Por Yvonne Hayes
El libro en inglés ‘Out Now!’ – A Participant’s Account of the Movement in the U.S. Against the Vietnam War [‘¡Fuera Ya!’ – El relato de un participante sobre el movimiento en Estados Unidos contra la guerra en Vietnam], por Fred Halstead, debería estar en la biblioteca de todos los que buscan la justicia social. Es un manual para la organización política. Es una narrativa vívida y fiel a la verdad de uno de los líderes centrales de los debates, las protestas callejeras y las escaramuzas de un movimiento que cambió el panorama político en Estados Unidos de maneras que hoy siguen resonando — un movimiento que ayudó al pueblo vietnamita a propinarle al imperialismo estadounidense su primera gran derrota militar.
El libro se publicó en 1978, pero las lecciones de aquella época, claramente expuestas en sus páginas, son invaluables en las luchas de hoy contra la escalada guerrerista de Washington y a la marcha hacia el autoritarismo y el gobierno de un solo hombre.
Halstead, veterano de la Segunda Guerra Mundial, se unió al movimiento socialista en 1948 a la edad de 21 años. Se convirtió en un hábil cortador de prendas en Los Ángeles y en un activista del movimiento obrero. En 1953, en pleno auge de la cacería de brujas anticomunista,[1] se trasladó a Detroit, y comenzó a trabajar como cortador de tapicería en la industria automotriz. Allí se unió al incipiente movimiento por los derechos civiles, contribuyendo a generar apoyo al boicot de autobuses en Montgomery.[2]
Estas fueron algunas de las experiencias que prepararon a Halstead para desempeñar un papel protagónico en la formación y la aglutinación de un movimiento de fuerzas diversas que a menudo no estaban políticamente alineadas.
RESEÑA
“No fui un observador al margen de estos acontecimientos sino… un partidario del movimiento contra la guerra, muy implicado en sus actividades”, escribe Halstead en el prefacio del libro. “Además, fui portavoz de una de las tendencias políticas del movimiento y participé en los diversos desacuerdos políticos que lo marcaron”.
Halstead fue líder del Partido Socialista de los Trabajadores [Socialist Workers Party o SWP por sus siglas en inglés] y se postuló como candidato a la presidencia de Estados Unidos en 1968. Para entonces era bien conocido y ampliamente respetado en el movimiento contra la guerra por su liderazgo y su política revolucionaria.
“No pretendo haber sido neutral en estas controversias”, explica Halstead. “Pero he intentado aclarar los hechos tal y como son — incluso cuando no se ajustaban a mis ideas preconcebidas”. Esto se mantiene a lo largo de casi mil páginas de la narración, en las que Halstead analiza críticamente las ideas, las acciones, los éxitos y los errores que se produjeron a lo largo del camino.
Halstead traza la historia del movimiento mediante notas, documentos, reportajes de noticias y entrevistas con participantes. Sitúa su evolución, sus altibajos, en el contexto de la historia más amplia que se desarrollaba en el sudeste asiático y en todo el mundo.
Bien anotado y con un índice completo, ¡Fuera Ya! ofrece no solo una historia de qué fue lo que ocurrió, sino también de cómo y porqué.
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En julio de 1959, cuando murieron los primeros soldados estadounidenses, Vietnam estaba muy lejos de la conciencia de una clase trabajadora estadounidense que en ese entonces se caracterizaba por la relativa estabilidad de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. La cacería de brujas anticomunista de la posguerra había domado al movimiento obrero, expulsando a los trabajadores radicales y comunistas, y lo había despojado de cualquier impulso hacia la acción política que fuera independiente de los partidos Demócrata y Republicano. La idea de que el ejército estadounidense debía intervenir para “detener el comunismo” en el extranjero era ampliamente aceptada.
Sin embargo, el Movimiento por los Derechos Civiles — que comenzó a mediados de los años 50 — y la victoria de la Revolución Cubana[3] en 1959 había comenzado a cambiar la política estadounidense y, en particular, habían tenido un impacto en los jóvenes. Los jóvenes radicalizados, algunos de ellos atraídos por las organizaciones pacifistas tradicionales, entraron en escena menos atados por la histeria anticomunista que las generaciones anteriores. Su atención se centraba en cuestiones de justicia social no solo en casa, sino en todo el mundo.
