El 22 de septiembre de 2026 el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibió al mundo para inaugurar el 81º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU en Nueva York con una “bienvenida” repleta de alardes sobre el poderío de Estados Unidos y de amenazas de apocalipsis para cualquiera que se atreva a desafiar a Washington. Trump reiteró su intención de someter al pueblo cubano; se jactó de la conquista de Venezuela de ser un “pacificador” en Gaza Pero las amenazas sin tapujos del “guerrerista en jefe” contra Irán convirtieron el acto en una escena especialmente obscena. “Tengo que tomar una gran decisión”, reflexionó Trump. “¿Llegaremos a un acuerdo con Irán que les permita reconstruir y crear un país mucho más grande de lo que jamás fue? … ¿O aniquilo la República Islámica y lo hago rápidamente, sin darles nunca la oportunidad de volver a matar y destruir a personas y países? ¿Los arrastro al infierno sin posibilidad de supervivencia y sin la esperanza de una grandeza futura ni de generaciones venideras?” Pero aún más impactante que las declaraciones de Trump fue el silencio ensordecedor de su audiencia. Solo los delegados de Cuba e Irán abandonaron la sala cuando Trump insultó y amenazó a sus naciones.