Historia de Estados Unidos

‘Nada tan poderoso como un movimiento al que le ha llegado su hora’ (II)

Lecciones clave del movimiento en Estados Unidos contra la Guerra en Vietnam



En el “epílogo” de Out Now! A Participant’s Account of the Movement in the U.S. to End the Vietnam War [¡Fuera Ya! Relato de un participante sobre el movimiento en Estados Unidos contra la guerra en Vietnam], el autor Fred Halstead resumió los principales desafíos para poder construir este movimiento, las características clave que permitieron que involucrara a millones de personas — incluso dentro del ejército de Estados Unidos — y la importancia que tuvo en la derrota en 1975 de la maquinaria bélica de Washington en el sudeste asiático.

A medida que nuevas guerras imperialistas sacuden la estabilidad del sistema capitalista, las nuevas generaciones que buscan justicia social estarán mejor preparadas para enfrentar los desafíos de hoy si estudian las lecciones presentadas en ¡Fuera Ya! — resumidas de manera sucinta en el “Epílogo” del libro. (La introducción completa a esta publicación puede encontrarse en la Parte I.)

En este espíritu, publicamos a continuación extractos de ese “Epílogo” para la información de nuestros lectores. El texto es del original. Subtítulos, fotos y notas son de World-Outlook. Debido a su extensión, publicamos los extractos en dos partes, la segunda de las cuales sigue.

Los editores de Panorama-Mundial

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¡Ya fuera! Extractos del ‘Epílogo’ – Parte 2

(Esta es la segunda de dos partes. La primera puede encontrarse en la Parte I.)

Por Fred Halstead

Al principio, el movimiento enfrentó tres problemas de su política interna que estaban interconectados: el anti-comunismo, la no exclusión y el proceso democrático para tomar decisiones.

El anticomunismo, la no exclusión y la democracia en la toma de decisiones

Era necesario eliminar la discriminación contra los comunistas, para que no se les impidiera a los marxistas y a los revolucionarios de cualquier persuasión participar abiertamente en igualdad de condiciones en todas las actividades del movimiento y en sus órganos dirigentes. Esto fue una parte vital para darle al movimiento las herramientas necesarias para enfrentar la inevitable avalancha de ataques anticomunistas de los guerreristas, y para combatir la histeria anticomunista que era la base psicológica de la tolerancia hacia la guerra misma. La intolerancia contra los comunistas fue explícitamente rechazada y mal vista desde el inicio, cuando el movimiento comenzó a desarrollarse. Tenía que ser así para que cualquier esfuerzo concertado pudiera avanzar. Aunque este mal bicho aparecía de vez en cuando, nunca volvió a pegar.

Esta apertura a la izquierda implicó una ruptura con la ideología anticomunista de la Guerra Fría que había saturado el tejido del pensamiento estadounidense desde poco después de la Segunda Guerra Mundial. El movimiento contra la guerra bregó con esto de frente, reconociendo que toda corriente de opinión tenía plenos derechos de ciudadanía y que nadie debía ser penalizado por sus afiliaciones políticas o sus opiniones. Esto se extendió por círculos cada vez más amplios hasta que eventualmente la forma de pensar en el país cambió significativamente.

Muestra de chapas contra la guerra durante la era de Vietnam.

El acabar con la crítica a los comunistas fue uno de los logros más destacados del movimiento contra la guerra.

Esto fue aún más notable considerando que “el enemigo” estaba liderado por comunistas y respaldado por la Unión Soviética y China. Dadas las circunstancias, bien podría haberse esperado que nuevas oleadas de vehemencia anticomunista pudieran haberse despertado fácilmente. Sin embargo, los intentos de hacerlo generaron poca respuesta y tuvieron un efecto mínimo. Lo mismo ocurrió con los esfuerzos de las fuerzas jingoístas para montar manifestaciones a favor de la guerra y contra los comunistas. La repulsión contra la guerra resultó ser más poderosa que las diatribas anticomunistas y la demagogia pseudo-patriótica.