El desafío entonces, como ahora, consistía en unir a fuerzas con perspectivas muy diferentes sobre cómo promover el cambio social. A medida que el ejército estadounidense se empantanaba más a Vietnam, ¿cuál era el camino a seguir para quienes se oponían a la guerra imperialista de Washington y la veían como un tema clave?
La cacería de brujas vs. la no exclusión
Esta cuestión solo podía resolverse mediante una discusión abierta y democrática de propuestas e ideas — y solamente así podía construirse un movimiento nacional unido. Entre los primeros obstáculos para lograrlo estuvieron la cacería de brujas anticomunista y la política de exclusión del antiguo movimiento pacifista, vestigios de la era de McCarthy. Incluso cuando Vietnam empezó a abrirse paso en la conciencia pública estadounidense, estos grupos — centrados en oponerse a las armas nucleares y recelosos de los radicales de todo tipo — se negaron a abordar la guerra en el sudeste asiático.
En esta lucha, el movimiento encontró un campeón en A.J. Muste, un pacifista radical. Muste había formado parte de todos los movimientos estadounidenses por el cambio social desde la Primera Guerra Mundial y era ampliamente respetado, incluso entre quienes no compartían todas sus opiniones.
En un artículo publicado en 1966 en el Movilizador,[4] Muste escribió: “Mantener una coalición radical contra la guerra es una tarea difícil y delicada … un esfuerzo cooperativo de individuos que abarcan una amplio espectro de opiniones. Exige un alto sentido de responsabilidad por parte de todos… [no] pasar por alto las diferencias ni evitar el diálogo genuino, sino … ‘asumir estas diferencias en común.’ Lo que sin duda decide el asunto es que si abandonáramos el principio de la ‘no exclusión’, nos desintegraríamos rápidamente”.
“Nos adherimos a la política de la ‘no exclusión’, ante todo, porque es correcta en principio, necesaria para la salud política de la nación”.
A.J. Muste
Esta postura le dio forma al método democrático que había superado todas las pruebas a lo largo de la guerra. Las conferencias periódicas a nivel nacional y regional, con debates abiertos — a veces caóticos y ruidosos — permitieron que los activistas resolvieran sus diferencias, encontraran puntos en común cuando era posible, y planificaran acciones coordinadas.
La batalla contra la cacería de brujas anticomunista en las primeras etapas del movimiento también preparó a las fuerzas contra la guerra para que pudieran enfrentarse a las inevitables acusaciones del gobierno de que los implicados no eran más que una franja “procomunista”.
¿Orientarse hacia el establishment o hacia las masas de trabajadores y sus aliados?
¡Fuera Ya! ofrece un análisis claro de las estrategias y tácticas promovidas por las distintas tendencias dentro del movimiento contra la guerra. Las perspectivas de cada una dependían de qué clases sociales consideraban que eran clave para sacar al ejército de Estados Unidos del sudeste asiático.
El ala liberal del movimiento se orientaba hacia la clase capitalista, esperando que los “progresistas” del Partido Demócrata pudieran convencer a los gobernantes para que dieran fin a la guerra. Favorecían reivindicaciones que consideraban aceptables para los “palomas” demócratas, exigiendo un acuerdo negociado y una retirada gradual de Vietnam. Y tendían a ver las acciones callejeras simplemente como un medio para influenciar a los líderes demócratas y alterar los resultados electorales. Aparte de eso consideraban que las manifestaciones no eran sino una distracción en la organización local de una “base de poder” para lograr cambios en el futuro.
Este enfoque en la política electoral perduró, incluso después de que sucesivas administraciones — tanto demócratas como republicanas — continuaran intensificando la intervención militar de Estados Unidos en el sudeste asiático. Halstead detalla cómo la preocupación por elegir a los “candidatos por la paz” contribuyó al ritmo desigual del movimiento, dificultando mucho más la organización de acciones contra la guerra durante los periodos electorales.
Por supuesto, después de cada elección la guerra continuaba, independientemente de los resultados, a menudo con más intensidad que antes.
Halstead estaba convencido de que confiar en la clase capitalista era un error fundamental. Sin embargo, señala, “la tendencia … de apelar principalmente al Establishment y de limitar sus reivindicaciones a los límites fijados por la política bipartidista no carecía de lógica. El gobierno de Estados Unidos era la única fuerza que podía haber detenido la guerra en cualquier momento que quisiera”.
