Esta es la segunda parte de una entrevista con Rashid Khalidi, un renombrado erudito palestino-estadounidense y autor de La guerra de los cien años contra Palestina. La entrevista apareció por primera vez en la edición del 19 de diciembre de 2024 de la revista New York Review of Books.
Khalidi analiza el ataque liderado por Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023 y la ferocidad de la guerra que el gobierno israelí lanzó en respuesta. Se refiere a la guerra de Israel en el Líbano contra Hezbolá y contra otros aliados iraníes en la región más amplia del Medio Oriente. También detalla el apoyo indispensable de Washington a las guerras de Israel y la oposición popular en Estados Unidos y en todo el mundo a los objetivos de guerra de Estados Unidos e Israel.
La introducción completa de Panorama-Mundial a esta entrevista puede encontrarse en la primera parte.
Panorama-Mundial publica la entrevista para información de nuestros lectores. El texto a continuación es del original. Las fotos son de Panorama-Mundial. Debido a su extensión, publicamos la entrevista en dos partes, la segunda de las cuales sigue.
— Los editores de Panorama-Mundial
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(Esta es la segunda de dos partes. La primera se encuentra aquí.)
O’Connell: De la misma manera, es muy difícil entender cuál podría haber sido el plan de Hamás al llevar a cabo los ataques del 7 de octubre, a menos que considere que sabían que lo que seguía sería alguna versión de lo que sucedió y que, por lo tanto, era parte de su plan.

Khalidi: Creo que hay que asumir tres cosas. La primera es que, sin duda, Hamás tenía una serie de expectativas poco realistas sobre lo que sucedería en la región una vez que desencadenara esta ofensiva. Parecen haber creído que iba a haber un levantamientos en toda Palestina, que todos sus aliados irían con ellos a la guerra, y que esta sería la guerra que acabaría con todas las guerras. Me refiero a la gente en los túneles, del ala militar de Hamás; no estoy hablando del resto de los líderes de Hamás fuera de Palestina, que no creo que necesariamente tuvieran las mismas expectativas poco realistas. Las personas que planearon este ataque no tenían una comprensión muy clara de la situación regional, ni de la situación en el resto de Palestina. Así que, hicieron algo que no produjo lo que esperaban.
Lo segundo es que no tomaron control total del campo de batalla que crearon, o tal vez de sus propias fuerzas y las de sus aliados. No impidieron que gente entrara por las aberturas de las cercas e hicieran lo que hicieron. Además, parece haber habido una sed de venganza por parte de muchas de las personas que llevaron a cabo este asalto. Y esto llevó a atrocidades, brutalidades, ataques contra civiles. No puede decirse que no tenían la intención de hacerlo.
Si uno va y escucha la declaración de Mohammed Deif, jefe del ala militar de Hamás, en la mañana del ataque, se refiere a los ataques contra civiles. Parece haber habido un deseo de venganza, aunque obviamente con medios más limitados de los que posee Israel. Y no lo estoy comparando con el deseo incesante, aparentemente insaciable, de venganza por parte del ejército israelí que vemos a diario, pero sí creo que también es un factor con Hamás.
En tercer lugar — y no estoy tan seguro de esto como lo estoy de las dos primeras cosas que mencioné — es posible que no hayan apreciado el grado hasta el cual los ataques contra civiles justificarían y permitirían una respuesta completamente desproporcionada por Israel. Uno puede contrastar eso con la forma en que Hezbolá parece haber tratado muy cuidadosamente de atacar instalaciones militares e industriales en sus ataques. Claro, sus ataques han matado a muchos civiles en el norte de Israel, pero un número minúsculo en comparación con lo que sucedió en torno a Gaza el 7 de octubre.
Eso refleja que comprenden que puede haber formas de limitar las represalias de Israel. No estoy seguro que eso tenga que ver con el respeto de Hezbolá por las leyes de la guerra, o con una comprensión del aspecto moral de la guerra; creo que tiene que ver con una desapasionada evaluación política, lo cual muestra un grado de sofisticación política que no creo que tuviera Hamás. Habrán jóvenes que dirán: “¿Cómo es posible criticar a la resistencia?” Bueno, si no quieres aceptar el derecho internacional, y no quieres aceptar la moral, ¿qué tal la cuestión política? ¿Y qué es lo inteligente? ¿Qué es lo estúpido? No estoy tratando de alabar a Hezbolá. Solo estoy describiendo lo que sucedió.
