El siguiente es un ensayo que apareció por primera vez en la edición del 24 de julio de 2025 del London Review of Books (LRB), una destacada revista literaria con sede en Londres, Reino Unido.
El autor del artículo es Adam Shatz, editor estadounidense de LRB. Shatz también es colaborador de publicaciones como The New York Times Magazine, The New York Review of Books, y The New Yorker. Es profesor invitado en el Programa de Derechos Humanos de Bard College en Nueva York.
En esta crítica, Shatz plantea cuestiones importantes que merecen una mayor discusión a la luz del espantoso ataque del 7 de octubre de 2023 dirigido por Hamás contra civiles en Israel, la guerra genocida que desató Israel como represalia contra toda la población de Gaza, y la nueva ola de violencia de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y de los colonos sionistas contra los palestinos en Cisjordania. Va directo al grano cuando describe los horrores que el régimen israelí ha impuesto a los palestinos en Gaza durante casi dos años.
“En la misma medida que el desplazamiento forzado, el asesinato, el hambre y la humillación, la promoción de la criminalidad… se ha convertido en una característica que define al gobierno de Israel en Gaza”, señala Shatz.
“El régimen de ocupación, el apartheid, la limpieza étnica y ahora el genocidio ha erosionado el capital moral de Israel, y la oposición no solo ha crecido, sino que ha comenzado a hacerse sentir en una nueva generación de activistas y políticos progresistas”, dice Shatz al concluir su ensayo.
“Aun así, es extremadamente difícil imaginar el desmantelamiento del sistema de apartheid de Israel, o imaginar que surja un desafío serio a su dominación a corto plazo. En un mundo de creciente autoritarismo y etnonacionalismo, donde el estado de derecho casi se ha desmoronado, el estado brutal y despiadado que dirige Netanyahu se asemeja más a un pionero que a un caso atípico”.
Tras la reciente guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, Shatz también examina los acontecimientos políticos en el Medio Oriente. Explica las implicaciones de la invasión israelí del Líbano el año pasado que diezmó a Hezbolá, el grupo respaldado por Irán, y que causó un número sustancial de muertos entre la población civil libanesa en general, así como el derrocamiento de la dictadura de Assad en Siria y las continuas incursiones y bombardeos de Siria por parte de las FDI desde la caída de Assad.
“Incluso sin evidencia alguna de que hubiera una intención siria de atacar, incluso en presencia de claras señales conciliatorias del gobierno de al-Sharaa, Israel ha seguido atacando los supuestos escondites de armas y ocupando partes del sur de Siria”, señala el ensayo de Shatz.
Esto es evidente en los bombardeos israelíes contra el palacio presidencial, el cuartel general militar y el ministerio de defensa de Siria en Damasco el 16 de julio de 2025, en respuesta a los enfrentamientos armados entre milicias drusas y tribus beduinas en Suweida, en el sur del país.

Hace aproximadamente un año, el 27 de junio de 2024, Panorama-Mundial publicó otro ensayo del mismo escritor, El autor Adam Shatz habla sobre “El declive de Israel”.
Al presentar ese artículo, Panorama-Mundial señaló que “en varios artículos anteriores hemos expresado nuestros propios puntos de vista sobre la lucha de liberación nacional palestina, la historia de la creación de Israel como un estado de asentamiento colonial, y el carácter del ataque del 7 de octubre por parte de Hamás. Entre ellos se encuentran La lucha palestina y las lecciones de Sudáfrica, Acerca del carácter del ataque de Hamás el 7 de octubre, Por qué la oposición al sionismo no es antisemitismo, y otros”.
También expresamos nuestros puntos de vista recientemente sobre el ataque imperialista contra Irán en el editorial No a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.
Panorama-Mundial publica la reseña que sigue para información de nuestros lectores. El título, el texto y la tercera nota al final son del original. Las fotos, los subtítulos y las primeras dos notas al final son de Panorama-Mundial. Debido a su extensión, publicamos este último ensayo de Shatz en dos partes, la primera de las cuales sigue.
— Los editores de Panorama-Mundial
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(Esta es la primera de dos partes. La segunda puede encontrarse en la Parte II).
