Política en Estados Unidos

El segundo mandato de Trump: El gobierno de un solo hombre y el peligro del fascismo incipiente (I)


“El que salva a su Patria no viola ninguna Ley”, afirma el Presidente



(Esta es la primera de dos partes. La segunda se encuentra en la Parte II.)


Por Argiris Malapanis, Duane Stilwell y Francisco Picado

En su primer mes en el cargo, la administración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dejado claro con palabras y hechos que representa una ruptura con la democracia liberal, la forma de gobierno que ha prevalecido en Estados Unidos durante la mayor parte de los 250 años de historia del país. Es un abrupto viraje hacia la derecha en la política estadounidense, con graves peligros para la clase trabajadora y todos los que están a favor de la democracia.

La evidencia apunta al peligro del surgimiento de un incipiente movimiento fascista. “Incipiente” en el sentido de comenzar a aparecer o de hacerse evidente.

Trump ya ha desafiado al Congreso y a los tribunales. Una orden ejecutiva busca modificar la 14ª enmienda de la Constitución que fue adoptada tras la victoria de la Unión en la Guerra Civil. Está ignorando abiertamente lo que todos los presidentes anteriores han llamado el “estado de derecho”.

Percibiendo lo débil que ha sido la respuesta de los liberales y de la burocracia laboral a este curso de acción radical, Trump se ha vuelto más audaz y contundente acerca de sus intenciones. El 15 de febrero, Trump publicó de manera destacada, primero en su plataforma en las redes sociales Truth Social, y luego en el sitio web X, esta declaración: El que salva a su país no viola ninguna Ley. La cuenta oficial de la Casa Blanca en X publicó ese mensaje más tarde esa noche.

“El que salva a su país no viola ninguna Ley”. La cuenta oficial de la Casa Blanca en el sitio X publicó ese mensaje el 15 de febrero.

El origen probable de esta cita es un pronunciamiento del emperador francés Napoleón Bonaparte en el siglo XIX.

Trump visita la tumba de Napoleón en París el 13 de julio de 2017, durante su primer mandato en el cargo. (Foto: Ian Langsdon / Reuters)

Trump está dejando bien claro que tiene la intención de establecer un régimen gobernado por un solo hombre que está por encima de la ley, justificado por ungirse a sí mismo como el “salvador” de la nación.


ANÁLISIS DE NOTICIAS


Para ayudar a entender los cambios en la política estadounidense, en el pasado hemos llamado la atención a los escritos del erudito marxista George Novack.

“No todos los modos de dominación burguesa son iguales”, explicó Novack en su libro Democracia y Revolución: de los griegos a nuestros días. Todas las formas de gobierno de la clase capitalista minoritaria “están desplegadas en contra del proletariado y deben ser combatidas”, escribió Novack, pero “algunas son más peligrosas que otras porque para los derechos y organizaciones existentes de la clase obrera representan una amenaza inmediata mayor”.

Y continuó: “Desde ese punto de vista, una democracia burguesa es preferible a cualquier dictadura”.

Las acciones de Trump van mucho más allá de lo que intentó en su primera administración y de lo que abiertamente proclamó durante su campaña en las elecciones presidenciales de 2024. En ese entonces afirmó que no tenía “nada que ver” con el proyecto político de derecha conocido como el Proyecto 2025. Ahora, los arquitectos y partidarios de este plan forman parte de su administración. En una entrevista en diciembre de 2023 afirmó que no sería un dictador, “excepto el primer día”. El primer día ha quedado atrás mientras que se aceleran las medidas triunfalistas y dictatoriales. Trump está tratando rápidamente de sentar las bases para el gobierno de un solo hombre.

Russell T. Vought, uno de los autores del Proyecto 2025, regresó a la Casa Blanca como el nominado por Trump para dirigir la Oficina de Administración y Presupuesto. (Foto: Doug Mills /El New York Times)

Su declaración de que está desmantelando el “estado profundo” no es más que retórica para encubrir a su reorganización radical del gobierno federal y todas sus agencias para favorecer sus objetivos políticos derechistas — los que ya se han declarado abiertamente y los que vendrán — y para dotarlos, en todos los niveles, con individuos que expresen y muestren lealtad personal a su persona.