Otra vertiente del movimiento estaba compuesta por una capa de pacifistas radicales, jóvenes y organizaciones de izquierda, muchas de las cuales afirmaban defender la lucha de la clase obrera. En realidad no confiaban en que fuera posible que un movimiento obrero masivo y radicalizado pudiera entrar en escena.
Estas fuerzas, cada vez más frustradas a medida que la guerra se prolongaba a pesar de toda la evidencia de que la opinión pública en contra se estaba profundizando, se vieron atraídas a la desobediencia civil y la confrontación como el mecanismo para “provocar una ola espontánea de resistencia descentralizada que disolvería en ese instante el poderío de los guerreristas”, escribe Halstead. Este enfoque ultraizquierdista “era una quimera”, explica.
“Hasta cierto punto, esas ideas habían sido promovidas por la experiencia del movimiento por los derechos civiles del sur [de Estados Unidos] a principios de los años 60”, señala Halstead. “En ocasiones, la desobediencia civil iniciada por un puñado de personas sí precipitó una reacción nacional generalizada contra los segregacionistas. Pero había al menos una diferencia crucial…. La desobediencia civil se oponía a leyes locales y a la autoridad local, que además violaban la ley federal…. La desobediencia civil más exitosa estaba diseñada específicamente para precipitar un enfrentamiento entre las autoridades locales y las federales”.
Sin embargo, “el movimiento contra la guerra no tenía tanta influencia”, dice Halstead. “Para el movimiento contra la guerra era mucho más difícil transmitir con claridad el mensaje de la desobediencia civil por parte de un número reducido de personas, y la situación embarazosa que ello pudiera causarle al gobierno federal no era en absoluto algo automático”.
Cambios marginales en el movimiento obrero
La falta de confianza en la posibilidad de involucrar al movimiento sindical organizado tampoco carecía de justificación. “La tendencia entre muchos de los jóvenes recién radicalizados”, explica Halstead, “era ver el movimiento sindical organizado como un pilar del ‘Establishment’ y uno de los últimos lugares donde uno buscaría obtener ayuda decisiva para la causa contra la guerra. Si uno fuera a juzgar observando a la cúpula del movimiento sindical en Estados Unidos, la impresión pragmática de estos jóvenes es totalmente comprensible”.
Durante toda la guerra la cúpula de la [central sindical] AFL-CIO permaneció firmemente en el bolsillo de los guerreristas, decidida a no hacer olas ni amenazar sus propias posiciones privilegiadas.
“No fue el sentimiento a favor de la guerra por parte de las bases lo que mantuvo a la mayoría de los sindicatos fuera del movimiento contra la guerra”, explica Halstead. “Fue la burocracia. Y durante los años 60 las condiciones objetivas para romper ese control burocrático no eran favorables. Sin embargo, hubo una importante participación sindical que surgió de modestos comienzos y que para 1970 crecía con mayor rapidez”.
Halstead describe las circunstancias especiales que hicieron posible el inicio de la participación sindical en el movimiento contra la guerra. Estas se dividían, a grandes rasgos, en tres categorías: sindicatos cuyos miembros y liderazgo incluían un gran porcentaje de nacionalidades oprimidas; sindicatos con una historia radical y un liderazgo que conservaba rasgos de esa tradición; y sindicatos donde gran parte de la membresía y el liderazgo acababan de salir de la universidad y habían sido parte de la radicalización estudiantil.
“Es una ley de la vida política que los cambios a menudo aparecen primero en los bordes, en torno a grietas y fisuras… en lugar de en la médula central decisiva de un organismo social”, explica Halstead, ofreciendo una visión inestimable del proceso de cambio social que había comenzado a manifestarse en el movimiento obrero. “Si el proceso es real, y no ilusorio ni artificial, los cambios en los márgenes son tanto indicios como contribuciones al cambio venidero en los sectores más decisivos”.
Los ultraizquierdistas y otras fuerzas no vieron ni valoraron esos cambios que, con el tiempo, tendrían “efectos moleculares”, como señaló Halstead en un artículo en 1971. “Es decir, afectan el tejido mismo de la sociedad, y sus efectos pueden ser profundos y mucho más generalizados que los que afectan a las personas directamente implicadas”.
