Palestina/Israel

El autor Adam Shatz habla sobre ‘El declive de Israel’ (III)



Lo que sigue a continuación apareció en la edición del 20 de junio de 2024 (Vol. 46, No. 12) del London Review of Books (LRB), una revista con sede en el Reino Unido.

El autor del artículo es Adam Shatz, editor de LRB en Estados Unidos. Shatz también es colaborador de las publicaciones The New York Times Magazine, The New York Review of Books, The New Yorker y otras. Es profesor invitado por el Programa de Derechos Humanos del Bard College de Nueva York. 

Su ensayo comienza con una lista de libros publicados recientemente que hablan de Israel, Palestina y el sionismo.

Revisando esos libros, Shatz plantea cuestiones importantes que merecen una mayor discusión a la luz del espantoso ataque del 7 de octubre dirigido por Hamás que tuvo como objetivo a civiles en Israel; la guerra genocida que Israel desató en represalia contra toda la población de Gaza; y una nueva ola de violencia por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y colonos sionistas en contra de los palestinos en Cisjordania.

Muro que separa a Cisjordania de Israel. Los palestinos en Cisjordania se han enfrentado a una horrible nueva ola de violencia por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel y los colonos sionistas en los últimos ocho meses. A medida que continúa el robo de más tierras palestinas la pesadilla continúa hoy en día.

Shatz aborda la falsa fusión del anti sionismo con el antisemitismo por parte de políticos estadounidenses y otros. Explica que ese argumento no es nuevo, y nunca ha sido compartido por todos los judíos. Los libros que reseña en este ensayo destacan las voces judías que criticaron duramente a los principales líderes del sionismo en los años anteriores al establecimiento de Israel, así como después de 1948.

Shatz escribe, por ejemplo, que “En 1907, el sionista cultural Yitzhak Epstein acusó al movimiento sionista de haber olvidado ‘un pequeño detalle: que hay en nuestra amada tierra un pueblo entero que ha estado apegado a ella durante cientos de años y nunca ha considerado abandonarla’. Epstein y sus aliados, que fundaron Brit Shalom, la Alianza por la Paz, en 1925, imaginaron a Sion como un lugar de renacimiento cultural y espiritual. Cualquier intento de crear un Estado exclusivamente judío, advirtieron, convertiría al sionismo en un movimiento colonial clásico y daría lugar a una guerra permanente con los árabes palestinos”.

Cita al secretario de Brit Shalom, Hans Kohn, quien en 1929 “denunció al movimiento sionista oficial por ‘adoptar la postura de inocentes heridos’ y por esquivar ‘el más mínimo debate con la gente que vive en este país’. Hemos dependido enteramente de la fuerza del poder británico. Nos hemos fijado metas que inevitablemente iban a degenerar en conflicto'”.

A aquellos que rechazan cualquier noción de que los judíos puedan vivir en la Palestina histórica, quisiéramos señalar las opiniones expresadas por Rashid Khalidi, autor de La Guerra de Cien Años contra Palestina, quien explicó en la reciente entrevista Rashid Khalidi sobre la guerra en Gaza, y perspectivas para la liberación palestina:

“Como cito al principio de mi libro, cuando un antepasado mío le escribió una carta a Theodor Herzl, le dijo: “Ustedes tienen una conexión ancestral con este país”.

“Los palestinos cristianos y musulmanes creen en la conexión del pueblo judío con esta tierra. ¿Eso les da una escritura de bienes raíces? ¿Tienen los romanos el derecho de apoderarse de Libia, el norte de África y Turquía porque Roma lo controló una vez? ¿Tienen los musulmanes derecho a recuperar España porque la controlaron una vez? Hubo una vez una minoría judía en una parte de Palestina. ¿Les da eso a los nacionalistas israelíes modernos un título de propiedad a esa tierra? Claro que no”.

