Inmigración / Refugiados

‘Por qué izamos la bandera mexicana en las protestas de Los Ángeles’


La columna de opinión que publicamos a continuación apareció por primera vez en el Washington Post el 14 de junio de 2025. Panorama-Mundial lo publica para información de nuestros lectores. Creemos que aborda una importante dimensión cultural de las recientes protestas que hemos visto en Los Ángeles contra la intensificación de la ola de redadas y deportaciones de inmigrantes indocumentados por la administración Trump en los lugares de trabajo.

El título, el subtítulo, la foto y el texto a continuación fueron tomados del original. La nota al final es de Panorama-Mundial.

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Opinión

¿Por qué izamos la bandera mexicana en las protestas de Los Ángeles?

Lo que inquieta a la gente no es la bandera en sí; es lo que revela sobre lo que significa ser estadounidense.

14 de junio de 2025

Una joven ondea una bandera que combina la estadounidense y la mexicana durante una protesta el jueves [12 de junio de 2025] en Los Ángeles. (Foto: Wally Skalij / AP)

Por Enrique Acevedo

Enrique Acevedo es interlocutor del noticiero “En Punto” de Televisa.[1]

Estuve allí cuando los manifestantes inundaban las calles del centro de Los Ángeles, sus consignas elevándose por encima de las sirenas y el zumbido de los helicópteros que volaban a baja altura. El aire estaba cargado de humo, y el olor penetrante y mordaz de los productos químicos quemaba la garganta y hacía llorar los ojos. Fuertes explosiones resonaban de los edificios de concreto, seguidas por el golpe seco de las balas de goma que rebotaban del pavimento y de los cuerpos. Un muro de policías de Los Ángeles permanecía inmóvil al borde de la multitud. Y por encima de todo, en el caos y la confrontación, había un mar de puños en alto y banderas mexicanas. No estaban metidas en el bolsillo o pintadas en una mejilla, sino desplegadas y ondeando en lo alto, como si desafiaran a la ciudad, y al país, a que las vieran.

Sabemos lo que vino después. La indignación. La reacción. No era incomodidad, sino ira. Era una rabia real y visceral. Para muchos, ver la bandera mexicana ondeando durante una protesta contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) no solo les hizo fruncir las cejas; lo sienten como una afrenta. Se preguntan: Si estás exigiendo derechos en este país, ¿por qué ondear la bandera de otro? Pero esa bandera, en ese momento, no planteaba un rechazo de Estados Unidos, sino la negativa a verse borrado. Se entrelaza la historia, la memoria y el desafío. Pone en tela de juicio quiénes somos como país y, lo que es más importante, a quiénes estamos dispuestos a incluir. Nos obliga a hacer un ajuste de cuentas con una identidad nacional mucho más compleja de lo que muchos estamos dispuestos a admitir.

En un momento en el que la inmigración ya no se limita a debatir, sino que se utiliza como un instrumento para azusar el miedo, consolidar el poder y deshumanizar a una parte esencial de nuestra sociedad. Y cuando el costo político de la empatía ha crecido prohibitivamente, momentos como este no solo provocan controversia; se convierten en crisoles. Nos obligan a enfrentar preguntas sin respuestas fáciles: ¿Quién tiene realmente derecho a estar en este país? ¿Y a qué costo? ¿Puede la identidad estadounidense abarcar este nivel de complejidad, o sigue el derecho a estar aquí atado al silencio, a la asimilación y a la silenciosa eliminación de todo lo que no se somete?

Los Ángeles es el lugar perfecto para hacer estas preguntas porque allí la identidad mexicana no es extranjera; es fundamental. Hace tiempo esto era México, y sigue siendo parte de la memoria, la cultura, los nombres de las calles, la comida y las familias que nunca cruzaron una frontera, porque la frontera los cruzó a ellos. En ese contexto, la bandera mexicana no es necesariamente un símbolo de separación o rechazo. A veces es una afirmación: somos las dos cosas. Somos mexicanos y estadounidenses, no divididos sino entrelazados. Así es como luce nuestra identidad.