Los ultraizquierdistas, con la vista puesta en las conversaciones que se llevaban a cabo en París[5] entre Washington y Hanói, oscilaba entre pedir un fin negociado a la guerra en algún momento futuro y llamados a la “victoria para el FNL [Frente Nacional de Liberación]”[6] y por “aplastar al imperialismo y al Estado”.
Halstead argumenta que, si solo por razones morales, la gente en Estados Unidos debía enfocarse en el papel de su propio gobierno, pidiendo el fin inmediato de la guerra: “¡Fuera Ya!”
Los vietnamitas podrían negociar un acuerdo que no lograra la retirada total de Estados Unidos porque tenían una pistola apuntándoles a la cabeza. El movimiento contra la guerra en Estados Unidos, por otro lado, tenía que afirmar claramente que la intervención de Estados Unidos en Vietnam era ilegítima y que pedir algo menos que una retirada inmediata constituía una violación de la soberanía del pueblo vietnamita.
¿Organizaciones contra la guerra o con múltiples reivindicaciones?
A los ultraizquierdistas también les molestaba el enfoque “estrecho” del movimiento. Abogaban por un enfoque que abarcara múltiples reivindicaciones, combinando la oposición a la guerra con la lucha contra el racismo, el apoyo a los derechos de las mujeres y, en el caso de algunos, abogar por el fin del imperialismo. El pacifista radical y anarquista David Dellinger, una figura destacada en el movimiento contra la guerra, en ocasiones “menospreciaba las movilizaciones a favor de la ‘retirada inmediata’ calificándolas como frentes unidos basados en el ‘mínimo común denominador'”, escribe Halstead.
“La lógica inevitable de un paraguas que abarque múltiples temas”, argumenta, “tendría que ser una coalición de fuerzas radicales-liberales subordinadas al programa multitemático de los políticos liberales, a un ala del Partido Demócrata. En términos marxistas, un ‘frente popular’”.
En un artículo de 1965 en el periódico The Militant, Halstead explicaba que: “[El movimiento contra guerra] es un movimiento en el que la gran mayoría de los participantes están [comprometidos] únicamente con la cuestión de sacar a Estados Unidos de Vietnam…. El peor abuso de esta situación sería que alguna tendencia intentara convertir estos comités independientes en un frente para su particular programa que abarca múltiples temas, un frente que atrae a la gente al asunto de la guerra de Vietnam y luego los utiliza para apoyar otros asuntos que no tienen que ver con las razones por las que se unieron. Cosas así han ocurrido en el pasado y los resultados siempre han sido desastrosos”.
Un debate acalorado sobre este tema tuvo lugar en una conferencia nacional en 1968 del Comité de Movilización Estudiantil (SMC).[7] Delegados del Partido Comunista (PC) propusieron que el SMC se convirtiera en un grupo de “paz y libertad”, combinando esencialmente los movimientos en contra de la guerra y a favor de los derechos civiles.
“El SMC siempre había adoptado una postura contra el racismo”, relata Halstead. “Su principal contribución a esa lucha fue su combate contra la guerra racista. Sin embargo, no pretendía que el SMC como tal formara parte del liderazgo de la lucha por la libertad de los negros … [ni] adoptaba como propia ninguna de las estrategias contrapuestas para combatir el racismo que entonces se debatían dentro del movimiento negro”.
Lew Jones, líder de la Alianza de la Juventud Socialista,[8] comentó: “El PC ha tomado el tema más emotivo y cargado de culpa en la política estadounidense. Es un error burdo y necio que una organización predominantemente blanca intente lograr mecánicamente la ‘unidad entre negros y blancos’. Como dijo Malcolm [X],[9] esa unidad no puede ocurrir hasta que no exista la unidad entre los negros”.
Al final, la propuesta del PC no prevaleció. “El propósito del Comité de Movilización Estudiantil es luchar contra la guerra racista en Vietnam”, decía un comunicado que la conferencia adoptó por votación abrumadora.
De hecho, a medida que crecía el movimiento contra la guerra, fueron los comités locales, independientes de cualquier tendencia política y centrados en poner fin a la guerra de Vietnam, los que “se convirtieron en la columna vertebral del nuevo movimiento”, explica Halstead.
