Historia de Estados Unidos

Donald Trump vs. la historia: La escuela Trump de falsificación



El artículo a continuación se publicó por primera vez en la edición de noviembre-diciembre de 2025 de Against the Current (ATC) [Contra el Corriente], una “revista analítica y activista patrocinada por [el grupo] Solidarity[Solidaridad]”,segúnsusitioweb.

El autor, Bruce Levine, aborda la importante cuestión de cómo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, está liderando la falsificación de la historia estadounidense como parte integral de su marcha hacia un gobierno autocrático

Panorama-Mundial también examinó esta problemática, enfocándose en la falsificación de la historia afroamericana por parte de Trump y sus aliados a partir del primer mandato de Trump en la Casa Blanca (ver La teoría crítica de la raza: Los principales temas de discusión).

Publicamos el artículo que sigue para información de nuestros lectores con el amable permiso del autor y de ATC. El título, el texto, las fotos y las notas a continuación son del original (en inglés).

— Los editores de Panorama-Mundial

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Donald Trump vs. la historia: La escuela Trump de falsificación

Por Bruce Levine

Retrato oficial de Trump en la Casa Blanca.

El ascenso al poder de Donald Trump y sus secuaces ha consagrado y alentado una campaña para revivir la versión de la historia de Estados Unidos, triunfalista y de nación excepcional, que reinó tanto en el mundo académico como en la cultura pública desde finales de la década de 1940 hasta principios de la de 1960.

Para impulsar esa campaña, el régimen de Trump ha lanzado ataques simultáneos contra escuelas, bibliotecas, museos, el Servicio de Parques Nacionales e incluso los Archivos Nacionales.

La narrativa de la Guerra Fría que preferían los conservadores celebraba el “excepcionalismo” de Estados Unidos — supuestamente libre de los males europeos como el conflicto social. Exaltaba la marcha inexorable de este país desde su nacimiento hacia su glorioso e iluminado presente y futuro, el avance por una trayectoria trazada por el destino, por Dios, o ambos.

Como dijo el prominente historiador Daniel Boorstin: “No debe sorprendernos que no nos entusiasman los planes para rehacer la sociedad… ¿Para qué molestarnos en hacer un plan quinquenal cuando Dios parece ya tener un plan de mil años para nosotros?”[1]

Pero los movimientos democráticos de las décadas de 1960 y 1970 — el movimiento por los derechos civiles, la lucha contra la guerra neocolonialista en Vietnam, el movimiento de las mujeres, el movimiento por los derechos de los homosexuales, el movimiento ambiental — desafiaron esta imagen, comenzando a cambiar la manera en que la gente pensaba sobre la historia de Estados Unidos.

Los veteranos de esos movimientos, y otros influenciados por ellos, obtuvieron títulos avanzados, obtuvieron empleos en escuelas públicas y en universidades, y muchos de estos últimos comenzaron a publicar. Con el tiempo la antigua versión del pasado de la nación, simplista y triunfalista, quedó al menos parcialmente eclipsada.

La enseñanza en el aula, los ensayos y los libros ahora exploraban con más frecuencia las múltiples formas de explotación y opresión que existían en la sociedad estadounidense desde su nacimiento, así como las diversas luchas libradas para superarlas — entre las que hubo luchas exitosas, otras infructuosas, y muchas que quedaron inconclusas.

Otras personas se convirtieron en bibliotecarios, curadores de museos e historiadores, y guías en el Servicio de Parques Nacionales (NPS). Ellos también ayudaron a llevarle esta nueva historia al público en general.

Desde el principio la derecha política despreció y criticó esta nueva historia.