En marzo nuestra publicación hermana, World-Outlook, publicó nuevamente un ensayo de Alan Wald en inglés, Frantz Fanon y la paradoja de la violencia anticolonial. Wald es miembro del consejo editorial de Against the Current, donde apareció por primera vez su ensayo. Wald tomó como punto de partida dos libros de Shatz, Writers and Missionaries: Essays on the Radical Imagination [Escritores y misionarios: ensayos sobre la imaginación radical] y The Rebel’s Clinic: The Revolutionary Lives of Frantz Fanon [La clínica del rebelde: las vidas revolucionarias de Franz Fanon].

Presentando el ensayo de Wald señalamos que en varios artículos anteriores hemos expresado nuestros propios puntos de vista sobre la lucha de liberación nacional palestina, la historia de la creación de Israel como un estado colonial, y el carácter del ataque del 7 de octubre por parte de Hamás. Entre ellos se encuentran La lucha palestina y las lecciones de Sudáfrica, Acerca del carácter del ataque de Hamás el 7 de octubre, Por qué la oposición al sionismo no es antisemitismo, y otros.

Panorama-Mundial publica el artículo de Shatz a continuación para información de nuestros lectores. Su título y texto son del original. Los subtítulos y las fotos son de Panorama-Mundial. Debido a su extensión, hemos dividido el artículo en tres partes, la segunda de las cuales sigue.

– Los editores de Panorama-Mundial

*

El declive de Israel (III)

(Esta es la tercera de tres partes. Las otras pueden encontrarse en la Parte I y la Parte II).

Por Adam Shatz

Las reacciones excesivas y militarizadas contra los campamentos en Columbia, UCLA y otros lugares, junto con las furiosas respuestas de los gobiernos británico, alemán y francés a las manifestaciones en Londres, París y Berlín, son una medida de la creciente influencia del movimiento.

Manifestantes a favor de Palestina esperan la llegada de la policía al campus de la Universidad de Nueva York el lunes 22 de abril de 2024. (Foto: Adam Gray /New York Times)

Como dijo Régis Debray, “la revolución revoluciona la contrarrevolución”. El desalojo de los campamentos de solidaridad por parte de la policía es algo que debe preocuparle a cualquiera que le importe la libertad de expresión y la libertad de asociación, y debe recordarnos a todos que la retórica de “espacios seguros” puede prestarse fácilmente a ser captada por la derecha.

El proyecto de ley sobre el antisemitismo aprobado recientemente en la Cámara de Representantes amenaza con reprimir el discurso pro-palestino en los campus estadounidenses, ya que las administraciones universitarias podrían ser acusadas de no hacer valer la definición del antisemitismo de la Alianza Internacional para la Remembranza del Holocausto, la cual amalgama el anti sionismo con el antisemitismo.

Al igual que las medidas anti-BDS [Boicot, Desinversión y Sanciones] adoptadas por más de treinta estados, la Ley de Concientización sobre el Antisemitismo es una expresión de lo que Susan Neiman, al escribir sobre la supresión del apoyo a los derechos palestinos por parte de Alemania, ha llamado “macartismo filosemita”, y casi con toda seguridad conducirá a más antisemitismo, ya que trata a los estudiantes judíos como una minoría privilegiada que requiere protección legal especial para poder sentirse a salvo.

El que la amenaza del antisemitismo esté siendo utilizada como instrumento por los evangélicos derechistas no hace sino magnificar el tenor irreal del debate en EE.UU ya que, además, han hecho causa común con los nacionalistas blancos y los verdaderos antisemitas, mientras que los políticos liberales demócratas están conformes.

Después de que un oficial de policía de la ciudad de Nueva York retirara una bandera palestina en el City College y la reemplazara con una bandera estadounidense, el alcalde Eric Adams dijo: “Échenme la culpa por estar orgulloso de ser estadounidense… No vamos a cederle nuestra forma de vida a nadie”.