Una estrategia basada en confiar en la clase obrera
La alternativa a las estrategias de los liberales y los ultraizquierdistas se basaba en la convicción de que, a pesar de su liderazgo en ese momento, los trabajadores — incluso los que vestían el uniforme — eran la clase que más en juego tenía para acabar con la guerra. La clase obrera — movilizada junto a los jóvenes (que siempre fueron la fuerza motriz del movimiento), los negros, los chicanos y otras nacionalidades oprimidas, y basada en la determinación inquebrantable del propio pueblo vietnamita — podía sacar al ejército estadounidense de Vietnam.
En este marco, los partidarios de la acción de masas se esforzaron por unir el movimiento en torno a protestas periódicas a nivel nacional con demandas claras exigiendo la retirada de Estados Unidos, lo que podría incorporar nuevas fuerzas al movimiento a medida que la clase trabajadora se empezaba a desilusionar con la guerra de Washington. Desde un punto de vista estratégico, explica Halstead, las demandas enfocadas en el lema “¡Fuera ya!” eran las que mejor captaban el creciente sentimiento popular y aumentaban las posibilidades de seguir ampliando el movimiento.
“En la 3ª conferencia en Cleveland en 1966, pronuncié un discurso que repetiría en muchas conferencias posteriores: ‘Solo hay tres fuerzas en Estados Unidos que tienen el poder de detener esta guerra: la clase dominante de Estados Unidos que la inició, la clase trabajadora que fabrica y transporta el material bélico, y los soldados que en ella combaten. La primera solo va a reaccionar si logramos influenciar a los otros dos. Porque si alcanzamos a las otros dos y los gobernantes no detienen la guerra, correrán el riesgo de perder más que a Vietnam. Así que deberíamos usar la base de la cual disponemos ahora para acercarnos a los sindicatos, a los trabajadores y a los soldados estadounidenses para involucrarlos. Cualquier cosa que ayude con eso es buena. Cualquier cosa que perjudique eso es mala. Una movilización masiva siempre ayuda'”.
Fred Halstead
La confianza de Halstead en la clase obrera forjó su convicción de que era posible incorporar a los soldados al movimiento contra la guerra. Esa convicción tenía su origen en parte en su experiencia como marinero en el Mar de China Meridional al final de la Segunda Guerra Mundial cuando tenía 18 años.
“No sabíamos nada sobre la guerra civil en China[10] hasta que nos vimos involucrados”, dice Halstead, “y no queríamos tener nada que ver con eso. Recuerdo que en aquel momento no se consideraba nada importante que los soldados de primera [GIs es la sigla en inglés] pintaran pancartas o repartieran folletos impresos en los mimeógrafos del ejército, o incluso solicitaran espacio en aviones militares para asistir a reuniones en lugares lejanos”.
A medida que el sentimiento contra la guerra se extendía por Estados Unidos, los reclutas y los que habían sido alistados a regañadientes[11] estaban empezando a saturar al ejército con ideas contra la guerra. Halstead sabía que era “al menos teóricamente posible” que pudiera desarrollarse un “movimiento que tuviera un efecto directo sobre la maquinaria bélica”.
En un artículo en la edición del 22 de noviembre de 1965 del periódico The Militant, Halstead predijo el rumbo que podría tomar el movimiento contra la guerra.
“Es muy posible que no solo unos cientos de miles, sino millones de estadounidenses puedan participar activamente en la lucha contra la guerra en Vietnam. Un movimiento de ese alcance, aunque se enfoque sólo en el tema de la guerra, tendría los efectos más profundos en todas las estructuras sociales del país, incluso en los sindicatos y entre los soldados del ejército”, explicó Halstead.
“Muy probablemente también resultaría en un aumento general de la conciencia radical sobre muchas otras cuestiones, así como ya ha tenido un impacto contra la cacería de brujas anticomunista. Pero, sobre todo, podría ser el factor clave para forzar el fin de la guerra genocida del Pentágono en Vietnam. De ello podrían depender las vidas de miles de hombres, mujeres y niños vietnamitas y de soldados estadounidenses. Eso por sí solo ya es motivo suficiente para dejar a un lado las diferencias sectarias, unirnos y ayudar a construir una organización nacional que pueda incluir a cualquiera que esté dispuesto a oponerse a la intervención de Estados Unidos en Vietnam, independientemente de si están o no están comprometidos con otras cuestiones”.
Su intuición sobre los efectos profundos y generalizados resultaron ser correctos y premonitorios. En el capítulo titulado “El desmoronamiento de la moral militar estadounidense” de su libro Out Now!, Halstead explica más a fondo el impacto que el movimiento contra la guerra y la lucha por la liberación del pueblo afronorteamericano tuvieron en las filas del ejército, especialmente entre los que se encontraban en el frente en Vietnam.
