Marxismo

Reforma o revolución? Un debate (I)



¿Qué lecciones podemos extraer hoy de la Revolución Rusa de 1917, la primera revolución socialista y uno de los acontecimientos más importantes en la historia de la humanidad moderna? El Partido Bolchevique, que dirigió esa revolución, la vio como el comienzo de la lucha mundial por derrocar al capitalismo y abrir la puerta a la transformación socialista de la sociedad por parte de los trabajadores.

Este es el tema de un debate reciente entre Eric Blanc, un historiador y activista socialista, y Mike Taber, editor de varios libros relacionados con la historia de los movimientos revolucionarios y de la clase trabajadora. La revista Jacobin publicó el artículo original de Blanc, “Los socialistas deberían aprender las lecciones correctas de la revolución rusa”. El sitio web “Marxist Essays and Commentary” (Ensayos y Comentarios Marxistas), editado por John Riddell, lo volvió a publicar posteriormente junto con una respuesta de Taber, titulada “¿Cuáles son las ‘lecciones correctas’ para los socialistas?”

World-Outlook publica nuevamente este debate (y lo traduce al español) para beneficio de nuestros lectores y para fomentar una mayor discusión sobre los temas involucrados.

Algunos pueden preguntarse por qué es importante este debate hoy. En la discusión en el sitio de Marxist Essays and Commentary un lector argumenta: “Es difícil participar en este debate como si fuera relevante para las condiciones y la estrategia actuales (excepto el punto sobre la crueldad de la clase dominante), porque las condiciones mundiales de economía y de las comunicaciones han cambiado mucho entre 1920 y el 2020 “.

No estamos de acuerdo. Las lecciones de las luchas obreras del pasado son de genuina importancia para quienes buscan acabar con los males del capitalismo actual. Esas lecciones se han aprendido a costa de innumerables vidas perdidas, tanto en victorias importantes como en costosas derrotas. A partir de Marx y Engels, los socialistas revolucionarios han estudiado las lecciones de la historia. Lenin y otros bolcheviques eran estudiosos serios de la gran Revolución Francesa de 1789, una revolución democrático-burguesa, aunque entre 1789 y 1917 se habían revolucionado las “condiciones mundiales de la economía y de las comunicaciones”. El axioma: “Quien olvida su pasado está condenado a repetirlo”, sigue siendo cierto.

Blanc argumenta: “Con merecida razón los socialistas han sacado inspiración de la Revolución Rusa durante generaciones, pero muchas de las lecciones que se extraen de ella son incorrectas para nuestro tiempo. Para realizar cambios hoy, debemos tomar en serio el socialismo democrático como teoría y práctica”.

“Creo que las conclusiones a las que llega Blanc son erróneas”, responde Taber, “y que las ‘lecciones correctas’ que señala llevarán a los socialistas en la dirección equivocada.

“Sobre todo, Blanc afirma que el objetivo estratégico central del movimiento socialista es luchar no por el derrocamiento revolucionario del capitalismo sino por ‘reformas transformadoras’, una lucha que él prevé que se llevará a cabo en gran medida a través de medios electorales y parlamentarios. En esto se aparta radicalmente de toda la tradición del movimiento socialista que se remonta a Marx y Engels, incluida la perspectiva del primer Karl Kautsky con el que Blanc se asocia”.

Los editores de World-Outlook están de acuerdo con el análisis básico de Taber. Compartimos su opinión de que “El movimiento socialista necesita un debate claro y abierto sobre cuestiones de programa, estrategia e historia… que los intercambios sobre estos temas y sobre las ‘lecciones correctas’ que los socialistas deberían extraer pueden ser vitales para las nuevas generaciones de activistas deseosos de saber de dónde viene el movimiento socialista, qué representa y hacia dónde se dirige”.

Queremos agregar un punto político a la discusión.

En su artículo, Blanc escribe: “Lo que llegó a conocerse como ‘leninismo’ se basó en el mito del excepcionalismo bolchevique. Esta escuela de pensamiento, [fue] impulsada por la Primera Internacional Comunista y las generaciones posteriores de estalinistas y trotskistas … “

No, el leninismo no se basó en un “mito”. ¿Cómo surgió el término? Vladimir Ilich Lenin fue el líder central del Partido Bolchevique, desde sus orígenes en una división política dentro del Partido Laborista Socialdemócrata Ruso, pasando por la victoria de la Revolución Rusa de octubre de 1917, hasta el final de su vida en 1924. También fue el líder central del gobierno obrero y campesino que llegó al poder, y el estado obrero que se estableció posteriormente. Lideró el equipo de líderes bolcheviques que ayudaron a fundar y guiar a la Internacional Comunista a través de sus primeros cuatro congresos. Las contribuciones de Lenin a la teoría y la práctica marxistas descansan en las ideas fundamentales del socialismo científico desarrolladas por Karl Marx y Friedrich Engels. Sus escritos, discursos y ejemplo de liderazgo surgieron de la experiencia práctica de la clase trabajadora al hacer la primera revolución socialista exitosa en la historia, y de los esfuerzos por ayudar a los trabajadores y agricultores de todo el mundo a extender ese ejemplo.

Como el marxismo, el leninismo no es un evangelio. Las ideas y conclusiones políticas de Lenin tampoco fueron tratadas como tales por el Partido Bolchevique o la Internacional Comunista antes de su muerte. Lo que ha llegado a conocerse como leninismo es una contribución más al socialismo científico.

Al presentar su concepción errónea del “leninismo”, Blanc omite las opiniones de la dirección revolucionaria cubana sobre las ideas y el ejemplo de Lenin. De hecho, toda su discusión sobre la historia y la estrategia revolucionarias omite en absoluto cualquier referencia a la Revolución Cubana. Debido a que la Revolución Cubana es la única revolución sobreviviente que defiende el marxismo revolucionario hoy, esta es una omisión flagrante y difícilmente inadvertida por parte de Blanc. Quienes se sienten atraídos por las ideas socialistas revolucionarias no pueden ignorar el ejemplo esencial de la Revolución Cubana, la primera revolución socialista en las Américas.

