(Esta es la primera de dos partes. La segunda puede encontrarse en la Parte II.)
Por Yvonne Hayes y Argiris Malapanis
Cuba: La capital del comunismo en el siglo XXI, publicado por el Departamento de Estado de Estados Unidos el 20 de julio de 2026, es una distorsión monumental de la historia.
El mismo gobierno que recientemente amenazó con bombardear Irán de regreso a la Edad de Piedra, que apoya el genocidio en Gaza, y que puso a matones militarizados en las calles para aterrorizar a su propia población, pretende etiquetar a Cuba como el “Imperio del Espionaje”, el centro global de una nueva “amenaza roja”. Bajo esa justificación, sienta las bases para una creciente represión gubernamental — que recuerda al macartismo[1] durante la Guerra Fría — contra supuestos “enemigos internos”, en esencia, atacando a cualquiera que se pronuncie en contra de la política estadounidense.
En las primeras líneas del documento, los escribas del Secretario de Estado Marco Rubio afirman:
“Durante casi siete décadas, el régimen cubano ha librado una campaña sostenida de subversión contra Estados Unidos. Es una campaña que ha infiltrado los niveles más altos del gobierno estadounidense, ha reclutado y cultivado a generaciones de activistas estadounidenses, apoyado una ola sin precedentes de terrorismo de izquierda en suelo estadounidense, y ha llevado a cabo una de las penetraciones de inteligencia extranjera más duraderas y dañinas en la historia de Estados Unidos….
“[Cuba] ha buscado socavar, degradar y desestabilizar a Estados Unidos con espías y soldados, pero también con estudiantes e intelectuales; con células terroristas, pero también con comités de solidaridad y redes sin fines de lucro; con oficiales de inteligencia operando bajo cobertura diplomática, pero también con intercambios aparentemente privados, organizaciones sin fines de lucro, organizaciones políticas y redes de activistas”.
ANÁLISIS DE NOTICIAS
Mientras tanto, afirma el documento, La Habana también ha estado orquestando todas las luchas por la libertad y la igualdad en todo el mundo.
Por supuesto, es cierto que la Revolución Cubana ha sido fuente de inspiración política para decenas de millones en todo el mundo desde el momento en que derrocó la odiada dictadura de Fulgencio Batista[2] — respaldada por Washington — y comenzó a construir una nueva sociedad con valores completamente diferentes; una sociedad basada en satisfacer las necesidades de la gran mayoría, los trabajadores y los campesinos. Los partidarios de la Revolución Cubana no lo negamos. Estamos orgullosos de ello.
Pero es algo muy diferente afirmar que la lucha por la justicia social en todos los continentes de alguna manera fue ideada desde La Habana. Eso es absurdo y no hay evidencia que lo respalde.
Hay un ejemplo, en particular, que ilustra gráficamente este punto. En septiembre de 1960, Fidel Castro, primer ministro de Cuba en ese momento, y el resto de la delegación cubana ante las Naciones Unidas fueron recibidos con entusiasmo en Harlem, Nueva York. Durante esa visita, Fidel se reunió en el Hotel Theresa con Malcolm X, el destacado líder revolucionario de la lucha de liberación negra en Estados Unidos. Ambos hombres estaban orgullosos de haberse reunido y publicitaron el encuentro. Pero a nadie se le ocurrió decir que Fidel estaba “instruyendo” a Malcolm sobre cómo llevar a cabo la lucha por los derechos de los negros en Estados Unidos.
La narrativa de Rubio le da un vuelco a la realidad para presentar a esta pequeña nación insular de 11 millones de habitantes como la principal causa de sufrimiento y violencia en el mundo, mientras presenta al poderoso gigante del norte como una víctima inocente y desamparada. Hace todo lo posible para validar la afirmación del presidente estadounidense Donald Trump en su orden ejecutiva del 29 de enero de que Cuba representa una amenaza “inusual y extraordinaria” para Estados Unidos.
Para las personas que conocen la verdad, el “análisis” del Departamento de Estado suena ridículo. Pero sus amenazas implícitas no son motivo de risa. Son muy serias. Su publicación no solo busca justificar la intensificación de la política de Washington para intentar derrocar la Revolución Cubana asfixiando a su pueblo. Es un ataque directo a las libertades civiles en Estados Unidos, particularmente al ejercicio de la libertad de expresión de los que busquen oponerse a las guerras del imperialismo estadounidense y otras intervenciones en el extranjero, así como a la inconfundible marcha hacia el gobierno autocrático en casa.