Hace treinta años, el entonces presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, se quejó de que si bien “de la colonia de Jamestown y los peregrinos… hasta las pinturas de Norman Rockwell de las décadas de 1940 y 1950”, había prevalecido un conjunto común de valores, pero eso ya no era cierto — porque “desde 1965, … ha habido un esfuerzo consciente por parte de las élites culturales de desacreditar la civilización [de Estados Unidos]”.[2]

El líder de la mayoría de la Cámara de Representantes y futuro candidato presidencial republicano, Bob Dole, ofreció más detalles, diciéndole en una receptiva convención de la Legión Americana que el “idioma, la historia y los valores” del país estaban “bajo ataque por nuestro gobierno y por las élites intelectuales que parecen avergonzadas de Estados Unidos. Lo que nosotros vemos como una oportunidad, ellos lo ven como opresión.

“Lo que vemos como un pasado orgulloso, ellos lo ven como un legado vergonzoso. Lo que sostenemos como verdad moral, lo llaman intolerancia. Tienen teorías falsas, respaldadas por largas disertaciones y estudios interminables. Saben mucho. Pero de alguna manera pasaron por alto el hecho de que los Estados Unidos de América son la mayor fuerza para el bien que haya conocido el mundo”.[3]

Peor aún, añadieron los derechistas, estas élites subversivas mantienen su dominio de las humanidades y las ciencias sociales en la academia discriminando, silenciando, y negándose rotundamente a contratar a académicos conservadores en las facultades universitarias. Es decir, todo esto había ocurrido, supuestamente, como resultado de una conspiración con listas negras políticas y no simplemente porque las teorías y narrativas conservadoras hubieran perdido credibilidad intelectual.

La llegada de Trump y el trumpismo

Al escenificar su propio descenso desde las alturas en esa escalera mecánica dorada en 2015, Trump reveló su imagen propia desde el principio y señaló sus ambiciones. Era el hombre del destino, ungido por el cielo, y “el único” que podía salvar al país de los males y peligros que lo acosaban.

Así que tan pronto como prestó juramento al cargo, comenzó a atacar la Constitución que acababa de jurar defender. Tomó el control de partes autónomas del poder ejecutivo y, al mismo tiempo, reclamó para ese poder la supremacía absoluta sobre la legislatura y el poder judicial. Seres dóciles y cortesanos serviles nombrados a estas dos últimas ramas le otorgaron sus bendiciones.

Es evidente que hacia el final de su primer mandato, Trump y sus asesores decidieron que su proyecto bonapartista, así como la retórica reaccionaria y los decretos imperiales que lo acompañaban, necesitaban una justificación histórica.

En septiembre de 2020 él convocó una Conferencia en la Casa Blanca sobre la Historia de Estados Unidos. Allí lanzó una campaña contra los relatos “izquierdistas” del pasado de la nación que lo ofendían, y que según él animaban las masivas protestas antirracistas que llenaron las calles de la ciudad después de que la policía asesinara a George Floyd y a otros afroamericanos.

Todos estos “disturbios y caos de la izquierda”, explicó Trump, “son el resultado directo de décadas de adoctrinamiento izquierdista en nuestras escuelas” donde “instruyen a nuestros niños por medio de ensayos de propaganda, como los de Howard Zinn”, refiriéndose a la muy popular A People’s History of the United States [Una historia popular de los Estados Unidos] de Zinn — ensayos “que buscan avergonzar a los estudiantes de su propia historia”.

En esos libros y de otras maneras, afirmó Trump,[4] “la izquierda ha deformado, distorsionado y profanado la historia de Estados Unidos con engaños, falsedades y mentiras”. Ahondando más su tema — o mejor dicho, llevándolo a la ebullición — Trump básicamente acusó a los autores de esta vil versión de la historia de traición.

“Las narrativas sobre Estados Unidos que promueve la extrema izquierda y que [ahora] corean en las calles tienen un parecido sorprendente a la propaganda antiestadounidense de nuestros adversarios, porque ambos grupos quieren ver a Estados Unidos debilitado, ridiculizado y totalmente disminuido”.

¿Qué es lo que había que hacer? Para los trumpistas esa no fue una pregunta difícil. La versión sombría de la historia nacional debería dar paso a la más antigua, la que fue apreciada durante mucho tiempo, la más brillante.