Algunas personas “consideraban que era extraño ver a los soldados como parte de la oposición a la guerra”, explica Halstead. Otros, “incluyendo a Muste y Dellinger, estuvieron entre los primeros en considerar seriamente la idea de influenciar a los soldados estadounidenses”. Halstead señala que una cosa que los pacifistas radicales tenían en común con los socialistas revolucionarios era “una fuerte fe en la capacidad que tiene la gente de a pie para aprender y cambiar”.
Para los pacifistas rechazar el reclutamiento y asumir el estatus legal de objetor de conciencia era un imperativo moral. Entre los grupos ultraizquierdistas estas tácticas se veían como una forma de debilitar la maquinaria bélica. Las sentadas en las juntas de reclutamiento, la quema de tarjetas de alistamiento y el rechazo individual al reclutamiento fueron algunas de las tácticas que se usaron aquí y allá en el movimiento.
La organización de los soldados contra la guerra
Los socialistas revolucionarios, en cambio, tenían un enfoque diferente. “Los revolucionarios no deberían aislarse deliberadamente de los jóvenes de clase trabajadora que están siendo reclutados, alistándose bajo la presión del servicio militar obligatorio o ya en el servicio armado”, explica Halstead. Como los jóvenes de clase alta y media podían obtener aplazamientos más fácilmente, señala Halstead, “los que estaban siendo reclutados o ya en el servicio eran en su gran mayoría los jóvenes de clase trabajadora con bajos ingresos, incluyendo un número desproporcionado de negros, chicanos, puertorriqueños y miembros de las naciones originarias”.
Los miembros de la organización de Halstead, si eran reclutados, continuaban alzando la voz y organizándose dentro de las filas. El soldado de primera clase (PFC) Howard Petrick[12] fue un ejemplo de ello.
Algunos de los primeros signos de actividad contra la guerra dentro del ejército involucraron a soldados negros, que a menudo se reunían inicialmente para hablar del racismo, pero luego veían su relación con la cuestión de la guerra. Sabían que los soldados negros luchaban y morían en Vietnam de forma desproporcionada con respecto a su número en la población.
“El hecho de que los liberales que apoyaban, o que no se oponían, a la política bélica de Johnson[13] amonestaran constantemente a los negros para que se ciñeran estrictamente a la no violencia en su propia lucha”, escribe Halstead, “enfurecía no solo a los militantes sino a las masas de la gente negra de a pie”, entre ellos los uniformados.
A medida que los soldados cuestionaban cada vez más lo que hacían en Vietnam, surgieron agrupaciones contra la guerra en las bases militares de Estados Unidos tanto en suelo nacional como en el extranjero. Halstead describe las cafeterías cerca de bases militares donde la gente discutía la guerra; el aumento de las publicaciones contra la guerra por soldados y veteranos como Fatigue, Vietnam GI y el Bond; y la resistencia en el propio frente de combate en Vietnam.
Los altos mandos militares reaccionaron amenazando con prisión, democión de rango y consejos de guerra. Pero casos como los de Petrick, el de los Ford Hood Three y el de los Fort Jackson Eight[14] no se quedó en las sombras. El movimiento llevó a cabo campañas públicas en defensa del derecho de estos soldados a oponerse a la guerra y ejercer la libertad de expresión.
Uno de los mitos sobre la guerra de Vietnam que circula hoy es que el movimiento contra la guerra era hostil hacia los soldados, que los activistas contra la guerra a menudo se burlaban y les escupían a los soldados que regresaban. ¡Fuera Ya! refuta esa fábula con hechos contundentes. A finales de los años 60, la mayoría del movimiento había empezado a darse cuenta de que era posible, incluso imprescindible, acercarse a los soldados estadounidenses.
Halstead describe cómo la “Marcha de los soldados y veteranos por la paz” del 12 de octubre de 1968 en San Francisco dejó esto claro. Debido a los intentos de las autoridades militares de sofocar la participación de los soldados estadounidenses, esta acción recibió mucha publicidad anticipada. La participación de 500 soldados en servicio activo, junto con 15 mil civiles, creó “un ambiente completamente nuevo en el Área de la Bahía, que era un importante punto de embarque a Vietnam”, dice Halstead. “A partir de entonces, el contacto amistoso entre la juventud contra guerra y los soldados que pasaban por allí se daba por sentado”.
