En las primeras horas de la mañana del domingo 22 de junio el gobierno de Estados Unidos se sumó a la guerra aérea que, sin provocación alguna, Israel desató contra Irán. La meta principal era destruir las instalaciones de enriquecimiento de uranio del país. Esta guerra imperialista[1] ha desestabilizado aún más el Medio Oriente, ha aplazado cualquier esperanza de que el pueblo iraní pueda deshacerse del régimen opresivo en Teherán, y muy bien pudiera contribuir a nuevos golpes contra el pueblo palestino, tanto en Gaza como en otros lugares.
La fuerza aérea israelí lanzó bombardeos sorpresa el 13 de junio empleando unos 200 aviones F-35 y otros aviones de combate suministrados por Estados Unidos, los cuales atacaron los más importantes emplazamientos militares y nucleares. Antes del ataque aéreo el Mossad, la infame agencia de espionaje de Israel, había usado drones que Introdujo secretamente a Irán para destruir una gran parte del sistema de defensa aérea del país.
Desde el comienzo de la guerra, las fuerzas israelíes también atacaron barrios civiles en Teherán y en otras ciudades para asesinar a los principales líderes militares y los científicos nucleares de Irán. Los daños colaterales han incluido hasta ahora más de 500 iraníes muertos y más de 3 mil heridos. Algunos grupos de derechos humanos han estimado que el número de muertos iraníes asciende a casi mil.

Israel lanzó la guerra contra Irán después de obtener la aprobación del presidente de EE.UU., “una autorización que probablemente no hubiera sido otorgada por ningún presidente de Estados Unidos en las últimas dos décadas, incluidos Joe Biden, Barack Obama o incluso George W. Bush”, como comentó acertadamente el periodista Amos Harel en un análisis de noticias en el diario israelí Haaretz el 22 de junio.
EDITORIAL
Irán respondió con andanadas de misiles y drones. Varios de ellos evadieron las defensas antimisiles de Israel, alcanzando Tel Aviv, Haifa y otras ciudades israelíes. Estos ataques han provocado al menos 24 muertos y más de 592 heridos, lo que demuestra una vez más que, lejos de ser un refugio, el Estado israelí es una trampa mortal para los judíos.

El ataque aéreo estadounidense contra Fordow y otras dos instalaciones nucleares — en Natanz e Isfahan — marcó un avance significativo en los objetivos de la guerra de Israel en Irán. El objetivo principal de la guerra era infligir el máximo daño posible al programa nuclear de Irán. Mientras que el gobierno israelí y sus aliados estadounidenses y europeos acusan a Irán de enriquecer uranio para fabricar armas atómicas, Teherán insiste en que su programa nuclear es necesario para fines pacíficos, para producir energía — algo que Irán tiene pleno derecho de hacer.
Todavía no se ha dado a conocer una evaluación oficial de la destrucción causada por los bombardeos estadounidenses. Pero es razonable suponer que las municiones de casi 14 toneladas métricas lanzadas por los bombarderos fantasma B-2 penetraron profundamente bajo tierra, probablemente causando grandes daños en Fordow y Natanz, devastación que Israel no podría haber logrado por su cuenta.
El ataque israelí contra Irán, con el claro respaldo y aliento de Trump, y la subsecuente entrada de Estados Unidos en la guerra, muestran que Israel sigue jugando un papel para el imperialismo estadounidense que ningún otro régimen en la región puede desempeñar. Israel cuenta con las agencias militares y de espionaje más poderosas y efectivas. Ningún otro gobierno en la región — incluidas las monarquías árabes del Golfo a las que Trump cortejó para obtener inversiones en su reciente viaje — le llega a los talones.
Con cada nuevo despliegue de su poder militar, los líderes israelíes se envalentonan para ir más lejos todavía. En todo el Medio Oriente Israel es indispensable para salvaguardar y promover los intereses de las familias adineradas que gobiernan en Estados Unidos y en otros países imperialistas. Es por eso que Londres y Washington ayudaron al movimiento sionista desde muy temprano a establecer a Israel como un estado colonial, y lo apoyan plenamente tal como ha evolucionado hoy en día.[2]
Es por eso que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha pedido abiertamente la expulsión masiva de los palestinos de Gaza, personas que han sido devastadas por la guerra genocida de Israel durante casi dos años. Tales expulsiones, que en realidad conducen a la expansión del estado sionista, serán más probables después de esta guerra, ya que la derecha israelí se está envalentonando para perseguir sus abominables objetivos.
