Revolución y contrarrevolución en Irán: orígenes del régimen clerical
(Esta es la segunda de dos partes. La primera puede encontrarse aquí).
Por Argiris Malapanis y Geoff Mirelowitz
El régimen clerical en Irán es una de las principales fuerzas reaccionarias que operan en el Medio Oriente y en Asia Central. Muchos en la izquierda, en Estados Unidos y en otros lugares, así como algunos partidarios de la autodeterminación palestina, solo se fijan en el conflicto de ese régimen con el imperialismo estadounidense sin pensar de forma crítica sobre sus orígenes o el papel que juega actualmente. Para entender su trayectoria actual, es útil rastrear sus raíces para comprender cómo la promesa de la revolución iraní de 1979 fue traicionada por la contrarrevolución de la década de 1980.
Durante la mayor parte de 1978, los trabajadores, campesinos y jóvenes iraníes desafiaron a la brutal monarquía del sah, respaldada por Estados Unidos. Hasta entonces, Teherán y Tel Aviv, junto con la monarquía saudí, eran la columna vertebral de la reacción en la región, promoviendo los intereses de los capitalistas y terratenientes locales y sus patrocinadores imperialistas, principalmente en Washington.

El sah Mohammad Reza Pahlavi ascendió al trono en 1941, heredándolo de su padre y gobernando de manera dictatorial. Su policía secreta y servicio de inteligencia, la tristemente célebre SAVAK (Organización de Seguridad e Información Nacional), protegió al gobierno del sah arrestando, torturando y ejecutando a sus opositores.
En 1951 las fuerzas nacionalistas burguesas que prometían una mayor democracia ganaron las elecciones parlamentarias y Mohammad Mosaddegh se convirtió en primer ministro. Bajo Mosaddegh, el parlamento del país nacionalizó la industria petrolera iraní controlada hasta entonces por la Anglo-Iranian Oil Company, pilar del imperialismo británico. El gobierno de Mosaddegh fue derrocado en 1953 a través de un golpe militar. El sah, que había huido del país durante el fracaso inicial del golpe, regresó a su trono después de que las fuerzas que apoyaban la monarquía, respaldadas por la CIA y el Servicio Secreto de Inteligencia británico, lograran derrocar al gobierno elegido democráticamente.
ANÁLISIS DE NOTICIAS


Los trabajadores de Irán odiaban al régimen del sah por su gobierno despótico durante décadas. En 1978 ya no aguantaban más.
Un incidente en el verano de ese año reveló la brutalidad de la autocracia de Irán y el estado de ánimo de las masas.
El 19 de agosto un cine abarrotado en el distrito obrero de Abadán, una ciudad portuaria del sur de Irán, comenzó a arder en llamas. En uno de los peores desastres de este tipo en la historia del país, se especuló que unas 600 personas murieron y muchas más resultaron heridas, algunas de gravedad. El sah, sus partidarios y los medios de comunicación de las grandes empresas en todo el mundo señalaron con el dedo a los “extremistas musulmanes”. Pero todas las pruebas apuntaban al régimen sanguinario del sah como el culpable.
Los cortejos fúnebres de las víctimas del incendio se convirtieron rápidamente en masivas protestas contra el gobierno.
El sentimiento contra el sah y su gobierno “es abierto, virulento y abrumadoramente generalizado”, informó el corresponsal del Washington Post, William Branigan, desde Abadán el 26 de agosto.
“Aparentemente sin excepción, los residentes de esta ciudad cálida y húmeda en el extremo interior del Golfo Pérsico acusan a la policía local y al departamento de bomberos de ser responsables por la magnitud del desastre al cerrar las puertas del cine, impedir los intentos de rescate y demostrar una incompetencia total”, escribió Branigan.
El hecho de que hubo testigos presenciales entre los trabajadores, en combinación con los intentos descarados de las autoridades por encubrir su crimen, provocó la explosión de indignación de la clase trabajadora.
‘Poner fin a 50 años de la tiranía Pahlavi’
“Anoche, los manifestantes de Abadán salieron a las calles a gritos: ‘Muerte al sah’ y ‘Quémenlo’. Mientras la gente recorría la ciudad, se escuchaban gritos de ‘Queremos poner fin a 50 años de tiranía pahlavi’, en referencia al padre del sah”, informó el Post.
Los actos masivos de protesta contra esta y otras indignidades se extendieron en las semanas siguientes por Abadán, Shiraz y otras ciudades. A principios de septiembre, más de 3 millones de personas salieron a las calles en todo el país para exigir el fin del gobierno tiránico del sah.

