutamiento, pero no lo hice. Una vez, cuando volví a casa y vi a algunos de mis antiguos amigos de la escuela, me dijeron que cada vez que la gente iba a la junta de reclutamiento, llamaban mi nombre. Pensé, bueno, no tiene sentido decirles dónde estoy ahora.
Pero un día abrí la puerta y era el FBI. Me entregaron una citación para presentarme a la junta de reclutamiento en Minneapolis. Eso fue para una evaluación médica.
Para entonces, ya me había unido a la YSA. Me dijeron que probablemente la junta no me seleccionaría y me aconsejaron no ser demasiado cooperativo. Cuando me dieron unas formas para llenar en la junta de reclutamiento, escribí mi nombre en la parte superior y luego las entregué. No les iba a dar más información.
Dijeron muy bien y me mandaron a casa. Luego me investigaron. En julio de 1966 me llamaron para la inducción. Para entonces, yo ya era miembro tanto del Partido Socialista de los Trabajadores (SWP) como de la YSA. Todo el mundo decía que no tenía que preocuparme porque el FBI sabía que era miembro.
Fui a la oficina pensando que no me reclutarían, pero claro, salí reclutado. Me preguntaron si iba a rechazar la inducción; les dije que no, que simplemente me negaba a rellenar los formularios.
En el procedimiento de inducción, llaman a todos y simplemente te levantas y prestas juramento de lealtad. Me preguntaron si prestaría el juramento y les dije que no. Ese día nos llamaron a todos y anunciaron que si no querías prestar juramento de lealtad, no te levantaras. Así que me quedé sentado mientras los demás se levantaban y prestaban juramento de lealtad. Y eso fue todo.
Nos enviaron a Fort Leonard Wood, Misuri, cerca de St. Louis. Habían estado sufriendo una ola de calor que mató a 125 personas en St. Louis, si no recuerdo mal. Cuando llegamos a las 4 de la mañana estaba en 92 grados (33 °C). Nos asignaron a un cuartel pero simplemente estuvimos sin hacer nada una semana.
Algunos muchachos me preguntaron por qué me trataban de forma diferente. ¿Sería que mi padre era un senador o algo así? Les dije que no, que estaba en contra de la guerra de Vietnam y que no iba a llenar mis formularios.
Me preguntaron por qué estaba en contra de la guerra. Les dije que no creía que deberíamos ir al otro lado del mundo a tratar matar a los campesinos porque no estaban de acuerdo con nosotros políticamente. Algunos decían que estaban a favor de la guerra y que pensaban que deberíamos luchar contra el comunismo. Les decía: “La gente tiene derecho a creer lo que quiera, ¿no? ¿Por qué deberíamos nosotros decirles cuál debería de ser su gobierno?”
Cuando por fin empezamos el entrenamiento básico, Mullen, un tipo de Michigan en mi pelotón, me contó que había sido maestro. Lo despidieron por no hacer que los estudiantes recitaran el Juramento a la Bandera. Y luego fue reclutado.
Él y yo empezamos a hablar con otros jóvenes sobre la guerra y pronto teníamos un grupo que se reunía por las noches para hablar. Decidimos enviarle una petición al presidente Lyndon Johnson para preguntarle por qué podían enviarnos a Vietnam cuando no se había declarado una guerra.
Colgamos la petición en el tablón de los anuncios; unos 20 jóvenes firmaron. Pero antes de que pudiéramos desmontarla y enviársela a Johnson, uno de los oficiales se la llevó y nunca la recuperamos.
Durante el entrenamiento básico tuvimos una clase sobre “Conoce a tu enemigo, el vietcong”. El capitán que dirigía la clase sólo nos estaba contando lo que le habían contado a él.
