Durante el mes pasado el gobierno de Estados Unidos ha intensificado su agresión de varias décadas contra Cuba. Los envíos de petróleo a la isla desde Venezuela han quedado interrumpidos desde el ataque de Washington contra ese país el 3 de enero de 2026. El 22 de enero, la administración Trump amenazó a la nación isleña con un bloqueo naval total. Y el 29 de enero, Trump firmó una orden ejecutiva calificando a Cuba como una “inusual y extraordinaria amenaza” para Estados Unidos y declarando que Washington impondrá aranceles punitivos contra cualquier país que le venda petróleo a Cuba.
Isaac Saney es un especialista en Cuba que coordina el programa de Estudios de la Diáspora Negra y Africana en la Universidad Dalhousie en Halifax, Nueva Escocia, Canadá. Con raíces tanto en la comunidad Africana de Nueva Escocia como en el Caribe, su enseñanza, investigación y erudición abarcan a Cuba, África, el Caribe, la historia del pueblo negro en Canadá, y la lucha global por la liberación negra y las reparaciones. Un área principal de su investigación es la relación de Cuba con África.
En respuesta a la última escalada de la guerra económica de Washington contra Cuba, Saney emitió un comunicado que apareció por primera vez el 30 de enero en su página de Facebook. Posteriormente fue publicado por el servicio cubano de noticias Radio Rebelde.
A continuación publicamos la declaración de Saney para la información de nuestros lectores. El titular y el texto son del original. Los subtítulos, la foto, las notas, y la traducción son de Panorama-Mundial.
— Los editores de Panorama-Mundial
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Otro acto descarado y malicioso de guerra económica: la escalada del asalto de Trump contra Cuba y el mundo
Por Isaac Saney
La declaración por Donald Trump de que Cuba constituye una “inusual y extraordinaria amenaza” para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos no es simplemente falsa; es una invención deliberada arraigada en la ideología imperial, la mitología de la Guerra Fría y el oportunismo político doméstico. El documento de la Casa Blanca “Abordando las amenazas a Estados Unidos por el Gobierno de Cuba” es un intento cínico de disfrazar la hostilidad y la agresión de Estados Unidos contra la soberanía cubana durante muchas décadas con el lenguaje de la emergencia, la seguridad y la moralidad — pero bajo ninguno de esos rubros resiste el más mínimo escrutinio.
La decisión de imponer aranceles punitivos a los países que le vendan petróleo a Cuba constituye una escalada imprudente, vengativa e ilegal de la guerra económica de décadas de Washington contra el pueblo cubano. Esta medida no se trata de “seguridad”, ni de democracia o derechos humanos. Es un acto de guerra económica — extraterritorial en alcance, colectivo en su castigo e imperial en su intención.
Al perseguir a terceros países por mantener un comercio legítimo y soberano con Cuba, la administración Trump vuelve a afirmar su derecho a ser juez, jurado y ejecutor en la economía global. Estos aranceles pisotean el derecho internacional, violan los principios de soberanía nacional y buscan coaccionar a la comunidad internacional para que cumpla con una política que la inmensa mayoría del mundo ha rechazado repetida e inequívocamente en las Naciones Unidas.[1]
Cuba: Una fuerza por la paz y el diálogo
Las afirmaciones falaces de Trump sobre la llamada “influencia maligna” de Cuba se desploman incluso bajo el escrutinio más superficial. Lejos de ser una fuerza desestabilizadora, Cuba ha actuado de forma constante como una fuerza de paz y diálogo en asuntos internacionales. Además, la afirmación repetida de que Cuba “acoge terroristas” ha sido completamente desacreditada. El gobierno estadounidense nunca ha presentado pruebas creíbles de que Cuba proporcione apoyo material a organizaciones terroristas.

Al contrario, Cuba ha sido reconocida internacionalmente por su papel como mediador en las negociaciones de paz, incluyendo el patrocinio de las conversaciones de paz para Colombia — un acto elogiado por la comunidad internacional que puso fin a más de medio siglo de guerra civil. Estas negociaciones — realizadas en La Habana a petición de las partes implicadas y con respaldo internacional — salvaron innumerables vidas y recibieron reconocimiento mundial, incluyendo elogios de las Naciones Unidas y de la comunidad internacional. Que Washington ahora vilipendie a Cuba precisamente por esta contribución a la paz expone el profundo cinismo y la mala fe que subyacen la política estadounidense.[2]
La afirmación de Trump de que Cuba “se alinea con” Rusia, China, Irán, Hamás y Hezbolá es un ejemplo imperial clásico de culpa por asociación. Confunde deliberadamente relaciones diplomáticas legales y cooperación limitada con acusaciones de terrorismo e intención maliciosa, sin presentar pruebas.