“Debemos deshacernos de la retorcida red de mentiras en nuestras escuelas y aulas”, declaró Trump (o sus escritores fantasmas), “y enseñarles a nuestros hijos la magnífica verdad sobre nuestro país”, enseñarles que “son ciudadanos de la nación más excepcional en la historia del mundo”.

Debemos recordarles a ellos y a nosotros mismos que hemos “construido la nación más justa, igualitaria y próspera en la historia de la humanidad”. Y debemos recuperar la certeza de que todo este progreso estaba predestinado, que el nacimiento mismo de la república hizo inevitable todo el ascenso que vino después: “La fundación de Estados Unidos puso en marcha la cadena imparable de eventos que abolieron la esclavitud” y luego “aseguraron los derechos civiles”.[5]

En realidad, por supuesto, los avances que se han registrado por la causa de la libertad y de la justicia humanas no estaban predeterminados ni eran inevitables; se ganaron a través de luchas reñidas contra poderosas y arraigadas fuerzas de resistencia. (Y para encontrar pruebas recientes de que el progreso del país hacia la libertad, la justicia y la igualdad ha sido cualquier cosa menos que “imparable”, solo hay que dale un vistazo a lo que han hecho las administraciones de Trump y la actual Corte Suprema).

No mucho después de pronunciar las quejas citadas anteriormente, Trump se encontró expulsado del cargo. Pero cuando regresó al poder en 2025, las retomó donde las había dejado.

A People’s History of the United States (Una historia popular de los Estados Unidos) de Howard Zinn.

Durante sus cuatro años en el exilio político, diversos agentes de derecha, académicos y laboratorios de ideas [think tanks] como la Sociedad Federalista, la Fundación Heritage y el Instituto Claremont[6] habían elaborado para él un programa político reaccionario que era aún más consistente y coherente que el que había traído consigo en 2017. Trump también estaba armado ahora con listas de posibles facilitadores apasionados, más dispuestos que algunos de los funcionarios de su primer mandato a concretar, articular e implementar ese programa aún más.

Y solo dos meses después de su segunda toma de posesión, Trump declaró una vez más su determinación de revisar el historial del pasado, con una orden ejecutiva titulada “Restaurar la verdad y la cordura a la historia de Estados Unidos”.

Para ser verdadera y cuerda, explicó, nuestra historia debe liberarse de la “ideología divisiva y enfocada en la raza” y, en cambio, celebrar el “progreso constante del país para convertirse en una Unión más perfecta”, con su “legado incomparable en la promoción de la libertad, los derechos individuales y la felicidad humana”.[7]

Escuelas y bibliotecas

Trump y compañía buscan monitorear y censurar lo que ocurre en las aulas. Hasta ahora, sus intentos más exitosos han ocurrido al nivel universitario, utilizando varios pretextos para extorsionar a las principales instituciones para que entreguen su control no solo sobre las políticas de admisión, sino también sobre las decisiones de contratación de profesores, los planes de estudio y la totalidad de los programas académicos.[8]

Hay administradores y juntas de gobernadores en las universidades que, por simpatía o simplemente por indolencia, han ayudado a Trump a lograr todo esto.

Pero las escuelas públicas también se encuentran en la mirilla. Quejándose de que “los padres han sido testigos de cómo las escuelas adoctrinan a sus hijos con ideologías radicales y antiestadounidenses”, una de las órdenes ejecutivas de Trump promete “garantizar que los beneficiarios de fondos federales para la educación K-12” brinden a los estudiantes una “educación patriótica”, que les proporcione “una presentación de la historia de Estados Unidos basada en: una caracterización precisa, honesta”, pero también “unificadora, inspiradora y ennoblecedora de los principios fundacionales y sobre los cuales fue fundado Estados Unidos”.