Mullen y yo nos turnábamos levantando la mano y haciendo preguntas. El capitán dijo: “Los comunistas no pueden distinguirse de la gente normal”. Le dije que si se hubieran celebrado las elecciones en Vietnam cuando se suponía que debían haberse celebrado, Ho Chi Minh las hubiera ganado por alrededor del 80%. Si estaban tan preocupados por la democracia, ¿por qué no les permitieron celebrar las elecciones? El capitán dijo que eso era “propaganda comunista”. Le dije: “No, eso es lo que dijo el presidente Eisenhower”.
Y entonces Mullen se levantó y hizo una pregunta. El capitán estaba tan alterado porque habíamos hecho un par de preguntas que despidió a la clase antes de tiempo y dijo que nos ocuparíamos de esas preguntas la semana siguiente.
Muchos jóvenes empezaron a venir a nuestra habitación preguntándonos: “¿Cómo averiguaste todo eso sobre Vietnam?” Pronto teníamos un grupo bastante grande de muchachos que estaban contra la guerra. Yo recibía muchas cosas enviadas por el comité contra la guerra en Minneapolis. Y los muchachos las tomaban y las leían.
También teníamos un sargento instructor negro que acababa de volver de Vietnam. Me vio leyendo La autobiografía de Malcolm X. Me preguntó por qué estaba leyendo eso. Le dije que Malcolm X era un tipo bastante interesante y que quería saber más sobre su vida y por qué pensaba lo que pensaba.
Sabía que yo estaba en contra de la guerra y dijo: “Quisiera que no fueran tan vocales en sus clases. Solo están causando muchos problemas”. Me dijo que “eso no me la pone fácil porque se supone que yo soy el que debe disciplinarlos”. Añadió que: “Acabo de volver de Vietnam y tengo que admitir que por allá las cosas están bastante mal”. Fue tan indulgente con nosotros como pudo.
Mantuvimos conversaciones sobre la guerra regularmente y fuimos bastante abiertos al respecto. Había tipos que estaban a favor de la guerra, pero nunca pudieron respaldar sus opiniones con hechos.
En Fort Hood
ATC: Después del entrenamiento básico, ¿a dónde te enviaron? ¿Qué hiciste?
HP: Al final del verano, me enviaron a Fort Hood, Texas, a 60 millas al norte de Austin. En ese momento había 40 mil soldados en Fort Hood; era una de las mayores bases del país. Todo lo que hacían era entrenar a batallones de infantería y blindados para ir a Vietnam.
Me iban a entrenar como electricista de campo, los que pasaban los cables entre las unidades militares. El trabajo era instalar conexiones de radio en la selva. Como la esperanza de vida en esa faena era de aproximadamente una semana, no apreciaba mucho esa tarea.
Mientras aún estábamos en el centro de recepción, un sargento salió y dijo: “Necesitamos una docena de voluntarios”. Por supuesto, nadie se ofreció como voluntario. Luego dijo: “Vale, estos primeros 12 muchachos en la primera fila, todos ustedes van a ser cocineros”. Yo era uno de ellos. Eso resultó ser algo realmente bueno si lo que tú querías era conocer a todo el mundo e intentar organizar a la gente.

En Fort Hood la mayoría eran de Nueva Jersey y de California — totalmente diferentes de los jóvenes con los que estuve en el entrenamiento básico, que eran sobre todo muchachos de las granjas de la región central del país. Este grupo recibía marihuana por correo de sus novias.
Nos gustaban Jefferson Airplane y Janice Joplin, y todo ese rollo musical. Muchos de ellos estaban en contra de la guerra. Decían: “Sí hombre, estoy en contra de la guerra, que la guerra se vaya al carajo, no quiero ir a pelear”.
Ya en un par de semanas siete u ocho de nosotros nos estábamos reuniendo y hablábamos sobre cómo podríamos lograr que más gente hablara en contra de la guerra. Íbamos a los barracones — grandes bahías con 50 personas por bahía — y nos parábamos en un baúl y empezábamos a hablar sobre la guerra.