Cuba, como estado soberano, tiene el derecho legal bajo el derecho internacional a mantener relaciones con cualquier país que desee.
El propio Estados Unidos mantiene relaciones diplomáticas, económicas y de inteligencia con regímenes que llevan a cabo violaciones sistemáticas de los derechos humanos, guerras de agresión, prácticas del apartheid y matanzas masivas de civiles. La fabricada indignación moral dirigida contra Cuba expone la profunda hipocresía de la política exterior estadounidense.
La afirmación de que Cuba alberga “la mayor instalación de inteligencia de señales fuera de Rusia”, amenazando la seguridad nacional de Estados Unidos, es un argumento reciclado de la Guerra Fría que los analistas serios abandonaron hace tiempo. Incluso las evaluaciones de la inteligencia estadounidenses han reconocido que Cuba carece de la capacidad estratégica o tecnológica para comprometer la seguridad nacional de esa manera. Si la cooperación de inteligencia entre Cuba y otros estados constituye una “emergencia nacional”, entonces, siguiendo esa lógica, Estados Unidos — cuyas agencias de inteligencia operan en todo el mundo — estaría en un estado permanente de ilegalidad internacional.
Esta acusación no funciona como una afirmación fáctica, sino como un pretexto — diseñado para justificar la escalada, las sanciones y la guerra económica bajo el pretexto de la defensa.
La ‘preocupación de Estados Unidos por los derechos humanos’ carece de credibilidad
La repentina preocupación de Trump por los derechos humanos en Cuba carece de credibilidad. Su administración apoya abiertamente a dictaduras, apoya sistemas similares al apartheid, provee de armas a regímenes que cometen atrocidades masivas, y de forma sistemática ataca las libertades civiles y los derechos humanos dentro de Estados Unidos.
Cuba es un país bajo constante asedio, privado de acceso a los mercados, finanzas, medicamentos, combustible y tecnología globales. Estados Unidos no tiene legitimidad moral para presentarse como “defensor de los derechos humanos” mientras al mismo tiempo aplica políticas diseñadas para empobrecer a la población cubana.
La “acusación” de que Cuba “desestabiliza la región mediante la migración” es un sorprendente intercambio de causa y efecto. La migración cubana no es resultado de la agresión cubana; es la consecuencia directa de la política estadounidense — es decir, la estrangulación económica impuesta por el bloqueo, las sanciones extraterritoriales y las prohibiciones financieras diseñadas explícitamente para “provocar hambre, desesperación y derrocamiento”.
Instrumentalizar las consecuencias humanitarias de las políticas coercitivas de Estados Unidos como prueba de la perfidia de Cuba es moralmente indefendible. Es como prenderle fuego a una casa y luego culpar a los ocupantes por huir de las llamas.
La declaración de un “estado de emergencia nacional” respecto a Cuba por Estados Unidos es una ficción legal diseñada para eludir las restricciones constitucionales y el derecho internacional: un instrumento burdo de guerra económica.
El afirmar que Cuba — una pequeña nación caribeña asediada económicamente y sometida por más de seis décadas a una guerra económica por Estados Unidos — pudiera ser una amenaza para la mayor potencia militar y económica del mundo es claramente absurda.
Estados Unidos gasta más en su ejército cada año que un buen número de los siguientes países juntos, mantiene más de 750 bases militares en todo el mundo y ejerce un dominio abrumador en todos los ámbitos de la guerra. Cuba, en cambio, no tiene capacidad — militar, económica o tecnológica — para amenazar la integridad territorial, la estabilidad política o la seguridad de Estados Unidos.
La ‘amenaza extraordinaria’ es la negativa de Cuba a someterse a la dominación estadounidense
Esta narrativa de “amenaza” no se basa en pruebas; es ideológica. Recicla la misma lógica que justificó la invasión de Bahía de Cochinos, la Operación Mangosta, la guerra biológica, cientos de intentos de asesinato contra líderes cubanos y un bloqueo integral universalmente condenado por las Naciones Unidas. Lo que Trump califica de “amenaza extraordinaria” es, en realidad, la persistente negativa de Cuba a someterse a la dominación estadounidense.[3]
La declaración de Trump nos dice mucho más sobre Estados Unidos que sobre Cuba. Expone un imperio reacio a tolerar la rebeldía y decidido a castigar a cualquier nación que insista en trazar su propio camino.
Cuba no amenaza a Estados Unidos. Lo que sí amenaza es la premisa de larga data de que el poder estadounidense es absoluto, incuestionable y eterno. Y es precisamente esta negativa a arrodillarse —no una verdadera preocupación por su seguridad— lo que Trump busca criminalizar bajo la falsa bandera de una “emergencia nacional”.
