(Esta es la primera de dos partes. La segunda puede encontrarse en la Parte II).
Por Argiris Malapanis y Geoff Mirelowitz
Faltan menos de tres meses para las elecciones presidenciales de 2024. La clase obrera estadounidense enfrenta el mismo desafío que ha sido planteado a lo largo de su historia. En esta sociedad dividida en clases, la minoría adinerada que constituye la clase capitalista tiene dos partidos políticos. La clase obrera no tiene ninguno. Seguimos escuchando la aseveración — tanto por parte de los demócratas como de los republicanos — declarando que su candidato habla en nombre de los trabajadores y que va a mejorar nuestras condiciones. Pero es una ilusión. Tanto Donald Trump como Kamala Harris han defendido y van a salvaguardar los intereses de la clase capitalista
Después de mucha indecisión, el Partido Demócrata resolvió la crisis planteada por la insistencia del presidente Joe Biden de que él seguía siendo la opción más fuerte contra el esfuerzo de Trump por regresar a la Casa Blanca. El asombrosamente pobre desempeño de Biden en el debate con Trump, televisado a nivel nacional el 27 de junio, llevó la crisis a un desenlace. La cuestión se resolvió con su decisión tardía — bajo una avalancha de presión del establishment demócrata y de sus patrocinadores financieros — de hacerse a un lado a favor de Harris, su vicepresidenta.

Aunque por largo tiempo muchos demócratas, expertos y comentaristas habían ridiculizado a Harris, diciendo que era una candidata demasiado débil para ser considerada seriamente, esas preocupaciones se esfumaron. Los demócratas se unificaron rápidamente, y la esperanza de que ahora sí podrían derrotar a Trump en noviembre ha generado una ola de simpatía.
OPINIÓN
Trump salió del debate de junio montado en su propia oleada de apoyo. En cambio su contrincante era ampliamente considerado como simplemente demasiado débil como para reunir el apoyo necesario para derrotarlo. Un fallido intento de asesinato creó aún más entusiasmo por la campaña de Trump. Ahora la decisión de reemplazar a Biden por Harris ha revertido, al menos temporalmente, esa situación. El resultado de las elecciones es visto ahora por muchos como demasiado reñido como para poder hacer una predicción.
A raíz de su derrota electoral en 2020, Trump se valió de la técnica de la “gran mentira” para montar una campaña que afirmaba que las elecciones le habían sido “robadas”. Esto culminó en los disturbios del 6 de enero en el Capitolio de Estados Unidos. Una vez que la policía y la Guardia Nacional finalmente dispersaron a la turba derechista, Trump y sus partidarios quedaron a la defensiva. Él fue acusado en la Cámara de Representantes y por poco evitó ser condenado en el Senado.
Si bien muchos miembros del Congreso continuaron apoyando las falsas afirmaciones de Trump sobre el “fraude electoral”, fue derrotado en los tribunales y ampliamente condenado por muchos voceros que representan los intereses de la clase capitalista. Su futuro político parecía incierto. Pocos podrían haber predicho en ese entonces que hoy sería Biden el que se vería obligado a ceder y hacerse a un lado, mientras que Trump volvería a gozar de un amplio apoyo.
La reciente trayectoria de Trump
Trump no estuvo a la defensiva por mucho tiempo. Pronto consolidó su control del Partido Republicano. Durante más de 150 años, el Partido Republicano ha sido uno de los dos partidos capitalistas — junto con los demócratas — que monopolizan el poder político en nombre de la minoría adinerada que gobierna Estados Unidos.
La decisión de mantener a Trump y su demagogia derechista como la cara de ese partido no es accidental. Si los ricos que controlan el Partido Republicano quisieran un candidato diferente y una estrategia política distinta a la de “Hacer que Estados Unidos vuelva a ser grandioso”, actuarían en función de esa elección, del mismo modo que los ricos que controlan el Partido Demócrata actuaron, en última instancia, para reemplazar a Biden.