Intentábamos que alguien que estuviera a favor de la guerra debatiera con nosotros. Descubrimos que esa era la forma más sencilla de sacar a relucir todas las discrepancias de por qué estábamos luchando en Vietnam. No había muchos que se levantaran y hablaran a favor de la guerra. Pero cuando había alguien, no intentábamos destruirlos; simplemente intentábamos razonar. Este debate abierto era la forma de conseguir que mucha gente escuchara. Funcionó muy bien.
Luego empezamos a ponernos en contacto con las otras compañías de nuestro batallón. Y pudimos hacerlo. Tratábamos a todos como si estuvieran en contra de la guerra. Después de todo, el caso de los Fort Hood Three (Los tres de Fort Hood) ocurrió justo antes de que yo llegara.
[El 30 de junio de 1966, el soldado de primera clase James Johnson, el soldado David A. Samas y el soldado Dennis Mora, apostados en Fort Hood, rechazaron su despliegue a Vietnam y posteriormente fueron sometidos a un consejo de guerra. En sus consejos de guerra, cada uno argumentó que la guerra era ilegal e inmoral y citaron el Código de Núremberg. Su caso fue ampliamente cubierto por la prensa. —ed.]
Un par de capellanes construyeron un lugar para que todos se reunieran. Colocaron carteles por toda la base anunciando una cafetería para los soldados con micrófono abierto. Te invitaban a hacer lo que quisieras: monólogos, canciones, poesía. Tenían mesas, sillas y una máquina de refrescos. No era algo que pudieras hacer todas las noches, cuando mucho una vez a la semana, o quizá dos veces al mes.
ATC: ¿Cómo era el ambiente? ¿Era algo así como un lugar de reunión contra la guerra?
HP: Para nosotros sí lo fue. Los muchachos traían sus guitarras y cantaban canciones folk. Era un lugar para conocer a la gente. Lo hicimos de una forma más organizada. Los que ya estábamos en contra de la guerra la usábamos para hablar con gente de la base. No era un sitio muy grande, probablemente 50 personas en una buena noche. Había dos o tres muchachos de una unidad y dos o tres de otra y así.
Luego creo que simplemente se dieron cuenta de que lo estábamos usando a nuestro favor. No querían que fuera un asunto político. Solo querían juntar a los jóvenes. Así que lo cerraron.
El Movimiento
ATC: ¿Ibas a Austin?
HP: Había un enorme SDS[1] en la Universidad de Texas que tenía varios cientos de miembros. También existía un Comité mucho más pequeño para poner fin a la guerra. Me puse en contacto con ellos y me dijeron que debía ir y hablar en una reunión contra la guerra. Hablé con mi uniforme en una reunión pública bastante grande, probablemente entre 75 y 100 personas.
Muchos estudiantes estaban interesados en los soldados estadounidenses contra la guerra; para ellos era algo novedoso. Me dijeron: “Nos encontramos con muchachos de Fort Hood todo el tiempo por aquí, buscando algo que hacer”. Les dije que deberían empezar a hablar con ellos sobre la guerra.
Allí tuvimos manifestaciones que fueron lideradas por soldados estadounidenses. Muchos soldados en Fort Hood estaban políticamente activos y querían hacer algo. Allí organizaban celebraciones en Pease Park y aparecían entre 15 y 20 soldados.
ATC: ¿Había cafeterías para los soldados en la zona de Austin a las que pudieras ir?
HP: En ese momento no existía ninguna. Me salí en marzo del 68 y justo estaba oyendo hablar de algunas cafeterías. Finalmente sí tuvieron una en Austin. Se llamaba The Strut. [En realidad la cafetería se llamaba Oleo Strut y estaba en Killeen, no en Austin. –ed.]
De hecho, pensé que era una de las peores porque, en vez de enfocarse en la guerra, organizaban a los muchachos para que boicotearan las joyerías. Ellos compraban cosas para enviarles a sus novias; pensaban que esas tiendas cobraban demasiado. Y así fue que empezaron a organizar a los soldados en torno a cosas como esas.