Blanc puede descartar el ejemplo cubano como irrelevante para su argumento porque esa revolución tenía que derrocar a una dictadura brutal, no a un gobierno capitalista basado en la democracia parlamentaria. Pero aproximadamente una década después de la victoria en Cuba, el camino que defiende Blanc se tomó en Chile cuando Salvador Allende, un miembro izquierdista del Partido Socialista, fue elegido presidente como candidato de la Unidad Popular, una coalición liderada por el partido Socialista y el partido Comunista de Chile. En los hechos sucesivos, Fidel Castro y la dirección revolucionaria cubana jugaron un papel activo al explicar qué era necesario para abrir el camino al socialismo.

Taber llamó brevemente la atención a la experiencia chilena:

“Luego di los ejemplos de España en 1936-1939 y Chile en 1970-1973, donde a los trabajadores no se les dijo desde el principio la verdad sobre lo que enfrentarían. Como resultado, quedaron en gran parte desprevenidos ante la feroz reacción del capitalismo mundial, y finalmente cayeron en una sangrienta derrota”.

Fidel Castro (izquierda) y Salvador Allende fueron recibidos por multitudes entusiastas al recorrer Chile en 1971.

Esto merece más discusión. Instamos a Blanc y a otros a estudiar las lecciones que Fidel Castro explicó a los trabajadores cuando pasó más de tres semanas visitando Chile en 1971 luego de la victoria electoral de Allende en 1970, una cantidad de tiempo sin precedentes para un jefe de estado.

Una lectura cuidadosa de los discursos y entrevistas de Fidel, presentados a menudo a multitudes de trabajadores y campesinos con orientación radical y a otros que en ocasiones se cuentan por miles, confirma que hizo todo lo posible por prevenir a los trabajadores chilenos de los peligros de la estrategia que ahora Blanc defiende nuevamente. El gobierno de Allende había introducido reformas que incluían la nacionalización de participaciones extranjeras en el cobre, el salitre, el hierro y el carbón, así como en bancos y fábricas textiles. Cuando el gobierno de Allende comenzó a implementar una ley de reforma agraria previamente adoptada, los campesinos comenzaron a apoderarse de la tierra. Estos y otros pasos tomados por la administración de Allende y promovidos por los trabajadores provocaron una fuerte respuesta de la clase capitalista chilena y del imperialismo estadounidense.

A medida que aumentaba la evidencia de que la clase dominante no aceptaría estas reformas, ni ninguna otra demanda de los trabajadores y campesinos, Fidel señaló las lecciones de la historia. En su discurso de despedida en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, el 2 de diciembre de 1971, explicó:

“Todas las sociedades y sistemas sociales obsoletos se han defendido ante la amenaza de extinción. Se han defendido con tremenda violencia a lo largo de la historia. Ningún sistema social se resignó jamás a desaparecer de la faz de la tierra por su propia voluntad…”

Sus advertencias resultaron trágicamente correctas cuando el gobierno de Unidad Popular fue brutalmente derrocado por el ejército chileno el 11 de septiembre de 1973 a costa de miles de vidas, un golpe que por años fue seguido por una represiva dictadura de derecha.

Colección de discursos de Fidel Castro sobre Chile, década de 1970.

Cuando estuvo en Chile, Fidel le regaló a Allende un rifle automático. Allende usó ese rifle en sus momentos finales para defender al Palacio Presidencial del ejército. El 28 de septiembre, durante un mitin masivo en la Plaza de la Revolución de La Habana, Fidel habló sobre los hechos en Chile:

“Tuvimos razón en nuestra premonición al darle al presidente ese rifle”, dijo Fidel. “Y si cada trabajador y cada agricultor hubiera tenido un rifle como este en sus manos, no habría habido ningún golpe fascista”.

Los discursos y entrevistas de Fidel pueden encontrarse aquí.

Rosa Luxemburgo (1871-1919)

El debate de hoy no es nuevo. Ya en 1900, la destacada revolucionaria Rosa Luxemburgo defendió el marxismo contra aquellos que defendían una trayectoria diferente “a la luz de evidencia más reciente”. El libro “Reforma o revolución” de Luxemburgo merece ser estudiado de nuevo, en vista de la reactivación de este debate por parte de Eric Blanc. Puede encontrarse aquí.

Los desafíos al leninismo tampoco son nuevos. James P. Cannon, fundador del movimiento comunista en Estados Unidos, escribió en 1936: “La lucha por un resurgimiento del movimiento leninista, es decir, revolucionario, es una lucha contra la confusión y la desmoralización. Por todos lados aparecen sustitutos a la estrategia revolucionaria de Lenin hechos a medida. La renuncia al leninismo se ha convertido en una moda”.

Antes de rechazar el leninismo, como aconseja Blanc, cualquier interesado en la estrategia revolucionaria debería estudiar el ejemplo de Cuba y los importantes aportes de Fidel sobre Chile en particular. Como explica Mike Taber, Blanc “se aparta radicalmente de toda la tradición del movimiento socialista que se remonta a Marx y Engels”. Lenin y los bolcheviques fueron los principales continuadores de esa tradición. Fidel y la dirección de la Revolución Cubana tomaron ese manto y actuaron de manera consecuente. Ese ejemplo no puede ignorarse en ninguna discusión seria sobre la estrategia revolucionaria.

Geoff Mirelowitz, por los editores de World-Outlook


Reproducimos aquí ambos artículos con permiso de los autores. Debido a su extensión publicamos cada pieza por separado, comenzando con el artículo de Blanc que provocó el debate.


Los socialistas debemos sacar las lecciones correctas que imparte la revolución rusa

Por Eric Blanc

Con merecida razón los socialistas han sacado inspiración de la Revolución Rusa durante generaciones, pero muchas de las lecciones que se extraen de ella son incorrectas para nuestro tiempo. Para realizar cambios hoy, debemos tomar en serio el socialismo democrático como teoría y práctica.