Esto fue, por supuesto, una expresión ridícula de xenofobia, y es difícil imaginar a Adams, o a cualquier político estadounidense, haciendo tal comentario sobre los que ondean la bandera ucraniana. (El Departamento de Policía de Nueva York grabó el desalojo del campus de Columbia para un video promocional, como si se tratara de una redada antiterrorista). Pero es indicativo del racismo casual, a menudo mezclado con prejuicios anti musulmanes y antiárabes, que durante mucho tiempo ha sido dirigido contra los palestinos. Said fue llamado el “profesor del terror”, y el Departamento de Estudios de Medio Oriente de la Universidad de Columbia fue llamado “Birzeit sobre el río Hudson”.

Campaña contra eruditos palestinos

Bari Weiss, la ex columnista del New York Times quien se ve a sí misma como una “guerrera por la libertad de expresión”, se curtió como estudiante en Columbia tratando de que despidieran a los miembros del cuerpo docente del Medio Oriente. La campaña contra los eruditos palestinos, que ayudó a sentar las bases intelectuales para el ataque a los campamentos, es instructiva. 

Arafat se equivocó cuando dijo que la mayor arma de los palestinos es el vientre de la mujer palestina: es el conocimiento y la documentación de lo que Israel ha hecho, y le sigue haciendo, al pueblo palestino. Por eso el saqueo del Centro de Investigación Palestina por parte de Israel durante la invasión del Líbano en 1982 y los ataques contra profesores que podrían arrojar luz sobre una historia que algunos preferirían suprimir.

¿Será que parte de la retórica en los campus de EE.UU. se ha desplazado hacia el antisemitismo? ¿Será que algunos judíos partidarios de Israel han sido intimidados, física o verbalmente? Sí, aunque la magnitud del acoso antijudío sigue siendo desconocido y controvertido.

También está la cuestión, como escribe Shaul Magid en La necesidad del exilio, de si “el concepto global único del antisemitismo” es la mejor manera de describir todos estos incidentes. “¿Qué es el antisemitismo si ya no va acompañado de opresión?” —pregunta Magid. “¿Qué constituye antisemitismo cuando los judíos son de hecho los opresores?”

En medio de toda la atención que se le ha dado a la creciente vulnerabilidad judía, es poca la discusión que ha habido sobre la vulnerabilidad de los estudiantes palestinos, árabes y musulmanes, y mucho menos una comisión académica o un proyecto de ley político para abordarla. A diferencia de los judíos, tienen que demostrar su derecho de simplemente estar en el campus.

Los palestinos — especialmente si participan en protestas — corren el riesgo de ser vistos como “intrusos”, infiltrados de una tierra extranjera. En noviembre pasado, un fanático racista les disparó a tres estudiantes palestinos que visitaban a familiares en Vermont; uno de ellos va a quedar paralizado de por vida. Biden no le dio respuesta ni a este ni a otros ataques contra musulmanes diciendo que “el silencio es complicidad”, como lo hizo sobre el antisemitismo.

Tres estudiantes universitarios palestinos fueron baleados en Burlington, Vermont, el 25 de noviembre. De izquierda a derecha: Tahseen Ahmed, 20 años, de la Universidad Trinity; Kinnan Abdalhamid, de 20 años, de la Universidad de Haverford; y Hisham Awartani, de 20 años, de la Universidad de Brown. Los tres iban a cenar y caminaban por una calle de la ciudad en el momento del asalto. Dos llevaban keffiyehs, bufandas que son un símbolo de la resistencia palestina. Cuando les dispararon, los estudiantes estaban conversando en una mezcla de árabe e inglés. Fueron hospitalizados con cuidados intensivos, dos en estado estable y uno en estado crítico; este último tiene una bala alojada en la columna vertebral que podría impedirle volver a caminar. La familia de Awartani confirmó a principios de diciembre que el joven está paralizado del pecho para abajo. Los tres amigos de toda la vida se habían graduado de Ramallah Friends School, una escuela privada sin fines de lucro administrada por cuáqueros en Ramallah, Cisjordania. La policía arrestó a Jason Eaton, de 48 años, como el principal sospechoso del asalto y lo acusó de tres cargos de intento de asesinato en segundo grado. Según los informes, Eaton les disparó a los tres desde su zaguán sin cruzar palabra alguna con los estudiantes. (Foto: Cortesía del Consejo de Relaciones E.E.U.U.-Islam)