En ninguna parte es esto más claro —o más peligroso— que en las medidas que está tomando para reorganizar el aparato represivo del Estado. Esto incluye el Departamento de Justicia, el FBI y la CIA. Todavía por venir están medidas para garantizar el mismo tipo de lealtad a Trump dentro del cuerpo de oficiales de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Trump ya ha despedido a la almirante Linda Fagan, comandante de la Guardia Costera. No es probable que este sea la única medida en esta dirección.

Para allanar el camino para tomar el poder el fascismo generalmente ha confiado en tropas de choque extralegales. Esta no ha sido, todavía, una característica que defina el ascenso de Trump. Sin embargo, en su primer día en el cargo, Trump indultó a más de 1,500 de las personas relacionadas con los actos de la turba del 6 de enero de 2021 que buscaba anular las elecciones presidenciales de 2020. Entre los indultados hay más de 1,100 que ya habían sido condenados por los tribunales. Se trata de personas que ya han presentado su audición para el papel de esas tropas de choque. Muchos responderán a los nuevos llamados de Trump, en caso de que los considere necesarios, para enfrentar la resistencia a sus medidas.

El 6 de enero de 2021, Trump calificó a estos ultraderechistas armados como “grandes patriotas”. Calificó sus acciones como un “día de amor”. Más tarde, Trump arremetió contra el “Estado profundo” por presuntamente incriminarlos por el asalto al Capitolio de Estados Unidos, una acción violenta que resultó en siete muertes, cuya meta era anular la voluntad de los votantes. Los elogió recientemente como “rehenes del 6 de enero” justo antes de indultarlos en su primer acto el día de la toma de posesión. Es probable que los indultados, y otros que los ven como “héroes”, ahora sean aún más leales a Trump y estén preparados para actuar nuevamente de manera extralegal.

Los partidarios de Trump erigieron horcas de madera cerca de la gran fuente frente al Capitolio de Estados Unidos durante el mitin del 6 de enero de 2021 en Washington, D.C. Fue entonces que Trump impulsó su campaña “Stop the Steal” (alto al hurto de las elecciones) donde incitó el ataque de una turba contra el Capitolio con el objetivo de anular los resultados de las elecciones de 2020. La soga es símbolo del linchamiento de los afroamericanos. (Foto: Shay Horse / Nurphoto)

Trump y sus aliados están esgrimiendo efectivamente la demagogia derechista — enfocada a menudo en convertir a los inmigrantes en chivos expiatorios de los muchos males sociales — para confundir a millones de trabajadores sobre la verdadera fuente de todos los problemas que enfrentamos. Se valen de esa demagogia para justificar el establecimiento de las bases de una autocracia, que sólo puede servir los intereses de la clase capitalista.

Estamos apenas al comienzo de este peligroso proceso.

Lo que se necesita ahora para ponerle un freno a la avalancha de medidas dictatoriales de Trump es la movilización masiva en las calles de los trabajadores y de todos aquellos que están a favor de la democracia.

Gran parte de la clase capitalista apoya a Trump

La mayoría de los capitalistas gobernantes están respaldando enérgicamente la embestida de Trump contra lo que desde hace mucho tiempo han sido las normas establecidas de la democracia burguesa, o le están brindando su consentimiento a este cambio sísmico en silencio. Este es un cambio con respecto a las actitudes de la mayoría de los capitalistas hace cuatro años. Elon Musk, el hombre más rico del mundo, ha sido autorizado por Trump para encabezar este asalto.

