Historia de Estados Unidos

‘Nada tan poderoso como un movimiento al que le ha llegado su hora’ (I)

Las lecciones clave del movimiento en Estados Unidos para darle fin a la guerra en Vietnam



En el “epílogo” de Out Now! A Participant’s Account of the Movement in the U.S. to End the Vietnam War [¡Fuera Ya! Relato de un participante sobre el movimiento en Estados Unidos contra la guerra en Vietnam], el autor Fred Halstead resumió los desafíos centrales para poder construir este movimiento, las características clave que permitieron que involucrara a millones de personas — incluso dentro del ejército de Estados Unidos — y la importancia que tuvo en la derrota en 1975 de la maquinaria bélica de Washington en el sudeste asiático.

Fred Halstead, un líder central del movimiento contra la guerra en Vietnam y socialista revolucionario, se postuló para presidente por el Partido Socialista de los Trabajadores en 1968.

“Es demasiado pronto para evaluar todas las consecuencias de esta experiencia”, escribió Halstead tres años después de esa derrota. Sin embargo, señaló que el movimiento contra la guerra “cambió el rostro político de Estados Unidos” y “rompió la fiebre de la histeria anticomunista”, un vestigio de la era de la Guerra Fría. “Desafió y cambió la imagen estereotipada de los soldados de primera clase” como seres inmunes a la disidencia dentro de la población civil, y rompió el patrón de los movimientos sociales en Estados Unidos que se limitaban a bregar con asuntos internos.

El movimiento contra la guerra fomentó un profundo rechazo entre la mayoría de la población estadounidense hacia futuras aventuras militares de este tipo. Impidió, por ejemplo, que el gobierno de Estados Unidos usara su ejército, junto con el del régimen racista del apartheid en Sudáfrica, cuando éste invadió Angola después de que ese país se independizó del dominio colonial portugués en 1976.

“Todo esto no puede sino verse reflejado en futuras luchas por el progreso social dentro de Estados Unidos y a nivel internacional”, dijo Halstead. “Incluso es posible que el movimiento contra la guerra haya sido en varios aspectos un ensayo para la próxima revolución socialista en Estados Unidos”.

Esta última predicción no se ha materializado. Aproximadamente medio siglo después, estamos lejos de ver los tipos de cambios que podrían siquiera aproximarse a la posibilidad de una futura revolución socialista en Estados Unidos. En cambio, la clase trabajadora y el movimiento obrero en Estados Unidos y a nivel internacional han vivido décadas de retroceso.

Pero aún puede sentirse el impacto del movimiento contra la guerra en Vietnam. En su reciente editorial sobre el golpe que sufrió Washington en la guerra que Estados Unidos e Israel libran contra Irán, Panorama-Mundial señaló: “El Síndrome de Vietnam sigue vivo”. Hasta el día de hoy, la capacidad que tiene el Pentágono de poner “tropas en el terreno” para promover los intereses de los gobernantes de Estados Unidos en todo el mundo se ve obstaculizada por la opinión pública interna.

A medida que nuevas guerras imperialistas sacuden la estabilidad del sistema capitalista, las nuevas generaciones que buscan justicia social estarán mejor preparadas para enfrentar los desafíos de hoy si estudian las lecciones presentadas en ¡Fuera Ya! — resumidas de manera sucinta en el “Epílogo” del libro.

En ese espíritu y para la información de nuestros lectores publicamos a continuación extractos de ese “Epílogo”. El texto es del original. Los subtítulos, las fotos, las notas y la traducción son de Panorama-Mundial. Debido a su extensión, publicamos los extractos en dos partes, la primera de las cuales sigue.

Los editores de Panorama-Mundial

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¡Fuera Ya! Extractos del ‘Epílogo’ – Parte 1

(Esta es la primera de dos partes. La segunda puede encontrarse en la Parte II.)

Por Fred Halstead

La Segunda Guerra de Indochina fue la primera en la época del imperialismo estadounidense en la que Estados Unidos fue derrotado. Después de salir victorioso de la Guerra Hispano-Estadounidense y de dos guerras mundiales, y después de empantanarse en Corea, la maquinaria militar del Pentágono fue ignominiosamente expulsada de Vietnam, gracias a la lucha persistente de los indochinos y a la resistencia contra la guerra del pueblo de Estados Unidos. Este fue el movimiento más sostenido contra la guerra y, excepto por Rusia en 1905 y en 1917,[1] el movimiento más efectivo en el seno de cualquier gran potencia mientras la metralla continuaba.