Fue, de hecho, el rechazo al silencio, el rechazo a la complicidad, lo que llevó a los estudiantes de todos tipos de antecedentes a las calles a protestar, llevando un riesgo mucho mayor para su futuro que durante las protestas de 2020 contra los asesinatos policiales.

La oposición al racismo contra los negros es enarbolada por las élites liberales; no así la oposición a las guerras de Israel contra Palestina. Se enfrentaron al doxxing, al desprecio de las administraciones universitarias, a la violencia policial y, en algunos casos, a la expulsión. Destacados bufetes de abogados han anunciado que no contratarán a los estudiantes que participaron en los campamentos.

La clase política y la prensa dominante fueron en gran medida desdeñosos. Los comentaristas liberales menospreciaron a los estudiantes como “privilegiados”, aunque muchos de ellos, particularmente en las universidades estatales, provenían de entornos pobres y de la clase trabajadora; en última instancia las protestas, afirmaron algunos, eran sobre Estados Unidos, y no sobre el Medio Oriente. (Eran sobre ambas cosas).

El 17 de abril de 2024 estudiantes de la Universidad de Columbia establecieron un campamento en protesta por la guerra israelí contra Gaza. La acción inspiró protestas similares en campus universitarios de todo Estados Unidos. “En el campus los estudiantes judíos han constituido un número inusualmente alto de los manifestantes”, escribe Shatz. (Foto: C.S. Muncy / New York Times)

Los manifestantes también fueron acusados de hacer que los judíos no se sintieran a salvo, por sus denuncias ritualizadas del sionismo, por pavonearse, por participar en una fantasía de rebelión al estilo de 1968, por ignorar las crueldades de Hamás o incluso por justificarlas, por romantizar la lucha armada en sus llamados a “globalizar la intifada”, por estar poseídos por un fervor maniqueo que los cegaba a las complejidades de una guerra que involucraba a múltiples partes, no solo a Israel y a Gaza.

Hay, por supuesto, un grano de verdad en estas críticas. Como el llamado a “eliminar los fondos para la policía”, la frase “desde el río hasta el mar” es atractivas por su absolutismo, pero también es peligrosamente ambigua, y le da combustible a los adversarios de derecha que buscan pruebas de que los llamados se refieren al “genocidio” contra los judíos.

Y como siempre, hubo una dimensión dramática en las protestas, con algunos estudiantes imaginándose que eran parte del mismo drama que ocurría en Gaza, confundiendo el brusco desalojo de un campamento (las ‘zonas liberadas’) con la destrucción violenta de un campamento de refugiados.

Pero los ataques contra los manifestantes — ya sea por ser “privilegiados”, por su supuesta hostilidad hacia los judíos, o por fanatismo — no brindaban una descripción justa de un movimiento amplio de base que incluye a palestinos y a judíos, a afroamericanos y a latinos, a cristianos y a ateos.

Movilizaciones estudiantiles a favor de Palestina

A pesar de todos sus errores, los estudiantes lograron llamar la atención sobre cuestiones que parecen haber eludido a sus detractores: la obscenidad de la guerra de Israel contra Gaza; la complicidad de su gobierno en armar a Israel y facilitar la matanza; la hipocresía de pretender que Estados Unidos defiende los derechos humanos y un orden internacional basado en normas, al tiempo que le da carta blanca a Israel; y la urgente necesidad de un cese al fuego.