No hay señales importantes de disensión entre los que controlan el Partido Republicano. Por el contrario, informes bien difundidos indican que muchos de los que condenaron a Trump después del 6 de enero ahora lo apoyan nuevamente. Son escasas o nulas las señales de que un número sustancial de políticos republicanos o figuras de la clase dominante que se identifican como republicanos estén abandonando al partido a favor de los demócratas. Tampoco hay ninguna señal de que los que están insatisfechos con Trump tengan planes de establecer un nuevo partido capitalista. Al menos por ahora, el sistema bipartidista que sirve a los ricos permanece intacto.
Esta es la opción electoral que el capitalismo les ofrece a los trabajadores en el futuro previsible: el trumpismo o el liberalismo del Partido Demócrata asociado con Bill y Hillary Clinton, Barack Obama, Joe Biden y ahora Kamala Harris. Hay pocas razones para esperar que el sistema bipartidista nos ofrezca algo diferente después de 2024 de lo que nos ofrece hoy.
Si bien puede haber parecido poco probable en enero de 2021, las señales de la rápida rehabilitación de Trump han sido inquestionables durante algún tiempo. Los fiscales cuyas lealtades políticas están con el Partido Demócrata encausaron a Trump, acusándolo de varios delitos en cuatro casos diferentes. Independientemente de la opinión que uno tenga sobre el mérito legal de esos cargos — y no hay duda de que Trump trató de anular las elecciones de 2020 — quedó claro inmediatamente que Trump salía más fuerte después de cada nueva acusación.
Esto no se debe solamente a que la base de Trump, que cuenta con millones de personas entre las clases medias y algunos sectores de la clase trabajadora, evidencia una lealtad eterna hacia él. Millones de personas desconfiaban de las acusaciones y las veían como un acto político de los demócratas para destituir a un candidato al que no podían derrotar en las urnas. Las acusaciones no pudieron impedir la candidatura de Trump. Y ninguna condena — una se ha obtenido ya, las demás son ahora menos probables — puede impedirle llegar a la Casa Blanca.

El Wall Street Journal, que condenó a Trump por su campaña sobre las elecciones robadas y por el 6 de enero, se opuso a las acusaciones, refiriéndose a ellas como “lawfare” [el uso de la ley como instrumento político].
En un editorial del 9 de julio, el Journal celebró el reciente veredicto de la Corte Suprema que le dio a Trump el fallo que esperaba. “La decisión de la Corte Suprema la semana pasada de que la Presidencia goza de inmunidad constitucional para los actos oficiales ha sellado más o menos el fracaso de la estrategia electoral de usar lawfare”, declaró el Journal. [La palabra “lawfare” se refiere a la persecución judicial, o el uso de la ley como instrumento político] “El señor Trump puede ser acusado por su conducta no oficial, pero ¿qué partes del encausamiento del 6 de enero, si es que existen, pertenecen a esa categoría? Los tribunales inferiores lo discutirán largo y tendido, pero es difícil que ocurra un juicio antes del día de las elecciones, o tal vez nunca si gana el Sr. Trump”.
Detrás del éxito de Trump
El trumpismo — la demagogia y la radicalización derechista de “Estados Unidos Primero”[1] — se nutre de las condiciones sociales y políticas que el capitalismo ha creado. Los frecuentes ciclos de aumento del desempleo y el subempleo; la inflación persistente, especialmente en los gastos que más afectan a los trabajadores; la caída de los salarios reales; la falta de vivienda asequible y de atención médica; una epidemia generalizada de opioides; y el aumento del número de gente que vive en la calle ahora se consideran normales en todo Estados Unidos.

Estas condiciones son inaceptables para millones de personas de clase trabajadora y clase media. Consideran que los responsables de esto son los políticos de ambos partidos. Trump sigue afirmando, falsamente, que él es diferente.