Entre sus muchas declaraciones públicas reaccionarias, Musk se dirigió a un evento de campaña del 25 de enero del partido Alternativa para Alemania (AfD), respaldando y elogiando abiertamente al partido ultraderechista y aconsejándole audazmente que se enorgulleciera de sus raíces pronazis. La reciente orden de Trump de recortar la ayuda a Sudáfrica y sus planes de castigarla con aranceles se hacen eco de las opiniones reaccionarias de Musk de que el país tiene “leyes de propiedad racistas” y de que no ha logrado detener el “genocidio” de los agricultores blancos.

Este es el multimillonario que, con la bendición de Trump, ahora funciona como el copresidente no electo y de facto por medio de sus acciones sin precedente como jefe del “Departamento de Eficiencia Gubernamental” (DOGE por sus siglas en inglés).

Elon Musk (izquierda) y Cyril Ramaphosa, el presidente de Sudáfrica. Musk promueve la visión infundada y reaccionaria de que Sudáfrica tiene “leyes racistas sobre la propiedad ” y de que no se ha logrado detener el “genocidio” de los agricultores blancos. (Fotos: Getty Images)

El Partido Demócrata en estado de shock, parálisis, y desorden

Desde la elección de Trump, el Partido Demócrata se encuentra en un estado de shock, parálisis y desorden. En gran medida los altos funcionarios sindicales están siguiendo el ejemplo de la dirección del Partido Demócrata, como lo han hecho durante décadas. El resultado de esta colaboración de clases ha sido medio siglo de una decadencia casi ininterrumpida del movimiento obrero.

Funcionarios electos del Partido Demócrata han presentado demandas contra algunas de las medidas de Trump, con la esperanza de que los tribunales le pongan freno y reviertan algunas de sus acciones. Muchos claramente le tienen miedo a Trump, pero ponen todos sus huevos en la canasta de los tribunales mientras se niegan a movilizar en las calles una oposición masiva contra él, lo cual es una estrategia peligrosa.

Muchos informes en los medios de comunicación sugieren que Trump está buscando precisamente esa confrontación legal. Él y sus partidarios sostienen la opinión de que la Constitución de Estados Unidos debe interpretarse en defensa de una forma de poder ejecutivo que ningún presidente anterior ha ejercido jamás; ciertamente no tan universalmente como Trump pretende. Y espera que esa opinión prevalezca en la Corte Suprema.

El resultado no puede conocerse de antemano, pero recientes acciones de la Corte Suprema alientan a Trump. Las decisiones más importantes de la Corte Suprema a lo largo de la historia han sido políticas, no estrictamente legales. El tribunal dictaminó en julio pasado a favor de absolver en gran medida a Trump de cualquier responsabilidad penal por intentar anular las elecciones de 2020. La mayoría de la corte dijo en efecto que las elecciones de 2020 ya son historia, y la Constitución le da a Trump amplia autoridad legal en sus esfuerzos por impugnar los resultados. Esto es un mal augurio para cualquier esperanza de que la corte le imponga límites al poder presidencial en la actualidad.

Mientras tanto — de nuevo con palabras y hechos — Trump y sus aliados han comenzado a desafiar a los tribunales. Si la Corte Suprema impugnara este desafío, se abriría una nueva etapa. Los tribunales federales tienen poderes limitados para hacer cumplir la ley. En última instancia dependen del aparato estatal — entre ellas las fuerzas armadas y la policía — para hacer cumplir sus decisiones. Además, no hay garantías de que la Corte Suprema no vuelva a ceder ante Trump, como lo hizo en su fallo que le dio vía libre para intentar anular las elecciones de 2020.

Bajo Trump la Casa Blanca ha emitido una serie de órdenes ejecutivas, algunas de las cuales han enfrentado desafíos legales y suspensiones temporales, y ha comenzado a desafiar algunos de estos fallos judiciales. (Foto: Doug Mills /El New York Times)

Altos funcionarios de la administración Trump están ansiosos por que ocurra tal confrontación. El vicepresidente JD Vance y Elon Musk han tomado la delantera. Ambos le han pedido abiertamente a Trump que desafíe las órdenes judiciales que obstruyen su agenda. “A los jueces no se les permite controlar el poder legítimo del ejecutivo”, declaró Vance.

