Editorial

Libre comercio vs. proteccionismo


¿Es cierto que los aranceles realmente benefician a los trabajadores estadounidenses?



El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recientemente impuso aranceles a granel[1] sobre mercancías importadas de docenas de países — por igual a sus aliados como a sus enemigos.

El 9 de abril, Trump suspendió por 90 días las más pronunciadas de estas medidas proteccionistas contra la mayoría de los países. Pero dejó en vigor “sólo” el 10% de los gravámenes a 70 países, y aranceles de 145% a China — país que respondió elevando sus propios aranceles a las exportaciones estadounidenses al 125%. Pero ante la turbulencia en los mercados de valores y bonos,[2] la posibilidad de una recesión económica mundial, y la oposición a los aranceles por parte de algunos de sus aliados cercanos de la clase multimillonaria, como Elon Musk, Trump retrocedió un poco.

La guerra comercial que ha desatado la administración Trump, y la resultante desestabilización de la economía mundial, plantean la pregunta: ¿Cuál es mejor para los intereses de los trabajadores, el libre comercio o el proteccionismo?


EDITORIAL


En su “Discurso sobre la cuestión del libre comercio” de enero de 1848:[3] El líder socialista Karl Marx advirtió a los trabajadores y a los demócratas que no se dejaran “engañar por la palabra abstracta libertad!”

“¿La libertad de quién?”, preguntó. “No se trata de la libertad de un individuo en relación con otro, sino la libertad del capital para aplastar al trabajador”.

Bajo las relaciones sociales del capitalismo, explicó Marx, no importa si el libre comercio o el proteccionismo es la política del gobierno de turno, siempre es el trabajador el que “termina contra el paredón”.

Marx pronunció ese discurso hace casi 180 años. Su colaborador más cercano, Federico Engels, escribió una introducción a la traducción al inglés hace unos 140 años.[4] Desde entonces, han ocurrido cambios importantes en la estructura del capitalismo mundial, con el ascenso y la consolidación del orden imperialista global.[5]

Lo que no ha cambiado, sin embargo, es lo acertado de las palabras finales de Marx: que al juzgar las políticas comerciales de uno u otro gobierno capitalista, el movimiento obrero debe elegir la posición que “acelere la revolución social”.

“En general, el sistema proteccionista de nuestros días es conservador, mientras que el sistema de libre comercio es destructivo”, señaló Marx en la conclusión de su discurso. El libre comercio, decía, “rompe las viejas nacionalidades y lleva al extremo el antagonismo entre el proletariado y la burguesía. En una palabra, el sistema de libre comercio acelera la revolución social. Es sólo en este sentido revolucionario, señores, que voto a favor del libre comercio”.

Buques portacontenedores frente a los puertos de Los Ángeles y Long Beach, California, muchos de ellos llenos de importaciones de China, esperando ser descargados el 13 de octubre de 2021. (Foto: Carolyn Cole / Los Angeles Times)

La primera consideración del movimiento obrero de hoy tiene que ser la defensa de los intereses de la clase obrera, que es una clase internacional.

En El segundo mandato de Trump: El gobierno de un solo hombre y el peligro del fascismo incipiente (II), Panorama-Mundial hizo un llamado a rechazar “la perspectiva de ‘Estados Unidos primero’, que defienden por igual los republicanos y los demócratas. En cambio, nuestro lema debería ser “Primero los trabajadores y agricultores del mundo”. Una clase obrera unida es el único muro eficaz contra la carrera hacia el abismo de los multimillonarios. Es la única clase que puede aliarse con otros productores explotados, como los pequeños agricultores, para rescatrar al mundo de las guerras sangrientas y la competencia despiadada del sistema de ganancias”.

Panorama-Mundial continuó: “Para el movimiento obrero estadounidense, eso significa lidiar con el hecho innegable de que es imposible proteger los ‘empleos estadounidenses’ si al mismo tiempo ignoramos la difícil situación de nuestros hermanos y hermanas en otros países”.

