News

Las opiniones entre los cubanoamericanos están cambiando: ‘Queremos compromiso, no escalada’



Durante más de seis décadas, los emigrados cubanos de derecha han alimentado la narrativa de Washington de que cualquier dificultad que sufran los habitantes de la isla — incluyendo la escasez de alimentos, el combustible y las medicinas junto con los periódicos cortes de electricidad — es consecuencia de las políticas del Estado cubano.

Para difundir ese mito, sucesivas administraciones estadounidenses, empezando por la del icono demócrata y liberal John F. Kennedy, han confiado en su control de los medios y en el hecho de que un sector de la comunidad cubanoamericana estaba dispuesta a recurrir a la violencia para silenciar a cualquiera que se opusiera a esta narrativa. Han utilizado su maquinaria propagandística para intentar sepultar la verdad, tanto sobre los logros de la revolución cubana como sobre las consecuencias humanas que tiene la guerra económica de Estados Unidos.

A pesar del panorama que Washington ha intentado pintar, la diáspora cubana en Estados Unidos ya no puede definirse solo por su núcleo reaccionario — formado por las élites bajo la dictadura de Fulgencio Batista respaldada por Estados Unidos — que emigraron tras el derrocamiento del dictador en 1959. Antes de que esos cubanos llegaran a las costas estadounidenses, ya existía una comunidad cubanoamericana, especialmente en Florida, muchos de los cuales habían sido exiliados por el régimen de Batista.[1]

Entre las oleadas más recientes de inmigrantes, hay decenas de miles que han venido por razones económicas, no políticas, y no necesariamente traen consigo la misma hostilidad hacia la revolución cubana.

Sin embargo los grandes medios empresariales consideran a figuras como el secretario de Estado de Estados Unidos Marco Rubio, un cubanoamericano que es ahora una figura destacada en la elaboración de las políticas contra Cuba y de otras políticas imperialistas de Washington en el Caribe, como representativas de la gran mayoría de los cubanoamericanos.

La opinión de Danny Valdés, otro cubanoamericano, es muy diferente. Explica en el artículo a continuación que el mito de Washington sobre el origen de los desafíos económicos que enfrenta la isla ha quedado al descubierto, más recientemente y de forma más clara por el presidente estadounidense Donald Trump. “Hay un embargo. No hay petróleo, no tienen dinero, no tienen nada”, dijo Trump el mes pasado.

Valdés también señala que se está debilitando la influencia que la oposición derechista a la revolución cubana ha tenido en la diáspora cubanoamericana, especialmente a medida que los jóvenes encuentran su propia voz.

“Hay … un viraje creciente”, escribe Valdés. “Los cubanoamericanos, especialmente las generaciones más jóvenes, están empezando a alzar la voz contra la criminalidad y la crueldad de una política hacia Cuba que afirma representar los intereses de nuestra comunidad. Ya sea en Miami o en Nueva Jersey, hoy estamos viendo una oleada de cubanoamericanos que se movilizan para exigir compromiso, en lugar de escalada”.

La columna de opinión a continuación apareció por primera vez en la edición en línea del diario británico The Guardian el 6 de marzo de 2026. La publicamos aquí para la información de nuestros lectores. El titular, subtítulo, texto y fotos que siguen son del original. Las notas son de Panorama-Mundial.

— Los editores de Panorama-Mundial

*

Soy cubanoamericano. Por el bien de ambos países, el asedio de Trump debe terminar

Marco Rubio, el secretario de Estado, aplasta a nuestro pueblo y lo llama libertad. Queremos compromiso, no escalada.

‘Hoy estamos viendo una oleada de cubanoamericanos que se movilizan para exigir compromiso, en lugar de escalada.’ (Foto: Norlys Pérez / Reuters)

Vie 6 Mar 2026 08:00 EST

Por Danny Valdés

El 29 de enero será recordado como uno de los días más oscuros en la larga y problemática relación entre Estados Unidos y Cuba. Ese fue el día en que Donald Trump declaró que Cuba es una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional de Estados Unidos, inició un bloqueo total de combustible contra la isla, y apagó las luces de hogares, escuelas y hospitales.