Cuando abrió esa cafetería, los que hizo fue alejarlos de su postura contra la guerra y orientarlos hacia otros temas políticos — relacionados con las elecciones y cosas así. Pensé que eso no era de lo que se trataba.
El interrogatorio
ATC: ¿Tuviste problemas por hablar con tu uniforme?
HP: No, no en ese entonces. Pero en la primavera de 1967, asistí a la convención de la YSA en Detroit y regresé a Fort Hood el 1 de abril. Fui al cuartel a dejar mis cosas y un compañero de piso me dijo que al día siguiente de que me fui hicieron una gran inspección minuciosa y a todos los que tenían literatura socialista y contra guerra se las quitaron.
Luego pusieron en cuarentena a unos 20 hombres, los interrogaron y a todos les ofrecieron una baja indeseable. Todos la tomaron. Cuando volví, los jóvenes con los que había estado trabajando ya no estaban.
Después de oír eso, fui a registrarme con las autoridades del batallón. Llamaron a la inteligencia militar, que bajó con un Jeep y un par de policías militares. Me llevaron a su sede diciendo que querían hacerme unas preguntas. Les dije que no iba a responder a ninguna a menos que tuviera un abogado. Dijeron que eso ya estaba arreglado. El oficial del JAG [Juez Abogado General], un abogado, me estaba esperando.
Me dijo que estaban pensando en arrestarme por crear “desafección” y posiblemente por traición. Dijo: “Quieren arrestarte y por eso estoy aquí. Pero no creo que tengan pruebas de nada ilegal que hayas hecho”.
Me dijo que mi respuesta a las preguntas determinaría si me arrestarían o no. Lo único que pudo decirme fue que se sentaría conmigo en la audiencia. Si quería hablar con él sobre cómo responder a una pregunta, nos detendríamos para consultar.
Salimos de nuevo y el capitán dijo que querían hacerme unas preguntas. Le pregunté cuántas y me respondió 72, y dependiendo de cómo respondiera, quizá más.
Le dije: “No voy a responder a ninguna. He estado viajando todo el día y estoy realmente cansado”. Me dijeron que pensaban que debería de hacerlo, que me convendría responder. Les dije que no, así que se metieron a la oficina del capitán y cerraron la puerta.
Llamaron a alguien, que supongo que estaba en el Pentágono o en inteligencia militar. Solamente podía oír una parte de la conversación: “bueno, no, no lo va a hacer” y “no va a contestar”.
Luego volvió el capitán y le pidió al empleado que redactara una declaración. El comunicado decía: “Me niego a responder a cualquier pregunta”. Quería que lo firmara. Le dije: “No, no voy a responder a ninguna pregunta ni voy a firmar nada. No he hecho nada malo”.
Cerca de la una de la madrugada, tras otra llamada a inteligencia, me dejaron volver a mi cuartel, donde estaba bajo “arresto de barracón”. Cuando el abogado me llevó de vuelta, me dijo que realmente no tenían nada de qué acusarme, y que ese es el problema que tienen. Me aconsejó que me cortara el pelo, que no caminara sobre el césped, que siempre saludara a los suboficiales cuando pasara. Pórtate bien.

Entonces llamé a Larry Seigel, con quien había compartido un apartamento en Minneapolis, y le conté lo que estaba pasando. Me dijo: “Vamos a ver qué podemos hacer aquí y te llamo de vuelta”. Llamó de nuevo en unos días y dijo que habló con el Comité de Emergencia de Libertades Civiles. El despacho de los abogados Rabinowitz y Boudin había estado buscando un caso sobre derechos civiles en el Ejército, y tomarían el caso pro bono.