O’Connell: Creo que estás planeando un libro sobre Irlanda como un laboratorio para los tipos de prácticas coloniales que se aplicaron más tarde en Palestina. Como irlandés, soy consciente de que mi país es un caso atípico en Europa, y en Occidente en general, por el amplio apoyo a Palestina entre su población, reflejado en una forma muy diluida por su gobierno. Y una explicación obvia es que sabemos por lo que ha pasado Palestina, porque nosotros lo experimentamos. Aunque a menudo pienso que eso es exagerado; Margaret Thatcher nunca bombardeó el oeste de Belfast para aplastar al IRA [Ejército Republicano Irlandés por sus siglas en inglés]…
Khalidi: Perdona, pero no empezó con Margaret Thatcher. Está perfectamente claro que todo el mundo en Irlanda piensa en los 850 años de historia, que se remontan a Enrique II y a Strongbow. No solo piensan en los Problemas.
O’Connell: No, por supuesto. Tiene sentido que nosotros, los irlandeses, basándonos en esa historia, simpaticemos instintivamente con la lucha palestina. Pero lo que me parece extraño es la idea de que sea necesaria esa memoria cultural de la colonización — ser irlandés, argelino, keniano o lo que sea — para entender que está mal lo que se les ha hecho sufrir a los palestinos.
Khalidi: Bueno, ¿qué puedo decir? Creo que Irlanda es realmente un caso especial, porque es la primera colonia europea de ultramar, y ningún país ha tenido una experiencia colonial tan larga como la de Irlanda. Eso explica en parte ciertas simpatías irlandesas.
Dicho esto, estoy de acuerdo contigo. Creo que es monstruoso que los alemanes, por ejemplo, no puedan decir: “Cometimos genocidio contra los Herero y los Nama en el sudoeste de África, y nos quedamos de brazos cruzados mientras nuestros aliados otomanos cometían genocidio contra los armenios en la Primera Guerra Mundial, y cometimos genocidio contra los judíos en el Holocausto, por lo que Alemania tiene una responsabilidad extraordinaria por el genocidio, por no permitirlo nunca más, y el genocidio está ocurriendo en Palestina”. Y eso simplemente no sucede en Alemania, ese vínculo entre los diferentes genocidios en los que el país estuvo involucrado de diferentes maneras. Nunca sucede. Me temo que eso es cierto con todas las antiguas potencias coloniales.
O’Connell: Una cosa que he notado repetidamente durante el último año es que cada vez que se habla del Medio Oriente en los medios de comunicación europeos y estadounidenses, siempre es con el entendimiento de que Israel, para decirlo en términos literarios, es el protagonista.
Khalidi: Yo lo digo de manera un poco diferente. Mi objeción a los órganos de opinión como The New York Times es que ven absolutamente todo desde una perspectiva israelí. “¿Cómo afecta a Israel, cómo lo ven los israelíes?” Israel está al centro de su visión del mundo, y eso es cierto para nuestras élites en general, en todo Occidente. Al impedir el reportaje directo desde Gaza los israelíes han propiciado, muy astutamente, esa perspectiva israelocéntrica.

El punto de vista para informar sobre Gaza es Israel, y por eso los periodistas occidentales llaman desde Israel a estos pobres corresponsales en Gaza, a los que los israelíes están cazando uno por uno. Estas personas son seleccionadas para ser asesinadas porque trabajan para periodistas occidentales. Y a todos los medios occidentales que se niegan a decir que “Israel no nos permite informar desde Gaza” y que Israel está matando deliberadamente a periodistas, el oprobio y la vergüenza con la que cargan debería ser infinita.
O’Connell: En las primeras semanas de esta guerra, los medios de comunicación se enfocaron incesantemente en la política universitaria. Obviamente, estas protestas universitarias eran muy importantes, pero había una clara sensación de que el enfoque en ellas y en las trincheras de la guerra cultural que las rodeaban funcionaba como una distracción de la verdadera violencia desplegada en Palestina.
Khalidi: Estoy de acuerdo. Eso se convirtió en la narrativa, y derrotó por completo el propósito de los estudiantes, y de los que se oponían a la guerra, que era enfocar la atención sobre las atrocidades que se estaban perpetrando en Gaza. Eso representa, una vez más, un éxito para esta élite de los medios de comunicación corporativos, apartándonos de lo que no querían que viéramos y en lugar hablando del supuesto antisemitismo, que por supuesto es la táctica preferida de las personas que no tienen argumentos. Si no tienes un argumento para justificar lo que estás haciendo, evitas que otras personas lo discutan, llamándolas antisemitas. Es una estrategia brillante.