Para cubanoamericanos como yo, las consecuencias de la declaración de Trump no son abstractas. Son inmediatas y devastadoras. Nuestras familias se están quedando sin comida. Nuestros amigos no pueden acceder a la medicina. Mientras Marco Rubio, el secretario de Estado, habla en nombre de nuestra “libertad”, él priva activamente a nuestras comunidades de sus necesidades más básicas.

En nuestra comunidad, este tipo de doble rasero no es nada nuevo. Durante décadas, Estados Unidos ha impuesto un embargo brutal contra la isla, forzando que quede excluida de los sistemas internacionales de comercio, finanzas y turismo bajo la bandera de la “promoción de la democracia”. Washington insiste en que su enfoque presiona al gobierno. En realidad, es la gente de a pie la que siempre ha soportado ese peso.

La lógica de ese castigo colectivo está escrita en blanco y negro. En un infame cable de 1960, el secretario de Estado de EE.UU. defendió una política frente a la “insatisfacción económica y las dificultades” en la isla. El plan era explícito: infligir privación a los cubanos comunes para que se volvieran contra su gobierno. En otras palabras, el objetivo del embargo estadounidense siempre ha sido el cambio de régimen, perseguido con pleno conocimiento de que el sufrimiento recaería más duramente sobre la gente común.[2]

Y, sin embargo — durante toda mi infancia — la narrativa dominante en lugares como Miami insistía en que el embargo o bien no existía o no tenía un verdadero efecto. Culpaban exclusivamente al Estado cubano de cada escasez, cada apagón, cada estantería vacía. Políticos como Rubio llevaron este mito al Congreso y se lo vendieron al público estadounidense en general.

El mito de Rubio ahora ha quedado al descubierto por el propio Trump en su creciente campaña por “tomar control” de la isla. “Hay un embargo. No hay petróleo, no tienen dinero, no tienen nada”, dijo Trump a los periodistas en Air Force One el mes pasado.

Algunos cubanoamericanos aún se aferran a la creencia de que formas más fuertes de castigo colectivo podrán de alguna forma darle paso a cambios positivos en la isla. Muchos de ellos argumentan que el sufrimiento es necesario. Otros van más allá, aprovechando la oportunidad creada por la orden ejecutiva de Trump para comprar armas y darle vuelo a sus propios planes de contrarrevolución violenta.

La semana pasada, las autoridades cubanas informaron que habían interceptado frente a la costa norte de Cuba una lancha rápida registrada en Florida y cargada con fusiles de asalto, pistolas, cócteles molotov, equipo de visión nocturna y camuflaje. El incidente es un recordatorio contundente de que, cuando la presión aumenta, algunos en la comunidad de exiliados se sienten envalentonados para perpetrar la violencia contra su propio pueblo en lugar de dialogar en nuestra comunidad.

Sin embargo, también hay un viraje creciente dentro de esa comunidad. Los cubanoamericanos, especialmente las generaciones más jóvenes, están empezando a alzar la voz contra la criminalidad y la crueldad de una política hacia Cuba que afirma representar los intereses de nuestra comunidad. Ya sea en Miami o en Nueva Jersey, hoy estamos viendo una oleada de cubanoamericanos que se movilizan para exigir compromiso, en lugar de escalada.

Ya hemos visto lo poderoso que puede ser un movimiento como este. En pocos años, los jóvenes judíos estadounidenses han reorientado radicalmente la narrativa dominante sobre la política entre Estados Unidos e Israel. Ellos también salieron a las calles y al Capitolio para hacer oír su voz, negándose a permitir que su identidad se convirtiera en un arma en manos del gobierno estadounidense contra su comunidad.