La YSA ayudaría a iniciar lo que se convertiría en el Comité para la Defensa de los Derechos del Soldado Howard Petrick. Un par de semanas después, Carolyn Lund y Lou Jones [de la oficina nacional de la YSA] vinieron a entrevistarme. Prepararon un folleto para mi defensa.
ATC: ¿Cuánto tiempo estuviste confinado en tu barracón?
HP: Hasta que descubrieron que Leonard Boudin era mi abogado, lo cual fue cuatro o cinco días. Luego mi abogado y yo fuimos a la sede del MI [Inteligencia Millitar], donde me dijeron que no tenía que responder a las preguntas y que ya no estaba bajo arresto en el cuartel. Eso fue todo.
ATC: Después de quedar libre de arresto en el cuartel y de que se fueran tus 20 amigos más cercanos, ¿qué ambiente había en tu cuartel y en el trabajo?
HP: Mi compañía recibió notificación de que íbamos a partir para Vietnam. Pero me trasladaron a otra compañía. Me habían preguntado si yo iría a Vietnam si me lo ordenaban. Les dije: “Por supuesto, ¿por qué no? Todos los demás van a ir, ¿por qué no puedo ir yo?”
Creo que pensaron que iba a negarme y que me iban a poder agarrar por eso. Al día siguiente me trasladaron a una compañía de jóvenes que en su mayoría regresaban de Vietnam. Creo que después de eso decidieron que me iban a dar de alta, pero querían darme una baja indeseable. Me negué; yo quería una baja honorable porque no había hecho nada malo.
Más tarde ese otoño hablé ante una convención contra la guerra en Chicago. Como [el general del ejército estadounidense] Westmoreland había regresado de Vietnam y había hablado ante el Club de Prensa de la Ciudad de Nueva York y ante el Congreso en su uniforme, decidí hablar en mi uniforme. ¿Por qué no debería poder hablar en una conferencia contra la guerra en mi uniforme?
Una entrevista que me hicieron fue noticia nacional. Eso causó revuelo en todo Fort Hood. Todo el personal de mi batallón sabía de la entrevista porque la difundieron en la emisora de rock and roll que escuchábamos en el comedor. Y luego salió en las noticias nacionales, que creo que fue Huntley & Brinkley. Muchachos de toda la base empezaron a pasar por los barracones preguntando por mí.
Me di cuenta en ese momento de que llevaba la ventaja. Mi abogado me dijo: “No tienen nada de qué acusarte, así que puedes hacer lo que quieras siempre que lo que hagas sea legal. Puedes hablar sobre la guerra donde quieras”. Le pregunté, “¿con mi uniforme”? Me dijo: “No hay regulación que diga que no puedas. Así que, sí”.
ATC: ¿Te tenía miedo la gente mientras estabas detenido?
HP: Me trasladaron del comedor de la compañía, donde había tres o cuatro cocineros, a un comedor de batallón, que tenía como nueve o diez personas por turno. En lugar de alimentar a 150, alimentábamos hasta 2500 o a 2900 personas. Cuando llegué, todos los demás cocineros guardaban su distancia.
Una noche le pregunté a uno de los cocineros de mi turno, Ernie Shank, un joven negro de Filadelfia, si quería ir al centro a ver una película conmigo. Al principio dijo que no, pero luego dijo: “sí, maldita sea, voy contigo”. En el autobús le pregunté por qué los muchachos no querían hablar conmigo.
Antes de que yo llegara, un tipo de Inteligencia vino al comedor y anunció: “Viene un cocinero que es comunista, así que no van a querer acercársele demasiado. Se van a meter en un buen lío”.
Shank explicó: “Esperábamos a un matón que nos iba a dar una paliza si no hacíamos lo que nos dijera. Pero vaya, eres un buen tipo y muy buen cocinero, así que todo el mundo está diciendo que al parecer eres chévere.
“Todos tienen miedo de hablar contigo. No quieren meterse en problemas. Yo pensé: que se jodan, si cocinas bien, podemos pasar el rato porque haces que todo sea más fácil para mí. Les diré a los muchachos que eres chévere, aunque no me hacen caso”.