No es casualidad que Musk y Vance hayan liderado los llamados a desafiar a los tribunales. Tales acciones han caracterizado a regímenes dictatoriales en el pasado. Ambos hombres se han identificado abiertamente con figuras políticas de ese tipo.

El año pasado, por ejemplo, Vance ayudó a promover el libro Unhumans: The Secret History of Communist Revolutionsand How to Crush Them (Inhumanos: La historia secreta de las revoluciones comunistas — y cómo aplastarlas). Este libro elogia a Francisco Franco, el dictador fascista que dirigió España durante décadas, y al senador estadounidense Joseph McCarthy, que se convirtió en el hombre clave de la cacería de brujas anticomunista en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, entre otros personajes similares.

El futuro se decidirá en la lucha

El peligro de un fascismo incipiente ya se ha planteado anteriormente. En una serie de artículos sobre “El fascismo y el movimiento obrero“, publicado en 1954, el líder socialista James P. Cannon hizo sonar una advertencia sobre los peligros del macartismo,[1] lo que según él era precisamente una coyuntura de este tipo.

Cannon explicó que era necesario sonar la alarma en el movimiento obrero “sobre la realidad del peligro y, por ende, mientras todavía hay tiempo, sobre la necesidad de organizar la lucha sobre una base correcta. Los obreros todavía tienen tiempo de organizar un movimiento en contra, pero no tienen para siempre; y cuanto antes reconozcan la realidad central de todo el problema — que la cuestión se decidirá en lucha — más posibilidades tendrán de ser los vencedores”.

La política estadounidense y la mundial han cambiado de muchas maneras en los 70 años transcurridos desde entonces. Pero destacamos el análisis de Cannon porque puede ayudarnos a comprender y pensar sobre los desafíos que enfrentamos hoy, en una situación nueva y aún más peligrosa.

“Un movimiento fascista”, explicó Cannon, “no surge de la mala voluntad de demagogos malintencionados. Tampoco es la propaganda de los revolucionarios lo que crea un movimiento obrero radicalizado. Ambos son productos de la crisis incurable del capitalismo, que lo hace incapaz de mantener un gobierno estable por medio de las viejas formas democráticas burguesas. De una forma u otra, estas formas cambiarán.

“La crisis latente, que ha sido suprimida artificialmente y disfrazada por la guerra y los gastos militares, promete estallar con redoblada furia en el próximo período. Esto significará el empobrecimiento y la miseria para decenas de millones de personas, y generará un enorme descontento con esa situación sin esperanzas. El resultado ineludible será un deseo generalizado por que haya un cambio radical.

“Este descontento masivo y el deseo de un cambio pueden tomar una de dos formas, o ambas al mismo tiempo.

“Los trabajadores son el poder más grande de la sociedad moderna. Si muestran una voluntad decidida de apoderarse de la situación y efectuar el cambio revolucionario necesario, los millones de desesperados entre la clase media — agricultores empobrecidos, pequeños empresarios en bancarrota y elementos de la capa profesional — que no tienen poder propio independiente, seguirán a los trabajadores y los apoyarán en su lucha por el poder.

Por otro lado, si los trabajadores, como resultado de una dirección inadecuada o pusilánime, vacilan ante su tarea histórica, la lealtad de las clases medias se tornará rápidamente en apoyo de los fascistas y los elevará al poder”. [Énfasis añadido.]

“En Italia, y más tarde en Alemania, al principio el movimiento de radicalización obrera le llevaba una gran ventaja al fascismo “, señaló Cannon. “En estos dos países, el fascismo sólo comenzó a convertirse en un movimiento de masas y en una potencia formidable después de que los obreros fracasaron en llevar a cabo su revolución cuando tuvieron la oportunidad: en Italia de 1919 a 1921 y en Alemania de 1918 a 1923”.

