“Mi conclusión ineludible es que Israel está cometiendo un genocidio contra el pueblo palestino”, dice Omer Bartov en un ensayo que apareció por primera vez en el New York Times el 15 de julio.
“Habiendo crecido en un hogar sionista, vivido la primera mitad de mi vida en Israel, servido como soldado y oficial en las FDI [Fuerzas de Defensa de Israel] y pasado la mayor parte de mi carrera investigando y escribiendo sobre crímenes de guerra y el Holocausto, el llegar a esta conclusión fue algo doloroso, y lo resistí todo el tiempo que pude”, continúa Bartov, profesor de estudios sobre el Holocausto y el genocidio en la Universidad de Brown. “Pero llevo un cuarto de siglo dando clases sobre genocidio. Puedo reconocer uno cuando lo veo”.
Entre otros puntos esenciales de la columna que reproducimos a continuación, Bartov responde a la grotesca afirmación de muchos vociferantes partidarios del Estado de Israel de que reconocer la realidad del horror en Gaza es “antisemita”.
“En diciembre, el erudito del Holocausto Norman J.W. Goda opinó que ‘cargos de genocidio como este se han utilizado durante mucho tiempo como hoja de parra para ocultar desafíos más amplios a la legitimidad de Israel’, expresando su preocupación de que ‘hayan abaratado la gravedad misma de la palabra genocidio'”, señala Bartov. “Este ‘libelo de genocidio’, como el Dr. Goda se refirió a él en un ensayo, ‘despliega una serie de tropos antisemitas’, incluyendo ‘el acoplamiento de la acusación de genocidio con el asesinato deliberado de niños, cuyas imágenes son omnipresentes en ONG, redes sociales y otras plataformas que acusan a Israel de genocidio'”.
Bartov luego explica: “En otras palabras, mostrar imágenes de niños palestinos destrozados por bombas de fabricación estadounidense y lanzadas por pilotos israelíes es, desde este punto de vista, un acto antisemita…”. [Énfasis añadido.]
“El desacreditar a los estudiosos del genocidio de ser antisemitas porque califican como genocidio lo que Israel está haciendo en Gaza amenaza con erosionar los cimientos de los estudios sobre el genocidio: la necesidad continua de definir, prevenir, castigar y reconstruir la historia del genocidio. Sugerir que este esfuerzo está motivado por intereses y sentimientos malignos — que está impulsado por el mismo odio y prejuicio a la raíz del Holocausto — no solo es moralmente escandaloso, sino que también abre la puerta a una política de negacionismo e impunidad.
“De la misma manera, cuando aquellos que han dedicado sus carreras a enseñar y conmemorar el Holocausto insisten en ignorar o negar las acciones genocidas de Israel en Gaza, amenazan con socavar todo lo que la erudición y la conmemoración del Holocausto han representado en las últimas décadas. Es decir, la dignidad de todo ser humano, el respeto al estado de derecho y la urgente necesidad de no permitir nunca que la inhumanidad se apodere de los corazones de las personas y dirija las acciones de las naciones en nombre de la seguridad, el interés nacional y la pura venganza”.
Panorama-Mundial publica el ensayo a continuación para información de nuestros lectores. El título, las fotos y el texto que siguen son del original.
— Los editores de Panorama-Mundial
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Ensayo invitado
Soy un erudito en genocidio. Lo reconozco cuando lo veo.
15 de julio de 2025

Por Omer Bartov
El Dr. Bartov es profesor de estudios sobre el Holocausto y el genocidio en la Universidad de Brown.
Un mes después del ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023, creía que había pruebas de que el ejército israelí había cometido crímenes de guerra y potencialmente crímenes de lesa humanidad en su contraataque contra Gaza. Pero al contrario de los gritos de los críticos más feroces de Israel, no me pareció que las pruebas llegaran al crimen de genocidio.