Una historia tan escudriñada les enseñaría a los estudiantes que “Estados Unidos se ha ido acercado admirablemente a sus nobles principios a lo largo de su historia” y “que lo correcto es celebrar la grandeza y la historia de Estados Unidos”.[9]

Este intento de controlar las escuelas está acompañado de un ataque a las bibliotecas escolares. El gobierno federal ejerce un control más directo sobre las bibliotecas escolares en sus bases militares. Para proteger a los hijos del personal en servicio de influencias peligrosas, el Departamento de Defensa (ahora de Guerra) ordenó a las bibliotecas que atienden a unos 67 mil niños en 160 bases militares en todo el mundo que consideren eliminar cualquier libro que esté “potencialmente relacionado con la ideología de género o temas discriminatorios de la ideología de la equidad”.[10]

Mientras tanto, la Biblioteca Nimitz de la Academia Naval retiró de sus estantes casi 400 libros que tratan sobre la discriminación basada en la clase social, el origen étnico, la raza o el género. Los volúmenes purgados incluyen, por supuesto, el icónico y claramente subversivo libro de James W. Loewen Lies My Teacher Told Me: Everything Your American History Textbook Got Wrong(1996) [Las mentiras que me dijo mi maestro: todo lo que está equivocado en su libro de texto sobre la historia de Estados Unidos], pero también Jim Crow’s Legacy; The Second Coming of the KKK: The Ku Klux Klan of the 1920s [El legado de Jim Crow; La segunda venida del KKK: el Ku Klux Klan en la década de 1920]; Memorializing the Holocaust [Conmemorando el Holocausto]; Confederate Monuments and the Ongoing Fight for Racial Justice [Monumentos de la Confederación y la continua lucha por la justicia racial]; e incluso A Respectable Woman: The Public Roles of African American Women in 19th-Century New York [Una mujer respetable: los roles públicos de las mujeres afroamericanas en Nueva York en el siglo XIX].[11]

En abril se le dio la orden a la Academia Militar de Estados Unidos en West Point, a la Escuela de Guerra del Ejército, a la Academia de la Fuerza Aérea y a otras instalaciones de servicio que empezaran a implementar “revisiones” similares de los libros en sus propias bibliotecas.[12]

Purgando los museos

En agosto Trump declaró, en su plataforma personal de redes sociales Truth Social, que “los museos en todo Washington, pero también en todo el país son, esencialmente, el último reducto de ‘WOKE’“ (la abreviatura actual de “políticamente objetable”).

El “castillo” del Museo Smithsonian, el primer edificio en la amplia avenida principal en Washington denominada National Mall (Archivo Carol M. Highsmith, Biblioteca del Congreso, División de Grabados y Fotografías)

Entre los principales transgresores se encuentran la Institución Smithsonian y los ocho museos que administra, entre ellos el Museo de Historia Estadounidense, el Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana, el Museo Smithsonian de Arte Estadounidense y la Galería Nacional de Retratos.

“El Smithsonian está FUERA DE CONTROL, donde todo lo que se discute es lo horrible que es nuestro país” y “lo mala que fue la esclavitud”. Y no conformándose con sobre-enfatizar los errores de la esclavitud, el Smithsonian le puso sal a la herida al atreverse a cuestionar la existencia de razas humanas biológicamente distintas.

Por eso Trump señaló con especial desprecio una exhibición en el Museo de Arte Estadounidense que “promueve la opinión de que la raza no es una realidad biológica sino una concepto social, afirmando que ‘la raza es una invención humana’”. Ese punto de vista, que hoy forma parte del pensamiento científico dominante, es aparentemente anatema para un régimen decidido a reimponer los conceptos intelectuales de principios de la década de 1950.