En Estados Unidos hubo un despliegue diferente de las dos fuerzas antagónicas — el fascismo y la radicalización de los trabajadores — y a una velocidad diferente en su evolución que la observada anteriormente en Italia y Alemania, explicó Cannon.

La extraordinaria terquedad de la burocracia sindical en este país, y la falta de un partido revolucionario con una base de apoyo de masas, le han dado al fascismo incipiente una ventaja sobre el movimiento obrero“, señaló Cannon. [Énfasis añadido.]

“Una forma de fascismo preventivo, de la que McCarthy es indudablemente el principal representante, ya tiene una ventaja inicial y tiene amplias ramificaciones de apoyo, tanto dentro como fuera del aparato gubernamental. El reconocer ese hecho no es conjurar peligros imaginarios, sino simplemente reconocer la obvia realidad de la situación”.

Condiciones que llevaron al surgimiento del trumpismo

Han pasado décadas desde que Cannon ofreció este análisis. La situación política en el mundo y en Estados Unidos ha cambiado de innumerables maneras. Pero la insatisfacción generalizada que Cannon esperaba que surgiera es hoy un hecho. Como confirman muchos informes de los medios de comunicación sobre las elecciones de 2024, fue un factor importante por el cual millones de personas votaron por Trump, incluso muchos que no respaldan sus puntos de vista más reaccionarios.

Una cosa es cierta: el senador Joseph McCarthy solo podría haber soñado con el poder que Trump tiene ahora, y que está desplegando.

El senador Joseph R. McCarthy de Wisconsin se levanta para hablar durante las audiencias que sostuvo el Senado, en la primavera de 1954, sobre la disputa entre el ejército y McCarthy.

La cacería de brujas anticomunista de finales de la década de 1940 y principios de la de 1950, que comenzó bajo el presidente demócrata Harry Truman mucho antes de que McCarthy se convirtiera en su voz más estridente, le causó un daño terrible al movimiento obrero. Sin embargo, las principales organizaciones de la clase obrera, los sindicatos, son hoy mucho más débiles de lo que eran al final de la cacería de brujas a mediados de los años cincuenta. Por 70 largos años más la burocracia laboral ha estado atada a un “liderazgo inadecuado o pusilánime”.

El imperialismo estadounidense, que alguna vez fue indiscutiblemente la potencia mundial número uno económica y militarmente, ha estado en declive durante algún tiempo. Washington se enfrenta a una creciente competencia por el dominio de los mercados globales, el comercio, y la innovación tecnológica, especialmente de China, que se está convirtiendo rápidamente en la segunda potencia capitalista del mundo, y que amenaza el estatus y las ganancias de las empresas con sede en Estados Unidos.

Muchas de las familias multimillonarias que gobiernan Estados Unidos ya no confían en que las políticas tradicionales de las administraciones liberales o conservadoras del último medio siglo puedan revertir este declive. Un número considerable de ellas, al respaldar a Trump, están optando por la autocracia en casa, combinada con visiones de expansión territorial en el extranjero, para proteger su posición internacional en declive.

Es por eso que las propuestas imperiales de Trump de recuperar el Canal de Panamá, de amenazar con el uso de la fuerza militar para arrebatar a Groenlandia del control de Dinamarca que es un aliado de la OTAN, de apoderarse de Gaza después de expulsar a los 2 millones de palestinos que viven allí, e incluso de convertir a Canadá en el estado número 51 de Estados Unidos, no han sido descartadas por muchos entre los ricos. La guerra comercial que Trump está desatando con nuevos aranceles, primero a las importaciones chinas y más recientemente con una tarifa general del 25% sobre todas las importaciones de acero y aluminio, con promesas de más por venir, forma parte de este patrón.

La actitud imperial de la administración Trump hacia amigos y enemigos por igual en todo el mundo está en plena exhibición en el actual acercamiento entre el Kremlin y Washington, con el objetivo de poner fin a la guerra de Rusia en Ucrania y recompensando a Moscú con el 20% del territorio de ese país soberano.