Adam Shatz
Adam Shatz es el editor estadounidense de LRB. Es autor de Escritores y misioneros: ensayos sobre la imaginación radical, que incluye muchas piezas de esa revista, y La clínica del rebelde: las vidas revolucionarias de Frantz Fanon. Ha escrito para la LRB sobre temas como la guerra en Gaza, Fanon, la guerra de Francia en Argelia, el encarcelamiento masivo en Estados Unidos y Deleuze y Guattari. Su serie de podcasts LRB, Human Conditions, considera el pensamiento revolucionario en el siglo XX por medio de conversaciones con Judith Butler, Pankaj Mishra y Brent Hayes Edwards. Puede registrarse aquí.
Vol. 47 Núm. 13 · 24 julio 2025
El mundo a partir del 7 de octubre
Por Adam Shatz
En una entrevista con el New York Times el 18 de junio, el sexto día del ataque de Israel contra Irán, David Petraeus le dio a Donald Trump un consejo no solicitado. Trump, dijo, le debería dar un ultimátum al ayatolá Alí Jamenei, ordenándole que desmantele el programa de enriquecimiento de uranio en Irán o se enfrente a “la destrucción completa de su país, su régimen y su pueblo”. Si Jamenei se negara, agregó, “eso aumenta nuestra legitimidad y luego, a regañadientes, los volamos en pedazos”.
El hecho de que Petraeus recomendara que Irán, un país de noventa millones de habitantes, se redujera a condiciones similares a las de Gaza apenas ocasionó comentarios: las amenazas asesinas de funcionarios estadounidenses contra líderes extranjeros y sus pueblos ya no provocan conmoción, y mucho menos condena; son simplemente parte de la “conversación” sobre cómo Estados Unidos debe administrar su imperio.
El 22 de junio, la fuerza aérea estadounidense lanzó sus Masivas Bombas Penetradoras GBU-57 sobre las plantas de enriquecimiento de uranio en Fordow y Natanz, y disparó misiles Tomahawk contra el centro de investigación nuclear cerca de Isfahán. Al principio parecía que Trump estaba siguiendo el consejo de Petraeus, pero luego se apresuró a proclamar la victoria, declarando que los ataques habían demolido la capacidad nuclear de Irán (según un informe preliminar clasificado de Estados Unidos, el programa se ha retrasado solo unos meses); luego convenció a Israel y a Irán para que aceptaran un alto el fuego.

Los ataques de Israel han causado grandes daños a barrios y propiedades residenciales; hasta mil iraníes fueron asesinados. Pero Jamenei no fue asesinado, a pesar de las amenazas de Israel, y Estados Unidos no bombardeó Irán en pedazos, incluso si Trump comparó sus acciones con el uso de armas atómicas por parte de Truman en Hiroshima (“eso detuvo muchos combates, y esto detuvo muchos combates”) cuando recibió a Netanyahu en la Casa Blanca el 6 de julio. El hambre y la matanza en Gaza empeoraron aún más, pero mientras Israel e Irán estaban en guerra, el sufrimiento de los palestinos no apareció en la primera plana.
Del modo alucinante que ahora caracteriza la política exterior de Trump, los tres partidos podrían cantar victoria: Netanyahu, porque la fuerza aérea israelí había eliminado a los principales líderes de la Guardia Revolucionaria en ataques relámpago tan devastadores como la destrucción de la fuerza aérea egipcia en la primera mañana de la Guerra de los Seis Días de 1967; Jamenei, porque el régimen sobrevivió y lanzó misiles balísticos al interior de Israel, golpeando cinco bases militares, causando daños considerables en Haifa y Tel Aviv, y la muerte de 28 civiles, incluso una familia palestina que vivía en una de las muchas aldeas árabes sin refugio antiaéreo; y Trump, que pudo presentarse como guerrero y pacificador, ganándose a neoconservadores never-Trumpers [que se oponen a Trump] como William Kristol, mientras le aseguraba a su base que no iba a empezar otra costosa guerra terrestre en el Medio Oriente.
En su reunión con Trump, Netanyahu reveló que había nominado al presidente para un Premio Nobel de la Paz. El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, en una entrevista con Tucker Carlson, habló con una sorprendente falta de amargura (y haciendo un obvio cálculo) sobre el hombre que acababa de bombardear su país: “Trump es lo suficientemente capaz como para guiar a la región hacia un futuro brillante y pacífico”, dijo, siempre y cuando pueda evitar que Israel lo arrastre a un “abismo” de combates interminables.
