El asalto militar de Estados Unidos contra Venezuela el 3 de enero, y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, es una descarada agresión imperialista y una flagrante violación del derecho internacional y de la soberanía de Venezuela. La clase trabajadora de Estados Unidos y del mundo, así como cualquiera que apoye la democracia, debe condenar de inmediato este ataque yanqui y salir a las calles a protestar.

En un flagrante acto de guerra, el gobierno estadounidense llevó a cabo múltiples ataques militares cerca de Caracas, la capital, y en otras partes del país, violando los derechos soberanos del pueblo venezolano y aumentando aún más el peligro de arrastrar a toda la región a la guerra.
No se trata de si Maduro es un “representante legítimo” del pueblo venezolano, o una persona “cruel” o un “capo de la droga”. Esto es para permitir que las empresas estadounidenses tomen el control de los vastos recursos petrolíferos del país, para mantener la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental, y para ayudar a las grandes empresas estadounidenses a contrarrestar la creciente competencia de china en América, todo esto a costa de la clase trabajadora del continente.
EDITORIAL
Mientras funcionarios estadounidenses como la fiscal general Pam Bondi intentan que la atención se enfoque en el pretexto para estas acciones — el supuesto papel de Maduro en la dirección de cárteles de la droga — el presidente estadounidense Donald Trump ha dejado al descubierto el objetivo subyacente del ataque contra ese país.
Venezuela es una de las principales naciones productoras de petróleo del mundo y Washington quiere tomar ese petróleo. “Tenemos las mayores compañías petroleras del mundo”, dijo Trump en Fox News la mañana del ataque a Caracas, “… las más grandes, las más grandes. Y vamos a estar muy involucrados en [la industria petrolera venezolana].”
Este asalto es de interés estratégico para Washington, ya que pretende apoderarse de un enorme recurso energético, por derecho propio, y para mejor competir con China. “Vamos a sacar una enorme riqueza del suelo en Venezuela, para el pueblo venezolano, y devolver todo el petróleo que nos robaron”, acaba de decir Trump a los periodistas en la rueda de prensa del 3 de enero.
Trump también dejó claro que si quienes tomen las riendas en Caracas tras la agresión de Washington no se alinean con las demandas estadounidenses, la perspectiva de nuevas acciones — inclusive el envío de tropas estadounidenses para ocupar el país — no está descartada. “No podemos arriesgarnos a dejar que otro se presente y simplemente se haga cargo de lo que él dejó”, declaró Trump.
Dado el curso del régimen de Maduro antes y después de las elecciones de 2024 en Venezuela, es probable que muchos entre los trabajadores del país estén confundidos y no en la mejor posición para defenderse ni a sí mismos ni la soberanía de su país ante este repugnante asalto estadounidense. Las condiciones no son las mismas que cuando un levantamiento popular derrotó un golpe contra el anterior presidente del país, Hugo Chávez, en 2002.
Sin embargo Delcy Rodríguez, la vicepresidente de Venezuela, instó a las fuerzas armadas venezolanas, a la fuerza civil de reserva y a las organizaciones de base del país a salir a las calles para defender la soberanía de Venezuela. “El pueblo debe activarse para defender sus recursos naturales, el derecho a la independencia, la paz, el desarrollo, al futuro; una Patria libre, sin ningún tipo de tutelaje externo, ¡más nunca seremos esclavos!” dijo por teléfono al medio venezolano VTV. Un llamado bienvenido, y que deja al descubierto la mentira de Trump de que Rodríguez había expresado su disposición a cooperar con los agresores estadounidenses.
Estamos presenciando las acciones de un imperio en declive, liderado por un autócrata maníaco que gobierna desde un trono dorado por decreto ejecutivo. Solo queda la apariencia de democracia. El Congreso ha renunciado a su poder de declarar la guerra (o no declararla), y el poder está concentrado en manos de unos pocos.
Y, como una bestia herida, el imperio está dispuesto a usar cualquier medio a su alcance para recuperar su hegemonía, para implementar el “Corolario Trump” de la Doctrina Monroe a cualquier precio.
Estas acciones, llevadas a cabo en nuestro nombre, de ninguna manera están en el interés de la clase trabajadora y la clase media en Estados Unidos. Como han demostrado los acontecimientos recientes, el autoproclamado “Presidente de la Paz” está plenamente preparado para utilizar las mismas fuerzas militares que hoy atacaron en Caracas para sofocar la disidencia, las protestas y las huelgas laborales en suelo estadounidense.
Al trazar un paralelo entre el asalto estadounidense en Venezuela y el despliegue del ejército estadounidense en ciudades estadounidenses para reprimir a los trabajadores inmigrantes o para “combatir el crimen”, Trump ha hecho que para muchos sea más fácil ver que su guerra en el extranjero no es más que una extensión de su guerra interna.
El peligro para Cuba no ha sido tan agudo desde los días de la invasión de Bahía de Cochinos orquestada por Estados Unidos en 1961, que el pueblo cubano derrotó rápidamente.
Trump y Rubio amenazaron explícitamente a Cuba en la rueda de prensa que celebró hoy la Casa Blanca. En el evento mediático en Mar-a-Lago un periodista le preguntó a Trump — con el secretario de Estado Marco Rubio a su lado — si tenía un mensaje para Cuba. “Cuba es algo de lo que creo que acabaremos hablando”, respondió Trump. Rubio añadió diciendo: “Si viviera en La Habana y estuviera en el gobierno, estaría preocupado”
El líder de un imperio en declive que piensa que en realidad está en ascenso podría convencerse de que lo que acaba de hacer en Caracas ahora puede hacerse en La Habana. ¿Será que Trump lo ve de esa manera aunque las dos situaciones son completamente diferentes? ¿Le prestará atención a quienes le adviertan que Cuba es diferente? ¿Habrá alguna persona que piense así entre el personal del Pentágono que bien sabe que la forma más rápida de acabar con su carrera es discrepar con este presidente?
El pueblo de Venezuela, de Cuba, y la clase trabajadora de todas las Américas y del mundo están al borde de un precipicio. El peligro al que nos enfrentamos es agudo y hace que el estómago se revuelva y hierva la ira.
Pero debemos convertir estos sentimientos en acción contra el imperialismo estadounidense y la amenaza de más guerras.
En su cuenta de X, el ministro de Asuntos Exteriores cubano, Bruno Rodríguez Padilla, escribió: “Los bombardeos y actos de guerra contra Caracas y otros lugares del país son actos cobardes contra una nación que no ha atacado a Estados Unidos ni a ningún otro país.” El presidente cubano Miguel Díaz-Canel calificó las acciones estadounidenses de “terrorismo de Estado” y pidió una reacción urgente por parte de la comunidad internacional. Al amanecer hoy en La Habana, masas de cubanos salieron a las calles para exigir: “¡Abajo el imperialismo!”
Debemos responder a ese llamado de forma rápida y enérgica con reuniones, sesiones informativas y manifestaciones, exigiendo: “¡Abajo con la agresión imperialista de Estados Unidos en Venezuela! ¡Liberad para Maduro y Flores! ¡Ni una gota de sangre por petróleo!”
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Categories: Editorial, Política en Estados Unidos, Política Mundial
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