Tampoco se dejaron intimidar por la grotesca comparación que hizo Netanyahu de las protestas con las movilizaciones antijudías en las universidades alemanas de la década de 1930 (donde nadie celebraba Seders). Si gana Trump, les van a echar la culpa, junto con los votantes árabes y musulmanes que no pudieron darle su voto a un presidente que armó a Bibi, pero merecen reconocimiento por movilizar el apoyo a un alto al fuego y por ayudar a cambiar la narrativa sobre Palestina.

Para ellos la destrucción de Gaza será tan determinante como lo fueron para las generaciones anteriores las luchas contra la guerra de Vietnam, contra el apartheid en Sudáfrica y contra la guerra en Irak. La imagen que van a tener de una niña asesinada por un estado genocida no será la de Ana Frank, sino la de Hind Rajab, la niña de seis años asesinada por el fuego de un tanque israelí mientras, sentada en un automóvil, pedía ayuda rodeada de los cuerpos de sus familiares asesinados.

Hind Rajab posa para una fotografía en esta imagen sin fecha obtenida por Reuters el 10 de febrero de 2024. Sentada en un automóvil, la niña de seis años fue muerta por el fuego de un tanque israelí mientras pedía ayuda, rodeada de los cuerpos de sus familiares asesinados por los ataques aéreos de Israel. (Foto: Media Luna Roja Palestina)

Cuando dicen “Todos somos palestinos”, se sienten conmovidos por el mismo sentimiento de solidaridad que llevó a los estudiantes en 1968 a corear “Nous sommes tous des juifs allemands” después de que el líder estudiantil judío-alemán Daniel Cohn-Bendit fuera expulsado de Francia. Estas son emociones a las que ningún grupo de víctimas puede ser eternamente el beneficiario privilegiado, ni siquiera los descendientes de los judíos europeos que perecieron en los campos de exterminio.

Como ha argumentado el historiador Enzo Traverso, en occidente una versión particular de la memoria del Holocausto centrada en el sufrimiento judío y la fundación “milagrosa” de Israel ha sido una “religión civil” desde la década de 1970. Los habitantes del Sur Global nunca han sido feligreses de esta iglesia, entre otras razones porque ha quedado vinculada a una defensa automática del Estado de Israel, descrita en Alemania como una Staatsräson [razón de estado].

Para muchos judíos, inmersos en la narrativa sionista de la persecución judía y la redención israelí, y alentados a pensar que 1939 podría estar a la vuelta de la esquina, el hecho de que los palestinos, y no los israelíes, sean vistos por la mayoría de la gente como una vez lo fueron los propios judíos — como víctimas de opresión y persecución, como refugiados apátridas — sin duda es una sacudida.

Su reacción, naturalmente, es volver a encaminar la conversación hacia el Holocausto, o hacia los acontecimientos del 7 de octubre. Estas ansiedades no deben ser descartadas. Pero, como escribió James Baldwin a finales de la década de 1960, “uno no desea… que un judío norteamericano le diga que su sufrimiento es tan grande como el sufrimiento del negro americano. No lo es, y uno sabe que no lo es por el mismo tono en el que te asegura que lo es”.

La cuestión es cómo podrían estos movimientos, de ser posible, ayudar a poner fin a la guerra en Gaza, a poner fin a la ocupación y a la matriz represiva de control que afecta a todos los palestinos, incluso a los ciudadanos palestinos de Israel, que constituyen una quinta parte de la población. Si bien es cierto que la justicia de la causa palestina nunca ha gozado de un reconocimiento tan amplio o tan universal, y que el movimiento BDS (vilipendiado como “antisemita” y “terrorista” por los defensores de Israel) nunca ha atraído un apoyo comparable, el propio movimiento nacional palestino está en un caos casi total.

La Autoridad Palestina es una autoridad sólo de nombre, un gendarme virtual de Israel, vilipendiado y ridiculizado por quienes viven bajo su dominio. Ha sido incapaz de proteger a los palestinos de Cisjordania de la ola de ataques de los colonos y de la violencia militar que ha matado a quinientos palestinos en los últimos ocho meses y ha resultado en el robo de más de 37 mil acres de tierra, tornándose progresivamente en otra Gaza.