Teherán ha lanzado una purga de presuntos traidores
Desde el alto al fuego, el régimen de Teherán ha lanzado una purga contra los presuntos traidores, varios de los cuales han sido ahorcados, y ha expulsado a cientos de miles de refugiados afganos. Israel ha establecido control sobre el espacio aéreo de Irán y puede volver a enviar allí sus aviones de combate y drones, como lo hace rutinariamente sobre el Líbano y Siria. Todo esto podría haberse evitado. Hace diez años el Consejo de Seguridad de la ONU, la UE, e Irán llegaron a un acuerdo, el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA por sus siglas en inglés), destinado a garantizar que el programa nuclear de Irán se encaminara a fines pacíficos.
Tres años después, sin embargo, la administración Trump se retiró del acuerdo aunque parecía estar funcionando y no había evidencia de que Irán lo hubiera violado, medida que Israel y sus partidarios defendieron vigorosamente. Como consecuencia directa, Irán comenzó a aumentar los niveles de enriquecimiento de uranio en Fordow y sus otras instalaciones.
Sin embargo, cuando Israel lanzó su ataque sorpresa el 13 de junio, Irán todavía estaba en conversaciones con Estados Unidos, y la propia directora de inteligencia nacional de Trump, Tulsi Gabbard, testificó ante el Congreso en marzo que Irán no estaba construyendo un arma nuclear. (Ridiculizada por su jefe, cambió el cuento cuando Estados Unidos entró a la guerra).
Es tentador leer la decisión de Trump de bombardear Irán en términos psicológicos, algo que él ha alentado. “Podría hacerlo”, dijo el 18 de junio cuando los periodistas le preguntaron. “Puede que no lo haga. Quiero decir, nadie sabe lo que voy a hacer”. Tal vez quería evitar cualquier impresión de debilidad, aunque eso pudiera enfurecer a su base MAGA que se opone a guerras en el extranjero, como Carlson y Steve Bannon; posiblemente no quería quedarse al margen y que se le denegara el crédito que a él le correspondía mientras Israel golpeaba a Irán.
Pero las motivaciones personales de Trump son menos importantes que el hecho de que Estados Unidos respaldó la hegemonía regional de Israel. Estados Unidos ha sido el patrocinador de Israel desde la guerra de 1967, proporcionando un vasto apoyo financiero y militar, así como un voto confiable en el Consejo de Seguridad de la ONU contra cualquier resolución que condene los crímenes de guerra de Israel. En 2003, Estados Unidos lanzó una guerra no provocada contra Irak promovida por halcones israelíes, entre ellos Netanyahu. Sin embargo, hasta ahora ha evitado enviar personal militar para unirse a una ofensiva israelí.

El éxito que tuvo Netanyahu en involucrar a Estados Unidos en la guerra fue uno de los grandes triunfos de su carrera, pero tuvo que conformarse con un breve ataque. Cuando Trump dejó en claro que quería que Israel detuviera los bombardeos, Netanyahu no tuvo más remedio que aceptar. (Bajo un presidente demócrata, Estados Unidos podría no haberse unido a la guerra, pero la lucha bien podría haberse prolongado en medio de alaridos impotentes de “preocupación” por las bajas). Aun así, se ha sentado un precedente y ha surgido un nuevo orden regional, basado en la indiscutible dominación de un pequeño Estado que continúa llevando a cabo una campaña de limpieza étnica y de violencia genocida con impunidad, liderada por un hombre que es objeto de una orden de arresto por la Corte Penal Internacional.
La guerra con Irán es mucho más que un intento de evitar que armas nucleares caigan en manos de los mulás (si acaso pudiera serlo); es la culminación de los esfuerzos por Israel de restaurar su imagen como invencible, que se hizo añicos el 7 de octubre, para ajustar cuentas con sus enemigos y convertirse en dueño de la región.
Por el momento se regocija en su poder, como no lo ha hecho desde el final de la guerra de 1967, cuando el Estado judío triplicó el territorio bajo su control y quedó inundado por una ola de mesianismo. Sus principales víctimas son los pueblos de Gaza y Cisjordania, pero Israel también parece estar llevando a cabo un plan a largo plazo para debilitar, si no dejar indefensos, a los demás Estados de la región, de modo que ninguno esté en condiciones de desafiarlo.