Como estas condiciones siguen vigentes, el trumpismo no se ha disipado. La idea de que estos problemas requieren soluciones radicales — del tipo que ni los demócratas liberales ni los republicanos de la “vieja escuela” ofrecen — no es errónea. Pero que sean “radicales” no es suficiente, y el término puede usarse al servicio de los ricos cuando su contenido de clase no está claro. Lo que se necesitan son soluciones radicales que sean en el interés de la clase obrera. El Partido Demócrata no puede proponer y nunca propondrá soluciones de ese tipo.
El punto de partida de una lucha genuina contra el trumpismo, así como contra el liberalismo del Partido Demócrata, es el rechazo al reclamo de “Estados Unidos Primero”. De lo contrario, los trabajadores permanecemos enjaulados en la idea de que nuestros intereses fundamentales son intereses nacionales, no de clase; que tenemos más en común con la minoría adinerada que se beneficia de nuestro trabajo — porque ellos también son “estadounidenses” — que con los intereses de otros trabajadores en el mundo entero.
El Partido Demócrata comparte la perspectiva nacionalista de Estados Unidos Primero, incluso si sus candidatos generalmente no usan la demagogia abiertamente reaccionaria que emplea Trump. Los demócratas instan a los trabajadores a apoyar el uso del poderío militar estadounidense en todo el mundo. Nos dicen que apoyemos la política exterior de su partido, como lo han hecho con el respaldo militar incondicional de Biden a la guerra genocida de Israel en Gaza. Ven a los inmigrantes inundando este país en busca de una vida mejor como un problema que hay que frenar.

Es por eso que las deportaciones de trabajadores inmigrantes aumentaron bajo el presidente Obama. Es por eso que la administración Biden/Harris se ha adaptado cada vez más a las demandas de Trump de limitar drásticamente el derecho de los inmigrantes a solicitar asilo en Estados Unidos.
Orígenes del trumpismo
La extrema derecha siempre ha sido parte del bipartidismo. Una larga lista de políticos ultraderechistas precedieron a Trump. Entre ellos se encuentran el senador Joseph McCarthy, el anticomunista que organizó una cacería de brujas en la década de 1950; el republicano Barry Goldwater y el demócrata George Wallace, ambos candidatos presidenciales en la década de 1960; y en la década de 1990, Patrick Buchanan, quien después de servir a los presidentes Richard Nixon y Ronald Reagan, compitió contra George H.W. Bush en las primarias republicanas de 1992.
Muchos veían a Buchanan como un fascista incipiente. Fue el primero en revivir el llamado — planteado por primera vez hace décadas — de poner a “Estados Unidos Primero” como eslogan del nacionalismo extremo en Estados Unidos. Buchanan finalmente se desvaneció de la escena, pero su impacto perduró en la candidatura de Sarah Palin como candidata republicana a la vicepresidencia en 2008, en el movimiento llamado Tea Party que se movilizó durante la presidencia de Obama y, en última instancia, Trump.[2]
Buchanan abogó por una lucha sin cuartel que enfrentara al Partido Republicano contra un Partido Demócrata que, según él, “apoyaba el aborto, el feminismo radical y el movimiento por los derechos de los homosexuales”.
Hablando durante el horario de máxima audiencia en 1992 ante la convención del Partido Republicano, Buchanan declaró: “Es una guerra religiosa la que está ocurriendo en este país. Es una guerra cultural, tan fundamental para el tipo de nación que seremos como lo fue la propia Guerra Fría, porque esta guerra es por el alma de Estados Unidos”.
Demonizó a los inmigrantes y buscó definir quiénes son los “verdaderos” estadounidenses y quiénes no lo son. Lo hizo a base de convertir a los inmigrantes y a otras personas en chivos expiatorios, culpándolos por los problemas económicos y sociales causados por el propio sistema capitalista.

Al fusionar cuestiones culturales y económicas, Buchanan se valió de la indignación pública y el resentimiento de todo tipo, desde el transporte escolar hasta la acción afirmativa y el arte “anticristiano”, para criticar el elitismo económico. Los “verdaderos americanos”, especialmente los de las zonas rurales, se enfrentaron así a las élites urbanas: “Los que imponen impuestos altos, desbordan el gasto público, beben café latte, comen sushi, conducen Volvos, leen el New York Times, aman a Hollywood, y son el circo izquierdista”, como el autor Thomas Frank[3] describiría más tarde la popularidad de que gozaba Buchanan.