La política de no exclusión entró en vigor junto con el rechazo a los anticomunistas. No se exigieron “juramentos de lealtad” ni se impusieron restricciones por ningún motivo a quienes se opusieran a la guerra. El único requisito era estar dispuesto a protestar y actuar contra la guerra. Esta regla debía aplicarse en dos frentes. Ciertos moderados asustadizos intentaron excluir a la izquierda o a los ultraizquierdistas de las coaliciones. Por otro lado, algunos grupos sectarios clamaban por la expulsión de políticos y figuras liberales dispuestas a unirse a acciones en común dentro del marco de las protestas contra la guerra. El movimiento no habría crecido como lo hizo ni atraído a millones a la acción si no se hubiera respetado el principio de la no exclusión.

El procedimiento para la toma de decisiones democráticas se ejemplificó mejor en las periódicas conferencias nacionales y regionales contra la guerra, abiertas a todos. Allí los temas fueron debatidos y reportados públicamente. Estos también fueron espacios importantes para la presentación y el intercambio de ideas sobre una amplia variedad de temas. Cualquier grupo era bienvenido a montar mesas de literatura, distribuir circulares, realizar talleres, y así sucesivamente. Hubo aquellos — como Dave Dellinger[1] — que menospreciaban el debate parlamentario y los grandes órganos para la toma de decisiones, y que preferían reuniones pequeñas de líderes seleccionados. Incluso esas nunca fueron secretas, sino abiertas a los observadores y reportadas públicamente. El movimiento principal contra la guerra llevaba a cabo sus asuntos y llegaba a sus propuestas de acción bajo el microscopio público.

En contraste, los guerreristas en Washington tomaban sus decisiones tras bastidores y sin el consentimiento del pueblo.

(…)

Los conspiradores estaban en el poder en Washington mientras el movimiento contra la guerra planeaba sus actividades de frente a las masas. Esto no impidió que el gobierno acusara a personalidades del movimiento con cargos de conspiración. Aunque los fiscales no han ganado ninguno de los juicios importantes después de la apelación, el costo para los acusados individuales fue alto, y también pusieron a prueba los recursos del movimiento.

Además, las autoridades recurrieron a tipos de represión descritos muy inadecuadamente en los capítulos anteriores. Se necesitaría otro tomo para describir las victimizaciones, los allanamientos, los robos, la vigilancia ilegal, las provocaciones, incluidas las violentas, las falsificaciones fabricadas por el FBI diseñadas para fomentar la hostilidad entre grupos e individuos, los arrestos, los encarcelamientos, las incriminaciones, las golpizas, los secuestros, los tiroteos, los consejos de guerra, los despidos por mala conducta y diversos “trucos sucios” que se usaron contra las fuerzas contra la guerra — y no solo bajo Nixon. Al movimiento contra la guerra se le aplicaron los trucos de Watergate desde el principio, y con mucha fuerza.[2]

La ausencia de violencia: una notable característica del movimiento contra la guerra

Ante todo esto, y a la luz de la ira totalmente justificada y extrema contra los guerrereristas, la falta de violencia por parte del movimiento contra la guerra en Estados Unidos es una de sus características notables. De hecho, su historial en este aspecto es excepcional en la historia de convulsiones sociales en Estados Unidos. A lo largo de todo su transcurso, la corriente principal del movimiento rechazó usar la confrontación violenta como táctica de las fuerzas contra la guerra, y combatió eficazmente cualquier tendencia en esa dirección.

(…)

Durante ocho de los quince años de la guerra, el movimiento contra la guerra participó en acciones callejeras continuas en un lugar u otro en todo el país. Sin embargo, durante los quince años completos, mientras el gobierno de Estados Unidos mataba a cientos de miles en Indochina, ni una sola persona fue asesinada por manifestantes contra la guerra en Estados Unidos.

Tropas de Estados Unidos llevaron a cabo una masacre en la aldea de My Lai el 16 de marzo de 1968, violando, asesinando y mutilando los cuerpos de cientos de civiles — hombres, mujeres y niños. La noticia de esa masacre horrorizó al público estadounidense cuando supieron de ella casi un año y medio después, en el otoño de 1969.

Igualmente importante era el hecho de que los asesinatos de activistas contra la guerra por parte de las autoridades — un peligro constante — se mantenían al mínimo debido a la política de mantener a los guerreristas y a sus secuaces como los responsables de la violencia.