Para los políticos estadounidenses y europeos la inestabilidad y la precariedad de tal orden son evidentes, pero prefieren guardar discreción al respecto por temor a ser acusados de simpatía por Hamás o de antisemitismo. La mayoría de los demócratas que criticaron a Trump por lanzar una guerra sin la aprobación del Congreso se mostraron notablemente reticentes cuando se trataba del ataque unilateral de Israel.
El nuevo orden no se construyó en 12 días
El nuevo orden no se construyó en doce días. El ataque contra Irán fue el hito más reciente de una guerra por la supremacía que comenzó el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás y otros grupos armados en Gaza cruzaron al sur de Israel y mataron a más de mil personas, aproximadamente dos tercios de ellas civiles. Algunos de los más influyentes planificadores de guerra en Israel querían atacar a Hezbolá en ese instante, en base a que la organización militante libanesa le brindaba a Irán un escudo contra el ataque israelí. Cuando Israel asesinó a los altos funcionarios de Hezbolá, incluso a su secretario general, Hassan Nasrallah, el pasado septiembre, Irán perdió su “pulmón” en el Medio Oriente árabe, como un clérigo chiita describió una vez al Líbano.

Dos meses después, Irán perdió otro aliado árabe clave cuando la dictadura de Assad cayó ante una insurgencia islamista sunita, liderada por un ex yihadista, Ahmed al-Sharaa, a quien Trump ha elogiado desde entonces como “atractivo” y “duro”. Según los informes, la decisión de atacar a Irán se tomó en una reunión que fue anunciada como una conversación sobre el destino de los rehenes restantes en Gaza, de quienes se cree que veinte pudieran estar vivos, lo cual nos recuerda las prioridades de Netanyahu.
Para Netanyahu, Irán era un objetivo irresistible: una supuesta amenaza nuclear y un símbolo del mal a los ojos del público judío israelí por su apoyo a las organizaciones militantes palestinas. Un ataque le permitiría distraer la atención de los horrores en Gaza y el destino de los rehenes, seguir resistiendo la presión por un alto al fuego, y evitar tener que enfrentar un juicio por cargos de corrupción (Trump ahora está pidiendo que se retiren esos cargos).
El régimen iraní no solo es militarmente débil, sino que también es ampliamente odiado por los iraníes por su opresión y corrupción. Entre los funcionarios y empleados públicos del régimen, el ardor del chiismo revolucionario hace mucho tiempo que dio paso al cinismo, con la Guardia Revolucionaria contrabandeando licor y los Basij mirando hacia otro lado cuando las mujeres se quitan el hiyab. El régimen también está infestado de espías: la campaña de Israel no podría haber procedido de manera tan fluida, o tan velozmente, sin la ayuda de una red de informantes y espías.
La lucha entre Irán e Israel siempre ha sido un rompecabezas. No son vecinos y no tienen disputas territoriales. Ambos son estados de minorías étnicas en una región dominada por árabes, con culturas religiosas impregnadas de antiguos recuerdos de persecución; ambos invocan una sensación de aislamiento y vulnerabilidad existencial, una imagen de sí mismos que confunde (y a menudo indigna) a sus vecinos mucho más vulnerables.
La postura de Teherán sobre la causa palestina
Cuando Irán estaba gobernado por el sha, los dos países eran aliados. Pero durante sus últimos años en el poder, se sintió cada vez más frustrado por el expansionismo y la arrogancia de Israel, advirtiendo sobre la influencia del lobby sionista sobre Washington en una entrevista con Mike Wallace en el noticiero 60 Minutes.
Después de la revolución, el ayatolá Jomeini respaldó la causa palestina con un fervor sin igual en otras partes del mundo árabe, con la esperanza de trascender las identidades persa y chiita de su país, y ganar apoyo de la gente de la región para el antiimperialismo de Irán. Durante la guerra con Irak, insistió en que el “camino a Jerusalén pasa por Karbala”, como si la batalla con Saddam Hussein fuera la primera etapa de la liberación de Palestina.[1]
Los israelíes respondieron argumentando que el camino hacia la Pax Israeliana pasaba por el cambio de régimen en Teherán. Netanyahu ha sido durante mucho tiempo un vociferante proponente de la confrontación militar con la República Islámica, y en un discurso en video publicado en los primeros días del asalto de Israel, hizo un llamamiento explícito al público iraní: “A medida que logramos nuestro objetivo, también estamos despejando el camino para que logren su libertad”.