Para mayo de 2024, las Fuerzas de Defensa de Israel le habían ordenado a alrededor de un millón de palestinos que se refugiaban en Rafah — la ciudad más meridional y la última relativamente intacta de la Franja de Gaza — que se trasladaran a la zona de la playa de Mawasi, donde el refugio era poco o nulo. A continuación, el ejército procedió a destruir gran parte de Rafah, una gesta lograda en su mayor parte en agosto.
En ese momento ya no parecía posible negar que el patrón de operaciones de las FDI era consistente con las declaraciones que denotaban intenciones genocidas pronunciadas por los líderes israelíes en los días posteriores al ataque de Hamás. El primer ministro Benjamín Netanyahu había prometido que el enemigo pagaría un “precio enorme” por el ataque y que las FDI convertirían partes de Gaza, donde operaba Hamás, “en escombros“, y pidió a “los residentes de Gaza” que “se vayan ahora porque operaremos con fuerza en todas partes”.
Netanyahu había instado a sus ciudadanos a recordar “lo que les hizo Amalek”, una cita que muchos interpretaron como una referencia a la demanda en un pasaje bíblico que pedía a los israelitas que “mataran por igual a hombres y mujeres, niños y lactantes” de su antiguo enemigo. Funcionarios gubernamentales y militares dijeron que estaban luchando contra “animales humanos” y, más tarde, llamaron a que fueran “totalmente aniquilados“. Nissim Vaturi, vicepresidente del Parlamento, dijo en X que la tarea de Israel debe ser “borrar la Franja de Gaza de la faz de la tierra”. Las acciones de Israel sólo pueden entenderse como la implementación de la intención expresada de hacer que la Franja de Gaza sea inhabitable para su población palestina. Creo que el objetivo era, y sigue siendo hoy, obligar a la población a abandonar la Franja por completo o, considerando que no tiene a dónde ir, debilitar el enclave mediante bombardeos y la grave privación de alimentos, agua potable, saneamiento y asistencia médica hasta tal punto que sea imposible para los palestinos de Gaza mantener o reconstituir su existencia como grupo.
Mi conclusión ineludible ha sido que Israel está cometiendo un genocidio contra el pueblo palestino. Habiendo crecido en un hogar sionista, vivido la primera mitad de mi vida en Israel, servido como soldado y oficial en las FDI y pasado la mayor parte de mi carrera investigando y escribiendo sobre crímenes de guerra y el Holocausto, el llegar a esta conclusión fue algo doloroso, y lo resistí todo el tiempo que pude. Pero llevo un cuarto de siglo dando clases sobre genocidio. Puedo reconocer uno cuando lo veo.
Esta conclusión no es solo mía. Un número cada vez mayor de expertos en estudios sobre el genocidio y en derecho internacional han llegado a la conclusión de que las acciones de Israel en Gaza sólo pueden definirse como genocidio. También lo han hecho Francesca Albanese, relatora especial de la ONU para Cisjordania y Gaza, y Amnistía Internacional. Sudáfrica ha presentado una demanda por genocidio contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia.

La continua denegación de esta designación por parte de los Estados, las organizaciones internacionales y los expertos jurídicos y académicos causará un daño categórico no sólo a los pueblos de Gaza e Israel, sino también al sistema de derecho internacional establecido a raíz de los horrores del Holocausto, diseñado para evitar que tales atrocidades vuelvan a ocurrir. Es una amenaza a los cimientos mismos del orden moral del que todos dependemos.
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El delito de genocidio fue definido en 1948 por las Naciones Unidas como la “intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal”. Por lo tanto, al determinar lo que constituye genocidio, debemos establecer la intención y demostrar que se está llevando a cabo. En el caso de Israel, esa intención ha sido expresada públicamente por numerosos funcionarios y líderes. Pero la intención también se puede derivar de un patrón de operaciones sobre el terreno, y este patrón se hizo evidente en mayo de 2024, y desde entonces se ha vuelto cada vez más claro, ya que las FDI han destruido sistemáticamente la Franja de Gaza.