En una declaración muy bienvenida señalando la hipocresía de la administración Trump, Veteranos por la Paz escribió:
[Condenamos] el reciente informe del Secretario de Estado Marco Rubio, que acusa a Cuba de interferir en los asuntos internos de Estados Unidos y, a la inversa, acusando a activistas estadounidenses por la paz y la solidaridad de ser agentes de un país extranjero, Cuba…
Es Estados Unidos quien ha librado una guerra económica contra Cuba durante 64 años….
Fue la CIA de los Estados Unidos la que organizó una fallida invasión de Cuba en Bahía de Cochinos en 1961…[3]
Rechazamos el repentino retorno de la administración Trump al “anticomunismo” como medio para socavar la credibilidad de sus oponentes políticos.
Atacando la libertad de expresión y los derechos civiles
Estudiantes que protestan contra la guerra genocida de Israel en Gaza, observadores que vigilan para proteger a sus vecinos inmigrantes, periodistas, sindicalistas, miembros del Congreso y otros funcionarios electos, así como particulares, están en la lista de grupos que actúan por orden de La Habana, según los propagandistas de Rubio.
Entre los nombrados están la Red Nacional sobre Cuba (NNOC), la Fundación Interreligiosa para la Organización Comunitaria (IFCO), el Gremio Nacional de Abogados (NLG), el Foro del Pueblo, CODEPINK, la Alianza Negra por la Paz y los Socialistas Democráticos de América (DSA). El Departamento de Estado califica a la DSA como “una ilustración particularmente potente de la victoria ideológica del esfuerzo de Cuba por posicionarse como la capital espiritual del radicalismo Tercermundista”.
¿Los “crímenes” de todos ellos? Oponerse al bloqueo de Cuba por Estados Unidos. Exigir que Cuba sea retirada de la espuria lista de estados patrocinadores del terrorismo. Contribuir con ayuda material al pueblo cubano, desde suministros médicos hasta lápices. Viajar a Cuba. O, en el caso de varias personas, asistir a la boda de un fundador de CODEPINK.
El mensaje es claro: El expresar oposición a las políticas y acciones del gobierno de Estados Unidos significa actuar como agente de una potencia extranjera hostil, en este caso, el “nexo comunista” en La Habana. Es inconfundible el paralelo con la cacería de brujas macartista y la inclusión de activistas de derechos civiles, sindicalistas y defensores de la paz de la era de la Guerra Fría en listas negras.
Este ataque directo a las libertades civiles no se trata solo de Cuba. Es un intento transparente de desviar la atención de quienes verdaderamente propagan el terror y la guerra: el imperialismo estadounidense y sus aliados.
Esto ocurre mientras Washington enfrenta serios desafíos. Ha perdido terreno en el escenario mundial frente a China. Ha recibido golpes humillantes en su guerra en curso contra Irán. Enfrenta una población cada vez más descontenta en casa, ya que los salarios reales disminuyen y la atención médica, la educación y la vivienda se deterioran y se vuelven menos accesibles.
Sin embargo, las familias súper ricas que gobiernan Estados Unidos mantienen un enorme poder militar y económico, lo que — mientras su imperio está en declive — las vuelve mucho más peligrosas, especialmente con un impredecible aspirante a autócrata como Trump al mando.
Es en el interés de cada trabajador en Estados Unidos, y de todos nuestros aliados, detener este último asalto en seco. La única forma efectiva de defender a quienes están siendo blanco hoy, y de desmentir las mentiras que refuerzan el ataque del gobierno, es forjar un frente unido amplio e inclusivo.
Independientemente de las importantes diferencias de opinión que existen entre quienes buscan la justicia social, puede y debe priorizarse el llegar a un acuerdo para trabajar juntos y oponernos a esta amenaza profundamente seria a los derechos democráticos de todos.
El método de la ‘Gran Mentira’
Se requerirían muchos tomos para separar los hechos de las insinuaciones y la realidad de las mentiras en este documento. Pero vale la pena analizar algunas de sus declaraciones para resaltar el método de los autores, cómo enmarcan los eventos mundiales para consolidar la falsa narrativa de que el gobierno de Estados Unidos es un faro brillante de justicia y libertad y que quienes se atreven a interponerse en su camino forman parte de una “conspiración terrorista” global.