Aunque los elementos para enfrentamientos violentos se hallaban presentes en cada manifestación importante, los organizadores los contrarrestaban conscientemente y usualmente terminaban como altercados y “palizas” menores. Incluso en el ala del movimiento que buscaba la confrontación, generalmente se mantenía la no violencia táctica, en gran parte por la insistencia de los pacifistas. Aunque esas manifestaciones a veces eran agitadas, las armas letales estaban en manos de la policía, y los heridos casi siempre eran manifestantes.

Incluso los pocos que defendían el terrorismo y se ausentaban del principal movimiento contra la guerra por ese tema, se sentían lo suficientemente afectados por el espíritu predominante como para limitar sus bombazos a edificios vacíos o estatuas. En un caso, uno de estos grupos supuestamente detonó una bomba en una instalación relacionada con investigaciones militares en la Universidad de Wisconsin, la cual explotó y mató a un estudiante de posgrado contra la guerra que inesperadamente se encontraba en el edificio. Aparte de ese incidente, los miembros de estos grupos solo se mataban entre sí, en explosiones accidentales.

Por supuesto, en la propia zona de guerra la historia es diferente. Allí el Pentágono tenía el monopolio total marcando el tono, enseñando los métodos y proporcionando los medios. Algunos de los soldados indignados y desesperados a quienes los mandos habían instado a matar, usaron las armas que tenían a la mano para matar y aterrorizar a sus propios oficiales y así evitar morir ellos mismos o masacrar a vietnamitas en su propia tierra. No hace falta decir más.

Éxito en la competencia con el Establishment por la lealtad de la juventud

El movimiento masivo contra la guerra fue, ante todo, un fenómeno generacional, ya que los jóvenes eran los reclutados y los que luchaban y morían. Este era su aspecto más urgente. El movimiento competía con el Establishment por la lealtad de la juventud estadounidense. El gobierno tenía que reclutarlos o forzar su enlistamiento bajo la presión del llamado a filas. El movimiento obtuvo su participación y su respaldo voluntarios, apelando a su sentido de autopreservación, a sus conciencias, y sus profundas convicciones. Sin duda ganó el concurso, y a medida que más jóvenes ingresaban a las fuerzas armadas, llevaban consigo el fermento de las ideas contra la guerra.

Aunque muchos se beneficiaron por aplazamientos del llamado a filas, los estudiantes universitarios, y ocasionalmente los de las preparatorias, formaron el núcleo de casi todas las acciones masivas desde la marcha patrocinada por SDS [Estudiantes por una Sociedad Democrática] en Washington en 1965 hasta la segunda contra-inauguración en enero de 1973. Los campus de costa a costa sirvieron como las bases y los principales centros organizativos del movimiento. Los estudiantes universitarios pudieron desempeñar un papel tan distintivo por primera vez en la historia de Estados Unidos en parte debido a la enorme expansión de la educación superior después de la Segunda Guerra Mundial, cuando su número ascendió a más de ocho millones a principios de los setenta.

(…)

El movimiento no avanzó a un ritmo uniforme, sino que experimentó altibajos. Su ritmo no era determinado por la voluntad de los participantes, sino por el ritmo de los principales eventos políticos y militares. La actividad disminuía durante los periodos de las elecciones nacionales y ganaba impulso con cada nuevo giro en la situación militar y con importantes pronunciamientos políticos en Washington.

El clima de las estaciones en Indochina — que dictaba el inicio de las ofensivas militares — coincidía con los semestres universitarios en este país, por lo que los principales movimientos militares en Indochina tendían a ocurrir cuando las universidades estaban en plena sesión. Por eso, las movilizaciones más grandes ocurrieron en la primavera o en el otoño de los años cuando no había elecciones.

Las cuatro mayores oleadas ocurrieron alrededor del 15 de abril de 1967; del 15 de octubre al 15 de noviembre de 1969; a principios de mayo de 1970; y el 24 de abril de 1971. Los organizadores del movimiento contra la guerra tenían que tomar en cuenta este ritmo desigual del movimiento de masas y podían cometer errores graves si se equivocaban, como a veces ocurrió.

No fueron pocas las personas bien intencionadas que siguieron declarando desde 1965 que el movimiento era efímero y que había superado su punto máximo.

