Inmigración / Refugiados

Mujer discapacitada es aterrorizada por ICE: ‘Estoy aquí para quienes no pueden contar sus relatos’



El 3 de febrero, Aliya Rahman — ciudadana estadounidense y residente de Minneapolis, Minnesota — testificó ante un foro público bicameral en el Edificio Dirksen de las Oficinas del Senado en Washington, D.C.

La sesión sobre las tácticas violentas y el uso de la fuerza por parte de los agentes del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) fue convocada por el senador estadounidense Richard Blumenthal (demócrata, Connecticut) y el congresista Robert García (demócrata, California). Entre otras personas, Miramar Martínez, quien fue acribillada cinco veces por agentes del DHS en Chicago, Illinois, prestó testimonio, así como miembros de la Familia de Renee Nicole Good, quien fue asesinada por un agente de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Minneapolis el 7 de enero.

Rahman, quien padece de autismo y tiene una lesión cerebral traumática, se dirigía a una cita médica el 13 de enero. Se quedó atrapada en un embotellamiento creado por una operación de ICE en Minneapolis; Rahman fue arrastrada fuera de su vehículo por agentes federales, esposada y llevada al edificio federal Whipple, donde ICE procesa a los inmigrantes que son objetivo de deportación.

En Whipple, Rahman fue testigo directo de la brutalidad que tantos otros han sufrido. Privada de atención médica, perdió el conocimiento en una celda mientras su compañera suplicaba pidiendo ayuda.

“Me angustia profundamente el patrón que vemos donde la violencia de las fuerzas del orden ha estado ocurriendo contra las comunidades negras e indígenas durante siglos, y contra los que han sobrevivido al DHS durante más de 20 años”, dijo Rahman durante su testimonio.

“Decimos ser una nación civilizada”, dijo, “pero cuando se trata de lo que una persona que dice ser agente de la ley le puede hacer a otro ser humano, carecemos de normas y rendición de cuentas.

“No tengo miedo”, declaró Rahman. “Y no me da miedo seguir laborando sobre este problema incluso después de que ICE haya desaparecido”.

El testimonio completo de Rahman es un relato personal y devastador que expone cómo las afirmaciones de la administración Trump de que su represión antiinmigrante sólo hace blanco de “los extranjeros criminales” no es más que una mentira flagrante.

Puede ver a Rahman contar su historia en este video. La transcripción que sigue ha sido editada por Panorama-Mundial basándose en la grabación. La traducción es de Panorama-Mundial.

Publicamos estos materiales para la información de nuestros lectores.

— Los editores de Panorama-Mundial

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Transcripción del testimonio de Aliya Rahman en el Foro Público Bicameral del Congreso sobre la Violencia del DHS

Aliya Rahman: Gracias, miembros, por tomarse el tiempo de estar aquí hoy. Y gracias a su equipo por hacer que esto suceda.

Me llamo Aliya Rahman y soy residente del sur de Minneapolis. Soy un bangladesí-americana nacida en el norte de Wisconsin, y soy una persona con discapacidad con autismo y con una lesión cerebral traumática.

No todos los cerebros autistas lo hacen, pero el mío se fija en los sonidos, los números y los patrones. Y aunque el mundo vio en vídeo que lo que me ocurrió hace exactamente tres semanas fue una terrible violación, eso no es nada comparado con las prácticas horribles que vi dentro del Centro Whipple. Así que hoy estoy aquí como un deber con las personas que no han tenido el privilegio de volver a casa. Ofrezco estos datos porque estas prácticas deben de cesar… ¡Ya!

El 13 de enero, de camino a mi cita 39 en el Centro de Lesiones Cerebrales Traumáticas del condado de Hennepin, me encontré con un atasco causado por vehículos de ICE y sin señales que indicaran cómo rodearlo. No era mi intención meterme a una intersección bloqueada y caótica, pero acepté verbalmente y bajé la ventanilla después de que un agente me gritó: “¡MUÉVETE! ¡VOY A ROMPER TU MALDITA VENTANA!” … fue su primera instrucción.