Colonos sionistas plantando árboles cerca de un asentamiento ilegal llamado Mitzpe Yair, en las colinas del sur de Hebrón, como una forma de reclamar territorio. En los últimos ocho meses, con la ayuda del ejército israelí, estos colonos han matado a más de 500 palestinos y se han robado más de 37 mil acres de tierras palestinas. (Foto: Peter van Agtmael / Magnum)

Los palestinos dentro de Israel están bajo una intensa vigilancia, siempre en riesgo de ser acusados de traición y abandonados a merced de las bandas criminales que subyugan cada vez más las ciudades árabes.

El futuro de Gaza

El futuro de Gaza parece aún más sombrío, incluso en el caso de una tregua o un alto al fuego a largo plazo. “Gaza 2035”, una propuesta publicada por la oficina de Netanyahu, la contempla como una zona de libre comercio al estilo del Golfo. Jared Kushner tiene el ojo puesto en las urbanizaciones frente a la playa, y la derecha israelí está decidida a restablecer los asentamientos.

En cuanto a los supervivientes del asalto israelí, el politólogo Nathan Brown predice que vivirán en un “supercampo”, donde, como escribe en Deluge, una colección de ensayos sobre la guerra hoy día, “la ley y el orden… probablemente estarán a cargo — si van a estarlo — de comités de los campamentos y de pandillas autoproclamadas”. Y añade: “Esto va a parecerse menos al día después de un conflicto que a un largo ocaso de desintegración y desesperación”.

La desintegración y la desesperación son, por supuesto, las condiciones que atizan el “terrorismo” que Israel afirma estar combatiendo. Y sería fácil para los supervivientes de Gaza sucumbir a esa tentación, sobre todo porque no se les ha dado ninguna esperanza de una vida mejor, y mucho menos de un Estado, sólo han recibido lecciones de porqué deberían convertir la Franja en el próximo Dubái en lugar de construir túneles.

En los últimos ocho meses, Palestina se ha convertido para la izquierda estudiantil estadounidense y británica en lo que Ucrania es para los liberales: el símbolo de una lucha pura contra la agresión. Pero así como los admiradores de Zelensky ignoran los elementos antiliberales del movimiento nacional, los partidarios de Palestina tienden a pasar por alto la brutalidad de Hamás, no solo contra los judíos israelíes, sino también contra sus críticos palestinos. Como escribió Isaac Deutscher, si bien “el nacionalismo de los explotados y oprimidos” no puede “ponerse en el mismo nivel moral-político que el nacionalismo de los conquistadores y opresores”, “no debe ser visto sin cuestionarlo”.

En La guerra de cien años contra Palestina (2020), Rashid Khalidi escribe que cuando el activista paquistaní Eqbal Ahmad visitó las bases de la OLP en el sur del Líbano, “regresó con una crítica que desconcertó a quienes le habían pedido consejo. Si bien como principio es partidario de la lucha armada contra regímenes coloniales como el de Argelia… cuestionó si la lucha armada era el curso de acción correcto contra Israel, el adversario particular de la OLP”.

Según Ahmad, “el uso de la fuerza no hizo más que robustecer un sentimiento preexistente y generalizado entre los israelíes de considerarse víctimas, al mismo tiempo que unificó a la sociedad israelí, fortaleció las tendencias más militantes del sionismo y reforzó el apoyo de los actores externos”. Ahmad no negaba el derecho de los palestinos a participar en la resistencia armada, pero creía que debía practicarse de forma inteligente — para crear divisiones entre los judíos israelíes, con los que finalmente habría que llegar a un acuerdo, a una nueva dispensación liberadora basada en la coexistencia, el reconocimiento mutuo y la justicia.

Primera Intifada

Hoy en día es difícil imaginar una alianza entre palestinos y judíos israelíes progresistas como la que apareció brevemente durante la Primera Intifada.