La monarquía declaró ley marcial y dejó claro que no toleraría más acciones contra el sah. Cuando decenas de miles de personas desafiaron las restricciones del toque de queda y salieron a las calles en Teherán y otras ciudades el 1 de diciembre de 1978, el ejército abrió fuego durante más de tres horas, matando a miles de personas.
Esta masacre provocó una ola aún más poderosa de movilizaciones de las masas. A las 9 p.m. de cada noche, cuando comenzaba el toque de queda, los trabajadores de la luz y la electricidad cortaban la electricidad, lo que hacía imposible que el ejército hiciera cumplir el toque de queda. Era entonces que casi toda la población de las ciudades subía a los tejados y comenzaba a gritar: “¡Muerte al sah!” Al mismo tiempo, manifestaciones más pequeñas continuaban en las calles durante la noche.
El proletariado iraní respondió a los continuos ataques del gobierno militar con una nueva oleada de huelgas. Los trabajadores petroleros tomaron la iniciativa, anunciando el 4 de diciembre de 1978 que habían formado un sindicato nacional, el Sindicato Nacional de Trabajadores Petroleros de la Industria Petrolera de Irán. Según el noticiero de la BBC, en ese entonces en idioma farsi, el nuevo sindicato convocó a una huelga general en todas las instalaciones de producción de petróleo — la principal industria de Irán — respaldando la demanda por el derrocamiento de la dinastía Pahlavi. La huelga fue 100% efectiva, informó la BBC.

‘Mejor tener días más oscuros ahora para tener días más brillantes mañana’
Los trabajadores de la energía eléctrica en huelga explicaron en un comunicado al pueblo iraní que los cortes de energía no afectarían los servicios vitales como los hospitales, ya que esas instalaciones tenían sus propios generadores de emergencia. Y añadieron: “Es mejor tener días más oscuros ahora para tener días más brillantes mañana”.
Otra huelga por los trabajadores del banco central de Irán creó una grave escasez de efectivo y billetes.
El 10 de diciembre de 1978, millones de personas salieron a las calles de las principales ciudades de Irán en las manifestaciones más grandes y poderosas de ese año.
Solo en Teherán, hasta 2 millones de personas acudieron para presionar por el derrocamiento de la monarquía. Hubo manifestaciones masivas en otras ciudades. Entre ellas 800 mil en Masahd, 700 mil en Tabriz, 300 mil en Isfahán y miles más en otros lugares, según informes cablegráficos de la época.

Las consignas y las pancartas capturaban el estado de ánimo de la multitud en Teherán. “Ayúdennos a deshacernos del carnicero”, coreaban multitudes, refiriéndose al sah. “¡El Sah debe ser ejecutado!” “¡Díganle a Jimmy Carter que queremos democracia, no un rey tiránico!” Este último se refería al demócrata Jimmy Carter, entonces presidente de Estados Unidos.
Muchas de las consignas estaban impresas en inglés y estaban dirigidas al apoyo que Washington le brindaba al sah. “¡Criminales estadounidenses fuera!”, decía una. “¡Que el imperialismo yanqui se retire de Irán!”, decían muchas otras. Quizás la más expresiva de todas fue una que decía: “¡Con esta manifestación el presidente estadounidense debe entender que es el más odiado de todos!”
Este ascendente movimiento obrero culminó con el derrocamiento revolucionario del régimen tiránico del sah en febrero de 1979. Esta convulsión fue una profunda revolución social en la ciudad y el campo. Reverberó en todo el Medio Oriente y en el mundo entero.
Triunfa la revolución de 1979
Del 9 al 12 de febrero de 1979, el antiguo régimen se desmoronó bajo los golpes de una insurrección popular. Ministros y generales huyeron a la clandestinidad. Se desintegró la disciplina entre las filas del ejército. El poder gubernamental se esfumó.