Las protestas coordinadas a nivel nacional en la primavera de 1969 profundizaron esa percepción al identificar explícitamente las acciones como “Manifestaciones de civiles y soldados”. A partir de ese momento, no era raro que las acciones masivas fueran lideradas por contingentes de soldados en activo y veteranos.
Liderar un movimiento
A lo largo de la guerra, los enfrentamientos sobre cuestiones de estrategia y táctica, de organización política y perspectiva, a veces resultaron en acciones unificadas y otras veces no. Como describe Halstead, estas disputas a menudo amenazaban con fracturar la frágil coalición. Y, de hecho, para 1970 surgieron dos coaliciones nacionales separadas que coexistieron hasta el final de la guerra, en lo que Halstead describe como una “asociación incómoda”.
A pesar de esas divisiones, el éxito del movimiento al unificar a la “banda poco respetable, ‘irrelevante’ y de ninguna manera homogénea” que enarboló la bandera a principios de los años 60, puede atribuirse en parte al compromiso inquebrantable de muchos de sus líderes con esa unidad. Líderes que sabían cuándo ceder sin abandonar sus principios.
Más de una vez, Halstead hace referencia al ejemplo de A.J. Muste. En una disputa, Muste “exponía su propia posición y buscaba convencer a otros de ella, pero nunca cortaba relaciones ni expresaba ira con nadie porque no estuvieran de acuerdo con él”, señala Halstead. “Escuchaba atentamente el argumento de la otra parte, buscaba la lógica en él, luego intentaba encontrar un punto donde hubiera acuerdo y para poder trabajar juntos, esperando el momento propicio para avanzar en la dirección que él favorecía en otros temas”.
Muste falleció en febrero de 1967. Pero “había vivido lo suficiente para desempeñar un papel crucial en unificar y ampliar al movimiento contra la guerra mientras trabajaba para mantener su impulso radical y su capacidad para atacar el problema de raíz”, explica Halstead.
Sin embargo, entre los líderes de esa época, entre ellos los activistas más jóvenes, un ejemplo de un líder excepcional que Halstead no menciona explícitamente — pero que se destaca a lo largo de su relato de las disputas durante las conferencias y los enfrentamientos callejeros — es él mismo.
Inmerso durante décadas en la lucha de la clase trabajadora y la tradición marxista revolucionaria, los instintos y las cualidades de liderazgo de Halstead le permitieron aceptar las diferencias políticas, escuchar a los demás y apreciar lo que otros aportaban. Obraba sabiendo que, en un esfuerzo genuino de aglutinar a una coalición o frente unido, a menudo era necesario ceder para mantener la unidad en la acción. Además, Halstead no dudaba en admitir sus propios errores y usarlos como ejemplo de lo que no se debía hacer.
Gracias a Halstead ‘la guerra terminó antes’
En respuesta a la noticia de la muerte de Halstead en 1988, llegaron muchos mensajes de personas con quienes él había colaborado, discutido y, sin embargo, había encontrado puntos en común. David McReynolds, presidente de la War Resisters’ League International [la Liga Internacional de los que se Resisten a la Guerra] y destacado pacifista radical, dijo lo siguiente:
“La historia puede juzgar el valor del trabajo de Fred con el SWP, pero la historia ya ha juzgado el valor de su trabajo durante la era de Vietnam. Gracias a Fred Halstead, la Guerra de Vietnam terminó antes. Hoy en día hay niños vietnamitas vivos gracias a su trabajo, así como hay estadounidenses de clase trabajadora que llegaron antes a su casa — o que ni siquiera fueron reclutados — por el trabajo que él hizo.
“Contribuyó enormemente a la historia de ese periodo con el libro cuidadoso y útil que escribió”, continuó McReynolds. “Ha seguido contribuyendo: el que el pueblo de Nicaragua[15] haya tenido la oportunidad de resolver sus propios problemas sin una invasión militar de Estados Unidos refleja lo que muchos de nosotros hicimos juntos durante Vietnam. Y de esos, Fred Halstead tuvo un valor único y especial. Los que lo conocimos hemos perdido a un amigo y a un compañero de trabajo de confianza”.