La mayoría de los estudiosos del genocidio son cautelosos a la hora de aplicar este término a los acontecimientos contemporáneos, precisamente por la tendencia, desde que fue acuñado por el abogado judío-polaco Raphael Lemkin en 1944, de atribuirlo a cualquier caso de masacre o inhumanidad. De hecho, algunos argumentan que la categorización debe descartarse por completo, porque a menudo sirve más para expresar indignación que para identificar un delito en particular.
Sin embargo, como reconoció el Sr. Lemkin, y como las Naciones Unidas acordaron posteriormente, es crucial poder distinguir el intento de destruir a un grupo particular de personas de los otros crímenes del derecho internacional, como los crímenes de guerra y los crímenes de lesa humanidad. Esto se debe a que, mientras que otros crímenes entrañan el asesinato indiscriminado o deliberado de civiles como individuos, el genocidio denota el asesinato de personas como miembros de un grupo, con el objetivo de destruir irreparablemente al propio grupo para que nunca pueda reconstituirse como entidad política, social o cultural. Y, como señaló la comunidad internacional al aprobar la convención, le corresponde a todos los Estados signatarios impedir ese intento, hacer todo lo posible para impedirlo mientras esté ocurriendo y castigar posteriormente a quienes cometieron este crimen de crímenes — aunque haya ocurrido dentro de las fronteras de un Estado soberano.
La designación tiene importantes ramificaciones políticas, legales y morales. Las naciones, los políticos y el personal militar que sean sospechosos, acusados o declarados culpables de genocidio se consideran fuera de los límites aceptables para la humanidad y pueden comprometer o perder su derecho a seguir siendo miembros de la comunidad internacional. Un fallo de la Corte Internacional de Justicia que encuentre que un estado en particular está involucrado en un genocidio, especialmente si se hace valer por el Consejo de Seguridad de la ONU, puede conducir a sanciones severas.
Los políticos o generales acusados o declarados culpables de genocidio o de otras violaciones del derecho internacional humanitario por la Corte Penal Internacional pueden ser detenidos fuera de su país. Y una sociedad que aprueba y es cómplice del genocidio, cualquiera que sea la posición de sus ciudadanos individuales, llevará en sí esta marca de Caín mucho después de que se apaguen los fuegos del odio y la violencia.
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Israel ha denegado todas las acusaciones de crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad, y genocidio. Las FDI dicen que investigan las denuncias de delitos, aunque rara vez ha hecho públicos sus hallazgos, y cuando se reconocen violaciones de la disciplina o el protocolo, generalmente le ha impuesto reprimendas leves a su personal. Los líderes militares y políticos israelíes describen repetidamente a las FDI como actuando legalmente, dicen que emiten advertencias a la población civil para que evacue los sitios que están a punto de ser atacados y culpan a Hamás por usar a los civiles como escudos humanos.
De hecho, la destrucción sistemática en Gaza no sólo de viviendas, sino también de otras infraestructuras — edificios gubernamentales, hospitales, universidades, escuelas, mezquitas, sitios del patrimonio cultural, plantas de tratamiento de agua, zonas agrícolas y parques — refleja una política encaminada a hacer que la reactivación de la vida palestina en el territorio sea poco probable.
Según una investigación reciente de Haaretz, se estima que 174 mil edificios han sido destruidos o dañados, lo que representa alrededor del 70 por ciento de todas las estructuras de la Franja. Hasta ahora, más de 58 mil personas han muerto, según las autoridades sanitarias de Gaza, entre ellos más de 17 mil niños, que representan casi un tercio del recuento total de muertes. Más de 870 de esos niños tenían menos de un año.
Más de 2 mil familias han sido aniquiladas, según las autoridades sanitarias. Además, 5,600 familias cuentan ahora con un solo superviviente. Se cree que al menos 10 mil personas siguen enterradas bajo las ruinas de sus casas. Más de 138 mil han resultado heridos y mutilados.
