(Esta fue la segunda de dos partes. La primera se encuentra en la Parte I.)
¿Es el trumpismo idéntico al buchananismo?
Buchanan promovió un conjunto de ideas, de principios — derechistas y reaccionarios — que se negó a atenuar. Trump es un tanto diferente. Su objetivo más importante siempre ha sido personal: el alcanzar el poder político. Esto se refleja en sus escritos, más escasos que los de Buchanan, que destacan en gran medida su ego desmesurado y su supuesta perspicacia para los negocios, como The Art of the Deal [El arte de negociar] y Why We Want You to Be Rich [Porqué queremos que seas rico].
Es posible que Trump no tenga principios genuinos. O para decirlo de otra manera, su convicción primordial, como le dijo a la convención nacional republicana de 2016, es: “Yo soy el único que puede arreglarlo”, refiriéndose a los desafíos que enfrenta Estados Unidos. Las campañas electorales de Trump, su presidencia y su campaña de grandes mentiras sobre unas elecciones “robadas”, se enfocan fundamentalmente en su afán personal de buscar el poder. Su demagogia está principalmente al servicio de ese objetivo.
Millones de personas son engañadas por esa demagogia — entre ellos los ultraderechistas que esperan que llegue más lejos todavía — o los que la consideran parte de la “personalidad” de Trump y la ignoran. Sin embargo, millones de personas lo consideran insultante, grosero, irrespetuoso y ofensivo. Eso nunca le ha molestado a Trump. Él le da muy poca importancia a la retórica pretenciosa de los políticos tradicionales que pretenden “unir a todos los estadounidenses”. Su objetivo es movilizar a su propia base y ganar suficientes votos para ganar el Colegio Electoral, como lo hizo en 2016.
OPINIÓN
Al igual que Buchanan, Trump parece deleitarse en insultar a sus opositores, a menudo inventando un apodo despectivo para ellos. Su retórica y comportamiento han contribuido a endurecer el discurso político, a fomentar la polarización, a restringir las oportunidades para el debate político civil y a demonizar a todos los que percibe como sus enemigos. Un ejemplo reciente fue la manera en que Trump se desempeñó el 31 de julio en la convención de la Asociación Nacional de Periodistas Negros. Allí cuestionó si Kamala Harris es “realmente” negra e insultó a Rachel Scott, la corresponsal de ABC News que lo estaba entrevistando.

Al elegir compañero de fórmula para la vicepresidencia, Trump optó por el senador de Ohio JD Vance. Aunque éste una vez denunció a Trump, Vance se ha convertido desde entonces en uno de los principales portavoces de la demagogia de la derecha radical.
Vance, otro millonario, recientemente ayudó a promover Inhumanos: La historia secreta de las revoluciones comunistas (y cómo aplastarlas). Este libro elogia a Francisco Franco, el dictador fascista que dirigió España durante décadas; a Joseph McCarthy, que dirigió la cacería de brujas anticomunista después de la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos; y al general Augusto Pinochet, el carnicero que presidió el asesinato y encarcelamiento de miles de personas tras dirigir el derrocamiento del gobierno electo de Chile en 1973, y quien se instaló como dictador con el apoyo encubierto de Estados Unidos.
Vance no es el único lugarteniente de Trump que ha respaldado esta diatriba derechista. Otros incluyen a Tucker Carlson, figura de los medios de comunicación, Donald Trump Jr., y Steve Bannon, quien escribió el prólogo de su libro.
“En el pasado”, escribió Vance en su reseña para la cubierta del libro, “los comunistas marchaban por las calles ondeando banderas rojas. Hoy en día, marchan por el departamento de recursos humanos, por los campus universitarios y por los tribunales para librar lawfare [persecución judicial] contra gente buena y honesta”.
Vance ha elogiado el Proyecto 2025, un plan reaccionario de la Fundación Heritage para una segunda administración de Trump. Con esa misma orientación, Vance ha prometido, de ser elegido, presionar por despedir a miles de funcionarios públicos para reemplazarlos con “nuestra propia gente”.
Vance también ha explicado que si hubiera sido vicepresidente en 2020, habría hecho lo que el entonces vicepresidente Mike Pence se negó a hacer: usar su poder para ayudar a mantener a Trump en el cargo. No se trata de un mero detalle. Si Pence hubiera cumplido las órdenes de Trump en enero de 2021, eso podría haber llevado a una crisis constitucional con un resultado impredecible.