En estas “negociaciones”, los funcionarios de Trump intentaron coaccionar al gobierno de Ucrania para que desembolsara más de la mitad de las ganancias de la minería de metales valiosos en el suelo de ese país como pago retroactivo por la ayuda brindada anteriormente, sin nada más a cambio. No es de extrañar que el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, quien anteriormente cometió el error de sugerirle tal intercambio a Trump, dijera “no”,  al menos inicialmente.

El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent (izquierda), y el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, durante una reunión el 12 de febrero en Kiev, la capital de Ucrania. Washington exigió arrogantemente la mitad de las ganancias que obtiene Ucrania de la minería de los metales de tierras raras como pago retroactivo por la ayuda que Estados Unidos ya le ha brindado al país, sin nada más a cambio. (Foto: Tetiana Dzhafarova / Agence France-Presse)

Estos tambores de guerra expansionistas, los intentos de acaparamiento de recursos que recuerdan la época colonial y el proteccionismo agresivo, podrían conducir a nuevas guerras y posiblemente a otra conflagración mundial. Esto es más probable en un mundo que es cada vez más inestable, en el que las fuerzas ultraderechistas ya han ascendido al poder, o están tocando a sus puertas, en un número creciente de países del “primer mundo”, o más exactamente, imperialistas.

¿Qué pasa con la clase trabajadora en Estados Unidos?

En Estados Unidos no existe ningún partido de masas independiente con un programa obrero y una base entre la clase trabajadora. Durante muchas décadas, el Partido Demócrata — una organización fundamentalmente controlada por capitalistas súper ricos al igual que el Partido Republicano — ha afirmado ser la voz de los trabajadores en la política estadounidense. Sin embargo, durante décadas, ambos partidos han presidido sobre el fuerte deterioro de las condiciones de vida y de trabajo que tanto descontento ha provocado.

Incapaz y reacio a liderar una lucha significativa contra el trumpismo, el Partido Demócrata sigue abogando, como la única solución a largo plazo, por la elección de sus miembros a cargos públicos, mientras que a corto plazo confía en que los tribunales se enfrenten tímidamente a Trump. Seguirá desplegando su influencia para impedir que los trabajadores, y otros partidarios de la democracia que todavía confían en los demócratas, salgan a las calles en grandes números para defender los derechos democráticos y para oponerse al ascenso sin trabas de la derecha radical.

La victoria de Trump en 2024 confirmó que millones de personas que alguna vez apoyaron al Partido Demócrata han perdido su confianza en él y están hartos. Al no ver otra alternativa, muchos ahora ponen sus esperanzas (o más precisamente sus ilusiones) en el Partido Republicano tal y como se ha transformado bajo Trump. Pero estas esperanzas, al igual que las anteriores esperanzas en los demócratas, no se cumplirán.

En estas condiciones, muchos trabajadores, pequeños agricultores, y otras personas de clase media sienten que son necesarias las soluciones radicales. El liderazgo actual del movimiento obrero y las organizaciones que dicen hablar en nombre de los negros, las mujeres y otros que enfrentan formas específicas de discriminación o de opresión, son incapaces de presentar soluciones radicales que beneficien a los trabajadores, porque siguen atados a los demócratas. El resultado — como explicó Cannon — es que millones de insatisfechos van a ir a buscar en otra parte.

La historia del siglo pasado muestra que las fuertes recesiones económicas, como la crisis financiera del 2008 al 2010 y la agitación causada por la pandemia del 2020 al 2022, generan actitudes radicales antes de desencadenar importantes batallas de clases. Antes de que grandes números de trabajadores se interesen en propuestas enfiladas hacia una lucha de clases, y estén dispuestos a emprender la acción política independientemente de la clase capitalista y sus partidos, la demagogia de la derecha radical va a resonar entre las clases medias y entre ciertas capas de trabajadores.