Su recomendación rompió la barrera en dos o tres días. Los muchachos me trataban como a cualquiera. Por supuesto, había un par de tipos, como uno de Oklahoma que era un verdadero anticomunista y otro de West Virginia. A veces me la hacían de bronca, pero nunca llegó a nada.
Otro tipo irrumpió en mi habitación una tarde mientras yo estaba tumbado en la cama leyendo; buscaba pleito conmigo por ser pacifista. Le dije: “No sé dónde oíste eso, pero no soy pacifista. Si vas a joderme, yo te voy a joder de vuelta”. Le dije que estaba en contra de la guerra en Vietnam, y parece que eso lo apaciguó.
Cuando ocurrió la Ofensiva del Tet [a principios de 1968 —ed.], empezaron a suceder muchas cosas. Eso ocurrió justo antes de que yo saliera de allí.
Los soldados que regresaban de Vietnam traían bolsas de deportes llenas de marihuana. Estaban trayendo heroína. Un empleado de mi compañía vendía drogas abiertamente. Todo el mundo lo conocía, y le podías comprar heroína, marihuana, LSD, anfetaminas. Creo que sería difícil que los oficiales no lo supieran.
Conocí a un joven que nunca decía más que “Guau”. Estaba completamente en órbita. Simplemente quedó arruinado, realmente arruinado.
Mi abogado no paraba de decirme que me iban a dar una baja indeseada y que no tendría la opción de rechazarla. Creo que lo que sucedió es que enviaron los papeles al Cuarto Ejército en San Antonio. Allí se perdió en un archivero.
Pero el 15 de marzo de 1968 volví de Austin y, cuando me inscribí, el primer sargento me dijo que me iban a dar de baja. Normalmente el darte de alta tarda dos semanas, pero me dijo que recogiera mi equipo y que un chofer me llevaría a recoger mis medicinas. Lo hice todo en unas tres horas. Querían que para las 5 de la tarde estuviera fuera de la base.
Cuando me dieron de baja, había más de 300 periódicos que los soldados estadounidenses publicaban en bases de todo el mundo. Hice una gira para buscar apoyo y apelar mi baja indeseable. Hablé contra la guerra en la manifestación internacional del 27 de abril de 1968 en [la plaza] Boston Commons ante 15 mil personas. Aunque tenía prohibido acceder a instalaciones militares, podía entrar a las bases. En mi baja me acusaban de fomentar “la deslealtad y el desafecto”. [Originalmente Petrick dijo que recibió una baja deshonrosa, pero en realidad fue una baja indeseable, como le había informado su abogado. –ed.]
Solo unos meses después, una compañía de Fort Hood fue desplegada en Chicago para la convención del Partido Demócrata en 1968. Todo el grupo de soldados negros se negó. En aquel momento era un problemón que estos soldados negros se negaran a ir para ser usados de policías. [Ciento sesenta soldados negros hicieron un sentón en la base, protestando contra la orden directa. Al final 43 de ellos, incluso varios que habían regresado de Vietnam, fueron sometidos a consejo de guerra —ed.]
Enero-febrero 2026, ATC 240
Posdata de Panorama-Mundial
Para más información sobre la resistencia de los soldados estadounidenses a la guerra de Estados Unidos en Vietnam, vea los siguientes artículos en inglés publicados el año pasado por Against the Current con motivo del 50 aniversario de la derrota del imperialismo estadounidense en su guerra contra Vietnam: La rebelión de los soldados, Parte I y La rebelión de los soldados, Parte II.
NOTAS
[1] El grupo Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS por sus siglas en inglés) fue una destacada organización de activistas estudiantiles en Estados Unidos durante la década de 1960. Era conocida por su defensa de la democracia participativa y por su oposición a la Guerra de Vietnam.
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Categories: Política en Estados Unidos