El 21 de octubre de 1967, más de 100 mil personas marcharon desde el Monumento a Lincoln en Washington, D.C., cruzando el río Potomac, hacia el Pentágono. (Foto: AP)

(…)

El genuino carácter de base del movimiento

No podía haber duda sobre el genuino carácter de base del movimiento. El FBI y la CIA nunca pudieron presentar ni una pizca de evidencia sobre subsidios extranjeros o manipulación, por la simple razón de que no hubo ninguna. El movimiento se basó en la indignación de millones de estadounidenses contra la guerra injusta, inmoral y no declarada, y apeló a su sentido de justicia y decencia. No tenía patrocinio oficial. Tuvo que construirse desde cero y fue mantenida, de manera algo desordenada, por voluntarios que trabajaban gratis o para apenas subsistir. Se financió de manera muy modesta gracias a contribuciones, grandes y pequeñas, de simpatizantes y haciendo colectas en los mítines.

Las coaliciones a menudo estaban al borde de la bancarrota, tratando de burlar a los cobradores día tras día. Cientos y probablemente miles de personas hicieron préstamos sustanciales sin garantía, sabiendo que tal vez nunca serían repagados, y a menudo aceptaban un pago parcial o ningún pago con gracia y por el bien de la causa.

Las autoridades intentaron cortar la ayuda financiera intimidando a los donantes….

Mientras que las empresas obtuvieron miles de millones en ganancias directas de los gastos militares, nadie logró sino empobrecerse más todavía por participar en la oposición. Decenas de miles de activistas hicieron grandes sacrificios de tiempo, dinero y energía para mantenerla. Quizá sea mejor así, porque no había espacio para que el profesionalismo o el privilegio se arraigara en un movimiento de este tipo.

(…)

En 1965 y antes, no era en absoluto evidente que Vietnam ocuparía tanto peso en la vida de Estados Unidos y que se convertiría en el tema principal de su vida política. El SWP [Partido Socialista de los Trabajadores — el partido revolucionario del que Halstead fue líder] no previó que esto ocurriría, pero tampoco cometió el error de subestimar la importancia de la guerra. Consideraba que, como organización socialista revolucionaria, tenía la obligación internacionalista de hacer todo lo posible por combatir el intento de su propio gobierno de aplastar una revolución anticolonial. Fue esta directriz leninista la que puso al SWP en el camino correcto desde el principio.

Además, de acuerdo con su enfoque marxista ortodoxo en la lucha de clases, el SWP estuvo orientado desde el principio a ganar la simpatía de los obreros y los soldados por el movimiento contra la guerra.

(…)

La ausencia de una participación sindical más extensa sí dio mayor alcance a los proyectos de los anarquistas, los ultraizquierdistas y otros radicales pequeñoburgueses. Frente a esto, fue un logro considerable que la postura firme del SWP y de muchos otros evitara que el movimiento contra la guerra — que era amorfo en sus creencias y abarcaba clases distintas en su composición y dirección — quedara sumergido en maquinaciones electorales burguesas o estableciera barreras a la participación de los ciudadanos de a pie que estaban ansiosos por manifestar su oposición a la guerra. El SWP fue duramente criticado por insistir en que las coaliciones enfocaran sus actividades en el tema único de poner fin a la presencia de Estados Unidos en Vietnam, formulado de manera muy concisa en la consigna “¡Fuera Ya!”. Se mantuvo firme en esta posición porque ese objetivo era lo suficientemente imperativo e importante por sí solo como para justificar que todos se concentraran al máximo en que fuera cumplido.

El movimiento era un frente unido de un tipo especial, no entre organizaciones masivas de la clase trabajadora por un conjunto concreto de reivindicaciones, sino entre elementos diversos y de clases distintas cuyo único vínculo de unidad era oponerse a la guerra. Tuvo que limitarse a implementar acciones en torno a ese propósito central para mantenerse unido. No podría haberse convertido en un partido político, como algunos deseaban, que pudiera desarrollar un programa o dedicarse a resolver los problemas fundamentales de la sociedad estadounidense, dejando a un lado la lucha por el poder estatal. Todo eso estaba fuera de sus capacidades debido a su composición de clases y carácter heterogéneo. Ni los integrantes del movimiento ni mucho menos el estadounidense promedio estaban listos para tomar acción unificada sobre una serie de otras cuestiones, sin importar lo importantes que fueran. A pesar de los repetidos intentos de moverse en esa dirección, solo las protestas que eran específicamente contra la guerra involucraron a masas de esa envergadura.