Después de años de abogar por ella, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, impulsó enérgicamente la guerra contra Irán en los últimos meses. Netanyahu hizo dos grandes apuestas, las cuales, hasta ahora, parecen haber dado frutos fortaleciendo su gobierno de derecha y aumentando sus posibilidades de reelección.
En primer lugar Netanyahu apostó a que la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos el pasado noviembre le brindarían a Washington una rara oportunidad. De hecho, Trump le dio la luz verde a Israel para iniciar el ataque contra Irán. Recientemente Trump había llevado a cabo negociaciones con Teherán, pero rápidamente concluyó que era poco probable lograr un acuerdo nuclear con Irán, ya que Washington insistió en que cesara por completo el enriquecimiento de uranio, entre otros términos onerosos, lo que hubiera maniatado a la industria nuclear de Irán. Eso sentó las bases para el apoyo de Trump al ataque israelí, que era poco probable que Netanyahu llevara a cabo sin el respaldo de Estados Unidos.
La segunda apuesta de Netanyahu fue anticipar que un ataque israelí motivaría la participación del ejército estadounidense. Ese escenario también se materializó, y desde una posición de fuerza para el régimen sionista. Las operaciones iniciales del Mossad y los bombardeos de las Fuerzas de Defensa de Israel cumplieron muchas de sus metas destructivas, sin resistencia efectiva por parte de Irán. Aunque Israel aún no había ganado la guerra, Trump se sumó a la refriega, contradiciendo sus promesas anteriores y las posiciones “aislacionistas” de muchos de sus prominentes partidarios en su base MAGA.

Desde 2015 Trump ha prometido, en repetidas ocasiones, que bajo su liderazgo Washington evitaría guerras innecesarias en Medio Oriente. Por eso ahora intenta presentar los bombardeos estadounidenses contra Irán como una operación aislada, mientras simultáneamente amenaza con desatar ataques aún más devastadores si Irán toma represalias contra las fuerzas estadounidenses. Incluso contempla un “cambio de régimen” en Teherán.
El que pueda mantenerse la narrativa de Trump de que ésta es una operación “aislada” depende de la verdadera magnitud del daño causado por los bombardeos del domingo y de la respuesta de Irán.
Las autoridades iraníes amenazaron con cerrar el estrecho de Ormuz, bloqueando el tráfico comercial en el Golfo Pérsico. Aproximadamente el 20% del petróleo del mundo pasa por ese angosto pasaje.
En el vecino Yemen los hutíes, aliados de Irán, rompieron un alto al fuego con Washington, declarando que el bombardeo estadounidense de Irán fue un acto de guerra. Durante más de un año los continuos ataques de los hutíes contra los buques han detenido la mayor parte del tráfico comercial a través del Mar Rojo y el Canal de Suez.
El 23 de junio, el régimen iraní lanzó misiles contra la base aérea de Al Udeid en Qatar, la mayor instalación militar estadounidense en el Medio Oriente. Todos los misiles fueron interceptados y no hubo heridos ni entre el personal estadounidense ni el qatarí. Los ataques parecen haber sido una operación de Teherán para salvar las apariencias. Fueron calibrados para minimizar la confrontación, ya que Irán dio una alerta temprana de que los proyectiles se avecinaban.
A raíz de ese ataque iraní, Trump anunció un alto al fuego a la guerra de 12 días entre Israel e Irán, agradeciendo a Teherán “por darnos un sobre aviso, lo que hizo posible que no se perdieran vidas y que nadie resultara herido”. Sin embargo, el alto al fuego puede ser tenue. Al cierre de este editorial, continúa el fuego entre Israel e Irán.
Estos acontecimientos demuestran el sustancial debilitamiento del régimen iraní. Como señaló Panorama-Mundial en un análisis de noticias en enero, Teherán y sus aliados en el reaccionario “eje de resistencia” de Irán sufrieron un duro revés el año pasado con la invasión israelí del Líbano y la aniquilación de Hezbolá, el principal representante de Irán en el Medio Oriente. Con el derrocamiento de la dictadura de Assad en Siria el pasado diciembre, el régimen iraní también perdió un corredor terrestre al Líbano.
Como explicó Rashid Khalidi, el erudito palestino-estadounidense y autor de La guerra de los cien años contra Palestina en una entrevista grabada en video el otoño pasado y disponible en YouTube, el “eje de resistencia” de Irán no tenía nada que ver con las aspiraciones nacionales palestinas.