No hay una página de ruta que sirva para todos los tiempos, todas las situaciones y todos los lugares. Pero con respecto a los productos que ingresan a Estados Unidos, nuestra posición sobre el libre comercio es simple: estamos a favor. Nos oponemos incondicionalmente a que el gobierno de Estados Unidos imponga barreras proteccionistas de cualquier tipo, y bajo cualquier pretexto, a los productos importados. Y nos oponemos a que Washington imponga embargos que bloqueen el comercio con países como Cuba, Irán o Venezuela, ¡o incluso con otros países imperialistas!

Al mismo tiempo debemos denunciar la demagogia del “libre comercio” de los financieros de Wall Street y otros capitalistas y políticos, que durante décadas presionaron por la globalización para beneficiarse de salarios más bajos y menos regulaciones en el extranjero — devastando en el proceso a comunidades enteras en Estados Unidos. Muchos ahora se están adaptando — de una manera o de otra — al proteccionismo de Trump para tratar de revertir el persistente desplazamiento del capitalismo estadounidense de su previamente incontestable posición como la principal potencia económica del mundo.

La política comercial de los que gobiernan Estados Unidos, o cualquier otro país imperialista, es una política nacional. Su objetivo es promover los intereses nacionales de la clase explotadora, incluso, en diversos grados, reconciliar las necesidades contradictorias de los sectores industriales que son vulnerables a la competencia en el mercado mundial. Eso es lo que impulsó las cuotas textiles y del vestido en el pasado. Esa fue la razón que la administración Biden dio cuando impuso aranceles el año pasado a los vehículos eléctricos, los paneles solares, al acero y a otros productos que China vende en el mercado mundial a precios mucho más baratos que la mayoría de las empresas estadounidenses.

La administración Biden, de hecho, extendió casi todos los aranceles que Trump le impuso a China en su primer mandato y amplió algunos de ellos. Y lo hicieron después de que el candidato Biden y la plataforma demócrata del 2020 denunciaron la previa política comercial de Trump de no ser más que “guerras comerciales motivadas políticamente que han castigado a los trabajadores estadounidenses”. Con razón hoy muchos políticos demócratas se muestran timoratos ante el nuevo tornado arancelario de Trump.

Como lo han hecho durante décadas, los altos funcionarios sindicales le siguen la corriente a los líderes de los partidos Demócrata o Republicano. La mayoría aboga por imponer medidas proteccionistas para salvaguardar los “empleos estadounidenses” en “sus” industrias particulares. Esto incluye a Shawn Fain, presidente del sindicato automotriz United Auto Workers (UAW), quien, según una declaración emitida por el UAW el 26 de marzo, aplaudió “a la administración Trump por decidirse a tomar pasos para darle fin al desastre del libre comercio” cuando le impuso aranceles a las importaciones de automóviles y autopartes.

Eso no es lo que va a ayudar a los trabajadores automotrices — ni a los de ninguna otra industria — a “traer de vuelta a Estados Unidos buenos empleos sindicalizados”, como afirmó Fain. Para obtener esos buenos empleos se necesita la organización sindical, dirigida por las bases, y vinculándose con trabajadores automotrices y de otras industrias tanto en países vecinos como en los más lejanos, en base a la solidaridad internacional y los intereses que la clase obrera comparte a través de las fronteras.

En el pasado, bajo la bandera del libre comercio, el gobierno de Estados Unidos se ha valido de varias otras medidas, como las llamadas cláusulas antidumping, las restricciones “ambientales” y de “normas laborales”, así como de su demagogia sobre los “derechos humanos” para llevar a cabo agresivas guerras comerciales, no solo contra sus competidores imperialistas, sino con especial brutalidad contra los países semicoloniales.

Ahora Trump ha adoptado la bandera del proteccionismo agresivo. Bajo el falso pretexto de que los déficits comerciales existen porque las empresas estadounidenses reciben un trato “injusto” por parte de amigos y enemigos por igual en todo el mundo, la Casa Blanca está desatando una guerra comercial aún más feroz, la cual probablemente aumentará la inflación y dejará un agujero más grande en los bolsillos de los trabajadores en casa, perjudicando también a sus compañeros de trabajo en otros países.