Los radicales hemos vivido bajo la sombra política de la Revolución Rusa durante más de cien años. Tras el ejemplo inspirador de 1917, una generación tras otra de socialistas han buscado aprender e implementar lo que consideran las lecciones políticas centrales de los bolcheviques.

Plaza del Palacio en Moscú, 1º de mayo de 1917.

Aunque millones de activistas lo dieron todo por este proyecto y desempeñaron un papel importante ganando beneficios para los trabajadores en todo el mundo, los partidos leninistas nunca han podido llegar cerca de hacer su propia revolución en una democracia capitalista avanzada. La tragedia del inspirador ejemplo de los bolcheviques no fue sólo que sucumbieron tan rápidamente a los horrores del estalinismo, sino que confiaron demasiado en un enfoque revolucionario inadecuado para contextos parlamentarios.

Pero esto no significa que no haya nada que aprender de la Revolución Rusa. Los movimientos revolucionarios que culminaron en 1917 comprobaron una lección importante y duradera: el capitalismo no es eterno, se puede derrocar. Y aunque son dramáticas las diferencias entre organizarse bajo una autocracia o bajo un estado de bienestar social hoy día, queda mucho por aprender de los inspiradores y notablemente exitosos esfuerzos de los socialistas por arraigar el socialismo en los movimientos obreros de masas en Rusia.

Como demuestro en mi nuevo libro Revolutionary Social Democracy: Working-Class Politics Across the Russian Empire (1882-1917) [La Socialdemocracia Revolucionaria: política de la clase obrera en el Imperio Ruso (1882-1917)], la relevancia de esta historia se vuelve especialmente evidente cuando analizamos no sólo Rusia central, sino todo el imperio e inclusive Finlandia, la única nación bajo el zarismo a la que se le concedió libertad política y un parlamento elegido democráticamente. La gran conclusión estratégica que podemos sacar de la experiencia de la Rusia imperial, tomada en su conjunto, es que la única trayectoria plausible que lleve a la transformación socialista en los países parlamentarios es una forma radical del socialismo democrático.

El excepcionalismo bolchevique

Lo que llegó a conocerse como “leninismo” se basó en el mito del excepcionalismo bolchevique. Esta escuela de pensamiento, impulsada por la primera Internacional Comunista y las generaciones posteriores de estalinistas y trotskistas, sostiene que en 1917 los bolcheviques se habían separado de manera singular del socialismo ambiguo de Karl Kautsky—el “Papa del marxismo” de la Segunda Internacional y el principal teórico del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD)—cuya orientación reformista y enfocada en el parlamentarismo llevó al apoyo infame que el SPD brindó a la Primera Guerra Mundial en 1914, oponiéndose después a la transformación socialista que ésta provocó.

Las divergencias entre los bolcheviques y la socialdemocracia alemana, se dice, reflejan la ruptura estratégica de Lenin con el “kautskismo”. Una de las razones por la que esta interpretación ha seguido teniendo tanta influencia es que la mayor parte de la literatura se ha enfocado casi exclusivamente en los revolucionarios en el centro imperial, ignorando a los socialistas no rusos de las zonas fronterizas. Sin embargo estos últimos representaban más del 75 por ciento de los marxistas organizados en un imperio donde los rusos solo constituían el 42 por ciento de la población.

Luise y Karl Kautsky en 1902

Incluso un examen breve de los otros partidos socialistas en la Rusia imperial refuta el argumento de que los bolcheviques eran la única corriente que aparentaba ser dramáticamente diferente de los socialistas en Europa Occidental. Todos los partidos clandestinos en la Rusia autocrática operaban de manera diferente al Partido Socialdemócrata Alemán. La razón era muy simple: la represión zarista empujó a todos los partidos socialistas a organizarse de una manera dramáticamente diferente a la de Occidente.

Los radicales rusos aceptaron con entusiasmo la estrategia de Kautsky y pudieron implementarla en la práctica porque las condiciones autocráticas propiciaron un movimiento obrero excepcionalmente militante. Lo que salió mal en Alemania fue que las aperturas y los obstáculos de la política parlamentaria, combinados con la burocratización organizacional, alejaron tanto a los trabajadores como a los líderes socialistas de la orientación articulada por Kautsky hasta por lo menos 1910.

Al centro de esta estrategia de la socialdemocracia revolucionaria estaba el compromiso de construir un partido socialista de masas capaz de organizar a los trabajadores, encabezando a todos los oprimidos, para impulsar la lucha de clases y la lucha por la democracia hacia una ruptura revolucionaria con el capitalismo y por el establecimiento de una sociedad socialista.

A diferencia de los futuros leninistas, Kautsky argumentó que este camino requeriría en algún momento la elección de una mayoría socialista al parlamento, y que este organismo serviría como eje central del gobierno de los trabajadores. Sobre la cuestión organizativa, él creía que si bien los izquierdistas deberían aspirar a ganarse pacientemente a los partidos obreros para que aceptaran e implementaran un programa marxista, esto no requería expulsar a los socialistas moderados siempre que aceptaran las decisiones de la mayoría.

Los excepcionalistas bolcheviques no se dan cuenta de que esta fue precisamente la visión estratégica que animó a los radicales de la Rusia imperial.

El mito del “centralismo democrático”

Según los relatos leninistas, mientras que los socialdemócratas alemanes y sus seguidores en todo el mundo abogaban por un partido amplio con una política y disciplina diluidas para preservar la unidad con los socialistas moderados, a partir de 1903 (o de 1912, según sea el relato) los bolcheviques construyeron un “partido de un nuevo tipo”: una organización firmemente unida que implementó el método deliberativo pero disciplinado del “centralismo democrático” que solamente aceptaba como miembros a los partidarios más comprometidos y militantes de la clase trabajadora, y no a los “oportunistas”—los moderados orientados hacia los bloques de colaboración de clases con liberales y empleadores—o sea los “centristas” no-del-todo revolucionarios.