Gaza tiene ahora la sombría distinción de tener el mayor número de niños per cápita en el mundo con amputaciones. Toda una generación de niños sometidos a continuos ataques militares, a la pérdida de sus padres y a la malnutrición a largo plazo sufrirá graves repercusiones físicas y mentales durante el resto de sus vidas. Miles de personas con enfermedades crónicas han tenido poco acceso a la atención hospitalaria.
La mayoría de los observadores siguen describiendo el horror de lo que ha estado ocurriendo en Gaza como una guerra. Pero este es un nombre inapropiado. Durante el último año, las FDI no han luchado contra un cuerpo militar organizado. La versión de Hamás que planeó y llevó a cabo los ataques del 7 de octubre ha sido destruida, aunque el debilitado grupo continúa luchando contra las fuerzas israelíes y mantiene el control sobre la población en áreas no controladas por el Ejército israelí.
Hoy en día, las FDI se dedican principalmente a una operación de demolición y limpieza étnica. Así es como el propio ex jefe del gabinete de Netanyahu y ministro de Defensa, el partidario de línea dura Moshe Yaalon, describió en noviembre en el canal de televisión Demócrata de Israel, y en artículos y entrevistas posteriores, el intento de expulsar a la población del norte de Gaza.

El 19 de enero, bajo la presión de Donald Trump, quien estaba a un día de retomar la presidencia, entró en vigor un alto al fuego que facilitó el intercambio de rehenes en Gaza por prisioneros palestinos en Israel. Pero desde que Israel rompió el alto al fuego el 18 de marzo, las FDI han estado ejecutando un plan muy publicitado de concentrar a toda la población de Gaza en una cuarta parte del territorio en tres zonas: la ciudad de Gaza, los campos centrales de refugiados y la costa de Mawasi en el extremo suroeste de la Franja.
Utilizando un gran número de excavadoras y enormes bombas aéreas suministradas por Estados Unidos, el ejército parece estar tratando de demoler todas las estructuras restantes y establecer el control sobre las otras tres cuartas partes del territorio.
Esto también ha sido propiciado por un plan que provee — de manera intermitente — limitados suministros de ayuda en unos pocos puntos de distribución custodiados por el ejército israelí, atrayendo a la gente hacia el sur. Muchos habitantes de Gaza mueren en un intento desesperado por obtener alimentos, y la crisis de hambruna se agrava. El 7 de julio, el ministro de Defensa, Israel Katz, dijo que las FDI construirían una “ciudad humanitaria” sobre las ruinas de Rafah para alojar inicialmente a 600 mil palestinos de la zona de Mawasi, que serían abastecidos por organismos internacionales y no se les permitiría salir.
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Algunos podrían describir esta campaña como limpieza étnica, no como un genocidio. Pero hay un vínculo entre los crímenes. Cuando un grupo étnico no tiene a dónde ir y es desplazado constantemente de una zona llamada segura a otra, bombardeado y hambriento sin descanso, la limpieza étnica puede transformarse en genocidio.
Este fue el caso en varios conocidos genocidios del siglo XX, como el de los herero y los nama en el África sudoccidental alemana, ahora Namibia, que comenzó en 1904; los armenios en la Primera Guerra Mundial; y, de hecho, incluso en el Holocausto, que comenzó con el intento alemán de expulsar a los judíos y terminó con su asesinato.
Hasta el día de hoy, solo unos pocos estudiosos del Holocausto, y ninguna institución dedicada a investigarlo y conmemorarlo, han emitido una advertencia de que Israel podría ser acusado de realizar crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, limpieza étnica, o genocidio. Este silencio ha convertido la consigna “Nunca más” en una burla, transformando su significado de una afirmación que se resiste a la inhumanidad dondequiera que se perpetre, a una excusa, una disculpa, incluso una carta blanca para destruir a los demás invocando la condición propia de haber sido víctima en el pasado.