Comités surgieron espontáneamente y, en muchas zonas, se hicieron cargo de la dirección del tráfico, la evacuación de los heridos en los combates y el mantenimiento de los servicios públicos en Teherán, en ese entonces una ciudad de 5 millones de habitantes.
Guardias de defensa populares, o “mariscales islámicos”, tomaron el control de las principales ciudades de Isfahán, Masahd, Qom, Kermansah y Shiraz, así como de docenas de pueblos y aldeas más pequeños en todo el país.
Soldados insurgentes comenzaron a elegir a sus propios oficiales. Se unieron a los trabajadores para desarmar a las pocas unidades militares élite que seguían siendo leales a la monarquía. Mientras tanto, los comités populares dirigían el proceso de armar a las masas, evacuar las comisarías de la policía, acorralar a los agentes de la SAVAK y abrir las prisiones de la monarquía.

Los trabajadores de las plantas donde se ensamblaban rifles pusieron fin a una huelga que habían iniciado como parte del movimiento para derrocar a la monarquía. Reiniciaron la producción para ensamblar armas para los trabajadores.
Los trabajadores se apoderaron de algunas instalaciones clave y de centros de comunicaciones, y los utilizaron para ayudar a organizar el levantamiento.
Los consejos obreros, o shoras, ya llevaban semanas gestionando las gigantescas refinerías y yacimientos petrolíferos del país. Los trabajadores no necesitaban ayuda de los ejecutivos del cártel petrolero ni de los burócratas nombrados en Teherán.
Una cosa le faltaba a Irán: un partido obrero revolucionario de masas
Sin embargo, faltaba una cosa en Irán que impedía que los trabajadores completaran su victoria y tomaran el poder en sus propias manos. No existía un partido revolucionario, compuesto en su mayoría por obreros y campesinos, experimentado en las luchas de los oprimidos y explotados, y que gozara del respeto de las masas.
Esto permitió que las fuerzas burguesas que estaban organizadas en torno al ayatolá Ruhollah Jomeini establecieran un régimen capitalista estable.
Jomeini fue un clérigo islámico que se hizo popular debido a su intransigente oposición a la monarquía del sah, en contraste con la mayoría de los otros prominentes políticos burgueses y clérigos islámicos que buscaron llegar a un acuerdo con el sah durante las movilizaciones masivas de 1978.

Obligado a exiliarse, primero en Irak a principios de la década de 1960 y luego en Francia, Jomeini regresó a Irán el 1 de febrero de 1979, cuando los trabajadores estaban derrocando a la monarquía. Fue recibido por muchos como el líder religioso de la revolución iraní. Cuatro días después anunció la formación de un nuevo gobierno provisional. Al cabo de una semana, el antiguo ejército del sah se desmoronó, declarando su neutralidad.
Los trabajadores le dan forma a los acontecimientos políticos
El nuevo régimen, dirigido por clérigos, mantuvo las relaciones capitalistas de propiedad. Su objetivo era sofocar el descontento popular, poner fin al movimiento de masas y reemplazar la monarquía con un gobierno que defendiera los intereses de los capitalistas y los grandes terratenientes del país, incluso cuando entraran en conflicto con Washington y otras potencias imperialistas.
En los primeros años de la revolución, sin embargo, los trabajadores fueron capaces de seguir dando forma a los acontecimientos políticos.
Los trabajadores industriales y de otros tipos que habían liderado las movilizaciones para derrocar al régimen del sah organizaron más comités de fábrica y exigieron ejercer control obrero de la producción. Los campesinos exigían una reforma agraria. Las mujeres lograron avances luchando por la igualdad de derechos.
La mayoría de los trabajadores y jóvenes que hicieron la revolución de 1979 se opusieron al decreto real que la corona había impuesto, en nombre de la “modernización” capitalista en la década de 1930, negándoles a las mujeres el derecho a decidir por sí mismas cómo vestirse en público. Los policías del sah que les arrancaban los velos de la cabeza y la cara a las mujeres eran los mismos policías que arrastraban a trabajadores, campesinos y jóvenes a centros de tortura y prisiones en todo Irán.
Pero en marzo de 1979, cuando Jomeini declaró que las empleadas de los ministerios del gobierno no debían ir a trabajar “desnudas” sino “vestidas de acuerdo con las normas islámicas”, decenas de miles de estudiantes, trabajadores y mujeres y hombres en general salieron a las calles en todo el país. La manifestación del Día Internacional de la Mujer ese año fue la más grande que hubo en el mundo entero. Los manifestantes lucharon contra matones organizados y obligaron a Jomeini a retroceder.