O’Connell: Uno esperaría que por usarla excesivamente se volvería menos potente.
Khalidi: Está empeorando. La colaboración entre los departamentos de seguridad del campus, la participación de los departamentos locales de la policía, la participación del FBI y el Departamento de Justicia. La interpenetración entre la inteligencia israelí y la inteligencia estadounidense, y entre los servicios de seguridad israelíes y los departamentos de policía estadounidenses, y la forma en que todas las universidades se han coordinado, han colaborado y consultado, significa que tenemos una situación que parte del mismo molde en universidad tras universidad, en colegio tras colegio: una represión generalizada de las actividades en el campus.

Tenemos en Columbia lo que supongo que se llamaría una situación carcelaria de baja seguridad, con puestos de control y paso electrónico al campus. La persecución de los profesores y el personal, la persecución de los estudiantes, la cancelación de eventos — uno podría seguir y seguir, y eso está sucediendo en todos los campus estadounidenses, como resultado de una colaboración y coordinación bastante intensas y la presión de funcionarios electos, de los donantes, de las juntas directivas, de los ex alumnos y los padres.
O’Connell: Así que, la ansiedad por parte de las universidades no es tanto que podrían estar del lado equivocado de la historia, o que podrían ser cómplices de un verdadero acto antisemita. Tiene que ver más bien con cómo estas cosas podrían afectar a las donaciones y otras fuentes de ingresos.
Khalidi: Exactamente. Es el dinero y el miedo a la responsabilidad legal. Es aterrador cómo la ley contra la discriminación en Estados Unidos se ha convertido en un arma para acallar la disidencia. No es el primer caso en la historia de Estados Unidos. Vimos esto durante la era de McCarthy. Lo hemos tenido en diferentes períodos de la historia de Estados Unidos. Pero es bastante aterrador.
O’Connell: Las presiones sobre la libertad de expresión, la velocidad a la que las universidades se están pareciendo a las grandes corporaciones: ¿cree que estas cosas han contribuido a la disminución del papel de la universidad en la sociedad?
Khalidi: La mascarilla ha caído de las universidades estadounidenses. Está claro que no son instituciones en las que las ideas y puntos de vista del profesorado, o el bienestar de los estudiantes, sean la principal preocupación. Está muy claro que las grandes universidades privadas son principalmente instituciones financieras, enormes fondos de cobertura con grandes carteras inmobiliarias, que tienen como fin secundario ganar dinero con los estudiantes. Hay una retórica del bienestar estudiantil, que se utiliza para promover los intereses de una minoría de estudiantes a expensas de la mayoría de los estudiantes. Pero esa retórica es completamente falsa. Como instituciones, no tienen absolutamente ningún respeto ni prestan atención a las voces de los profesores.

El pasado mes de mayo, la Facultad de Artes y Ciencias en Columbia tomó un voto de censura contra la presidenta, la baronesa Nemat Shafik, por el trato que recibieron los estudiantes que participaron en manifestaciones. Fue aprobada por dos a uno. Uno podría pensar que eso significaría algo. Bien podría no haber sucedido. Los estudiantes no vienen a la universidad para ver a los vicepresidentes y decanos en sus trajes caros. Vienen a aprender de la facultad. Uno podría pensar que los puntos de vista de los estudiantes podrían significar algo. Pero no. “Somos un fondo de protección. Somos un imperio inmobiliario. Y nos preocupamos principalmente por otros dueños de fondos de protección que son, en términos fiduciarios, nuestros propietarios”.
O’Connell: Estaba a punto de decir que, como se está jubilando, este ya no es su problema. Pero, por supuesto, es un problema de todos.
Khalidi: Es un problema para la sociedad estadounidense. Y es muy angustiante. O quiero decir, es parte de la forma en que nuestra política está completamente dominada por el dinero. Es parte del hecho de que un Jeff Bezos, dueño de The Washington Post, o un Patrick Soon-Shiong, dueño de Los Angeles Times, pueden cambiar por completo el rumbo que toma un periódico, como sucedió con las decisiones recientes de no respaldar a un candidato presidencial.
Esos son ejemplos descarados, pero cosas de ese tipo están sucediendo todo el tiempo, en todos los medios corporativos. Lo cual es solo una de las razones por las que los medios alternativos, y las redes sociales, van a ser una parte cada vez mayor de a lo que la gente realmente le presta atención. Porque la corrupción de todo ese mundo apesta tanto que tarde o temprano va a desanimar a la gente. La muerte de los medios de comunicación corporativos, que espero fervientemente que ocurra, creo que se ha acelerado. Ha quedado al descubierto que solamente es el dinero lo que impulsa todo.