Este es otro de los muchos costos incalculables de la catástrofe actual. A medida que Israel está literalmente tratando de eliminar la existencia palestina en Gaza y está ejerciendo una violencia cada vez mayor contra los palestinos en Cisjordania, el crédito moral e histórico del cual se ha aprovechado hasta ahora el Estado judío se está agotando.
Israel, creado a raíz del Holocausto como respuesta al genocidio nazi de los judíos, siempre ha insistido en que cualquier amenaza a su seguridad debe ser vista como algo que podría conducir a otro Auschwitz. Esto le da licencia a Israel de retratar a todos aquellos que percibe como sus enemigos como nazis — un término repetidamente utilizado por figuras de los medios de comunicación israelíes para describir a Hamás y, por extensión, a todos los gazatíes, basándose en la afirmación popular de que no hay nadie entre ellos que “no esté involucrado”, ni siquiera los bebés, que van a crecer para ser militantes.
No se trata de un fenómeno nuevo. Ya en la invasión israelí del Líbano en 1982 el primer ministro Menachem Begin comparó a Yasir Arafat, entonces refugiado en Beirut, con Adolf Hitler en su búnker de Berlín. Esta vez, la analogía se esgrime en relación con una política destinada a desarraigar y expulsar a toda la población de Gaza.
Las escenas diarias de horror en Gaza, de las que el público israelí se encuentra protegido por la autocensura de sus propios medios de comunicación, exponen las mentiras de la propaganda israelí de que se trata de una guerra de defensa contra un enemigo similar a los nazis. Uno se estremece cuando los portavoces israelíes pronuncian desvergonzadamente el eslogan hueco de que las FDI son el “ejército más moral del mundo”.
Algunas naciones europeas, como Francia, Gran Bretaña y Alemania, así como Canadá, han protestado débilmente por las acciones israelíes, especialmente desde que violó el alto al fuego en marzo. Pero no han suspendido los envíos de armas ni han tomado muchas medidas económicas o políticas concretas y significativas que pudieran disuadir al gobierno de Netanyahu.
Durante un tiempo, el gobierno de Estados Unidos pareció haber perdido interés en Gaza, y el presidente Trump anunció inicialmente en febrero que Estados Unidos se haría cargo de Gaza, prometiendo convertirla en “la Riviera de Medio Oriente”, y luego dejando que Israel continuara con la destrucción de la Franja mientras dirigía su atención a Irán. Por el momento, solo cabe esperar que Trump vuelva a presionar a un reacio Netanyahu para que al menos alcance un nuevo alto al fuego y ponga fin a la implacable matanza.
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¿Cómo se verá afectado el futuro de Israel por la inevitable demolición de su incontestable moralidad, derivada de haber nacido de las cenizas del Holocausto?
Eso lo tendrán que decidir los líderes políticos de Israel y sus ciudadanos. Parece haber poca presión interna para que ocurra el cambio de paradigma que se necesita con urgencia: el reconocimiento de que no hay otra solución a este conflicto que un acuerdo israelí-palestino para compartir la tierra bajo los parámetros que acuerden las dos partes, ya sean dos Estados, un Estado, o una confederación. También parece poco probable que se produzca una fuerte presión externa por parte de los aliados del país. Me preocupa profundamente que Israel persista en su desastrosa trayectoria, reconstituyéndose, tal vez irreversiblemente, en un verdadero estado autoritario de apartheid. Tales estados, como nos ha enseñado la historia, no duran.
Surge otra pregunta: ¿Qué consecuencias tendrá el retroceso moral de Israel para la cultura de la conmemoración del Holocausto y la política de la memoria, la educación y la erudición, cuando tantos de sus líderes intelectuales y administrativos se han negado hasta ahora a enfrentar su responsabilidad de denunciar la inhumanidad y el genocidio dondequiera que ocurran?