Más tarde ese mes, el Ministerio del Trabajo del gobierno anunció que las mujeres en las fábricas y otros lugares de trabajo tenían derecho a la igualdad de derechos en el trabajo, incluido el derecho a participar en las elecciones a los consejos de trabajadores y a ocupar cargos.
Washington había respaldado la brutal dictadura del sah. Tras el derrocamiento de su régimen clientelar, el gobierno de Estados Unidos se enfrentó al pueblo iraní con una campaña de sabotaje político y económico. Para defenderse, los trabajadores comenzaron a tomar medidas audaces para liberar a su país de la explotación imperialista, poner fin a la especulación y el sabotaje capitalistas y reconstruir el país en base a sus necesidades.
El papel de los shoras
Para lograrlo, los trabajadores se organizaron. Esto fue más evidente en las fábricas, donde comités de obreros elegidos, que habían surgido a gran escala durante e inmediatamente después del derrocamiento del sah, comenzaron a unirse para actuar de manera conjunta.
Un poderoso ejemplo de esto fue una manifestación de decenas de miles de trabajadores el 23 de diciembre de 1979 en Teherán.
La organización de la Shora Obrera Islámica convocó ese acto en apoyo a la ocupación de la embajada de Estados Unidos por parte de estudiantes en la capital de Irán. Los estudiantes, que se referían a sí mismos como “seguidores de la línea del imán”, habían lanzado la ocupación unos dos meses antes para exigir la extradición del sah de Panamá — donde había huido el monarca depuesto — a Irán para enfrentar la justicia por los crímenes de su régimen. Las multitudes que acudieron, en su mayoría trabajadores industriales de plantas automotrices y otras fábricas, expresaron su apoyo a los estudiantes que ocupaban la embajada y su oposición a cualquier componenda con el imperialismo estadounidense.

Los portavoces de la Shora Obrera Islámica, que representaba a 128 comités de fábrica en el área de Teherán, leyeron una resolución que se solidarizó con los “oprimidos del mundo”. Tomando el control de “todas las fábricas en colaboración con los shoras en cada planta” le pidieron al gobierno iraní que les “cortara las manos a los capitalistas que están saboteando la producción”.
A medida que Washington y sus aliados implementaron sanciones contra el país y promovieron el sabotaje por parte de empresas industriales y terratenientes en Irán, la polarización de clases se profundizó.
Los capitalistas y los grandes terratenientes hablaron más abiertamente a favor de una componenda con Estados Unidos. Muchos acapararon materias primas para crear escasez y hacer que aumentaran los precios, saboteando la economía para proteger su propia riqueza.
Sin embargo, la reacción a esas mismas presiones por parte de los trabajadores en las ciudades y en el campo fue muy distinta.
Los campesinos se manifestaron en Teherán, Qom y otras ciudades, montados en sus tractores con sus palas y otras herramientas agrícolas, prometiendo aumentar la producción frente al bloqueo económico liderado por Estados Unidos. Los pequeños agricultores se apoderaron de muchas de las propiedades de los grandes terratenientes y pidieron al gobierno que llevara a cabo una reforma agraria.
Los trabajadores fueron ganando experiencia y confianza en sí mismos. Lucharon por el control obrero de las plantas por medio de sus shoras y establecieron vínculos con otras fábricas.
Frente a tales movilizaciones masivas, el gobierno iraní prometió llevar a cabo una reforma agraria, iniciar amplios programas de vivienda y proporcionar empleos a los desempleados.
La agitación revolucionaria, sin embargo, pronto enfrentó nuevos desafíos cuando el 22 de septiembre de 1980 el vecino país de Irak invadió Irán.
Guerra entre Irak e Irán
Un artículo de Samad Sharif en la revista Nueva Internacional nº 1 ofrece una explicación concisa de cómo la trayectoria del gobierno de Jomeini durante la guerra entre Irak e Irán jugó un papel importante en la eventual derrota de la revolución iraní.