Manifestantes contra la guerra de Vietnam marchan por la Quinta Avenida cerca de la calle 81 en la ciudad de Nueva York el 27 de abril de 1968. (Foto: AP)

Los propagandistas oficiales idearon varias fórmulas para justificar su intervención militar. La pintaron como una cruzada por la democracia y la libertad contra la amenaza del totalitarismo comunista y para la defensa de la independencia del Sur frente a las invasiones del Norte. Estados Unidos estaba ahí, decían, para cumplir con sus obligaciones bajo el tratado que tenían con el régimen clientelista de Saigón y frustrar el expansionismo de China y la Unión Soviética. Hacia el final las excusas se habían vuelto poco creíbles: el asegurar el regreso de los prisioneros de guerra; el evitar una masacre en el sur si el FLN [Frente Nacional de Liberación][2] llegara a tomar el control total; el proteger a las tropas estadounidenses mientras se retiraban. Todo esto era demagogia.

En realidad, la intervención estadounidense tuvo un carácter profundamente imperialista. El coloso del capitalismo mundial lanzó su poder militar sin provocación contra una pequeña y dividida nación colonial a miles de kilómetros de distancia que luchaba por la autodeterminación y la unificación. Una serie de presidentes estadounidenses intentaron hacer lo que el imperio del rey Jorge III no logró contra los patriotas rebeldes de 1776.[3]

Por un lado estaba un estado armado hasta los dientes que promovía los objetivos estratégicos e intereses materiales de los empresarios ricos en el ámbito global; por otro lado estaba un levantamiento obrero y campesino que buscaba el derrocamiento del poder y de la propiedad capitalistas, a pesar del limitado programa político de su liderazgo.

Estas implícitas tendencias anticapitalistas y anti-terratenientes se expresaron claramente en la reunificación de Vietnam en 1976 y en el proceso de eliminar las relaciones de propiedad capitalistas en el Sur. La prolongada guerra civil en Vietnam del Sur resultó ser parte integral de la confrontación internacional entre quienes defienden al capitalismo y las fuerzas que avanzan en una dirección socialista, que se han estado desarrollando desde la revolución bolchevique de octubre de 1917.

Aparte del genocidio contra los pueblos originarios de Norteamérica, que involucró guerras intermitentes durante cuatro siglos, esta fue la guerra más larga en la historia de Estados Unidos. La noticia del primer soldado estadounidense murió en Vietnam fue en 1959, y el último fue en 1975, un lapso de dieciséis años. (La Guerra de Independencia duró ocho años y la Guerra Hispanoamericana solo cuatro meses.)[4]

Según el Departamento de Defensa de Estados Unidos, el número total de personal militar estadounidense involucrado en algún momento en la guerra en el sudeste asiático — incluyendo las bases en Tailandia y otros lugares, y en naves en el mar — superó los ocho millones. Esto fue más de la mitad del número de estadounidenses involucrados en la Segunda Guerra Mundial (8,744,000 comparado con 16,112,566). Más de tres millones de estadounidenses fueron enviados al propio Vietnam. Sesenta mil murieron, 46 mil de ellos en combate; y 300 mil resultaron heridos. (La proporción de heridos graves y permanentemente discapacitados respecto a muertos, por cierto, era mucho mayor entre los estadounidenses en Vietnam que en las guerras anteriores, debido en gran parte a las avanzadas técnicas para trasladar heridos rápidamente a los hospitales.)

Severely burned in an aerial napalm attack, children run screaming for help down Route 1 near Trang Bang, followed by soldiers of the South Vietnamese army’s 25th Division, on 8 June 1972. A South Vietnamese plane seeking Vietcong hiding places accidentally dropped its flaming napalm on civilians and government troops instead. Nine-year-old Kim Phuc had ripped off her burning clothes while fleeing. (Photo: Nick Ut / AP)

Los indochinos asesinados fueron cientos de miles, posiblemente millones, y sus tierras fueron devastadas. El Pentágono lanzó más toneladas de bombas sobre el área relativamente pequeña de Indochina que en cualquier parte del mundo en todas las guerras anteriores juntas.

El costo directo en dólares para Estados Unidos solo en Vietnam del Sur fue de $141 mil millones. Esto sumaba más de $7 mil dólares por cada uno de los 20 millones de habitantes del área, cuyo ingreso per cápita era de solo $157 al año. Los gastos colaterales sumaron mucho más. Los economistas relacionan correctamente la rápida inflación de finales de los años 60 con los grandes déficits federales que incurrió Estados Unidos por los gastos de la Guerra en Vietnam.