La recesión económica causada por la campaña de “Estados Unidos primero” podría conducir, eventualmente, a un mayor desempleo y a un deterioro más pronunciado en las condiciones laborales, de vida y sociales que el candidato Trump prometió mejorar.

Además, como señaló Panorama-Mundial en el artículo citado anteriormente, estos “tambores de guerra expansionistas, los intentos de acaparamiento de recursos que recuerdan la época colonial y el proteccionismo agresivo [énfasis añadido], podrían conducir a nuevas guerras y posiblemente a otra conflagración mundial. Esto es más probable en un mundo que es cada vez más inestable, en el que las fuerzas ultraderechistas ya han ascendido al poder, o están tocando a sus puertas, en un número creciente de países del ‘primer mundo’, o más exactamente, imperialistas”.

Lo que está en el interés de la clase trabajadora, en el sentido revolucionario que Marx describió, es abogar por que todos los bienes que ingresan a Estados Unidos estén libres de aranceles y de barreras no arancelarias de cualquier tipo. Eso es lo que los trabajadores con conciencia de clase deben exigir de Washington, así como de los gobiernos de Australia, Canadá, Francia, Alemania, el Reino Unido, Japón o cualquier otro país imperialista.

Los trabajadores militantes en los países semicoloniales — la mayoría de los países del mundo hoy en día — tendrían demandas diferentes. Los países semicoloniales, así como aquellos como Cuba, donde el capitalismo fue derrocado en el pasado por medio de revoluciones populares, deberían tener el derecho de usar barreras comerciales para proteger su soberanía nacional contra las décadas de opresión y explotación imperialista, promovida por medio de deudas esclavizantes y otros mecanismos financieros que el capital utiliza para dominar el mundo.

Pero la clase obrera estadounidense no puede ceder ante las presiones proteccionistas ni ignorar las necesidades de los trabajadores en el extranjero, que son super-explotados por los mismos capitalistas que nos explotan a nosotros. Nunca resolveremos la crisis que enfrentamos hasta no reconocer que nuestro enemigo está aquí en casa, ejerciendo el poder gubernamental a través de los partidos gemelos del capitalismo, y que nuestros amigos son los miles de millones de productores en todo el mundo.


NOTAS

[1] Aunque se aplican con mayor frecuencia a las importaciones, los aranceles son un gravamen que un gobierno puede imponerle a las mercancías que entran o salen del país. Se calculan como un porcentaje del valor declarado del producto antes de que cruce la frontera. Cuando se le impone un arancel a un producto básico — al acero, por ejemplo — la empresa que importa ese producto debe pagarle un impuesto al gobierno cuando recibe las mercancías en los puertos de entrada. Los aranceles son una barrera al libre comercio. Se utilizan sobre todo para proteger de la competencia extranjera a las industrias nacionales o a los productos agrícolas, y por eso son una medida proteccionista.

[2] Los bonos (también conocidos como Notas del Tesoro en Estados Unidos) son préstamos gubernamentales para financiar déficits presupuestarios. Cuando hay volatilidad en los mercados financieros, los bonos del Tesoro a 10 años se consideran un refugio seguro para los inversores. Debido a que su rendimiento constituye una de las tasas de interés más importantes del mundo, son un pilar del sistema financiero del capital internacional.

Los términos que están dispuestos a aceptar quienes compran estos bonos reflejan la confianza que le tienen (o que no le tienen) a la entidad emisora. Esa confianza se basa en la percepción de la fiabilidad de las promesas del gobierno. Cuando la entidad emisora es Washington, los bonos están respaldados por “la plena fe y el crédito del gobierno de Estados Unidos”.

Hoy en día, el mercado de bonos del Tesoro de EE.UU. se acerca a los 30 billones de dólares. Debido a su gigantesco tamaño, no suele verse afectado por la volatilidad en el mercado de valores. Por esa razón, el brusco cambio en la demanda de bonos del Tesoro que provocaron los masivos aranceles de Trump subrayó la gravedad de la amenaza que éstos representan para la estabilidad de los mercados financieros en todo el mundo. La excepcional combinación de grandes cambios en el mercado de bonos aunados a una caída en el valor del dólar estadounidense sugiere que los inversores se están alejando de los activos estadounidenses. Como nación deudora que depende del capital extranjero para financiar sus enormes déficits presupuestarios, estos acontecimientos ponen a la economía estadounidense en una posición precaria.