(…)

En los asuntos humanos aún no hay nada tan poderoso como una idea y un movimiento cuya hora ha llegado.

Es demasiado pronto para evaluar todas las consecuencias derivadas de esta experiencia. Sin embargo, está claro que la agitación contra la guerra y las movilizaciones masivas impulsaron la radicalización de muchos sectores de la población. “No es casualidad”, escribió Susan Jacoby, por ejemplo, “que tantas veteranas del movimiento por los derechos civiles y del movimiento contra la guerra finalmente se involucraran en el movimiento de liberación de las mujeres”.

Cambió el rostro político de Estados Unidos y motivó una saludable desconfianza hacia los gobernantes en Washington, que luego dio frutos en las revelaciones de Watergate y sus secuelas.

Rompió la fiebre de la histeria anticomunista y debilitó la eficacia de la “amenaza roja” que tanto se había usado como arma contra cualquier desafío al statu quo.

Desafió y cambió la imagen estereotipada de los soldados como peones obedientes de los altos mandos, inmunes a las corrientes disidentes dentro de la población civil.

El rechazo a cualquier futura empresa militar en el extranjero ha restringido las opciones de Washington en sus designios imperiales, como señaló su dilema sobre Angola en 1976.

El movimiento en Estados Unidos contra la Guerra de Vietnam rompió el patrón de los grandes y exitosos movimientos de las reformas sociales en Estados Unidos, que se limitaron a asuntos internos y que aceptaron la política exterior imperialista, las guerras agresivas y las aventuras contrarrevolucionarias del Establishment estadounidense sin criticarlas.

Copias de despachos por cable de la AP por Peter Arnett y George Esper sobre la caída de Saigón el 29 de abril de 1975. El movimiento en Estados Unidos contra la guerra de Vietnam y su componente de soldados estadounidenses ayudaron al pueblo vietnamita a asestarle al imperialismo de Estados Unidos su primera gran derrota militar. (Fotos: Archivos Corporativos AP)

Todo esto no puede sino reflejarse en futuras luchas por el progreso social dentro de Estados Unidos y a nivel internacional. Incluso es posible que el movimiento contra la guerra haya sido en varios aspectos un ensayo para la próxima revolución socialista en Estados Unidos.

En cualquier caso, los veteranos del movimiento contra la guerra tienen razones de sobra para estar orgullosos de su historial, parte del cual está plasmada en este libro. Logramos lo que nos habíamos propuesto. Nuestras protestas lograron convencer a la opinión pública y ejercieron suficiente presión — junto con la de los vietnamitas — para traer a las fuerzas estadounidenses de regreso a casa. Con eso logrado, los vietnamitas finalmente pudieron tomar el control de su propio país.

El movimiento en Estados Unidos contra la Guerra de Vietnam abrió una brecha enorme en la teoría de que, debido a su control sobre el ejército, la policía, la economía y los tremendamente efectivos medios modernos de comunicación, la clase dominante podía salirse con la suya siempre y cuando existiera cierto grado de prosperidad. El movimiento contra la guerra comenzó con nada más que volantes; pero demostró que las personas pueden pensar por sí mismas si el tema los afecta lo suficiente, a pesar de la tecnología. En los asuntos humanos aún no hay nada tan poderoso como una idea y un movimiento cuya hora ha llegado.

(Esta fue la segunda de dos partes. La primera puede encontrarse en la Parte I.)


NOTAS

[1] David Dellinger, un pacifista radical y anarquista, fue una de las figuras centrales en el movimiento contra la Guerra de Vietnam en Estados Unidos.

[2] “Watergate” fue un escándalo político en Estados Unidos que involucró a la administración del presidente Richard Nixon, un republicano. El 17 de junio de 1972, operativos asociados con la campaña de reelección de Nixon en 1972 fueron sorprendidos robando y colocando dispositivos de escucha en la sede del Comité Nacional Demócrata en el complejo Watergate de Washington, D.C. Los esfuerzos de Nixon por ocultar la participación de su administración llevaron a un proceso de juicio político y a su renuncia en agosto de 1974.


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