Todos aquellos que participan en la cultura mundial de conmemoración y recuerdo elaborada en torno al Holocausto tendrán que enfrentarse a un ajuste moral de cuentas. La más amplia comunidad de los estudiosos del genocidio — aquellos que se dedican al estudio del genocidio comparativo o de cualquiera de los muchos otros genocidios que han empañado la historia de la humanidad — se acerca cada vez más a un consenso sobre la descripción de los acontecimientos en Gaza como un genocidio.
En noviembre, poco más de un año después del inicio de la guerra, el erudito israelí en genocidio Shmuel Lederman se unió al creciente coro de opinión que decía que Israel estaba involucrado en acciones genocidas. El abogado internacional canadiense William Schabas llegó a la misma conclusión el año pasado y recientemente ha descrito la campaña militar de Israel en Gaza como “absolutamente” un genocidio.
Otros expertos en genocidio, como Melanie O’Brien, presidenta de la Asociación Internacional de Estudiosos del Genocidio, y el especialista británico Martin Shaw (quien también ha dicho que el ataque de Hamás fue genocida), han llegado a la misma conclusión, mientras que el académico australiano A. Dirk Moses, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, describió estos acontecimientos en la publicación holandesa NRC como una “mezcla de lógica genocida y militar”. En el mismo artículo, Uğur Ümit Üngör, profesor del Instituto NIOD para Estudios de Guerra, Holocausto y Genocidio, con sede en Ámsterdam, dijo que probablemente haya eruditos que todavía no piensen que es genocidio, pero “yo no los conozco”.
La mayoría de los estudiosos del Holocausto que conozco no sostienen, o al menos no expresan públicamente, este punto de vista. Con unas pocas excepciones notables, como el israelí Raz Segal, director del programa de estudios sobre el Holocausto y el genocidio en la Universidad de Stockton en Nueva Jersey, y los historiadores de la Universidad Hebrea de Jerusalén Amos Goldberg y Daniel Blatman, la mayoría de los académicos comprometidos con la historia del genocidio nazi de los judíos han mantenido un silencio notable, mientras que algunos han negado abiertamente los crímenes de Israel en Gaza o han acusado a sus colegas más críticos de usar lenguaje incendiario, hacer exageraciones salvajes, de envenenar el pozo, y de antisemitismo.
En diciembre, el erudito del Holocausto Norman J.W. Goda opinó que “cargos de genocidio como este se han utilizado durante mucho tiempo como una hoja de parra para ocultar desafíos más amplios a la legitimidad de Israel”, expresando su preocupación de que “hayan abaratado la gravedad misma de la palabra genocidio”. Este “libelo de genocidio”, como el Dr. Goda se refirió a él en un ensayo, “despliega una serie de tropos antisemitas”, incluyendo “el acoplamiento de la acusación de genocidio con el asesinato deliberado de niños, cuyas imágenes son omnipresentes en ONG, redes sociales y otras plataformas que acusan a Israel de genocidio”.
En otras palabras, mostrar imágenes de niños palestinos destrozados por bombas de fabricación estadounidense lanzadas por pilotos israelíes es, desde este punto de vista, un acto antisemita.
Más recientemente, el Dr. Goda y un respetado historiador de Europa, Jeffrey Herf, escribieron en The Washington Post que “la acusación de genocidio lanzada contra Israel se nutre de profundos pozos de miedo y de odio” que se encuentran en “interpretaciones radicales tanto del cristianismo como del islam”. Ha “desplazado el oprobio de los judíos como grupo religioso/étnico al Estado de Israel, al que describen como inherentemente malvado”.
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¿Cuáles son las ramificaciones de esta ruptura entre los estudiosos del genocidio y los historiadores del Holocausto? No se trata simplemente de una disputa en el seno de la academia. La cultura de la memoria creada en las últimas décadas en torno al Holocausto abarca mucho más que el genocidio de los judíos. Ha llegado a desempeñar un papel crucial en la política, la educación y la identidad.