Por lo tanto, para “garantizar que las futuras subvenciones a la Institución Smithsonian prohíban el gasto en exhibiciones o programas que … dividen a los estadounidenses en función de la raza o promueven programas o ideologías inconsistentes con la ley y la política federales”,[13] Trump anunció que había “dado instrucciones a mis abogados para que revisen los museos y comiencen exactamente el mismo proceso que siguieron los colegios y las universidades donde se ha logrado un avance tremendo”.[14]

Eso le, informó a la directora del Smithsonian, Lonnie Bunch, el 12 de agosto, significa que hay que revisar todas las exhibiciones “para evaluar el tono, el marco histórico y la alineación con los ideales estadounidenses”. Trump esperaba que en el espacio de 120 días, el Smithsonian “comenzara a implementar correcciones de contenido cuando sea necesario, reemplazando el lenguaje divisivo o ideológico con descripciones unificadoras, históricamente precisas y constructivas” en todos sus espacios.[15]

Tampoco son los museos apoyados por el gobierno federal los únicos afectados. Los museos independientes de todo el país están observando estos acontecimientos con temor.

Como en el caso de las universidades, algunos están doblando la rodilla antes de cualquier ataque directo. “Ya han cambiado su programación de manera significativa, y a veces abrupta, mientras intentan mantenerse alejados de posibles temas candentes”, informa el New York Times.[16]

Parques, monumentos, sitios históricos

La censura de exhibiciones públicas de la historia difícilmente se detiene en los museos; también abarca más de 400 monumentos, parques y sitios históricos administrados por el Departamento del Interior.

Según una orden ejecutiva decretada a fines de marzo, todos ellos deben ser despojados de cualquier “descripción, representación u otro contenido que menosprecie inapropiadamente a los estadounidenses pasados o vivos (incluso las personas que vivieron durante la época colonial)”. Todos deben enfocarse en cambio “en la grandeza de los logros y el progreso del pueblo estadounidense”.[17]

A los trabajadores del Servicio de Parques Nacionales (NPS por sus siglas en inglés) bajo el control del Departamento del Interior, se les ordenó colocar letreros (con códigos QR, números de teléfono y direcciones de correo electrónico y web) que invitan a los visitantes a informar sobre cualquier cosa que consideren que necesita ser modificada para cumplir con este nuevo estándar.

También se les pidió a los trabajadores del NPS que identificaran cualquier otra cosa que pudiera ofender. Los funcionarios del Servicio luego revisarían esas sugerencias y eliminarían todo lo objetable antes del 17 de septiembre.[18]

Desde entonces, los empleados han obedientemente re-etiquetado las representaciones del abuso de esclavos fugitivos en el Parque Histórico Nacional de la Independencia en Filadelfia.[19] Y en el Monumento Nacional Castillo de San Marcos en Florida, han revisado los textos que recuerdan el encarcelamiento de los nativos americanos dentro de la fortaleza de piedra española en ese lugar.[20]

El pueblo Kiowa, junto con otros nativos de las Grandes Llanuras, fueron encarcelados bajo llave en el Castillo de San Marcos entre 1975 y 1978. Se vieron obligados a dormir en pisos de tierra. Pero el servicio de parques debe permanecer en silencio sobre este capítulo de la historia estadounidense.

Según informes, los funcionarios de Trump también eliminaron todo lo relacionado a las personas transgénero del sitio web del Servicio de Parques que se refieren al Monumento Nacional Stonewall en Greenwich Village.[21]

El NPS promete que todos estos cambios ayudarán a garantizar una “descripción precisa” de la historia estadounidense. El secretario del Interior, Doug Burgum, lo dice sin rodeos. El propósito, explica, es ‘recordarles a los estadounidenses nuestra extraordinaria herencia’”.[22]

Es de esperarse que, con el mismo propósito, una estatua en Washington del general confederado Albert Pike, que fue derribada e incinerada durante las protestas de Black Lives Matter, será restaurada y colocada nuevamente en su lugar.[23]

Los Archivos Nacionales

El régimen de Trump ha puesto sus mirillas no solo en escuelas, bibliotecas, museos y parques, sino también en los mismos archivos que contienen las materias primas — lo que los historiadores llaman fuentes primarias — en las que se basa gran parte de la erudición histórica sobre el país.