La mayoría de los estadounidenses hoy considera esto como un colosal desperdicio de vidas y riqueza en una guerra vergonzosa. Pero los estrategas del Pentágono hacen una evaluación diferente. Por supuesto, no se cubrieron de gloria ni lograron aplastar la revolución vietnamita y mantener un área de preparación para desplegar más operaciones estadounidenses en la región. Pero sí frenaron el avance de la revolución colonial en Vietnam durante una década y media. Eso era parte de su tarea como vigilantes del mundo para las grandes empresas estadounidenses, sus multinacionales y sus clientes en Japón y otros lugares.

Los primeros días de la guerra

A principios de los sesenta, la gran mayoría de los estadounidenses ignoraba la guerra o se adaptaba a ella, aunque sin mucho fervor patriótico. Parecía algo alejado de sus preocupaciones inmediatas, algo sobre lo que sabían poco o nada y que dejaban confiadamente en manos de su gobierno. Todavía tenían confianza en la sabiduría y la honestidad de los principales líderes políticos y, sobre todo, en las buena voluntad de los ocupantes de la Casa Blanca. Los responsables políticos en Washington se aprovecharon cruelmente de esta ingenuidad.

Sin exagerar, la mayoría de los estadounidenses apenas sabía que Vietnam existía cuando las administraciones de Truman, Eisenhower y Kennedy los arrastraban sigilosamente, paso a paso, al sangriento lodazal. Los demócratas y republicanos llevaron a cabo conjuntamente una “política exterior bipartidista” en el sudeste asiático y la aprobaron sin trabas en el Congreso, mientras que los principales medios de comunicación que moldeaban la opinión pública — y la mantenían desinformada — no daban ninguna alerta de lo que venía.

El movimiento contra la guerra comenzó con personas que ya estaban radicalizadas: pacifistas, socialistas, comunistas, estudiantes rebeldes y un grupo disperso de individuos moralmente indignados. Al principio, estos eran una pequeña minoría, convencidos de la justicia de su causa y listos para enfrentar la impopularidad de su postura. La energía, determinación y fortaleza de esta vanguardia dieron vida al movimiento y siguieron siendo su principal impulsor.

El aspecto más paradójico de este profundo e inolvidable capítulo de la historia de Estados Unidos fue el papel central y decisivo que desempeñaron los elementos de izquierda, que incluían a los pacifistas radicales. Cuando comenzó, era casi inconcebible que pudieran poner en marcha y encabezar un movimiento de tal alcance. Ellos mismos realmente no esperaban que eso pudiera ocurrir. Simplemente se sentían obligados a hacer lo que fuera posible.

El movimiento contra la guerra comenzó con personas que ya estaban radicalizadas: pacifistas, socialistas, comunistas, estudiantes rebeldes y un grupo disperso de individuos moralmente indignados. … Sin embargo, esta banda indigna, “irrelevante” y de ninguna manera homogénea se convirtió en “el remanente redentor”.

A principios de los sesenta, la izquierda estadounidense — la vieja y la nueva — era vista como una franja esotérica con una influencia prácticamente insignificante. En cuanto al número de afiliados en organizaciones radicales, esto se aproximaba a la verdad. La guerra fría y el entorno de una cacería de brujas,[5] junto con la prolongada prosperidad de los años 50, habían diezmado sus filas. Incluso después de que su número aumentara bastante durante los años sesenta y principios de los setenta, las decenas de miles que apoyaban directamente a los diversos grupos radicales no eran muy grandes en comparación con toda la población.

Sin embargo, esta banda indigna, “irrelevante” y de ninguna manera homogénea se convirtió en “el remanente redentor” al ocupar el vacío que dejaron las instituciones educativas, religiosas, sindicales, periodísticas y políticas establecidas, las cuales estaban ligadas al sistema bipartidista y le seguían la corriente a los generales y al Departamento de Estado, apoyando una guerra que, en mayor o menor medida, era obviamente perfectamente ilegal e injusta.

Si lo examinamos más de cerca, esto no es tan sorprendente. Solo aquellos que estaban ideológicamente preparados para desafiar la conformidad ciega y generalizada podían arriesgarse a oponerse abiertamente. Si el número de estos estadounidenses era tan pequeño a principios de los sesenta, esto se debía menos a la irrelevancia de los radicales y más al lugar tan marginal que ocupaba la crítica profunda bajo la profunda corrupción y la avanzada senilidad del sistema bipartidista.

Más tarde el movimiento tuvo su impacto en ese sistema, como lo mostró la proliferación de las palomas de la paz entre los demócratas y republicanos. Pero estos politiqueros palomas no estuvieron en la vanguardia, sino muy atrás, tropezando y murmurando en todo el camino. Desde entonces ha habido una hábil distorsión del expediente sobre este punto, pero el intento de rehabilitarlos queda desmentido por los hechos.