Hay muchos problemas con este relato. En primer lugar no es verdad que los bolcheviques, ni tampoco los socialistas clandestinos del imperio en general, fueran particularmente disciplinados organizativamente. Definitivamente no practicaban bajo el gobierno zarista lo que más tarde se denominó “centralismo democrático”, definido en las condiciones de membresía de la Internacional Comunista de 1920 como el entendido de que el partido podría “cumplir con su deber si está organizado de la manera más centralizada posible, si en él prevalece una disciplina férrea que linda con la disciplina militar, y si el núcleo del partido es un órgano con autoridad y capacidad de mando”.

El contexto autocrático hizo que en realidad los partidos del imperio fueran mucho más fluidos y descentralizados en la práctica que sus contrapartes en el extranjero: los comités del partido en Rusia se veían constantemente arrestados y disueltos, lo que impidió que cohesionaran organizaciones sólidas o burocracias estables. Para evadir a la policía secreta, las direcciones de los partidos socialistas generalmente se veían obligadas a vivir en el exilio, asegurando que los partidos se organizaran casi inevitablemente de abajo hacia arriba, obligando a los comités locales a tomar su propia iniciativa.

Y debido a que los revolucionarios en el exilio a menudo no entendían las condiciones a las que se enfrentaban los socialistas en sus países de origen, los cuadros locales de todos los partidos a menudo chocaban o simplemente ignoraban a la dirección oficial de su partido en el extranjero. Resoluciones aprobadas en París o artículos escritos en Ginebra no eran necesariamente implementados en la práctica en la Rusia imperial.

A nivel local, la mayor parte del trabajo socialista fue organizado por militantes en su lugar de trabajo a través de comités de planta o de toda la ciudad que no estaban afiliados a ninguna tendencia marxista en particular. Como señala el historiador Michael Melancon, hasta 1917, la “plasticidad de las líneas fronterizas entre los diversos grupos sugiere que los partidos políticos rusos aún no habían alcanzado un alto grado de definición; eran movimientos, operando en circunstancias abrumadoras, en lugar de partidos”.

Como tales, casi todas las corrientes marxistas clandestinas del imperio zarista, incluidos los bolcheviques, funcionaban con un grado de autonomía local, pluralidad política y debate político abierto más amplio que casi todas las organizaciones leninistas del siglo XX.

Ningún partido de un nuevo tipo

Los acontecimientos en la Rusia imperial también refutan el argumento leninista tradicional de que el secreto del éxito marxista es la formación de un “partido de un nuevo tipo” abierto sólo a los “verdaderos” revolucionarios. Lejos de creer en el lema “mejor menos pero mejor”, los radicales más eficaces del imperio tendían a participar de buena fe en los partidos obreros más amplios al lado de socialistas moderados.

Los éxitos de los socialdemócratas revolucionarios en Finlandia, por ejemplo, fueron posibles porque trabajaron dentro del SDP y lo transformaron de acuerdo con las líneas previstas por Kautsky. A pesar de ser uno de los partidos socialistas más moderados de Europa cuando se fundó en 1899, el partido de Finlandia dio un giro a la izquierda después de 1905, ya que la primera revolución Rusa radicalizó a los trabajadores finlandeses y creó el espacio para que un grupo joven de “kautskyistas” ganara el liderazgo del SDP en 1906. A partir de entonces, los socialdemócratas revolucionarios de Finlandia presionaron al partido para que dejara de formar bloques con los partidos liberales y afirmara el objetivo final del socialismo revolucionario.

Pero después de que se atenuó el entusiasmo revolucionario de 1905, el socialismo moderado siguió siendo una fuerza importante dentro del movimiento obrero y el SDP. La fuerza del socialismo moderado dentro del partido en Finlandia, como en Alemania y el Occidente, no fue causada por un modelo “equivocado” del partido. Más bien reflejaba el hecho de que los trabajadores y los socialistas en contextos parlamentarios eran relativamente moderados políticamente porque tenían oportunidades para promover sus intereses a través de organizaciones fuertes y políticas electorales, a diferencia de la Rusia clandestina donde, como dijo Kautsky, literalmente los trabajadores “se encuentran en un estado en el que no tienen nada que perder mas que sus cadenas”.

Después de 1906, los líderes socialdemócratas revolucionarios de Finlandia moderaron su radicalismo un poco en aras de la unidad del partido. Los costos en términos de la pureza revolucionaria fueron superados por los beneficios de la efectividad política práctica, ya que el faccionalismo hiperactivo o una división organizacional recalcitrante dentro del SDP probablemente hubiera marginalizado a los radicales, desorientado a la mayoría de los trabajadores y paralizado el avance del movimiento socialista.

Huelga general en Helsinki, 1905.

Esta convicción de que era necesario un partido unido para llevar a los trabajadores finlandeses al poder demostró ser correcta al final. En última instancia los socialistas moderados en Finlandia apoyaron (aunque algo a regañadientes) la revolución de 1918, como se ilustra conmovedoramente en una carta del líder socialista moderado Anton Huotari a su hija mayor, escrita unas semanas después del inicio de la guerra civil que vino a continuación.

Al pedirle que asumiera la responsabilidad de la familia en caso de que él y su esposa (también activista socialista) fueran asesinados, Huotari explicó por qué los dos habían apoyado la toma del poder: “Aunque teníamos algunas dudas con respecto a esta lucha armada, consideramos que le debíamos al movimiento toda nuestra capacidad de trabajo una vez tomada la decisión de luchar por el poder estatal. Hemos crecido con el movimiento socialdemócrata y nuestro deber nos llama”.