Un blanco principal es la Administración Nacional de Archivos y Registros, cuyas 43 instalaciones en 17 estados albergan registros gubernamentales y documentos relacionados. En febrero, Trump despidió a la jefa de los Archivos Nacionales, Colleen Shogan, reemplazándola supuestamente de forma interina con su secretario de Estado y conocido adulador Marco Rubio.[24]

Desde entonces, informa la Associated Press, otros altos funcionarios de los Archivos también han sido despedidos, han renunciado, se han jubilado, o han aceptado “buyouts” [indemnizaciones por jubilarse antes de tiempo] del gobierno.[25]

Muchos observadores pensaron que Trump inició esta purga en particular porque le molestaba haber sido procesado penalmente por retener y ocultar deliberadamente registros oficiales de los Archivos que la ley federal le exigía entregar al dejar la Casa Blanca en 2020. Pero cuando todo eso ocurrió Colleen Shogan aún no dirigía los Archivos, y desde entonces Trump también ha empezado a socavar otros archivos federales.

Por eso nombró al subsecretario del Trabajo Keith E. Sonderling como director interino del Instituto de Servicios de Museos y Bibliotecas (IMLS). Una agencia gubernamental independiente, el IMLS es la principal fuente de federal de subvenciones para museos, bibliotecas y depósitos de registros en todo el país.

“Estoy comprometido a dirigir esta organización en coordinación estricta con esta Administración para mejorar la eficiencia y fomentar la innovación”, proclamó Sonderling. Prometió “revitalizarla” y “restaurar su enfoque en el patriotismo, asegurando que preservemos los valores fundamentales de nuestro país, promovamos el excepcionalismo estadounidense y cultivemos el amor por el país en las generaciones futuras”.[26]

Lo que Sonderling no mencionó fue que, en aras de reducir los costos, Trump ya había decretado que esta fuente clave de financiación para los archivos simplemente “sería eliminada en la mayor medida posible de acuerdo con la ley aplicable”.[27]

¿Por qué?

A veces todo esto puede parecer como simplemente el resultado de un rencor infantil y/o una idea infantil del patriotismo — simplemente un deseo desesperado de hacer que nuestro pasado se vea “bien”, para que podamos sentir orgullo en lugar de vergüenza.

Pero el ataque generalizado de Trump contra la historia es a la vez más intencionado, más consecuente y más insidioso — el complemento natural de su insistencia en influir en el presente y darle forma al futuro.

Al discutir cómo el régimen de Stalin reescribía constantemente la historia soviética, León Trotsky explicó que, en general, el hecho de que “el pasado fuera falsificado y alterado… se debía al funcionamiento de un proceso político profundo, con raíces sociales propias”. La mentira histórica “sirve en función de la estructura de clases de la sociedad. Los opresores erigen la mentira como un sistema para embaucar a las masas y mantener su dominio”.[28]

Para mantener su gobierno, podría haber añadido, y para justificar sus políticas. Así fue que el Gran Hermano de George Orwell le enseño a la gente de Oceanía que “siempre han estado en guerra con Estasia” para que mejor aceptaran siempre hacer la guerra contra Estasia.

La Asociación Estadounidense de Bibliotecas protesta porque los “vergonzosos decretos de censura de Trump borran la historia y silencian las voces de los estadounidenses cuyas vidas reflejan la diversidad de nuestra nación”.[29] La Sociedad de Archivistas Estadounidenses advierte que estos ataques “ponen en peligro la preservación y el acceso a la evidencia que salvaguarda los derechos de las personas, documenta las acciones gubernamentales y garantiza la transparencia”.[30]

Pero, por supuesto, esas consecuencias se encuentran entre los principales objetivos de Trump. La historia que Trump desprecia, se queja, “profundiza las divisiones sociales”[31] cuando en cambio debería promover la “unidad nacional”, una unidad nacional cimentada por “nuestra identidad compartida como estadounidenses. Por eso es tan urgente que finalmente restauremos la educación patriótica en nuestras escuelas”.[32]

Trump deja claro el tipo de “unidad nacional” e “identidad compartida” que tiene en mente cuando busca anular la ciudadanía por nacimiento, ataca furiosamente todos los intentos de garantizar el derecho al voto y la igualdad de acceso a la educación superior y al empleo para las mujeres y las minorías nacionales, envía tropas fuertemente armadas a ocupar ciudades con grandes poblaciones negras, expulsa y/o encarcela a inmigrantes que buscan desesperadamente refugio de la pobreza extrema y la violencia política.