Solo dos senadores, Morse y Gruening, votaron en contra de la resolución del Golfo de Tonkín que le dio la luz verde a Johnson en 1964.[6] Un solo miembro de la Cámara, Adam Clayton Powell, manifestó algún tipo de disidencia al abstenerse. Otros sabían que algo andaba mal. Pero también eran conscientes de que para evitar la “irrelevancia” dentro del sistema bipartidista no puede uno ir por ahí ofendiendo a los poderes establecidos ni desafiando las “razones de Estado” por razones de decencia humana o algo por el estilo. Morse, Gruening y Powell fueron apuñalados por la espalda por el liderazgo nacional de su partido y nunca volvieron a ganar elecciones. Incluso después de que el cambio dramático en la actitud pública permitiera tener una postura pacifista en el Capitolio, la gran mayoría de ambos partidos — incluso las palomas — votó consistentemente a favor del presupuesto militar para Vietnam hasta 1973.

En la medida en que las palomas demócratas y republicanas contribuyeron a la difusión de las opiniones contra la guerra — y algunos lo hicieron prestando ocasionalmente su autoridad a actividades contra la guerra, difundiendo ciertos hechos sobre la guerra, etc. — terminaban por contradecir sus actividades cuando buscaban orientar a la gente hacia los dos partidos que apoyaban la guerra y por los votos que emitían en el Congreso.

Estadounidenses y vietnamitas corren hacia un helicóptero de los Marines de Estados Unidos en Saigón durante la evacuación de la ciudad el 29 de abril de 1975. Soldados estadounidenses pueden verse protegiendo el perímetro ante el avance de las tropas norvietnamitas. Saigón cayó al día siguiente. (Foto: AP)

Y el proceso electoral bipartidista no resolvió el problema, ni siquiera un poco. Por el contrario, los periodos electorales se usaron precisamente con el efecto opuesto. Sirvieron para ocultar las actitudes contra la guerra, calmar las protestas y darle a los guerreristas mayor campo para maniobrar en sus planes perniciosos y funestos. Eso sucedió en todas las elecciones para el congreso y la presidencia desde 1964, cuando Johnson se postuló como el candidato “pacifista”, hasta 1972, cuando la administración Nixon anunció que “la paz está cerca” y luego, después de la elección, siguió adelante con otra asalto brutal contra la población vietnamita.

Quienes mantienen o predican la fe en que es posible reformar el sistema capitalista de los dos partidos deben enfrentar el hecho de que el movimiento contra la Guerra de Vietnam en Estados Unidos — el mayor resurgimiento moral en Estados Unidos desde la lucha por abolir la esclavitud — tuvo que surgir aparte de y desafiando a los dos partidos.

Más allá de estar de acuerdo en su oposición a la guerra, los que iniciaron el movimiento tenían puntos de vista discordantes sobre muchos asuntos y defendían métodos diferentes, incluso contradictorios. En cada vertiente del camino, tuvieron que resolver las diferencias estratégicas y tácticas de sus principios para llegar a una acción unificada y concertada. Esto rara vez era fácil y no siempre fue posible. Era necesario restablecer una tradición de tolerancia hacia las diferencias de opinión, así como un tabú sobre la polémica virulenta y difamatoria. Estas amenidades habían estado ausentes durante décadas en las relaciones entre los grupos de izquierda en Estados Unidos desde que habían sido dinamitadas por la antigua tradición estalinista del Partido Comunista. En este sentido el tono que marcaron los pacifistas radicales influenciados por A. J. Muste[7] desempeñó un papel saludable.

Sin embargo, en ocasiones algunos de estos últimos se sentían incómodos incluso con entablar una polémica seria, y estaban francamente horrorizados por las maniobras parlamentarias — por muy abiertas, legales y estrictas que fueran — que inevitablemente acompañan debates intencionales donde las cuestiones que se disputan deben resolverse de una u otra forma. Pero el choque de ideas y los esfuerzos deliberados por convencer a la gente de que tomara partido eran inevitables y esenciales para poder tomar decisiones prácticas. Ninguna cantidad de “amor y confianza” podía eliminar o sustituir este choque. La alternativa era dejar las decisiones en manos de profetas y santos, y ninguno de nosotros lo era.

(Esta fue la primera de dos partes. La segunda puede encontrarse en la Parte II.)


NOTAS

[1] En enero de 1905 estalló una revolución en Rusia, lo que llevó al establecimiento de una monarquía constitucional. La revolución se caracterizó por disturbios políticos y sociales masivos, incluyendo huelgas de trabajadores, revueltas campesinas y motines militares dirigidos contra el zar Nicolás II y su autocracia.