O’Connell: ¿Qué efecto cree que el segundo mandato de Trump va a tener sobre la vida académica en Estados Unidos?
Khalidi: La situación en el campus es espantosa, ha empeorado durante más de un año y seguirá empeorando. El asalto contra la libertad de expresión, la libertad académica y la independencia de las universidades por los políticos, los medios de comunicación y los donantes ha sido feroz. No habrá ninguna diferencia fundamental, excepto que estos mismos actores serán más descarados y menos hipócritas en su represión. Virginia Foxx, Elise Stefanik y los demás de su calaña ya tenían a los cobardes que dirigen las universidades bailando a su son, con la aprobación universal de los donantes y los medios de comunicación.
No espero que haya ningún cambio fundamental, simplemente una agudización y una extensión de las tendencias perniciosas ya existentes. Más profesores y personal serán despedidos, desalentando a otros a actuar de acuerdo con sus conciencias; más estudiantes serán disciplinados y juzgados, más programas y departamentos serán cerrados, y más agentes de represión serán contratados para vigilar las universidades e incluso para “enseñar” en ellas. El Apocalypse Light simplemente se convertirá en un apocalipsis más completo.
O’Connell: Aunque es difícil imaginar que las cosas puedan ser peores para los palestinos de lo que ya están con Biden en la Casa Blanca, ¿prevé un deterioro de la situación de los palestinos con Trump en el poder?
Khalidi: Es imposible decir qué hará Trump en cuanto a la política exterior. Parece que se está librando una batalla entre los neoconservadores de línea dura y los aislacionistas por ser escuchados por Trump. No está claro cómo afectará eso a Palestina. Las cosas que han sido desastrosas pudieran empeorar, o tal vez no. Es difícil pensar que lo que Trump pudiera hacer sería peor que lo que Biden-Harris ya han hecho durante trece meses, pero como aprendimos en las décadas de 1970 y de 1980 durante la guerra en el Líbano, las cosas siempre pueden empeorar.

Dudo que Trump quiera una guerra con Irán, o que la guerra en Gaza y el Líbano siga en pie cuando asuma el cargo. Sin embargo, eso no necesariamente hará que el gobierno de Netanyahu cambie de rumbo. La cola ha estado moviendo al perro muy fuertemente durante bastante tiempo, y parece ilimitada la capacidad de los políticos estadounidenses de creer, o de fingir creer las mentiras tan transparentes que les cuentan sus interlocutores israelíes (“escudos humanos”, “tomando todas las precauciones para evitar víctimas civiles”, “no a la limpieza étnica”, “no al genocidio”, “no hay intención de reasentar a Gaza”, etc.). Dudo que eso cambie un ápice con Trump.
O’Connell: Por lo general, este tipo de conversaciones terminan con el interlocutor pidiendo algún rayo de esperanza. Pero dadas las realidades actuales, no voy a insultarlo yendo en esa dirección.
Khalidi: Bueno, si lo hiciera, yo diría que los cambios que hemos visto en la opinión pública en Occidente, en lo que respecta a Israel y Palestina, son un presagio de cambio. Eso no será rápido. Será más difícil que Vietnam, más difícil que Irak, más difícil que el cambio que ocurrió en torno al apartheid en Sudáfrica. Las élites lucharán a uña y diente porque nada cambie. Pero creo que este cambio que está ocurriendo ofrece un poco de esperanza para el futuro. Si uno entiende cómo el proyecto israelí está íntima e íntegramente vinculado a Occidente, entonces tarde o temprano un cambio en la opinión pública occidental va a tener un impacto en Israel.
Israel siempre se ha beneficiado de un apoyo incondicional por parte de todos los países occidentales, con muy pocas excepciones. Nunca había perdido el respaldo de la opinión pública. Ahora ha perdido la opinión pública. Eso puede cambiar, y la evolución no es inevitable, pero si esa tendencia continúa, las cosas tendrán que cambiar para lo mejor, por muy ferozmente que se resistan las élites pro-Israel. Israel no puede seguir adelante sin el apoyo total de Occidente. No es posible. El proyecto no funciona. Estamos en un mundo diferente al mundo en el que hemos estado durante más de un siglo. Y eso podría ser una fuente de optimismo.
(Esta fue la segunda de dos partes. La primera se encuentra aquí.)
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Categorías:Palestina/Israel
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