La continuidad política con Trump es obvia. Es más clara todavía si observamos la demonización implacable de los inmigrantes por parte de Trump. Su retórica derechista y antiinmigrante ha sido el eje central en su campaña desde el momento en que anunció su primera candidatura en 2015. “Cuando México envía a su gente, no está enviando a los mejores…” Declaró entonces. “Están enviando a personas que tienen muchos problemas, y están trayendo esos problemas con ellos. Traen drogas. Están trayendo el crimen. Son violadores. Y algunos, supongo, son buenas personas”.
Esa demagogia desembocó naturalmente en su conocida propuesta de construir un muro entre México y Estados Unidos para mantener fuera a los inmigrantes. Más tarde, esto culminó en sus esfuerzos por restringir los viajes a Estados Unidos desde países con grandes poblaciones musulmanas.

Como el propio Buchanan opinó durante el primer verano de la presidencia de Trump: “Las ideas sí lograron llegar, pero yo no”.
Buchanan, un veterano y partidario incondicional del Partido Republicano, sabía que tenía o pocas o ninguna posibilidad de desbancar a Bush como candidato republicano en 1992. Ganar las elecciones no era su objetivo principal. Intentaba promover sus ideas reaccionarias y contribuir a la construcción de un movimiento que luche por ellas, no solo durante las elecciones, sino también en las calles.
Buchanan fue un ideólogo de la extrema derecha. La mayoría de sus libros, entre ellos Right from the Beginning [Con razón y de derecha desde un principio] y A Republic, Not an Empire: Reclaiming America’s Destiny [Una república, no un imperio: rescatando el destino de Estados Unidos], se centraron en promover su programa ultraderechista para reorganizar a Estados Unidos. Continuó haciéndolo por medio de una columna de opinión sindicada.
Trump, armado con una fortuna personal que Buchanan nunca tuvo, se propuso ganar la nominación del Partido Republicano en 2016 y luego la presidencia. Al principio se enfrentó a las burlas, pero en las primarias de 2016 rápidamente despachó a todos los aspirantes republicanos más conocidos. Luego logró una victoria sorprendente que asombró a muchos cuando ganó el Colegio Electoral, derrotando a Hillary Clinton.
Tras su victoria estaba la realidad de millones de votantes de clase media y clase trabajadora que sentían que sus condiciones económicas y sociales se estaban deteriorando, mientras que los demócratas ni siquiera reconocían los problemas y mucho menos ofrecían respuestas para bregar con ellos.
Trump tampoco tenía respuestas, aparte de buscar chivos expiatorios, emplear la demagogia y culpar a los demócratas. Pero la insatisfacción con esas condiciones — la decepción con la “Esperanza” y el “Cambio” que Obama prometió pero no entregó — llevó a millones de personas a votar por Trump.
(Esta fue la primera de dos partes. La segunda se encuentra en la Parte II.)
NOTAS
[1] “Estados Unidos Primero” es un término acuñado por primera vez por el presidente estadounidense Woodrow Wilson en su campaña de 1916, cuando prometió mantener la neutralidad de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Fue ampliamente utilizado como estandarte político por Charles Lindbergh y otros derechistas en la década de 1930.
[2] Para más información sobre la continuidad política del trumpismo con Patrick Buchanan, Sarah Palin y el grupo Tea Party, véase El votante rural: la política del sentido de lugar y la desunión de Estados Unidos, un libro (en inglés) de Nicholas Jacobs y Daniel Shea publicado en 2023. (pp. 112-129).
[3] Tomás Frank. ¿Qué le está sucediendo a Kansas? Cómo los conservadores se ganaron el alma de Estados Unidos (Nueva York, Metropolitan, 2004, pp. 5-6, en inglés).
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Categories: Política en Estados Unidos
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