“Había un eje”, dijo Khalidi. “Fue creado por Irán esencialmente como un elemento disuasorio para proteger al régimen iraní (…) Para eso era su alianza con Siria, para eso era su apoyo a Hezbolá, para eso era su apoyo a Hamás, y por eso Irán apoyó a Assad y a los llamados hutíes en Yemen. Cada uno de esos actores tenía un grado de independencia, no eran clones iraníes ni estaban controlados por Irán, pero Irán los apoyó, masivamente, a un costo enorme”.
Después de que esas fuerzas se debilitaran significativamente y la administración Trump señalara su voluntad de respaldar un “ataque preventivo” contra Teherán, el régimen israelí aprovechó la oportunidad para atacar. El sumarse e esa guerra con armas formidables también le dio a la administración Trump la oportunidad de demostrar la destreza de las fuerzas armadas de Estados Unidos como advertencia a cualquier estado u otro actor que pueda enfrentarse a Washington en el Medio Oriente y en otros lugares.
La actual guerra liderada por Israel ha degradado aún más las capacidades militares de Irán. Rusia y China, que se opusieron al ataque estadounidense-israelí y tienen lazos económicos con Irán, no le ofrecieron a Teherán ninguna ayuda militar.
Los clérigos que gobiernan Irán ahora están tomando medidas defensivas para maximizar sus posibilidades de mantenerse en el poder. Es probable que para ese propósito se aprovechen de los ataques de Estados Unidos y de Israel para avivar el sentimiento nacionalista en el país, y tomar medidas enérgicas contra los oponentes.
Sin embargo, el pueblo de Irán, y todos los trabajadores del Medio Oriente, solo van a beneficiarse de un cese inmediato de las hostilidades y del fin de la guerra israelí respaldada por Estados Unidos. Aquellos de nosotros que estamos en las entrañas de la bestia deberíamos exigir: Manos fuera de Irán. Estados Unidos fuera del Medio Oriente. Israel fuera de Gaza y Cisjordania. Alto a la ayuda de Estados Unidos a Israel.
NOTAS
[1] El imperialismo es la etapa monopolista del capitalismo. Se hizo predominante en los albores del siglo XX. El líder bolchevique V.I. Lenin dio a este sistema económico la definición más acertada en su famosa obra, El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrita en 1916. El imperialismo se distingue por cinco características básicas, decía Lenin: “(1) la concentración de la producción y del capital se ha desarrollado a un grado tan alto que ha creado monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) el capital bancario se ha fusionado con el capital industrial, y ha creado sobre la base de este “capital financiero” una oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia excepcional; (4) se concreta la formación de asociaciones internacionales de capital monopolista que se reparten el mundo entre sí, y (5) se completa la división territorial del mundo entero entre las mayores potencias capitalistas”.
En el segundo congreso de la Internacional Comunista, celebrado en julio de 1920, un informe sobre los trabajos de la Comisión sobre las Cuestiones Nacionales y Coloniales resumía el desarrollo ulterior del imperialismo de la siguiente manera: “El rasgo característico del imperialismo consiste en que el mundo entero, como vemos ahora, está dividido en un gran número de naciones oprimidas y un número insignificante de naciones opresoras; éstas últimas poseyendo riquezas colosales y poderosas fuerzas armadas. La gran mayoría de la población mundial… pertenece a las naciones oprimidas… Esta idea de distinción, de dividir a las naciones en opresoras y oprimidas, es el tema central de esta tesis”.
[2] Israel es hoy un estado capitalista basado en la supremacía judía, en el cual los árabes israelíes — alrededor del 21% de la población del país — son ciudadanos de segunda clase. Es un Estado que ha utilizado los asentamientos sionistas para hacer que Cisjordania se convierta de un territorio ocupado a una conquista similar a la del apartheid. Es un Estado que lleva a cabo una guerra brutal contra los palestinos en Gaza, confinando a 2 millones de palestinos en zonas inhabitables que comprenden apenas el 20% del pequeño territorio de la franja, después de matar a más de 56 mil, de lesionar a casi 132 mil palestinos, de convertir a gran parte de Gaza en escombros, y donde ahora usa los alimentos como arma de guerra y comete otros crímenes contra la humanidad.
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Categories: Editorial, Política Mundial
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