En las primeras horas de la guerra, algunos iraníes se alegraron de que varios de los altos funcionarios del régimen hubieran muerto en ataques selectivos, pero pocos respaldaron la versión israelí de “liberación”, particularmente a medida que los ataques se volvían cada vez más caóticos e indiscriminados. En el penúltimo día de la guerra, Israel llevó a cabo una serie de ataques contra la prisión de Evin, un símbolo de tiranía y opresión tanto bajo el sha como bajo la República Islámica. Setenta y nueve personas murieron, tanto prisioneros como familiares. Muchos iraníes estaban furiosos porque su autodenominado “libertador” había matado a las mismas personas que más habían sufrido bajo el régimen.
Uno de los efectos inmediatos del ataque conjunto por Israel y Estados Unidos ha sido que se ha reforzado una narrativa que muchos iraníes habían ridiculizado: que el régimen, cualesquiera que sean sus defectos, es un baluarte contra los extranjeros que convertirían su país en otra Libia, Siria, Irak o, peor aún, Gaza, ya sea promoviendo un cambio de régimen o fomentando conflictos étnicos. Un disidente, Sadegh Zibakalam, expresó una opinión común cuando dijo que “incluso si somos parte de la oposición, no podemos permanecer indiferentes ante una invasión de nuestra patria”.
El régimen ha apelado astutamente a estos sentimientos nacionalistas, que aprovechan las memorias colectivas de conspiraciones extranjeras, sobre todo el golpe de Estado de 1953 contra Mosaddegh, orquestado por la CIA y los británicos. Cuando Jamenei hizo su primera aparición pública desde que comenzó la guerra, en una ceremonia para el festival chiita de Ashura, solicitó que en lugar del himno religioso habitual se interpretara una canción sobre Irán. Gracias a la invasión, ahora existe considerable apoyo popular a la decisión de Irán de retirarse del acuerdo de cooperación con la Agencia Internacional de Energía Atómica. A pesar de todo el triunfalismo de Trump, la “guerra de los doce días”, lejos de haber dado fin al esfuerzo de Irán por adquirir un arma nuclear puede haberla acelerado.
Israel, sin embargo, puede preferir esta situación a un acuerdo diplomático que le permitiera a Irán enriquecer uranio con fines civiles, le diera fin a las sanciones, y llevara a la reintegración de Irán en el orden internacional. Después de todo, Israel ahora tiene el control del espacio aéreo sobre Irán, Irak, Líbano y Siria – un margen de maniobra casi ilimitado – y siempre ha preferido imponerse militarmente de forma unilateral en lugar de la diplomacia. “El resultado más probable de la guerra”, según Robert Malley, uno de los negociadores de Obama en el JCPOA, “será una situación de ni guerra, ni paz, y más ataques unilaterales”.
Regionalización de la estrategia israelí de “podar el césped”
Irán se va a atrincherar, se va a enfocar en mantener el régimen y va a esperar un mejor acuerdo, mientras que Israel atacará a Irán cada vez que vea el más mínimo indicio de una amenaza. “Es la regionalización de la estrategia de ‘podar el césped’ que practican en Gaza y el Líbano”, dijo Malley. En el caso de Siria, agregó, donde Israel ha llevado a cabo repetidos ataques, ha construido nueve bases y ha expulsado a cientos de personas de sus hogares para uso militar, “han ido más allá de ‘podar el césped’: es ‘podar sin cuartel las briznas que aún puedan quedar allí’. Incluso sin que hubiera evidencia de alguna intención siria de atacar, incluso ante la presencia de claras señales conciliatorias del gobierno de al-Sharaa, Israel ha seguido buscando supuestos escondites de armas y ocupando partes del sur de Siria. Lo hicieron porque podían, porque Siria no estaba en condiciones de mover ni un dedo en respuesta”.
La estrategia regional de Israel de “podar el césped” podría costarle un alto precio diplomático. Antes del 7 de octubre, parecía encaminarse hacia la normalización de las relaciones con los estados del Golfo. Pero la devastación de Gaza ha despertado la ira entre los jóvenes árabes, y los gobiernos árabes que alguna vez vieron a Israel como un contrapeso útil a las ambiciones de Irán ahora sienten que su agresión y su aventurerismo no conocen límites.