Los museos dedicados al Holocausto han servido de modelo para las representaciones de otros genocidios en todo el mundo. La insistencia en que las lecciones del Holocausto exigen la promoción de la tolerancia, la diversidad, el antirracismo y el apoyo a los migrantes y refugiados, por no mencionar los derechos humanos y el derecho internacional humanitario, se basa en la comprensión de las implicaciones universales de este crimen en el seno de la civilización occidental y en el apogeo de la época moderna.
El desacreditar a los estudiosos del genocidio de ser antisemitas porque califican como genocidio lo que Israel está haciendo en Gaza amenaza con erosionar los cimientos de los estudios sobre el genocidio: la necesidad continua de definir, prevenir, castigar y reconstruir la historia del genocidio. Sugerir que este esfuerzo está motivado por intereses y sentimientos malignos — que está impulsado por el mismo odio y prejuicio a la raíz del Holocausto — no solo es moralmente escandaloso, sino que también abre la puerta a una política de negacionismo e impunidad.
De la misma manera, cuando aquellos que han dedicado sus carreras a enseñar y conmemorar el Holocausto insisten en ignorar o negar las acciones genocidas de Israel en Gaza, amenazan con socavar todo lo que la erudición y la conmemoración del Holocausto han representado en las últimas décadas. Es decir, la dignidad de todo ser humano, el respeto al estado de derecho y la urgente necesidad de no permitir nunca que la inhumanidad se apodere de los corazones de las personas y dirija las acciones de las naciones en nombre de la seguridad, el interés nacional y la pura venganza”.

Lo que me temo es que, tras el genocidio en Gaza, ya no va a ser posible seguir enseñando e investigando el Holocausto de la misma manera que lo hacíamos antes. Debido a que el Holocausto ha sido invocado tan implacablemente por el Estado de Israel y sus defensores para encubrir los crímenes de las Fuerzas de Defensa de Israel, el estudio y el recuerdo del Holocausto podrían perder su pretensión de preocuparse por la justicia universal, y podría terminar por retirarse al mismo ghetto étnico en el que comenzó su vida al final de la Segunda Guerra Mundial — como una preocupación relegada a los remanentes de un pueblo marginalizado, un acontecimiento étnicamente específico, antes de lograr, décadas más tarde, ocupar el lugar que le corresponde como lección y advertencia para la humanidad entera.
Igual de preocupante es la perspectiva de que el estudio del genocidio en su conjunto no sobreviva a las acusaciones de antisemitismo, dejándonos sin la comunidad crucial de académicos y juristas internacionales que puedan defender la causa cuando el aumento de la intolerancia, el odio racial, el populismo y el autoritarismo están amenazando los valores que eran la médula de estas eruditas actividades culturales y políticas del siglo XX.
Tal vez la única luz al final de este túnel tan oscuro es la posibilidad de que una nueva generación de israelíes enfrente su futuro sin refugiarse en la sombra del Holocausto, incluso cuando tengan que cargar con la mancha del genocidio perpetrado en su nombre en Gaza. Israel tendrá que aprender a vivir sin recurrir al Holocausto como justificación para la inhumanidad. Y eso, a pesar de todo el horrible sufrimiento que estamos presenciando actualmente, es algo valioso y puede, a largo plazo, ayudar a Israel a enfrentar el futuro de una manera más saludable, más racional y menos temerosa y violenta.
Eso no hará nada para compensar por la sobrecogedora cantidad de muerte y de sufrimiento entre los palestinos. Pero un Israel liberado de la abrumadora carga del Holocausto puede finalmente aceptar la necesidad ineludible de que sus siete millones de ciudadanos judíos compartan la tierra en paz, igualdad y dignidad con los siete millones de palestinos que viven en Israel, Gaza y Cisjordania. Ese será único ajuste de cuentas que puede ser justo.
Omer Bartov es profesor de estudios sobre el Holocausto y el genocidio en la Universidad de Brown.
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