La clase obrera en Estados Unidos todavía no piensa ni actúa como una clase consciente de sus propios intereses. Gran parte de la iniciativa política de los últimos 40 años o más ha venido de las corrientes de derecha. Los grupos ultraderechistas se aprovechan de su posición en el seno de las instituciones de la clase dominante. Aprovechan la pérdida de confianza en el gobierno y las sospechas que tiene la gente de los políticos más destacados. Las condiciones han madurado para que la demagogia derechista y las teorías conspirativas tengan un amplio alcance.

Un hombre sin hogar sentado sobre la acera en el centro de Manhattan, Nueva York, el 29 de enero de 2024. La falta de vivienda se ha extendido por todo Estados Unidos en los últimos años. Ni las administraciones demócratas ni las republicanas han tomado medidas de envergadura para abordar este grave problema social, como el proporcionar viviendas asequibles y mejorar la atención médica para los enfermos mentales. (Foto: Charly Triballeau / AFP)

En el artículo Las elecciones en EE.UU.: El radicalismo derechista necesita una respuesta por parte de la clase trabajadora (II), Panorama-Mundial argumentó el pasado agosto que “Las décadas de fracaso del liberalismo burgués, incapaz de impedir el empeoramiento de las condiciones económicas y sociales, representado por el historial de las administraciones del Partido Demócrata, ha fomentado el ascenso del trumpismo. Surge de la experiencia de millones de personas de clase media y trabajadora durante los mandatos de ocho años de Bill Clinton en la década de 1990 y Barack Obama de 2009 a 2017, así como del actual mandato de Biden en la Casa Blanca”.

O, como dijo Cannon, “el empobrecimiento y la miseria de decenas de millones de personas” genera “un enorme descontento con la situación desesperada de las cosas”. Si no hay un liderazgo efectivo de la clase trabajadora que pueda explicar y movilizar este descontento, lo harán las fuerzas derechistas, y eso es lo están haciendo hoy en día.


(Esta fue la primera de dos partes. La segunda puede encontrarse en la Parte II).


NOTAS

[1] El folleto What Is American Fascism? Writings on Father Coughlin, Mayor Frank Hague, and Senator Joseph McCarthy (¿Qué es el fascismo estadounidense? Escritos sobre el Padre Coughlin, el Alcalde Frank Hague y el Senador Joseph McCarthy) por los líderes socialistas James P. Cannon y Joseph Hansen ofrece una descripción sucinta del macartismo.

Explica que “El macartismo fue la expresión más virulenta durante el período de la cacería de brujas de la guerra fría” (p. 22). Joseph R. McCarthy fue elegido al Senado de Estados Unidos en 1946 con el apoyo del Partido Comunista y organizaciones liberales. En 1950 surgió de repente como el exponente extremo de la cacería de brujas anticomunista que en ese entonces estaba llevando a cabo la administración Truman.

“Pudo atizar un apoyo generalizado por parte de la clase media, e incluso de la clase trabajadora, acusando al Departamento de Estado de estar infiltrado por comunistas, de que los ‘comunistas’ en los altos cargos habían ‘perdido’ deliberadamente a China, y de que la ‘élite’ política estadounidense estaba traicionando al país ante los ‘comunistas’. Al entrar en conflicto con los principales líderes de ambos partidos capitalistas, e incluso con el ejército de Estados Unidos mientras sembraba el terror entre socialistas, militantes obreros y liberales, el movimiento de McCarthy claramente evidenció características fascistas.

“El macartismo alcanzó su apogeo durante e inmediatamente después de la guerra de Corea, cuando la Tercera Guerra Mundial era ampliamente esperada en cualquier momento. Con el alejamiento de una confrontación frontal con la Unión Soviética y la extensión de la prosperidad en tiempos de paz, McCarthy perdió apoyo rápidamente y fue abandonado por sus aliados en el Partido Republicano. Fue censurado por el Senado en 1954 y murió en 1957.

“Hoy en día, el término ‘macartismo’ se usa comúnmente para describir todas las formas que puede tomar una cacería de brujas anticomunista en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, así como la incipiente evolución del fascismo encabezado por el senador de Wisconsin”.


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