Como dijo Mohammed Baharoon, director de un centro de investigación en Dubai, “ahora el demente con un arma es Israel, no es Irán”. Las violentas incursiones de Israel en Siria y su insistencia de mantener los Altos del Golán le han dado a al-Sharaa pocos incentivos para cooperar. El Líbano tampoco tiene prisa por firmar un acuerdo al que se oponga Hezbolá, que todavía tiene un importante electorado interno.
Mohammed bin Salman, quien es de facto el gobernante de Arabia Saudita, quiere establecer al reino como el líder del mundo árabe, y no es probable que normalice las relaciones con Israel y se arriesgue a enajenar a los jóvenes saudíes que están horrorizados por las masacres en Gaza, particularmente cuando – como señala Malley – “puede obtener de Israel gran parte de lo que necesita en términos de cooperación de inteligencia y seguridad sin pagar el precio que implicaría la normalización”.
El escenario más probable es que continúe enfocándose en reparar las relaciones con Irán. El poder duro solo puede llevarte hasta cierto punto si no tienes poder blando.[2] Pero Netanyahu y el establishment político israelí no parecen preocupados por estos costos diplomáticos, o por el colapso de la reputación moral del país como resultado de la destrucción innecesaria de Gaza. Simplemente se encogen de hombros ante las críticas; después de todo, dicen, el mundo está en contra nuestra. De hecho, Israel todavía tiene el respaldo de los gobiernos de Estados Unidos y de la mayor parte de Occidente.
Agonizante sensación de deserción que sienten los palestinos
La guerra de doce días solo ha profundizado la agonizante sensación de deserción que sienten los palestinos. Durante un tiempo, la posición de Europa sobre la guerra de Israel en Gaza pareció estar cambiando. Cuando, en marzo, Israel rompió unilateralmente el alto al fuego, los funcionarios europeos que anteriormente se habían callado comenzaron a hablar – incluso en Alemania, que tiende a ser alérgica a cualquier crítica al estado judío. Se planearon varias iniciativas diplomáticas, entre ellas una conferencia de la ONU sobre un estado palestino presidida por Francia y Arabia Saudí.
Luego vino el ataque de Israel contra Irán. “En un abrir y cerrar de ojos”, me dijo Muhammad Shehada, un analista palestino con sede en Copenhague, “todo fue cancelado. Mi correo electrónico se inundó con anuncios de eventos que habían sido cancelados. La gente parecía casi extasiada de no tener que hablar de Gaza”. Shehada proviene de una gran familia de Gaza que, desde la guerra, se ha convertido en una familia mucho más pequeña. El único funcionario que le expresó su pesar por el hecho de que el tema de Gaza haya quedado a un lado otra vez fue un noruego.
No fue hasta que Estados Unidos se unió a la guerra que los contactos de Shehada expresaron alguna crítica al respecto. “Si Estados Unidos hubiera atacado primero a Irán, lo habríamos condenado”, le dijo uno. “Pero como es Israel, es mucho más difícil”.
La destrucción de Gaza continúa: “guerra” parece un término inadecuado, si no una ofuscación obscena, para una lucha tan desigual. La mayoría de sus habitantes se han visto obligados a vivir en una franja de tierra en el sur, que representa alrededor del 15% del territorio. El agua potable es escasa, la fórmula para bebés es imposible de encontrar; las aguas negras sin tratamiento inundan las calles; los drones que vuelan en círculos producen un estruendo implacable e insoportable.
Durante la guerra con Irán, las FDI mataron a cientos de personas en Gaza que esperaban en fila para recibir alimentos de la engañosamente llamada Fundación Humanitaria de Gaza, que tiene su sede en Estados Unidos, es respaldada (y posiblemente financiada) por Israel, y es integrada por contratistas de seguridad. Los sitios de distribución de GHF están ubicados cerca de zonas militares y para llegar a ellos es necesario hacer viajes largos y difíciles, lo que resulta más arduo por el hambre.