En 1917, mientras se desataba la Primera Guerra Mundial, los trabajadores y campesinos de Rusia llevaron a cabo una poderosa revolución, derrocando el dominio del régimen zarista y las relaciones de clase semi-feudales. Bajo el liderazgo del partido bolchevique, llevaron a cabo la primera revolución socialista exitosa, que contribuyó al fin de la matanza inter-imperialista en el “primer mundo”.

[2] Fundado en 1960, el Frente de Liberación Nacional (FNL) de Vietnam del Sur fue la organización política y militar que luchó junto a los norvietnamitas por derrocar al régimen dictatorial de Saigón y por la unificación del país.

[3] Esto hace referencia a la primera Revolución en Norteamérica (1775-1783), cuando los colonos lograron rebelarse exitosamente contra el dominio británico. El rey Jorge III era la corona reinante en ese momento.

[4] Desde la publicación de ¡Fuera Ya! la guerra de Estados Unidos en Afganistán, que duró casi 20 años, ha reemplazado a Vietnam como la más larga de las guerras de Washington. El conflicto comenzó el 7 de octubre de 2001 y terminó oficialmente el 30 de agosto de 2021, abarcando cuatro diferentes presidencias de Estados Unidos.

[5] Desde finales de los años 40 hasta los 50, la escena política en Estados Unidos se vio dominada por una cacería de brujas caracterizada por la persecución de individuos y otros de izquierda, y el alarmismo sobre la influencia comunista y soviética. Uno de los primeros actos oficiales que impulsaron esta campaña anticomunista fue una orden ejecutiva de 1947 del entonces presidente estadounidense Harry Truman, la cual exigía una prueba de “lealtad” para los funcionarios públicos.

Más tarde, el senador estadounidense Joseph McCarthy, un republicano de Wisconsin, intensificó esta campaña. “El macartismo fue la expresión más virulenta del periodo de la cacería de brujas de la Guerra Fría”, explica el folleto en inglés ¿Qué es el fascismo estadounidense? Escritos sobre el padre Coughlin, el alcalde Frank Hague y el senador Joseph McCarthy por los líderes socialistas James P. Cannon y Joseph Hansen (p. 22). “Joseph R. McCarthy fue elegido al Senado de Estados Unidos en 1946 con el apoyo del Partido Comunista y organizaciones liberales. En 1950, de repente emergió como el exponente extremo de la cacería de brujas anticomunista que entonces implementaba la administración Truman.

“Fomentó un amplio apoyo entre la clase media e incluso la clase trabajadora acusando al Departamento de Estado de estar infiltrado por comunistas, de que los ‘comunistas’ en altos cargos habían ‘perdido’ deliberadamente a China, y que la ‘élite’ política de Estados Unidos estaba traicionando al país ante los ‘comunistas’. Entrando en conflicto con los principales líderes de ambos partidos capitalistas e incluso con el Ejército de Estados Unidos mientras sembraba terror entre socialistas, militantes obreros y liberales, el movimiento de McCarthy evidenció claramente características fascistas.

“El macartismo alcanzó su punto máximo durante e inmediatamente después de la guerra de Corea, cuando se esperaba ampliamente que en cualquier momento podría desatarse la Tercera Guerra Mundial. Al irse desvaneciendo la confrontación frontal con la Unión Soviética y gracias a la prosperidad que siguió extendiéndose en tiempos de paz, McCarthy perdió rápidamente apoyo y fue abandonado por sus aliados en el Partido Republicano. Fue censurado por el Senado en 1954 y murió en 1957.

“Hoy en día, el término ‘macartismo’ se usa comúnmente para describir todas las formas de la cacería de brujas anticomunista del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, así como el incipiente desarrollo fascista encabezado por el senador de Wisconsin”.

[6] Lyndon B. Johnson se hizo presidente de Estados Unidos en noviembre de 1963 tras el asesinato de John F. Kennedy. En un discurso de campaña, Johnson declaró: “No vamos a enviar a muchachos estadounidenses a nueve o diez mil millas de casa para hacer lo que los muchachos asiáticos deberían estar haciendo ellos mismos”. Sin embargo, en agosto de 1964, basándose en acusaciones de que lanchas torpederas vietnamitas habían disparado contra dos destructores estadounidenses, Johnson impulsó la Resolución del Golfo de Tonkin en el Congreso, que le otorgaron los amplios poderes que usó como autoridad para implementar escaladas masivas durante los siguientes cuatro años.

[7] Para más información, vea A.J. Muste: El pacifista radical que jugó un ‘papel insustituible en el movimiento contra la guerra de Vietnam’.


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