Trump y sus aliados ya han sentado las bases para instigar una crisis de este tipo si pierden en noviembre. Han dejado claro, como lo hicieron en 2020, que su posición es que solo dos resultados son posibles: o gana Trump o le roban las elecciones. Otra movilización derechista para tratar de anular una segunda elección puede resultar aún más peligrosa que hace cuatro años.
Al mismo tiempo, y a diferencia de Buchanan, mientras Trump reafirma su perspectiva de derecha radical se ha alejado de algunas de las posiciones más extremas asociadas con su campaña. Ahora, por ejemplo, Trump no está haciendo campaña por la penalización total del aborto. Obligó al Partido Republicano a modificar su plataforma para abandonar el objetivo explícito de una prohibición federal del aborto. Trump ve esa postura como un obstáculo que pudiera impedirle obtener los votos que necesita para volver al poder. Del mismo modo, se ha distanciado de las implicaciones del Proyecto 2025.
Esto, por supuesto, no es ninguna garantía sobre lo que Trump pudiera hacer sobre estos temas si regresa a la Casa Blanca. Estará rodeado por una camarilla de derechistas decididos a impulsar objetivos reaccionarios que no pudieron lograr en el último mandato de Trump. La manera en que Trump reaccione ante estas presiones puede plantear peligros genuinos.
La búsqueda personal del poder político
Una vez más, el objetivo principal de Trump es el poder político personal. Es por eso que Panorama-Mundial ha caracterizado a Trump como un “bonapartista”.
Panorama-Mundial explicó el significado de este término en un artículo basado en el artículo inaugural de World-Outlook, su publicación hermana en inglés, que apareció poco después de los acontecimientos del 6 de enero de 2021.
En esa ocasión acudimos a los escritos del erudito marxista George Novack. Hace décadas Novack escribió que el bonapartismo “lleva al extremo la concentración del poder en el jefe de Estado, algo que ya puede percibirse en las democracias imperialistas contemporáneas. Todas las decisiones políticas importantes están centralizadas en una sola persona dotada de poderes extraordinarios de emergencia. No habla ni actúa como alguien al servicio del parlamento… sino por derecho propio como ‘el hombre del destino’ que ha sido llamado a rescatar a la nación en su hora de peligro mortal”.

Como respuesta a la demagogia de Trump los demócratas han tratado de demonizarlo, atacándolo como una amenaza a la democracia. Trump se ganó esa fama por haber tratado de anular los resultados de las elecciones de 2020. Muchos lo ven así por buena razón. Pero la acusación no es convincente para la base de Trump ni para muchos que aún no han decidido cómo van a votar. Todavía millones de personas ven los intentos de encarcelar a Trump como un esfuerzo antidemocrático de usar los tribunales en lugar de las urnas para decidir quién será elegido presidente.
El atacar a Trump siempre ha sido una tarea mucho más fácil para los demócratas que ofrecer planes genuinos para mejorar las condiciones sociales y económicas que preocupan a decenas de millones de personas, independientemente de por quién vayan a votar.
El fracaso del liberalismo burgués
Como explicaba el análisis que Panorama-Mundial ofreció sobre los acontecimientos de enero de 2021: “La historia del siglo pasado demuestra que… estos bruscos descensos económicos [como la crisis financiera de 2008 a 2010 y la depresión económica mundial desencadenada por la pandemia de Covid-19 de 2020 a 2022] primero generan actitudes radicales y luego desencadenan importantes batallas de clases. Antes de que grandes números de trabajadores se interesen en el concepto de la lucha de clases y consideren actuar políticamente de una manera independiente de la clase capitalista y de sus partidos—tanto los demócratas como los republicanos—las ideas radicales comienzan a abrirse paso en la clase media y en los diferentes sectores de la clase trabajadora.
“La clase obrera en Estados Unidos todavía no piensa ni actúa como una clase. Gran parte de la iniciativa política hoy en día proviene de corrientes de derecha. Los grupos ultraderechistas sacan tajada de las oportunidades que han podido obtener dentro del sistema bipartidista y en las otras instituciones de la clase dominante. Aprovechan que la gente ha perdido confianza en el gobierno y que no confían en los políticos más prominentes y establecidos. Todas las condiciones existen para que la demagogia derechista y las teorías de conspiración ganen una amplia resonancia”.