La banda Celebración del Día de la Emancipación, el 19 de junio de 1900, en Texas. (Sra. Charles Stephenson (Grace Murray), El portal a la historia de Texas, Bibliotecas de la Universidad del Norte de Texas)

La Corte Suprema hace el mismo argumento cuando da luz verde a la discriminación racial por parte de los policías de inmigración y aduanas. Para asegurarse de que su concepto de la unidad y la identidad nacionales no permaneciera en la oscuridad, Trump y compañía ayudaron a aclararla aún más “con motivo del Juneteenth, un día que conmemora el fin de la esclavitud”, como registró un corresponsal de la Casa Blanca.

“El presidente Trump apartó un momento para quejarse de que exista ese día nacional feriado. Hay ‘demasiados días festivos no laborables en Estados Unidos’, se quejó Trump en las redes sociales” ese mismo día, “solo unas horas después de que su secretaria de prensa, Karoline Leavitt, señalara que el personal de la Casa Blanca se había presentado a trabajar”.[33]

¿Qué es lo que podemos hacer?

Es un refrán común que la historia la escriben los vencedores. Pero también es cierto que la forma en que se escribe la historia puede ayudar a determinar quién saldrá victorioso. Sólo una comprensión veraz del pasado, de lo que ya ha ocurrido, permite a los individuos, las naciones y las clases sociales orientarse y actuar eficazmente en el presente y planificar y dar forma al futuro.

Por lo tanto, los progresistas en general, y los socialistas en particular, tienen un gran interés en resistir los esfuerzos de la derecha por distorsionar la historia.

Aquellos que trabajan en las instituciones bajo ataque —miles de maestros, bibliotecarios, empleados del Servicio de Parques, curadores de museos, archivistas— se encuentran inevitablemente en las primeras filas de este conflicto. Pero por esa misma razón, tienen el poder de hacer que los intentos trumpistas de encubrir el pasado sean mucho más difíciles.

Estas asociaciones profesionales de trabajadores, y especialmente sus sindicatos, donde existan, no solo deben protestar en voz alta y clara, sino también deben tratar de frustrarlos activamente. Hay innumerables formas de hacerlo,[34] incluso salir en huelga.

Lamentablemente, estos y otros sindicatos han hecho hasta ahora lamentablemente poco, ni siquiera para defender a los miembros a quienes el gobierno ha despojado de sus derechos de negociación o simplemente, despedido sumariamente. Los sindicatos deben comenzar no solo a hacer al menos eso, sino también a tomar la iniciativa en la lucha contra el peligroso asalto del Gran Hermano a la memoria pública.


NOTAS

[1] Boorstin, The Genius of American Politics [El genio de la política estadounidense] (University of Chicago Press, 1953), 179; Peter Novick, That Noble Dream: The “Objectivity Question” and the American Historical Profession [Ese noble sueño: la “cuestión de la objetividad” y la profesión de historia en Estados Unidos] (Cambridge University Press, 1988), 320, 332-333; Anthony Molho and Gordon S. Wood, “Introduction,” Imagined Histories: American Historians Interpret the Past [“Introducción”, Historias imaginadas: los historiadores estadounidenses interpretan el pasado] (Princeton University Press, 1998), 10-11.

[2] Gingrich, Para renovar Estados Unidos (Harper Collins, 1995), 23.

[3] https://archive.legion.org/_flysystem/fedora/2022-04/aa003064.pdf

[4] Aquí y en otros lugares, cuando este ensayo se refiere a cosas que Trump afirma haber dicho, el lector debe considerar esta abreviatura conveniente. De hecho, Trump es demasiado estúpido, ignorante y perezoso para haber escrito esas palabras; otros obviamente lo han hecho por él.