Según Shehada, “ahora está grabado en la mente de la gente que tratar de conseguir comida es una sentencia de muerte”. Las masacres que habrían causado un escándalo hace una década son ahora un hecho casi diario. El 30 de junio, las FDI mataron a 41 personas en el café al-Baqa, un popular establecimiento costero en el norte. Han matado a más de setenta trabajadores de la salud en los últimos dos meses, entre ellos el cirujano Marwan al-Sultan, director del Hospital de Indonesia, que fue el último centro médico en funcionamiento en el norte de Gaza (fue cerrado en mayo).

Según el Ministerio de Salud de Gaza, más de 57 mil personas han muerto en la guerra hasta ahora, aproximadamente 17 mil de ellas niños. Los israelíes se refieren al Ministerio de Salud como “controlado por Hamás”, en un intento de desacreditarlo, pero, como han señalado los expertos en salud pública de otros lugares, es probable que sus cifras sean una subestimación considerable, ya que no incluyen a los desaparecidos bajo los escombros o las muertes indirectas por enfermedades, desnutrición o falta de atención médica. No ha pasado desapercibido para los palestinos que los ataques de Israel contra Gaza han sido mucho menos precisos que sus ataques contra Irán y el Líbano: una medida del grado en que son despreciados.
El historiador francés Jean-Pierre Filiu visitó Gaza con Médicos sin Fronteras durante el alto al fuego, y ha publicado un poderoso relato de su viaje.[3] “Aunque he estado en varias zonas de guerra en el pasado, desde Ucrania hasta Afganistán, pasando por Siria, Irak y Somalia”, escribe, “nunca, pero nunca, he experimentado algo como esto”.
Ya desesperado y hambriento, el pueblo de Gaza tiene que pagar precios astronómicos debido al aumento del crimen organizado, alentado por las autoridades israelíes, que han estado proporcionando Kalashnikovs al clan de Yasser Abu Shabab, un residente de Rafah que estuvo involucrado en redes de contrabando y se dice que tiene vínculos con el Estado Islámico. “Activamos clanes en Gaza que se oponen a Hamás”, dijo Netanyahu. “¿Qué hay de malo en eso?” (De hecho, los matones de Abu Shabab parecen haber fomentado un resurgimiento en el apoyo a Hamás, el cual hasta hace poco había caído en desgracia entre los habitantes de Gaza).
Tanto como el desplazamiento forzado, el asesinato, el hambre y la humillación, la promoción de la criminalidad – de una “zona gris” sin leyes del tipo evocado por Primo Levi, en la que los miembros de un grupo perseguido se alistan para vigilar, brutalizar y, a veces, matar a los suyos – se ha convertido en una característica que define al gobierno de Israel en de Gaza.
(Esta fue la primera de dos partes. La segunda puede encontrarse en la Parte II).
NOTAS
[1] En su reciente editorial, No a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, Panorama-Mundial explicó que los pronunciamientos en apoyo de la causa palestina por parte del régimen iraní y sus representantes en la región no son más que una grandilocuencia demagógica destinada a apuntalar la teocracia en Teherán.
El editorial señaló que “Rashid Khalidi, el erudito palestino-estadounidense y autor de La guerra de los cien años contra Palestina, explicó el otoño pasado en una entrevista grabada en video, disponible en YouTube, [que] el ‘eje de resistencia’ de Irán no tiene nada que ver con las aspiraciones nacionales palestinas.
“Había un eje”, dijo Khalidi. “Fue creado esencialmente por Irán como un elemento disuasorio para proteger al régimen iraní… Para eso era su alianza con Siria, para eso era su apoyo a Hezbolá, para eso era su apoyo a Hamás, y por eso Irán apoyó a Assad y a los llamados hutíes en Yemen. Cada uno de esos actores tenía un grado de independencia, no eran clones iraníes ni estaban controlados por Irán, pero Irán los apoyó, masivamente, a un costo enorme”.
[2] El “poder duro” se refiere al poder militar, mientras el “poder blando” se refiere a la ayuda económica condicionada, la influencia cultural, la diplomacia, y todas las otras maneras de cooptar y coaccionar para obtener los resultados deseados sin tener que recurrir a la agresión militar.
[3] Un historien à Gaza (Un historiador en Gaza) por Jean-Pierre Filiu (Les Arènes, 203 pp., £ 11, mayo, 979 1 0375 1378 6).
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Categories: Palestina/Israel, Política Mundial