“Los gobernantes capitalistas de Irak habían visto el derrocamiento del régimen del sah y el debilitamiento de las antiguas fuerzas armadas iraníes como una oportunidad para apoderarse de la provincia de Juzistán, rica en petróleo, así como de la vía fluvial de Sahtt-al-Arab y las instalaciones portuarias cercanas, justo al otro lado de la larga frontera oriental de Irak con Irán”, explicó Sharif. “Al mismo tiempo, temían el ejemplo político que la revolución iraní pudiera tener sobre los trabajadores y campesinos en Irak y su impacto desestabilizador sobre los regímenes capitalistas-terratenientes de toda la región.
En octubre de 1978, cuando en Irán las movilizaciones para derrocar al sah alcanzaron proporciones masivas, Bagdad había expulsado al ayatolá Ruhollah Jomeini de Irak, donde este opositor de la monarquía iraní había estado viviendo desde su exilio forzado de Irán en 1964. Tras la revolución, el régimen iraquí abrió sus puertas a altos funcionarios del régimen del sah y a miembros del cuerpo de oficiales de la SAVAK y del ejército iraní; les ayudó a establecer campamentos base desde los que pudieran organizar operaciones armadas e intentos de golpe de estado contra el nuevo gobierno en Teherán.
“Al mismo tiempo que les daba la bienvenida a estas fuerzas contrarrevolucionarias de Irán, en la primavera y el verano de 1980 el régimen iraquí desarraigó y expulsó a decenas de miles de iraquíes, alegando que eran de origen iraní. Los que se vieron obligados a exiliarse eran en su mayoría del sur de Irak y eran seguidores de la rama chií del islam”.

Los chiíes constituyen la mayoría de la población iraquí. Pero históricamente se habían enfrentado a la discriminación sistemática por parte de la mayoría musulmana suní, los capitalistas y terratenientes gobernantes en Irak. En Irán, la mayoría de la población y de la clase dominante son chiíes.
Washington y sus aliados imperialistas proclamaron su neutralidad. De hecho, alentaron la agresión iraquí, con la esperanza de que el asalto asestara un golpe mortal a la revolución iraní y facilitara la imposición de un régimen servil a los intereses de Estados Unidos.
“Con el Irán revolucionario creando tanta tensión en el Medio Oriente, Washington claramente daría la bienvenida a cualquier rol que los iraquíes pudieran desempeñar en la estabilización del Golfo Pérsico”, declaró el Wall Street Journal meses antes de la invasión iraquí de Irán, dando señas de las intrigas que había iniciado Estados Unidos.
Varios gobiernos imperialistas, especialmente París, Roma y Londres, armaron al régimen de Saddam Hussein en Irak durante toda la guerra. Las monarquías de Arabia Saudí, Kuwait y otros estados del Golfo, así como la mayoría de los miembros de la Liga Árabe, respaldaron los esfuerzos bélicos de Bagdad.

Las fuerzas invasoras iraquíes ocuparon rápidamente 4 mil millas cuadradas de territorio iraní.
A finales de 1980, sin embargo, el avance de Bagdad se detuvo. Cientos de miles de obreros, campesinos y jóvenes iraníes se ofrecieron como voluntarios para resistir este intento apuntalado por el imperialismo de aplastar la revolución iraní. En poco más de un año, las fuerzas defensoras de Irán recuperaron el territorio perdido y expulsaron al ejército iraquí al otro lado de la frontera. Tropas iraníes inclusive cruzaron a Irak en mayo de 1982.

La contrarrevolución se afianza a finales de la década de 1980
Tras la victoria inicial de Irán, la guerra se prolongó durante seis años. Cientos de miles de personas perdieron la vida en ambos bandos. El régimen iraquí lanzó ataques aéreos y con misiles contra ciudades iraníes, utilizó armas químicas, incluso contra civiles kurdos que vivían en Irak, y trató de estrangular económicamente a Irán.