Dinámicas organizativas similares eran comunes incluso en el resto de Rusia, donde las represivas condiciones autocráticas hicieron que fuera mucho más fácil para los radicales ganar y cimentar su hegemonía política. Por ejemplo, la poderosa socialdemocracia letona[1], la corriente marxista clandestina más grande del imperio en vísperas del derrocamiento del zar, rechazó sabiamente los llamamientos de Lenin desde 1914 en delante de que expulsaran a su minoría menchevique. Al mantener la unidad del partido bajo un liderazgo radical, el partido pudo fomentar un apoyo abrumador entre los trabajadores y campesinos letones, y tomó el poder a finales de 1917 con el apoyo abrumador de la población en su conjunto.

Como en Finlandia, el partido que tomó el poder en Letonia incluyó a un gran número de socialistas moderados; apenas en mayo de 1918 se realizó finalmente una escisión organizativa con los mencheviques letones. Por su papel central en octubre y en la posterior Guerra Civil, los marxistas letones fueron ampliamente conocidos como “parteros de la revolución”.

Los bolcheviques de Lenin también funcionaron durante la mayor parte de su existencia como una tendencia relativamente flexible dentro del más amplio Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, llevando a cabo sus labores organizativas junto con socialistas y mencheviques que abogaban por hacer bloques con los liberales con tal de que no pertenecieran a facciones. Las escisiones organizativas totales con los moderados sólo se convirtieron en la norma en el vasto territorio ruso después de que los mencheviques se unieron al Gobierno Provisional liderado por los liberales en mayo de 1917.

El partido liderado por los bolcheviques a finales de 1917, para citar a un historiador, no era “la secta celosamente exclusiva de la mitología popular”, sino más bien un “partido general para los socialdemócratas radicales que coincidían en la urgente necesidad de derrocar al gabinete dominado por los liberales, establecer un gobierno socialista y poner fin a la guerra”.

La gran lección de la Rusia imperial no fue la necesidad de una estricta disciplina marxista o un partido libre de oportunistas. Ciertamente, una mayor cohesión organizativa y política no siempre se tradujo en una mayor eficacia, como lo demuestra el estancamiento del partido extremadamente estrecho de Rosa Luxemburgo en Polonia. Más bien, la influencia de los radicales generalmente dependía de ser los militantes más dedicados y de ser una tendencia orgánica dentro de un partido obrero más amplio, una práctica que habría sido imposible si los revolucionarios del imperio se hubieran aislado demasiado, organizativamente, de otros socialistas y militantes obreros.

Promover la unidad de la clase trabajadora a través de un instrumento político de “gran carpa” con múltiples tendencias significaba que los socialistas tenían que bregar con una variedad de compromisos políticos y dilemas estratégicos. Pero esa fue una compensación necesaria para poder anclar su proyecto en la clase trabajadora tal y como era realmente, y no como ellos desearían que fuera. Desafortunadamente, no existía ningún truco organizativo exótico para cambiar la relación de fuerzas entre socialistas moderados y radicales.

El Estado y la revolución en la Rusia autocrática

Una de las pocas cosas en las que tanto estalinistas como trotskistas siempre han estado de acuerdo es que la Revolución de Octubre fue posible gracias a que en abril de 1917 Lenin “rearmó” a los bolcheviques con una nueva teoría del Estado y la revolución, que sostenía que era necesario destruir el Estado capitalista y reemplazarlo con un gobierno de consejos de trabajadores desde abajo hacia arriba. Ellos opinan que esta estrategia de “poder dual” para hacer la revolución socialista fue y sigue siendo relevante para todos los países, independientemente de la presencia o ausencia de un parlamento democrático.

Un problema básico con esta interpretación es que de hecho es errónea. Lenin no tuvo que “rearmar” al partido para luchar por el poder soviético en abril de 1917. De hecho, los socialdemócratas revolucionarios en todo el imperio desde 1905 en adelante se habían orientado a establecer un gobierno de trabajadores y campesinos basado en órganos populares como los soviets, para implementar las demandas sociales de los trabajadores y desencadenar la revolución socialista internacional. Esta siguió siendo la orientación de los bolcheviques y sus partidos aliados no rusos hasta octubre de 1917.

Aunque a nivel personal Lenin comenzó a reformular la estrategia del Estado a principios de 1917, para el partido en su conjunto no se produjo una ruptura estratégica hasta mucho después de octubre, cuando los bolcheviques declararon por primera vez que su revolución era “socialista” y un modelo para el resto del mundo. Como ha demostrado la reveladora investigación del historiador James White, los líderes bolcheviques en 1918 comenzaron a cambiar sus relatos históricos de la Revolución Rusa para mejor exportar el modelo soviético a nivel internacional.

Lenin en marzo de 1919.

Incluso asumiendo que la nueva teoría de Lenin hubiera cambiado la práctica de los bolcheviques y los aliados no rusos radicales en 1917, aún así sería un salto injustificable el afirmar que la experiencia de Rusia demostraba la viabilidad mundial de un nuevo modelo de revolución socialista basado en la premisa de destruir el Estado parlamentario existente y reemplazarlo con un gobierno de cabildos (es decir, de soviets).

En la Rusia de 1917, a diferencia de Europa occidental, no existía ni un parlamento ni un Estado capitalista que aplastar. La insurrección de la Revolución de Febrero había desarticulado una monarquía autocrática, dejando un vacío político que fue ocupado tenuemente por un Gobierno Provisional no electo e ilegítimo, y por los cabildos de trabajadores y soldados que recién habían sido creados.

La población veía, con razón, que esta última autoridad era mucho más democrática y representativa que la primera. Tanto antes como después de febrero de 1917, el escenario político en Rusia era fundamentalmente diferente que el de los regímenes parlamentarios de Europa central y occidental, donde para promover una transformación social radical los trabajadores intentaron, de forma abrumadora, utilizar los parlamentos existentes en lugar de descartarlos.