El levantamiento palestino conocido como la Primera Intifada estalló el 8 de diciembre de 1987. Fue provocado por un camionero israelí que arrolló a un automóvil con trabajadores palestinos dentro del campo de refugiados de Jabalia, en el norte de Gaza.

Todavía existen grupos que buscan una acción conjunta entre palestinos e israelíes, pero son más escasos que nunca y están severamente asediados: los defensores del binacionalismo esbozados por figuras tan diversas como Judah Magnes y Edward Said, Tony Judt y Azmi Bishara, han desaparecido casi por completo.

Sin embargo, uno se pregunta qué habría pensado Ahmad de la espectacular incursión de Hamás el 7 de octubre, un audaz asalto a las bases israelíes que terminó en horribles masacres en una rave y en kibutzes. Su impacto a corto plazo es innegable: la Operación Inundación de Al-Aqsa volvió a colocar la cuestión de Palestina en la agenda internacional, saboteando la normalización de las relaciones entre Israel y Arabia Saudí, destrozando tanto el mito de una ocupación sin costos como el mito de la invencibilidad de Israel.

Pero sus arquitectos, Yahya Sinwar y Mohammed Deif, parecen no haber tenido ningún plan para proteger a la población misma de Gaza para lo que vendría después. Al igual que Netanyahu, con quien aparecieron recientemente en la lista de personas buscadas por la Corte Penal Internacional, son tácticos despiadados, capaces de una violencia brutal y apocalíptica, pero que poseen poca visión estratégica. “Mañana será diferente”, prometió Deif en su comunicado del 7 de octubre. Tenía razón. Pero esa diferencia — después de la exuberancia inicial como resultado de la fuga de la prisión — ahora puede verse en las ruinas de Gaza.

Ocho meses después del 7 de octubre, Palestina sigue en las garras y a merced de un Estado judío furioso y vengativo, cada vez más comprometido con su proyecto de colonización y desdeñoso de las críticas internacionales, que gobierna a un pueblo que se ha transformado en un extranjero en su propia tierra o en sobrevivientes indefensos, a la espera de la próxima entrega de raciones.

La autodenominada nación “start-up” ha aprovechado sus armamentos de vigilancia para firmar lucrativos acuerdos con dictaduras árabes, y ofrece formación en contrainsurgencia a los escuadrones de policía que la visitan, pero su militarismo instintivo no deja espacio para nuevas iniciativas. Israel no puede imaginar un futuro con sus vecinos o con sus propios ciudadanos palestinos en el que ya no dependa de la fuerza.

El “Muro de Hierro” no es simplemente una estrategia de defensa: es la zona de confort de Israel. La arriesgada política de Netanyahu con Irán y Hezbolá es más que un intento de permanecer en el poder; es una extensión clásica de la política de “defensa activa” de Moshe Dayan.

La violencia no va a cesar a menos que EE.UU. interrumpa la entrega de armas y fuerce la mano de Israel. No es probable que esto suceda pronto: Netanyahu va a dirigirse al Congreso el 24 de julio, después de recibir una invitación untuosa y bipartidista para compartir su “visión para defender la democracia, combatir el terrorismo y establecer una paz justa y duradera en la región”.

El llamado de Biden a un alto al fuego ha sido recibido con otro rechazo humillante por parte de Netanyahu, quien sabe que la administración no está dispuesta a suspender la ayuda militar ni a observar ninguna de sus propias “líneas rojas”. Pero el movimiento de campamentos, y la creciente disidencia entre los líderes demócratas progresistas, desde Rashida Tlaib hasta Bernie Sanders, presagian un futuro en el que Washington ya no va a seguir proporcionando armas ni cobertura diplomática para los crímenes de Israel.

Queda por verse si los palestinos podrán conservar sus tierras hasta ese día, frente al fanatismo de los colonos y los partidarios de la limpieza étnica que han capturado el estado israelí.


(Esta fue la tercera de tres partes. Las otras pueden encontrarse en la Parte I y la Parte II).


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