Las décadas de fracaso del liberalismo burgués, incapaz de impedir el empeoramiento de las condiciones económicas y sociales, ejemplificado por el historial de las administraciones del Partido Demócrata, ha fomentado el ascenso del trumpismo. Surge de la experiencia de millones de personas de clase media y clase trabajadora durante los mandatos de ocho años de Bill Clinton en la década de 1990 y de Barack Obama del 2009 al 2017, así como del actual mandato de Biden en la Casa Blanca.
El artículo mencionado anteriormente destacó esas condiciones: “Desempleo, subempleo (millones de personas que maniobran para mantener dos o más empleos mal pagados a tiempo parcial, obligados a hacerlo por la pérdida de empleos de manufactura debido a la automatización y la subcontratación en el extranjero), bajos salarios (el salario mínimo federal ha sido de 7.25 dólares por hora durante más de una década), vivienda inadecuada (el número de propietarios de viviendas ha disminuido en todos los ámbitos desde 2006, pero con las tasas de propiedad por parte de los afroamericanos cayendo a niveles que sólo existían antes de Ley de Vivienda Justa aprobada en 1968), un sistema educativo fallido, más deportaciones que en cualquier otro momento de la historia de Estados Unidos (con los demócratas a menudo marcando la pauta) y una atención médica totalmente inadecuada (que las muy modestas reformas de la ‘Ley de Cuidado de la Salud a Bajo Precio’ de Obama no hacen sino resaltar). Todo esto ha seguido afligiendo a los trabajadores sin importar quién ocupe la Casa Blanca”.

Esta realidad no ha mejorado sustancialmente en los últimos tres años y medio de la administración Biden/Harris. Es consecuencia del funcionamiento del sistema capitalista, que ambos partidos capitalistas defienden.
¿Cuál es la salida?
Solo un programa y una estrategia que unifiquen a los trabajadores respaldando propuestas al servicio de nuestros intereses, y no los de los ricos, puede cambiar la situación. De otra manera, continuaremos enfrentándonos a las mismas opciones que tuvimos en el 2016, el 2020, y hoy; las mismas opciones a las que nos hemos enfrentado durante décadas el día de las elecciones.
La señal alentadora más reciente para la clase obrera ha sido el repunte de las luchas sindicales que han obtenido algunas victorias importantes después de décadas de reveses y derrotas. Estas incluyen los esfuerzos liderados por trabajadores jóvenes para sindicalizar a empleadores como Amazon y Starbucks, así como la exitosa lucha contractual librada por los Teamsters en UPS en 2023.
El logro reciente más importante de la clase trabajadora se registró en la huelga nacional del sindicato automotriz United Auto Workers (UAW) contra los tres grandes fabricantes de automóviles el pasado otoño. Después de esa victoria, el UAW amplió sus esfuerzos de organización en plantas no sindicalizadas, especialmente en el sur.

El presidente del UAW, Shawn Fain, el primer presidente de ese sindicato elegido por las bases, también ha comenzado a plantear ideas para realizar acciones sindicales más unidas. Expresó algunas de ellas en un artículo reciente en inglés: El Primero de Mayo de 2028 podría transformar el movimiento laboral y el mundo.
En ese ensayo, Fain propone que se organice una huelga general en el 2028, una sugerencia audaz. No está para nada claro que el movimiento sindical pueda cobrar la fuerza suficiente para entonces como para tomar ese paso. Sin embargo, a pesar de lo importante que es la perspectiva de una huelga unitaria y militante, las ideas más amplias que Fain esbozó son igual de significativas. Merecen una amplia discusión entre los trabajadores, tanto los sindicalizados como los que no han sido organizados.
“Para reorganizar la economía y convertirla en una que funcione en beneficio de todos, y no solo de los ricos, necesitamos recuperar la historia de los sindicatos militantes de nuestro país que unieron a los trabajadores de todas las razas, géneros y nacionalidades”, escribió Fain.
Luego señaló la militante lucha por la jornada de ocho horas, que resultó en el establecimiento del Primero de Mayo como un día festivo de la clase trabajadora en todo el mundo, aunque no en Estados Unidos. “Eso no es una coincidencia”, anotó Fain. “La clase multimillonaria y sus lacayos políticos han hecho todo lo posible por ocultar la verdadera historia de la clase trabajadora en nuestro país”.

“Quieren hacernos creer”, continuó Fain, “que los jefes empresariales les dieron a los trabajadores salarios decentes, beneficios y condiciones de trabajo más seguras debido a la bondad de sus corazones. Que la justicia y la igualdad para las personas de color, para los inmigrantes, para las mujeres y para las comunidades queer son dones otorgados benévolamente desde arriba.