Kautsky, el Estado, y la revolución finlandesa

La estrategia socialdemócrata revolucionaria, compartida por Kautsky, Luxemburgo, Lenin y los marxistas en las zonas fronterizas de toda Rusia, distinguía claramente entre la estrategia socialista en contextos parlamentarios y la estrategia socialista en contextos autocráticos. Al mismo tiempo que apoyaba una orientación llamando por el levantamiento armado en la Rusia zarista, Kautsky rechazaba la relevancia de una estrategia insurreccional para los regímenes parlamentarios, donde la mayoría de los trabajadores trataría de utilizar los canales democráticos existentes para promover sus intereses.

En contradicción a la falacia común que promueven los leninistas, este enfoque no promovía una vía exclusivamente “electoral” al socialismo ni le quitaba importancia a la organización de masas fuera del contexto parlamentario. Al contrario, los socialdemócratas revolucionarios argumentaron que el trabajo electoral era importante principalmente porque ayudó a desarrollar la conciencia de clase y la organización de los trabajadores fuera del ámbito del Estado, una dinámica que ha sido ampliamente comprobada con en el resurgimiento del socialismo en Estados Unidos tras la campaña insurgente de Bernie[2] en el 2015.

Pero a diferencia de Bernie—y a diferencia de los socialistas democráticos en todo el mundo después de 1917—el enfoque intransigente de Kautsky por promover el objetivo final del socialismo lo llevó, por lo general, a rechazar compromisos parlamentarios y a argumentar que los socialistas sólo deberían asumir cargos ejecutivos como la presidencia en el contexto de una revolución socialista.

Kautsky argumentó que era necesario tener una orientación que consistentemente busque ganar una mayoría socialista en el parlamento y democratizar el Estado existente para generar suficiente poder, legitimidad popular y fuerza institucional para liderar una ruptura revolucionaria cuando llegara el momento. Y dado que la clase capitalista inevitablemente buscaría evitar la transformación socialista por todos los medios a su disposición, habría que recurrir a la acción de masas y, de ser necesario, a la autodefensa armada para defender la decisión de los votantes por el cambio socialista.

La viabilidad de esta estrategia quedó bien ilustrada en Finlandia. Después de 1905, el Partido Socialdemócrata de Finlandia buscó implementar el enfoque “probado y comprobado” de Kautsky de amasar el poder concentrado de la clase trabajadora por medio de la organización paciente y una actividad parlamentaria encaminada a realizar el objetivo final del socialismo. En cambio los socialistas clandestinos de Rusia se enfocaron mucho más en las huelgas disruptivas, ya que las condiciones autocráticas hacían imposible la construcción de sindicatos fuertes y un trabajo parlamentario constructivo.

En 1907, más de cien mil trabajadores se habían afiliado al partido finlandés, convirtiéndolo en la organización socialista más grande, per cápita, del mundo. Y en julio de 1916 la socialdemocracia finlandesa hizo historia al convertirse en el primer partido socialista de cualquier país en obtener la mayoría en el parlamento.

Las urnas no resultaron ser el ataúd de los revolucionarios, como tantas veces se ha argumentado. En el caso de Finlandia, las urnas resultaron ser su cuna.

Los acontecimientos de 1917 tuvieron lugar de manera muy similar al escenario revolucionario que por largo tiempo fue previsto por los socialdemócratas revolucionarios. Después del derrocamiento del zarismo en febrero de 1917, los líderes socialistas de Finlandia utilizaron el parlamento y su mandato electoral popular para impulsar una serie de reformas democráticas y sociales radicales, incluyendo la disolución de la policía y la creación de una milicia popular dirigida por los trabajadores. Como respuesta, las élites gobernantes de Finlandia y Rusia disolvieron arbitrariamente el parlamento finlandés en julio, preparando el escenario para una toma defensiva del poder—liderada por los socialistas en enero de 1918—para restaurar la mayoría socialista elegida democráticamente e implementar su mandato político.

Para citar al académico finlandés Risto Alapuro, “las urnas no resultaron ser el ataúd de los revolucionarios, como tantas veces se ha argumentado. En el caso de Finlandia, las urnas resultaron ser su cuna”. Fiel al impulso de Kautsky por una verdadera democracia republicana, el nuevo proyecto de constitución del Gobierno Rojo estableció la república democrática que los socialdemócratas revolucionarios habían imaginado durante tanto tiempo.

La experiencia de Finlandia respalda el argumento por los socialistas democráticos de que la ruptura anticapitalista en condiciones parlamentarias probablemente requiere antes que nada la elección de un partido de los trabajadores a las instituciones democráticas del Estado. Pero hoy debemos tener cuidado de no generalizar demasiado partiendo de las tácticas intransigentes que propuso Kautsky para Alemania o Finlandia antes de la guerra: con monarquías constitucionales de “baja inclusión” y libertades políticas y sindicales precarias, restricciones al sufragio local, un poder ejecutivo no electo e irresponsable, y un parlamento con poderes restringidos.

Una política socialista efectiva va a ser diferente en una autocracia, en un régimen parlamentario de baja inclusión, o en un Estado democrático de bienestar social en el que existen oportunidades mucho más amplias para fomentar reformas legislativas transformadoras y un sindicalismo robusto.

Proyectando el poder dual en el extranjero

Después de 1917, ignorando las lecciones de la experiencia finlandesa, la nueva dirección bolchevique rompió con la estrategia socialdemócrata revolucionaria al insistir que para establecer el socialismo era necesario privar de legitimidad y destruir las instituciones parlamentarias elegidas por sufragio universal.

En 1920, bajo la dirección de Lenin y Trotsky, la tesis sobre “El partido comunista y el parlamentarismo” de la nueva Internacional Comunista declara que en todos los países “La tarea del proletariado consiste en romper la maquinaria gubernamental de la burguesía, en destruirla, incluidas las instituciones parlamentarias, ya sea las de las repúblicas o las de las monarquías constitucionales”.

Argumentando que las tácticas de los bolcheviques para con la Duma del régimen zarista—un parlamento ilegítimo y falso establecido después de 1905—eran relevantes para el resto del mundo, las tesis concluían que el “nuevo parlamentarismo [comunista]… es una de las formas de destruir el parlamentarismo”. Los parlamentos seguirían siendo una plataforma útil para la agitación radical, pero de ninguna manera podrían convertirse en el escenario de la lucha por las reformas, por la mejora de la posición de la clase trabajadora.