“El régimen iraní, por su parte, tomó represalias lanzando ataques contra centros de población en Irak y confiando en tácticas militares que resultaron en la matanza innecesaria de decenas de miles de jóvenes trabajadores y campesinos iraníes que desinteresadamente se ofrecieron como voluntarios para ir al frente a defender la revolución”, explicó el artículo de Sharif.
“En el frente interno, las presiones sobre los trabajadores aumentaron como resultado de las políticas militares, económicas y sociales del régimen capitalista. Se intensificó la represión gubernamental del derecho a la expresión y la organización políticas, con un número creciente de encarcelamientos y ejecuciones de activistas políticos. Los shoras de fábrica fueron forzados a retroceder y luego desmantelados. Se agudizaron los ataques contra las mujeres que luchaban por una mayor igualdad social y económica. El gobierno rechazó la implementación de una reforma agraria pudiera satisfacer las reivindicaciones de los campesinos por tierra y por los medios para cultivarla”.
El terror oficial de matones patrocinados por el gobierno incluyó el encarcelamiento, la tortura y las ejecuciones de miembros del Partido de Unidad Obrera (HVK), un partido revolucionario de la clase trabajadora, así como del Tudeh, el Partido Comunista estalinista. Ambos grupos, así como muchas otras organizaciones de la clase trabajadora, fueron proscritos durante la década de 1980.
En 1988, cuando terminó la guerra con Irak, los clérigos que gobernaban Teherán habían consolidado un régimen teocrático sobre el cadáver de la revolución de 1979. Desde entonces han gobernado de manera dictatorial.
En marcado contraste con las movilizaciones voluntarias de trabajadores y campesinos iraníes que fueron al frente de batalla en 1980, en los últimos años la mayoría de los veteranos de la guerra entre Irak e Irán, y sus descendientes, han instado a los jóvenes a no alistarse en las operaciones de la Fuerza Quds en Irak y Siria. El Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán ha tenido que depender de la persuasión financiera para reclutar y mantener las fuerzas que necesita para sus guerras en el extranjero. Esos pagos a veces pueden llegar hasta los 600 ó 700 dólares al mes, muy por encima de la norma para los trabajadores y agricultores en el Irán contemporáneo. A los refugiados afganos y de otros lugares que viven en Irán se les promete la ciudadanía para ellos y sus familias si se enlistan.
Sin embargo, el aumento de muertos y heridos en estas guerras durante la última década ha cobrado un precio amargo que no puede ser compensado con riales iraníes. La matazón recae desproporcionadamente a un solo lado de la división de clases. Ha afectado mucho menos a los distritos universitarios y las zonas de clase media que a los barrios de la clase trabajadora en las grandes ciudades y los pueblos más pequeños, así como en las aldeas agrícolas de todo Irán. Fue en estas zonas donde vive la clase trabajadora donde surgieron muchas de las protestas del 2017 al 2018.
El odio del régimen clerical contra los judíos contrasta con la respuesta revolucionaria de Cuba
Una marca que define a la teocracia de Irán ha sido su abierto odio contra los judíos. Un incidente que sacó esto a relucir fue la declaración pública del entonces presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, en septiembre del 2009. Calificó el Holocausto nazi como una “mentira y una afirmación mítica”, lo que generó una controversia en todo el mundo.
El presidente de Cuba, Fidel Castro, invitó a Jeffery Goldberg, reportero de la revista The Atlantic, con sede en Estados Unidos, a viajar a La Habana para entrevistarlo sobre una amplia gama de temas, entre ellos la respuesta de Fidel a la disputa provocada por los comentarios de Ahmadinejad.
En el otoño del 2010 The Atlantic publicó (en inglés) la entrevista de Castro con Goldberg.

Fidel dejó muy claro su punto de vista sobre el antisemitismo.
“El mensaje de Castro a Mahmoud Ahmadinejad, el presidente de Irán, no fue… abstracto”, dijo Goldberg al informar sobre la entrevista con Fidel. “Castro volvió repetidamente a criticar el antisemitismo. Criticó a Ahmadinejad por negar el Holocausto y explicó por qué el gobierno iraní serviría mejor a la causa de la paz reconociendo la historia ‘singular’ del antisemitismo y tratando de entender por qué los israelíes temen por su existencia.
“Dijo que el gobierno iraní debería entender las consecuencias del antisemitismo teológico. ‘Esto se prolongó durante unos dos mil años’, dijo. ‘No creo que nadie haya sido más calumniado que los judíos. Yo diría que mucho más que los musulmanes… porque se les culpa y se les calumnia de todo…’. El gobierno iraní debe entender que los judíos ‘fueron expulsados de su tierra, perseguidos y maltratados en todo el mundo por ser los que mataron a Dios'”.
De esta manera el liderazgo de Cuba — ferviente partidario de la lucha por la liberación de palestina hasta el día de hoy — ofrece una perspectiva revolucionaria y de la clase obrera a aquellos que luchan por la autodeterminación nacional, una perspectiva claramente contrapuesta al curso reaccionario del régimen clerical de Irán y sus aliados.
(Esta fue la segunda de dos partes. La primera puede encontrarse aquí).
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Categories: Palestina/Israel, Política Mundial
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