El método de la Gran Mentira comienza repitiendo — tan a menudo y en voz tan alta como sea posible — los mismos colosales inventos y calumnias hasta que el público empieza a aceptarlas.
Los revolucionarios cubanos escribieron una “nueva crónica”, dicen los secuaces de Rubio, que es “más romántica y también más radical que [la relatada por] su predecesor soviético”. El futuro no es solo un conflicto entre el proletariado y el capital, sino “un conflicto civilizacional mucho mayor, que exige no solo igualdad económica, sino también transformación social, cultural e incluso espiritual”.
Según los guionistas del departamento de Estado, incluso antes de la destitución de Batista los revolucionarios cubanos comenzaron a promover la idea de que “el Pantera Negra, el militante puertorriqueño y el radical estudiantil contra la guerra forman parte del mismo drama global que el revolucionario cubano, el insurgente argelino y la guerrilla colombiana”.
“Según Cuba, los pueblos oprimidos del mundo — desde Harlem hasta Hanói — comparten un solo enemigo”, escriben. “El mismo imperialismo racista yanqui que victimizaba a África, Asia y América Latina estaba victimizando a los negros y a las otras minorías dentro de Estados Unidos”.
La realidad es que, mientras las fuerzas rebeldes cubanas luchaban contra la dictadura desde su base en las montañas de la Sierra Maestra, trabajadores, campesinos y jóvenes en África, Asia y América Latina comenzaban a levantarse contra el dominio colonial y neocolonial en sus propios países. Por sí solos, sacaron las mismas conclusiones que los escribanos del Departamento de Estado consideran tan extrañas, tan peligrosas.
Para cuando los rebeldes cubanos entraron marchando a La Habana en enero de 1959, el pueblo vietnamita ya había expulsado a los colonialistas franceses (aunque les tomaría otros 16 años derrotar la masiva invasión estadounidense que vino después).
El movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos ya estaba en marcha antes del éxito de la revolución cubana.
El enorme movimiento contra la guerra que vino después surgió en respuesta a la masacre que Estados Unidos llevó a cabo en Vietnam, no por orden de Castro o de Cuba.
¿Y dónde estaba el gobierno de Estados Unidos durante todo esto? Incluso una lista corta de ejemplos, y solamente de América Latina, revela que Washington fue el causante de la opresión y la explotación, colaborando con regímenes dictatoriales o instrumentando su ascenso al poder.
Lo que el expediente de Rubio no cuenta es cómo Washington:
- Utilizó su Agencia Central de Inteligencia (CIA) — a petición de la United Fruit Company — para respaldar el golpe de Estado de 1954 en Guatemala y derrocar al gobierno democráticamente electo de Jacobo Árbenz.
- Invadió la República Dominicana en 1965 para evitar una victoria “comunista” en la guerra civil de ese país.
- Apoyó el golpe militar de 1973 que derrocó al gobierno democráticamente electo de Salvador Allende en Chile, ya que la CIA había fracasado en sus esfuerzos anteriores por impedir su elección.
- Proporcionó armas, entrenamiento y dinero a las fuerzas contrarrevolucionarias — los contras — que buscaban derrocar la revolución nicaragüense de 1979, durante la cual el pueblo nicaragüense había derrocado a la dictadura de Anastasio Somoza respaldada por Estados Unidos.
- Apoyó a una sangrienta junta militar en El Salvador durante los años 80 que asesinó a monjas, a un arzobispo y a innumerables civiles durante la guerra civil de ese país.
- Invadió Granada tras el asesinato en 1983 del primer ministro Maurice Bishop, en un intento por impedir que un gobierno revolucionario volviera a consolidarse y para romper los lazos entre Granada y Cuba.
- Invadió Panamá y, el 3 de enero de 1990, capturó a su presidente, Manuel Noriega, y lo trasladó a prisión en Florida.
- Llevó a cabo una redada antes del amanecer en Venezuela el 3 de enero de este año — exactamente 36 años después de la captura de Noriega — y secuestró a su presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, ambos ahora encarcelados en Nueva York.
‘El imperialismo nos hizo antiimperialistas’
Como señaló el presidente cubano Miguel Díaz-Canel en un discurso en honor a los 32 cubanos asesinados durante el asalto de Estados Unidos contra Venezuela el 3 de enero, “El pueblo de Cuba no es antimperialista por manual. El imperialismo nos hizo antimperialistas”.