Hoy los cubanoamericanos se están organizando para hacer lo mismo. Así como los judíos estadounidenses chocaron con instituciones como Aipac [Comité de Asuntos Públicos de Estados Unidos e Israel, un grupo de presión a favor de Israel], los cubanoamericanos están desafiando al lobby cubanoamericano organizado que durante mucho tiempo ha impulsado una política de agresión en nombre de nuestra comunidad.

Este creciente movimiento abarca divisiones ideológicas. Para muchos cubanoamericanos, la devastación causada por el bloqueo de combustible nos obliga a dejar a un lado las diferencias de opinión para defender los derechos más fundamentales de nuestra comunidad: la alimentación, la escuela, la medicina. Esta crisis humanitaria no discrimina entre jóvenes y viejos, izquierdistas y derechistas. Nos devora a todos.

Por lo tanto, la crisis que estamos causando en Cuba debería ser un llamado a la conciencia para todo Estados Unidos — no solo para nuestra pequeña comunidad de la diáspora. Ningún país que afirme defender los derechos humanos puede permitir políticas que intensifiquen el hambre y la desesperación. Ningún ciudadano que crea en la dignidad básica puede aceptar este sufrimiento como un daño colateral.

Cuba es nuestro vecino de al lado: a solo 90 millas de la costa de Florida. Su gente son nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo y nuestros compañeros estudiantes. Y ahora mismo, necesitan que actuemos con compasión.

El 29 de enero será recordado por su oscuridad. Pero hoy tenemos una verdadera oportunidad para volver a encender la luz. Hace apenas una década Barack Obama tomó la valiente decisión de restablecer relaciones diplomáticas con nuestro vecino — y le abrió el paso a un nuevo capítulo de amistad y prosperidad compartida. El recuperar ese recuerdo podría ser el primer paso en el camino hacia una paz duradera entre nuestras naciones.

Danny Valdés es un activista en Miami y cofundador de Cuban Americans for Cuba.


NOTAS

[1] En diciembre de 1959, con las fuerzas rebeldes lideradas por Fidel Castro avanzando sobre La Habana, la odiada dictadura de Fulgencio Batista respaldada por Estados Unidos colapsó; Batista y muchos de sus secuaces huyeron de la isla. El gobierno revolucionario cubano avanzó rápidamente para nacionalizar los principales medios de producción.

En respuesta a las amenazas de Washington, Cuba nacionalizó la refinería Shell y otras instalaciones petrolíferas, y después la enorme industria azucarera del país. También llevó a cabo una profunda reforma agraria y desmanteló el Estado capitalista, desde su ejército hasta todas sus instituciones burguesas. Revolucionarios cubanos ocuparon puestos clave en el gobierno, la banca y la industria, destituyendo a los capitalistas que no se marcharon voluntariamente y movilizando a la población para defender los logros de su revolución. Muchos de los que se marcharon terminaron en Estados Unidos.

[2] En abril de 1960 Lester Mallory, el subsecretario adjunto de Estado de los Estados Unidos, escribió un memorando interno bajo el título “El declive y la caída de Castro”, ofreciendo un breve análisis de “consideraciones respecto a la vida del actual Gobierno de Cuba” y proponiendo los primeros pasos que llevaron más adelante ese mismo año a prohibir todo el comercio de Estados Unidos con Cuba. Mallory propuso “una línea de acción que, lo más hábil y discretamente que sea posible, logre negarle dinero y suministros a Cuba para reducir los salarios monetarios y reales, para provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”. En 1962, el entonces presidente John F. Kennedy instauró oficialmente un embargo total y restricciones de viaje. El texto completo del memorando Mallory puede consultarse en Relaciones Exteriores de Estados Unidos, 1958–1960, Cuba, Volumen VI – Oficina del Historiador.


 Si te gustó este artículo, usa el enlace a continuación para suscribirte gratuitamente a Panorama-Mundial.

Anota en el espacio a continuación tu correo electrónico y haz clic en el botón SUSCRIBIRSE. Recibirás un mensaje con el enlace que necesitas usar para confirmar tu suscripción.


 

Deja un comentario