Pero, fundamentalmente, ¿qué es lo que Washington busca destruir? ¿Cómo es la sociedad que el gobierno de Estados Unidos está tan celosamente comprometido a socavar?
Cuba es una sociedad en la que la educación y la salud universales no son privilegios reservados para los ricos, sino derechos humanos fundamentales. Es una sociedad que afirma que la vivienda, la seguridad alimentaria y el acceso a la cultura son responsabilidades sociales y no mercancías. Con sus recursos limitados —y a pesar de las implacables presiones externas impuestas por Estados Unidos— el Estado cubano ha buscado consistentemente traducir esas aspiraciones en la realidad vivida de su pueblo.
En Cuba, no hay niños sin hogar abandonados en las calles, obligados a sobrevivir en un orden brutal de sálvese-el-que-pueda tan característico de sociedades enfocadas en las ganancias y el capital. No se normaliza la privación masiva al lado de la riqueza obscena.
La ‘ofensiva’ de Cuba es su proyecto socialista fuera del control estadounidense
En esencia, la declaración de Trump no se trata de la “seguridad”, el “terrorismo” ni la “democracia”. La verdadera ofensa de Cuba no es la violencia ni la desestabilización, sino su persistencia como proyecto socialista fuera del control de Estados Unidos. Es esto precisamente lo que hace que Cuba sea intolerable para Washington: la resistencia y el ejemplo perdurable de un proyecto social alternativo.
El objetivo de la política estadounidense es indiscutible. Quiere revertir el proceso revolucionario del pueblo cubano y desacreditar el socialismo — no solo en Cuba, sino como una alternativa viable en el escenario mundial. Los aranceles por las ventas de petrolero son simplemente el último instrumento en una campaña más amplia de estrangulamiento y desestabilización económica diseñada para inducir dificultades, escasez y desesperación.
Esta campaña constituye un castigo colectivo en su forma más pura. Ataca todos los aspectos de la vida cubana: los sistemas de salud privados de combustible y suministros, las escuelas y las universidades afectadas por la escasez, la producción de alimentos socavada, el transporte paralizado y la infraestructura presionada al límite. Que declaren estar preocupados por el pueblo cubano mientras patrocinan deliberadamente tal sufrimiento no es hipocresía — es crueldad.
Todos los países deben rechazar de manera inequívoca la guerra económica de Estados Unidos contra Cuba. El silencio o la desaprobación retórica no son suficientes. Cada país debe actuar de manera inmediata y concreta para contrarrestar los efectos de este bloqueo ilegal, defender el derecho de los países a participar en un comercio soberano y defender el derecho internacional frente a los dictámenes imperialistas de Estados Unidos.
Lo que está en juego no es solamente el derecho de Cuba a la autodeterminación, sino el derecho de todas las naciones a trazar su propio camino libres de coacción y castigo. Ceder es normalizar la guerra económica. Resistir es afirmar los principios de la soberanía, la solidaridad y la justicia que deben sustentar cualquier orden internacional genuino.
NOTAS
[1] Cada año desde 1992, excepto en 2020 debido a la pandemia de COVID-19, la Asamblea General de las Naciones Unidas ha aprobado abrumadoramente una resolución no vinculante que condena el impacto continuo del embargo estadounidense y lo declara en violación de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional.
[2] Las conversaciones de paz tuvieron lugar entre el gobierno del presidente colombiano Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC–EP) con el objetivo de poner fin a un conflicto que duró décadas. Las negociaciones formales comenzaron en septiembre de 2012 y se celebraron principalmente en La Habana, Cuba. Las conversaciones culminaron en el Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz duradera entre el Gobierno de Colombia y las FARC-EP; Cuba y Noruega fueron naciones garantes del acuerdo.
[3] Playa Girón (conocida en inglés como Bahía de Cochinos) fue donde las fuerzas contrarrevolucionarias — organizadas y respaldadas por el gobierno estadounidense — desembarcaron en un intento fallido de derrocar la Revolución Cubana en abril de 1961. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, junto con las movilizaciones de la mayor parte de la población de la isla, lograron aplastar a las fuerzas invasoras tres días después.
La Operación Mangosta fue una extensa campaña de atentados terroristas contra civiles y otras operaciones encubiertas llevadas a cabo en Cuba por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos. El presidente estadounidense John F. Kennedy la autorizó el 30 de noviembre de 1961. Fue un programa secreto cuyo objetivo era derrocar al gobierno cubano.
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Categories: Cuba/Solidaridad con Cuba