Agentes a cada lado de mi vehículo gritaban amenazas e instrucciones contradictorias que yo no podía procesar por estar al tanto de los peatones. Entonces, el cristal de la ventanilla del lado del pasajero voló sobre mi cara. Grité “¡Estoy discapacitada!” a las manos que me agarraban. Y un agente me dijo: “DEMASIADO TARDE”.

Me sentí inmersa en un patrón, y pensé en Jenoah Donald, un hombre negro autista asesinado por la policía durante una parada de tráfico en 2021. Recordé al señor Silverio Villegas González, que fue asesinado por ICE en su vehículo el año pasado.

Un agente sacó un cuchillo de combate grande frente a mi cara, que pensé que era para cortarme pero luego supe que se usaba para cortarme el cinturón de seguridad.

Sentí un dolor punzante en la cabeza, el cuello y las muñecas al caer de cara al suelo y con personas encaramadas sobre mi espalda. Sentí el patrón, y pensé en el señor George Floyd, que murió a cuatro cuadras de aquí. Me llevaron boca abajo por la calle con los brazos y las piernas esposados mientras gritaba que tenía una lesión cerebral y que estaba discapacitada. Ahora no puedo levantar los brazos normalmente.

Nunca me pidieron identificación, nunca me dijeron que estaba arrestada, nunca me leyeron mis derechos ni me acusaron de ningún delito.

Al ir llegando al Centro Whipple vi cuerpos negros y morenos encadenados juntos, en cadenas, marchando afuera a los gritos de los agentes. Seguí escuchando la palabra “cuerpos”, porque así es como los agentes se refieren a nosotros. “Vamos a traer un cuerpo”. “¡Están trayendo cuerpos, 7 y 8 a la vez! ¿Dónde los pongo?” “No podemos usar ese espacio; ya hay un cuerpo ahí dentro”.

Si ya se están refiriendo a ti como un cuerpo no tienes motivo para pensar que vas a salir con vida.

Los agentes tenían que detenerse repetidamente a preguntar cómo debían hacer las tareas. No recibí ningún examen médico, llamada telefónica ni acceso a un abogado. Me negaron un navegador de comunicación cuando empecé a tener dificultades para hablar. Los agentes se reían mientras yo intentaba inmovilizar mi propio cuello. Pedí mi bastón y me dijeron que no, y con grilletes en los tobillos me sujetaron por los brazos y un agente me empujó hacia delante, diciendo: “¡Camina! Tú puedes. Camina”. Los agentes no sabían si la instalación disponía de una silla de ruedas. Cuando por fin me pusieron en una para ser interrogada, un agente me provocó: “¿Tú ibas conduciendo, verdad? Así que tus piernas sí funcionan”.

Supliqué que me dieran atención médica de urgencia durante más de una hora cuando mi visión se puso borrosa, mi ritmo cardíaco se disparó y el dolor en el cuello y la cabeza se volvió insoportable. Me fue negado.

Cuando ya no fui capaz de hablar, mi compañero de celda suplicó por mí. Los últimos sonidos que recuerdo antes de desmayarme sobre el suelo de la celda fueron mi compañero de celda golpeando la puerta, suplicando que llamaran a un médico, y una voz fuera diciendo: “No queremos interferir con ICE”.

Cuando abrí los ojos en la sala de urgencias del condado de Hennepin, supe que me habían llevado allí para ser tratada por haber sido agredida.

El impacto que la detención del DHS tuvo sobre mi bienestar físico, mental y financiero, y mi seguridad, ha sido severos. Pero no merezco un trato más humano que cualquier otra persona, sea ciudadana estadounidense o no. Y hoy estoy aquí con un espíritu fuerte y por mi deber hacia las muchas personas que no han tenido el privilegio de contar sus historias o de ver a sus seres queridos regresar a casa.

Me angustia profundamente el patrón que vemos donde la violencia de las fuerzas del orden ha estado ocurriendo contra las comunidades negras e indígenas durante siglos, y contra los que han sobrevivido al DHS durante más de 20 años.

Decimos ser una nación civilizada, pero cuando se trata de lo que una persona que dice ser agente de la ley le puede hacer a otro ser humano, carecemos de normas y rendición de cuentas.

No tengo miedo, y no me da miedo seguir laborando sobre este problema incluso después de que ICE haya desaparecido.

Gracias por su tiempo.


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