Aunque algunos autores leninistas se han opuesto recientemente a calificar este enfoque de “insurreccional”, las tesis insistían explícitamente en que reemplazar un régimen parlamentario por consejos de trabajadores en todas partes requería “la preparación inmediata, política y técnica, de la sublevación proletaria”. Durante las siguientes décadas, Trotsky continuó afirmando que la insurrección era un paso necesario en cualquier estrategia de poder dual, ya que el viejo Estado no cedería voluntariamente el paso a los consejos obreros.

La crítica socialista democrática de este enfoque no se basa, como algunos han sugerido, en “un fetiche de la violencia” o un “golpismo” minoritario. Su principal problema radica en otra parte: al subestimar drásticamente la legitimidad popular y la naturaleza contradictoria de las verdaderas instituciones parlamentarias, marginalizó a los radicales e hizo que fuera menos probable la transformación social anticapitalista.

Los debates de la izquierda de hoy todavía están moldeados por esta tendencia de tratar a los parlamentos como, en el mejor de los casos, sólo plataformas para la agitación socialista en lugar de también escenarios en los que los socialistas deberían tratar de ganar genuinamente una mayoría para aprobar políticas a favor de los trabajadores. Y mientras que los socialistas de inspiración bolchevique tienden a darle prioridad a las protestas y a la “construcción de las bases” por encima del trabajo en la arena electoral, los socialistas democráticos argumentan, y han demostrado en la práctica, que el trabajo laboral y electoral son igualmente importantes estratégicamente y que pueden y deben reforzarse mutuamente.

Conferencia Nacional del Partido Laborista de Noruega, 1923.

Con respecto a la estrategia a largo plazo, los leninistas no lograron presentar un caso coherente de por qué los socialistas no podían, como tradicionalmente esperaban los marxistas de la Segunda Internacional, ganar y ejercer una mayoría en los órganos parlamentarios para promover el cambio revolucionario, tanto contra los capitalistas como contra la policía no electa, el ejército, y las estructuras burocráticas del Estado. El señalar los obstáculos muy reales que enfrenta un proyecto de este tipo y las numerosas capitulaciones de izquierdistas en el poder no es prueba de que exista una alternativa estratégica viable.

Las innovaciones estratégicas del leninismo en cuestiones de Estado y revolución aislaron a los radicales durante la ola revolucionaria de 1918-21. En un momento en el que una gran mayoría de los trabajadores intentó utilizar los parlamentos para impulsar la transformación socialista, los primeros comunistas malgastaron sus energías argumentando en contra de tales intentos y denunciando a los líderes reformistas. La ironía de este enfoque es que favoreció solamente la hegemonía de los socialdemócratas moderados que apoyaron el capitalismo en Alemania, Austria y más allá en aras de defender el régimen parlamentario.

No sólo resulta que no hubo insurrecciones victoriosas en las democracias capitalistas, sino que, como explica la socióloga Carmen Sirianni, en ninguno de esos países existió apoyo, siquiera simbólicamente, por una estrategia de poder dual entre más que una minoría de los trabajadores, incluso en los momentos de máxima intensidad revolucionaria.

A raíz de estas preocupantes derrotas, el Cuarto Congreso de la Internacional Comunista de 1922 proyectó de manera más bien ambigua la posibilidad de que la elección de un “gobierno obrero” en el Estado existente podría convertirse en un punto de partida para una revolución socialista. La promoción de gobiernos de este tipo por parte de los leninistas marcó un retroceso significativo hacia la socialdemocracia revolucionaria, lo que ayuda a explicar por qué muchas corrientes leninistas han rechazado tanto la letra como el espíritu de este enfoque.

Los primeros comunistas malgastaron sus energías argumentando en contra de tales intentos y denunciando a los líderes reformistas. La ironía de este enfoque es que solo favoreció la hegemonía de los socialdemócratas moderados.

Otros, sin embargo, usaron este ajuste pragmático a los contextos parlamentarios como base. Por ejemplo, no hay mucha diferencia entre la visión de Kautsky y las formulaciones defensivas del líder trotskista estadounidense James P. Cannon en 1940 sobre una transición al socialismo respaldada por el sufragio universal que sólo tendría que recurrir a la fuerza si, como sería de esperarse, los capitalistas se negaran a respetar la voluntad popular.

En la medida en que los pensadores y las organizaciones más imparciales de la tradición leninista—desde los “eurocomunistas de izquierda” en la década de 1970 hasta corrientes como los Anticapitalistas en España hoy—han seguido trabajando sobre este enfoque del “gobierno obrero” y se han alejado al mismo tiempo de los esfuerzos por construir “partidos de un nuevo tipo”, no está claro qué es lo que los hace claramente leninistas.

Habiendo dicho esto, la reorientación misma de la Internacional Comunista en 1922 fue solamente un cambio parcial hacia la socialdemocracia revolucionaria, porque aunque ahora se reconocía que la elección de una mayoría socialista al parlamento podría ser un paso hacia la revolución, los comunistas seguían declarando, de manera inverosímil, que los cabildos eran la única forma posible de un gobierno de los trabajadores.

Los leninistas nunca han presentado un caso convincente de por qué los trabajadores deberían “dejar atrás las instituciones parlamentarias liberales” en las que las fuerzas capitalistas han perdido su hegemonía política. La experiencia desde 1917 ha demostrado de manera inequívoca que las instituciones de la democracia participativa “de las bases hacia arriba”, como los cabildos, los comités de huelga y las asambleas vecinales pueden convertirse en complementos esenciales de los parlamentos dirigidos por la izquierda—pero no pueden reemplazarlos.