Esta declaración vale para cada combatiente anticolonial y cualquiera que se oponga a las guerras del imperialismo estadounidense. El que muchos de ellos — incluso en Estados Unidos — hayan tomado inspiración en la victoria de la Revolución Cubana y en los avances sociales logrados por la nación isleña no es prueba de que La Habana sea el cerebro de la rebelión en todo el mundo. Son las políticas del gobierno estadounidense y sus regímenes proxy en el extranjero lo que han fomentado la revuelta.
Ni tampoco el surgimiento de las revoluciones coloniales y los movimientos por el cambio social en Estados Unidos fueron obra de un solo líder impulsado por una vendetta personal, como sugieren Rubio y sus semejantes.
El informe del Departamento de Estado destaca una nota de 1958 de Fidel Castro — el líder central de las fuerzas rebeldes cubanas — dirigida a la revolucionaria Celia Sánchez.[4]
“… me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo”, dice un extracto de la nota. “Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero”.
Esta cita, como todas las demás “pruebas” que ofrece el gobierno de Estados Unidos, está sacada de contexto, esquivando nítidamente el crimen que inspiró la declaración de Castro. Escrita desde el campamento guerrillero en la Sierra Maestra, donde presenció cómo la dictadura bombardeaba la casa de un campesino con cohetes “Made in the USA”, la nota en realidad comenzaba así: “Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo”.
Socavando la estatura moral de Cuba
Lo que pone de punta a los gobernantes estadounidenses es que un pequeño país en su propio “patio trasero”, con recursos extremadamente limitados, no solo se liberó del yugo de la dominación estadounidense, sino que luego se atrevió a atender las necesidades básicas de su población, todo mientras ofrecía su solidaridad a pueblos de todo el mundo involucrados en sus propias batallas por la independencia y la justicia social.
Esta “nación fallida“, como el documento llama a Cuba, ha logrado — a pesar del bloqueo estadounidense durante décadas — alimentar y educar a su población, poner a las mujeres y a los negros al centro de la vida pública, inculcar la dignidad entre la clase trabajadora en las fábricas y otros lugares de trabajo, así como en el campo, y ha ampliado las fronteras de la ciencia médica.
En 1959, más del 41% de los adultos en el campo cubano eran analfabetos, sólo poco más de la mitad del territorio tenía suministro eléctrico y había un solo hospital rural en toda la isla. La revolución cubana electrificó el país (hasta que el bloqueo petrolero estadounidense volvió a apagar las luces). La alfabetización general de los adultos ahora supera el 95 por ciento. Y el sistema universal de salud redujo las tasas de mortalidad y aumentó la esperanza de vida a niveles comparables con los de las naciones industrializadas del mundo. (Los recientes reveses en Cuba en algunos de estos frentes se deben en gran parte a la creciente guerra económica de Washington.)
Estos logros le valieron a Cuba un lugar de respeto en todo el mundo. Esa alta estima enfurece a Trump, a Rubio y a los otros políticos estadounidenses que se niegan a brindar educación y vivienda dignas, atención médica asequible o incluso aire y agua limpios en su propio país.
Para socavar el prestigio de Cuba en el mundo, la diatriba de Rubio apunta a los avances del país en el campo de la medicina. El departamento de Estado sugiere que la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) cerca de La Habana es “prueba” de la naturaleza insidiosa del régimen cubano. La ELAM está “ofreciendo becas completas a estudiantes estadounidenses de bajos ingresos y a afiliados de las redes de solidaridad alineadas con Cuba en universidades estadounidenses”, dice el documento. “La idea de la beca fue propuesta por primera vez — y activamente impulsada — por el propio Fidel Castro”.
Pero, una vez más, se saca a relucir un elemento de verdad mientras se omiten detalles, y la mentira se presenta como verdad.
Castro hizo esta propuesta después de escuchar a miembros del Caucus Negro del Congreso de Estados Unidos, quienes durante una visita a Cuba en 2000 quedaron impresionados con un sistema médico que superaba por mucho los estándares de atención médica en algunos de sus estados de origen.
Los egresados de la ELAM sí se comprometen a regresar a Estados Unidos — a ejercer la medicina en comunidades desatendidas como las de donde provienen estos jóvenes médicos. Esto no es una conspiración para crear un nido de espías en el sistema de salud estadounidense. Es solidaridad humana.