“Pero sabemos la verdad”, explicó Fain. “Cada ley aprobada, cada sindicato formado y cada contrato ganado, cada mejora lograda en el lugar de trabajo, se ha ganado a través del sacrificio incansable de la clase trabajadora. Pero si realmente queremos reclamar el poder y la importancia del Primero de Mayo, entonces no puede ser a través de simbolismos vacíos. Debe ser a través de la acción”.
El rechazo a la idea de ‘Estados Unidos Primero’
La lógica de la perspectiva de Fain es un argumento en contra de la perspectiva de Estados Unidos Primero.
“Como la codicia corporativa no reconoce fronteras, nuestra solidaridad tampoco debería reconocerlas”, dijo. “En el UAW, hemos visto en carne propia cómo las empresas buscan enfrentar a los trabajadores entre sí. Enfrentan a los trabajadores de Michigan contra los trabajadores de Alabama, enfrentan a los trabajadores de Estados Unidos contra los trabajadores de México, enfrentan a los trabajadores de América del Norte contra los trabajadores de América del Sur.
“Es una simple treta. Las empresas trasladan la producción, o amenazan con trasladarla, a lugares donde la mano de obra es más barata, los reglamentos ambientales son más laxos y los recortes de impuestos y los subsidios son mayores.
“Una clase obrera unida es el único muro efectivo contra la carrera de la clase multimillonaria hacia el abismo. Para el movimiento obrero estadounidense, eso significa lidiar con algunas verdades duras. Como el hecho innegable de que es imposible proteger los empleos estadounidenses mientras se ignora la difícil situación de todos los demás”.

Estas palabras pueden inspirar a millones de trabajadores, independientemente de por quién decidan votar en noviembre. No es de extrañar que Trump haya instado a los obreros automotrices a que “despidieran” a Fain.
En una entrevista el 12 de agosto con Elon Musk, uno de sus partidarios multimillonarios, Trump llegó más lejos todavía y habló enérgicamente a favor de despedir a los trabajadores que se declaren en huelga.
“Quiero decir, yo veo lo que haces”, le dijo Trump a Musk. “Entras y dices: ‘¿Quieren renunciar?’ Se declaran en huelga, no mencionaré el nombre de la empresa, pero se declaran en huelga y tú dices: ‘Está muy bien, todos quedan despachados. Todos ustedes fuera. O sea, cada uno de ustedes se ha marchado'”.
Musk es el CEO y el mayor accionista del fabricante de automóviles y camiones Tesla, una empresa que el UAW quiere organizar.
Shawn Fain tiene toda la razón al decir que el “simbolismo vacío” no va a lograr nada. De hecho, lo que se requiere es una acción audaz.
Es por eso precisamente que la decisión del UAW, de la cual se hacen eco la mayoría de los demás sindicatos respaldando a Biden y ahora a Kamala Harris — la candidata de uno de los dos partidos que obedecen a los mismos jefes empresariales que Fain correctamente denuncia — apunta en la dirección opuesta.
La acción unida por parte de la clase obrera en la escena electoral — siempre que sea independiente de los partidos de la clase capitalista — es tan necesaria como lo es en un piquete de huelga. Las ideas que Fain ha expresado podrían unificar a los trabajadores en apoyo a candidatos postulados por la clase obrera y por un partido político de la clase trabajadora, que podría romper el dominio que tiene sobre la política estadunidense el sistema de un partido único con rostro bipartidista. Esa es la única manera de responder contundentemente a los demócratas y republicanos, cuyas políticas han creado las condiciones económicas y sociales que tantos trabajadores consideran inaceptables.
También es la única manera de responder eficazmente al trumpismo. Una victoria de Harris en noviembre lograría mantener a Trump fuera de la Casa Blanca. Pero eso no va a lograr acabar con el creciente peligro del trumpismo, o de alguna otra encarnación de la reacción derechista — del mismo modo que las elecciones de Biden en 2020 y su posterior administración tampoco fueron capaces de lograr.
No nos hacemos ilusiones de que el UAW, o cualquier otro sindicato, decida tomar esta ruta de aquí a noviembre. Pero si los trabajadores no quieren enfrentarse básicamente a las mismas opciones cada vez que haya elecciones, es el único camino hacia adelante.
(Esta fue la segunda de dos partes. La primera se encuentra en la Parte I.)
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Categories: Política en Estados Unidos
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