Reunión de trabajadores en la planta Putilov, en Petrogrado, en julio de 1920. (Documentos de Boris Souvarine – Fotos de la Rusia soviética / Biblioteca Kathryn y Shelby Cullom Davis)

Debido a que los leninistas tienden a enfocarse más en exponer que en transformar los Estados existentes, el proyecto de democratizar el Estado—a través de iniciativas como subordinar los cuerpos gubernamentales no electos al parlamento, eliminar estructuras antidemocráticas como la Corte Suprema de Estados Unidos, y otorgar a los empleados públicos y los sindicatos poderes de gobernanza sustanciales—ha perdido la centralidad que tenía en las primeras estrategias socialistas. Esta es una limitación particularmente importante en Estados Unidos, que es con creces el menos democrático de los países capitalistas avanzados del mundo.

Por un lado, tenemos un poder ejecutivo electo, un parlamento con poderes sustanciales, verdaderas libertades civiles y una larga historia de incorporación de la clase trabajadora al sistema político, razón por la cual el politólogo Konstantin Vössing califica a Estados Unidos como un país con la “más alta inclusión”.

Por otro lado, instituciones y leyes antidemocráticas son los principales obstáculos a un gobierno por la mayoría y en la lucha por lograr reformas a favor de los trabajadores—aunque no sean inevitablemente insuperables, como lo demostró la historia del New Deal en la década de 1930. Pero ninguna de estas cosas hace que sea relevante una estrategia de poder dual, ya que sin duda los trabajadores tendrán la fuerza suficiente para democratizar el régimen de Estados Unidos mucho antes de que sean lo suficientemente fuertes como para derrocar el Estado por completo.

La afirmación de Lenin de que las repúblicas democráticas son el “mejor caparazón” del capitalismo ignora el hecho de que la democracia parlamentaria fue ganada en gran medida por los trabajadores, y para los trabajadores. Como han dejado bien claro el trumpismo y los eventos del 6 de enero de 2021, la presión por restarle legitimidad a las instituciones mayoritarias existentes (en lugar de expandirlas) es generalmente un proyecto de la derecha.

Haciendo la apuesta acertada

Nadie puede predecir exactamente qué forma tomará la transición al socialismo. Pero eso no significa que todas las estrategias socialistas que han sido propuestas sean iguales, o que sea imposible sopesar sus méritos relativos hoy en día.

Debido a que nunca ha habido un derrocamiento socialista victorioso en una democracia capitalista avanzada que nos pueda dar un ejemplo claro de cómo lograr la transformación socialista, hoy todas las estrategias de izquierda pueden y deben ser juzgadas principalmente por la medida en que puedan realmente ampliar la organización de la clase trabajadora y de las fuerzas socialistas. Hay que encontrar lo que funciona y llevarlo tan lejos como sea posible, sin quitar los ojos de la meta: un mundo socialista libre de la dominación capitalista.

En la medida en que hoy en día las estrategias inflexibles inspiradas por los bolcheviques en las democracias capitalistas obstaculizan y subestiman los esfuerzos demostrablemente exitosos—ya sea mediante el trabajo laboral o electoral—por construir un mayor poder en aras de una visión particular del futuro levantamiento revolucionario, socavan cualquier avance concebible hacia el socialismo. Incluso en el caso extremadamente improbable de que en el futuro las condiciones de crisis engendren una oportunidad para la insurrección en una democracia capitalista bien establecida, sólo un movimiento socialista poderoso y bien organizado tendría realmente el poder de aprovechar adecuadamente una apertura de ese tipo.

La tarea central, y el dilema político clave, es cómo luchar por reformas transformadoras que fortalezcan y unifiquen a la clase trabajadora, especialmente de tal manera que abran, en lugar de cerrar, otras vías que organicen más todavía a los trabajadores para que puedan sobreponerse a la dominación capitalista.

Es más, es posible que nunca tengamos la oportunidad de derrocar al capitalismo mundial en el futuro a menos que, en la década venidera, podamos evitar el desastre climático ganando reformas socialdemócratas verdes—una tarea que requiere, ante todo, un aumento masivo de la fuerza organizada de los trabajadores tras más de cuarenta años de atomización neoliberal, declive sindical y descomposición de los partidos socialdemócratas en todo el mundo.

Sin tener que cargar con una estrategia poco realista y demasiado prescriptiva para la transformación socialista, una cosa que distingue a los socialistas democráticos hoy en día en todos los ámbitos de la lucha de clases es el enfoque consistente en identificar y ampliar las prácticas, campañas y formas organizativas que, de manera verificable, están obrando por fortalecer el poder laboral y socialista al tiempo que va ganando victorias tangibles para el pueblo trabajador.

En pocas palabras, la tarea central y el dilema político clave es cómo luchar—tanto dentro como fuera del Estado—por reformas transformadoras que fortalezcan y unifiquen a la clase trabajadora, especialmente de maneras que abran, en lugar de cerrar, formas de organizar aún más a los trabajadores para superar la dominación capitalista.

Aunque aprender las lecciones correctas de 1917 de ninguna manera garantiza el éxito socialista, el aferrarse a las incorrectas garantizará el fracaso continuo. El consejo estratégico de Karl Marx en la década de 1850 no ha perdido nada de su relevancia para hoy: “La revolución social del siglo XIX no puede tomar su poesía del pasado sino sólo del futuro. No puede comenzar con sí misma antes de haber eliminado toda superstición sobre el pasado”.


Eric Blanc, autor de los libros Revolutionary Social Democracy: Working-Class Politics Across the Russian Empire, 1882-1917 (Brill 2021) y Red State Revolt: The Teachers’ Strike Wave and Working-Class Politics (Verso 2019), es candidato a doctorado en sociología en la Universidad de Nueva York, donde investiga la organización laboral del sector público, las tecnologías de la informática y las comunicaciones, y la política de la clase trabajadora.


NOTAS AL FINAL

[1] De Letonia.

[2] Bernie Sanders, el senador socialdemócrata que se postuló a la presidencia de Estados Unidos como candidato del Partido Demócrata.


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