(Esta fue la primera de dos partes. La segunda puede encontrarse en la Parte II. )
NOTAS
[1] El macartismo fue la expresión más virulenta del periodo de la cacería de brujas durante la Guerra Fría. Joseph R. McCarthy, elegido al Senado de Estados Unidos por Wisconsin en 1946 con el apoyo del Partido Comunista y organizaciones liberales, emergió repentinamente en 1950 como el exponente extremo de la cacería de brujas anticomunista que entonces orquestaba la administración Truman.
McCarthy generó amplio apoyo entre la clase media e incluso de la clase trabajadora cuando acusaba al Departamento de Estado de estar infiltrado por comunistas, de que los “comunistas” en altos cargos habían “perdido” deliberadamente a China, y que la “élite” política estadounidense estaba traicionando al país para los “comunistas”. Entrando en conflicto con los principales líderes de ambos partidos capitalistas e incluso con el ejército de Estados Unidos, mientras sembraba el terror entre socialistas, militantes sindicales y liberales, el movimiento de McCarthy mostró claramente características fascistas.
El macartismo alcanzó su punto máximo durante e inmediatamente después de la guerra de Corea (1950-1953), cuando se esperaba ampliamente una Tercera Guerra Mundial. Al alejarse el espectro de una confrontación frontal con la Unión Soviética y China, y al extenderse la prosperidad en tiempos de paz, McCarthy perdió rápidamente apoyo y fue abandonado por sus aliados en el Partido Republicano. Fue censurado por el Senado en 1954 y murió en 1957.
Hoy en día, el término “macartismo” se usa comúnmente para describir todas las formas de la cacería de brujas anticomunista del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, así como el incipiente desarrollo fascista liderado por el senador de Wisconsin.
El folleto ¿Qué es el fascismo estadounidense? Los escritos sobre el padre Coughlin, el alcalde Frank Hague y el senador Joseph McCarthy por los líderes socialistas James P. Cannon y Joseph Hansen ofrecen una descripción concisa del macartismo.
[2] Fulgencio Batista huyó de Cuba en las primeras horas del 1 de enero de 1959, mientras las fuerzas revolucionarias cubanas avanzaban hacia La Habana.
[3] En abril de 1960 el subsecretario adjunto de Estado de Estados Unidos, Lester Mallory, escribió un memorándum interno bajo el título “El ocaso y la caída de Castro”, dando un breve análisis de “consideraciones respecto a la viabilidad del actual Gobierno de Cuba” y proponiendo los pasos iniciales que llevaron a prohibir todo comercio de Estados Unidos con Cuba ese mismo año. En 1962, el entonces presidente John F. Kennedy instituyó un embargo oficial completo y restricciones de viaje.
El texto completo en inglés del memorándum Mallory puede consultarse aquí: Relaciones Exteriores de los Estados Unidos, 1958–1960, Cuba, Volumen VI – Oficina del Historiador.
En años recientes la primera administración Trump endureció las sanciones contra Cuba, añadiendo 243 nuevas restricciones a la lista y volviendo a poner a Cuba en la lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo, todas las cuales se mantuvieron bajo Biden. Hoy en día, está en vigor un bloqueo total del suministro extranjero de petróleo a Cuba, y otras naciones han sido amenazadas con sanciones aún más draconianas si participan en cualquier comercio con la isla.
Playa Girón (Bahía de Cochinos) fue donde las fuerzas contrarrevolucionarias — organizadas y respaldadas por el gobierno de Estados Unidos — desembarcaron en un intento fallido de derrocar la Revolución Cubana en abril de 1961.
[4] Fidel Castro fue el líder central de la Revolución Cubana y presidente del país desde 1974 hasta su jubilación en 2008. Lideró el grupo de rebeldes cubanos que abrió la fase final de la lucha para derrocar la dictadura de Batista. Castro murió en 2016.
Celia Sánchez se unió a la lucha contra el gobierno de Batista en 1952 y se convirtió en una estrecha colega de Fidel Castro. Fue la primera mujer en unirse a las fuerzas guerrilleras en la Sierra Maestra y eventualmente formar parte del estado mayor general del ejército rebelde. Trabajó para el Consejo de Estado cubano hasta su muerte en 1980.
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