Debido a que los inversionistas extranjeros se encuentran entre los mayores acreedores de la deuda del gobierno de Estados Unidos, la administración Trump tiene poco control sobre las acciones defensivas que puedan tomar. Japón, por ejemplo, es el acreedor de más de 1 billón de dólares de la deuda del Tesoro de Estados Unidos. China todavía posee 760 mil millones de dólares en bonos del Tesoro, después de empezar a reducir su cartera por más de un cuarto de billón de dólares desde 2021. Por esa razón, la decisión de la administración Trump de iniciar una guerra comercial con sus principales socios comerciales y competidores — los mismos que también financian la deuda del gobierno de Estados Unidos — al mismo tiempo que amenaza con explotar su déficit fiscal con masivos recortes de impuestos a los ricos, podría hacer que se desplome la confianza mundial en el dólar estadounidense. Eso podría eventualmente afectar la solvencia de la Administración del Seguro Social y otras agencias estadounidenses, así como de los fondos de pensiones, que en su conjunto poseen una gran parte de la deuda total de Estados Unidos.

[3] “Sobre la cuestión del libre comercio” fue un discurso que Karl Marx pronunció ante la Asociación Democrática de Bruselas, Bélgica, el 9 de enero de 1848. A finales de 1847 Bruselas había sido el anfitrión de un “Congreso del Libre Comercio”, el cual fue celebrado para promover la campaña general por el libre comercio que los fabricantes británicos estaban llevando a cabo. En 1846, la burguesía inglesa derogó las leyes del grano en Inglaterra y estaba dispuesta a llevar su causa al extranjero. Marx pidió un turno para hablar, pero el Congreso llegó a su fin antes de que su nombre apareciera en la lista. Así que en cambio, Marx pronunció su discurso ante la Asociación Democrática, de la cual era uno de los vicepresidentes.

[4] Cuando la cuestión del libre comercio volvió a estallar a finales de la década de 1880, el discurso de Marx fue reeditado en inglés, con un largo prefacio de Federico Engels, otro dirigente socialista y el colaborador más cercano de Marx. “Libre Comercio vs. Proteccionismo” es una pregunta que seguirá siendo periódicamente relevante mientras exista el capitalismo. De hecho, cuando se llevaron a cabo las negociaciones comerciales entre Estados Unidos, Canadá y México a principios de la década de 1990, incluso el New York Times se sintió obligado a citar el discurso de Marx.

[5] El imperialismo es la etapa monopolista del capitalismo. Se hizo predominante en los albores del siglo XX. El líder bolchevique V.I. Lenin dio a este sistema económico la definición más acertada en su famosa obra, El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrita en 1916. El imperialismo se caracteriza por cinco rasgos básicos, decía Lenin: “(1) la concentración de la producción y del capital se ha desarrollado hasta un grado tan alto que ha creado monopolios que desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el capital industrial y la creación, sobre la base de este “capital financiero”, de una oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia excepcional; (4) se completa la formación de asociaciones monopolistas del capital internacional que se reparten el mundo, y (5) se completa la división territorial del mundo entero entre las mayores potencias capitalistas”.

En el segundo congreso de la Internacional Comunista, celebrado en julio de 1920, un informe sobre los trabajos de la Comisión sobre las Cuestiones Nacionales y Coloniales resumía el desarrollo ulterior del imperialismo de la siguiente manera: “El rasgo característico del imperialismo consiste en que el mundo entero, como vemos ahora, está dividido en un gran número de naciones oprimidas y un número insignificante de naciones opresoras; estas últimas poseyendo riquezas colosales y poderosas fuerzas armadas. La gran mayoría de la población mundial… pertenece a las naciones oprimidas… Esta idea de distinción, de dividir a las naciones en opresoras y oprimidas, es el común denominador de las tesis”.


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