[5] “Comentarios del presidente Trump en la Conferencia de la Casa Blanca sobre Historia Estadounidense, en el Museo de los Archivos Nacionales”, 17 de septiembre de 2020, https://trumpwhitehouse.archives.gov/news/

[6] https://www.claremont.org/statement-on-president-donald-trumps-victory/

[7] “Restaurando la verdad y la cordura en la historia estadounidense”, orden ejecutiva, 27 de marzo de 2025, https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/2025/03/restoring-truth-and-sanity-to-american-history/

[8] Véase Alan Wald, “La guerra de Trump contra la libertad de expresión y la educación superior”, y Leila Kawar, “Reflexiones: el momento político en la educación superior”, ambos en Against the Current, n.º 237, julio/agosto de 2025.

[9] “Poner fin al adoctrinamiento radical en la educación K-12”, orden ejecutiva, 29 de enero de 2025, https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/2025/01/ending-radical-indoctrination-in-k-12-schooling/

[10] https://www.theguardian.com/us-news/2025/feb/13/pentagon-schools-closed-libraries-trump

[11] https://media.defense.gov/2025/Apr/04/2003683009/-1/-1/0/250404-LISTOFREMOVEDBOOKSFROMNIMITZLIBRARY.PDF

[12] https://www.militarytimes.com/news/your-military/2025/04/16/army-air-force-libraries-ordered-to-review-books-for-dei-material/

[13] “Restaurando la verdad y la cordura”.

[14] New York Times, 23 de agosto de 2025.

[15] “Carta al Smithsonian: Revisión interna de las exposiciones y materiales del Smithsonian”, https://www.whitehouse.gov/briefings-statements/2025/08/letter-to-the-smithsonian-internal-review-of-smithsonian-exhibitions-and-materials/

[16] New York Times, 23 de agosto de 2025.

[17] “Restaurando la verdad y la cordura”.

[18] New York Times, 13 de junio de 2025.

[19] David Firestone, “Apenas comienza la revolución cultural de Trump”, New York Times, 8 de agosto de 2025.

[20] New York Times, 13 de junio y 22 de julio de 2025.

[21] Firestone, “Trump’s Cultural Revolution” [La revolución cultural de Trump].

[22] New York Times, 13 de junio de 2025.

[23] Firestone, “Trump’s Cultural Revolution” [La revolución cultural de Trump].

[24] https://www.politico.com/news/2025/02/07/trump-fires-national-archives-chief-00203246

[25] https://apnews.com/article/trump-national-archives-firings-layoffs-historical-recordkeeping-559027fdd2f634263bea7774a78d66fe

[26] https://www.imls.gov/news/keith-e-sonderling-sworn-acting-director-institute-museum-and-library-services

[27] “Continuar con la reducción de la burocracia federal”, 14 de marzo de 2025, https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/2025/03/continuing-the-reduction-of-the-federal-bureaucracy/

[28] León Trotsky, La Revolución desfigurada: La escuela de falsificación estalinista  https://fundacionfedericoengels.net/images/2024/pdf/Subido_trotsky_revolucion-desfigurada_web.pdf

[29] https://www.ala.org/news/2025/02/ala-aasl-decry-us-defense-department-censorship-schools-and-libraries-military

[30] https://www2.archivists.org/statements/saa-condemns-widespread-firing-of-archivists-and-cultural-heritage-workers

[31] “Restaurando la verdad y la cordura”.

[32] “Comentarios del presidente Trump en la Conferencia de la Casa Blanca sobre Historia Estadounidense”.

[33] New York Times, 20 de junio de 2025.

[34] Un ejemplo inofensivo: los bibliotecarios pueden distribuir a los usuarios listas de los libros que se han visto obligados a retirar de los estantes.

Noviembre-diciembre de 2025, ATC 239


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