Como alguien que fue moldeado por ambos países, he vivido la mayor parte de mi vida dentro de esa tensión. Y aun así, ese espacio entre dos naciones, dos mundos asimétricos, cada uno de los cuales me dejaba su huella de maneras que no siempre coincidían, nunca se sintió como un vacío. En cambio, me conectó con millones de personas con la misma identidad entrelazada. Más de 37 millones de personas de origen mexicano viven en Estados Unidos y más de 11 millones solamente en California. Para muchos de nosotros, ser ambas cosas y no ser ninguna de las dos no es una contradicción. Es una verdad y refleja el hecho de que pertenecemos a un país que todavía está aprendiendo a abarcar más de una historia a la vez.

Pero el pluralismo estadounidense nunca ha sido tan acogedor como pretendemos. A menudo tolera la presencia, pero castiga la visibilidad. Los mexicanoamericanos somos considerados esenciales cuando el país necesita mano de obra — en los campos, en los hospitales durante la pandemia de covid, en nuestros hogares, en nuestras escuelas y en las fuerzas armadas — pero somos sospechosos cuando exigimos dignidad, voz política o la libertad de mostrar el orgullo por nuestro lugar de origen. El mensaje siempre ha sido: Contribuye, pero no compliques.

Esa contradicción es profunda. La hemos visto antes, durante el Programa Bracero, cuando invitaron a trabajadores mexicanos para allanar la escasez de mano de obra, incluso cuando los ciudadanos mexicanoamericanos estaban siendo atacados durante los disturbios de los Zoot Suits en 1943. Lo vimos de nuevo con la Operación Espalda Mojada en la década de 1950, cuando fueron deportadas más de 1 millón de personas, incluso ciudadanos estadounidenses, cuando ya no eran consideradas “útiles”. Y lo vemos hoy en la forma en que por un lado elogiamos la resiliencia latina y los valores familiares, celebrando a los trabajadores esenciales, y por otro separamos a esas mismas familias y expulsamos a esos mismos trabajadores con la próxima orden de deportación. Con demasiada frecuencia, los latinos se convierten en el emblema de un ajuste de cuentas mucho más amplio e incómodo sobre la raza, la identidad y el poder político en Estados Unidos.

Así que, cuando alguien ondea la bandera mexicana en las calles de Los Ángeles, pega donde duele. Pero tal vez lo que inquieta a la gente no es la bandera en sí, sino lo que revela. Nos enfrenta a una complejidad que todavía nos cuesta aceptar: que ser estadounidense no requiere ser menos de otra cosa. El orgullo por sus raíces no cancela su reclamo a este país. Que si amas donde te encuentras no significa que debes olvidarte de dónde vienes.

Después de todo, nadie se opone cuando la bandera irlandesa ondea el Día de San Patricio o cuando muchas otras banderas desfilan por las calles de la ciudad cada verano. Esos momentos son vistos como prudentes, sancionados como una forma “correcta” de orgullo étnico. Pero cuando ese mismo orgullo aflora en protesta, cuando conlleva dolor, frustración y la demanda de ser reconocido, de repente se siente como algo rebelde y fuera de lugar, como si la visibilidad se volviera aceptable solo cuando no plantea ningún desafío a la narrativa dominante. Debemos dejar atrás la falsa disyuntiva entre asimilación y exclusión y preguntarnos si nuestra visión del pluralismo es lo suficientemente generosa como para incluir a las personas tal y como son, no sólo como quisiéramos que sean.

Si cuando ves la bandera mexicana titubeas, tal vez esa bandera está haciendo su trabajo. La verdad es que la presencia de esa bandera en este país, en esta ciudad y en estas protestas no solo es válida; es importante. Nos recuerda una historia que con demasiada frecuencia se ignora, una comunidad que con demasiada frecuencia se pasa por alto. Nos recuerda que el pertenecer no se gana con el silencio o la sumisión, sino que se reclama con la presencia, la memoria y la voz.

Tal vez nos pide que vayamos más despacio y consideremos una pregunta más profunda: ¿Somos un país al que le incomoda la complejidad, o un país lo suficientemente seguro como para abarcarla?


NOTAS

[1] En Los Ángeles Televisa se refiere a TelevisaUnivisión, la más importante compañía de medios de comunicación en español en todo el mundo. Su sede se encuentra en Doral, Florida, pero que también tiene una presencia importante en Los Ángeles. Juega un papel importante en los medios de comunicación en español, produciendo y distribuyendo contenido a través de varias plataformas, entre ellas redes de transmisión, canales de cable, servicios de streaming y plataformas de audio. TelevisaUnivisión surge de la fusión entre los activos de contenido de Televisa y de la entidad Univision Communications.


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