De todos los dones de Halstead, quizás el más importante es la lección de mantener nuestra mirada en las masas trabajadoras y los oprimidos.
Tras una manifestación contra la guerra el 9 de mayo de 1970 que aglutinó a 100 mil personas, Dellinger y otros pacifistas radicales criticaron duramente las acciones de ese tipo como “actividades que se autoperpetúan y que no preparan a la gente para formas más militantes de resistencia”. Culparon a los coordinadores, entre ellos a Halstead, por supuestamente impedir que ocurriera una desobediencia civil en masa.
“El propósito de estas manifestaciones masivas no es brindarle catarsis a los ‘radicales’ frustrados que aún no han aprendido que para detener esta guerra, o para lograr un cambio fundamental, y mucho menos una revolución, hay que involucrar a masas inmensas”, respondió Halstead. “Tampoco es el propósito de estas manifestaciones brindarle a las víctimas ejemplos adicionales de la violencia por parte de la clase dominante. Su propósito es permitir que hubiera una forma visible en la que la disidencia contra la guerra pudiera manifestarse; y ofrecer una vía que permitiera que nuevos sectores de la población pudieran involucrarse”.
Más allá de la Guerra de Vietnam, Halstead sabía que era allí donde los revolucionarios debían mirar hacia el futuro para poner de rodillas al imperialismo. Como estudioso de la Revolución Rusa, reconoció que haría falta una movilización masiva no solo de millones — como ocurrió durante Vietnam — sino de millones y millones, para lograr esa tarea. Hasta el final de su vida, Halstead permaneció convencido de que una revolución socialista era posible en Estados Unidos.
Puede ser difícil, medio siglo después, apreciar el duradero impacto que tuvo el movimiento contra la guerra en Vietnam. Pero las últimas palabras de Halstead en Out Now! hoy suenan tan acertadas como lo eran cuando terminó la guerra en 1975.
“El movimiento en Estados Unidos contra la Guerra en Vietnam abrió una brecha enorme en la teoría de que, debido a su control sobre el ejército, la policía, la economía y los tremendamente efectivos medios modernos de comunicación, la clase dominante podía salirse con la suya siempre que existiera cierto grado de prosperidad. El movimiento contra la guerra comenzó con nada más que folletos. Pero demostró que la gente puede pensar por sí misma si el tema los afecta lo suficiente, a pesar de la tecnología.
“En los asuntos humanos aún no hay nada tan poderoso como una idea y un movimiento cuya hora ha llegado”.
NOTAS
[1] Desde finales de los años 40 y durante la década de los 50, la escena política en Estados Unidos se vio dominada por una cacería de brujas enfocada en perseguir a individuos de izquierda y otros activistas, y por el alarmismo sobre la influencia comunista y soviética. Uno de los primeros actos oficiales que impulsaron esta campaña anticomunista fue una orden ejecutiva en 1947 del entonces presidente estadounidense Harry Truman que exigía que los funcionarios públicos fueran evaluados para determinar su “lealtad”.
Más tarde el senador estadounidense Joseph McCarthy, republicano de Wisconsin, intensificó esta campaña. “El macartismo fue la expresión más virulenta del periodo de la cacería de brujas de la Guerra Fría”, explica el libro What Is American Fascism? Writings on Father Coughlin, Mayor Frank Hague, and Senator Joseph McCarthy [¿Qué es el fascismo estadounidense? Escritos sobre el padre Coughlin, el alcalde Frank Hague y el senador Joseph McCarthy] escrito por los líderes socialistas James P. Cannon y Joseph Hansen (p. 22). “Joseph R. McCarthy fue elegido senador de Estados Unidos en 1946 con el apoyo del Partido Comunista y organizaciones liberales. En 1950, surgió repentinamente como el exponente extremo de la cacería de brujas anticomunista que entonces llevaba a cabo la administración Truman.
“Despertó un amplio apoyo entre la clase media e incluso la clase trabajadora que acusaba al Departamento de Estado de estar infiltrado por comunistas, de que los ‘comunistas’ en altos cargos habían ‘perdido’ deliberadamente a China, y que la ‘élite’ política en Estados Unidos estaba traicionando al país a favor de los ‘comunistas’. Entrando en conflicto con los principales líderes de ambos partidos capitalistas e incluso con el ejército de Estados Unidos, al tiempo que sembraba el terror entre socialistas, militantes sindicales y liberales, el movimiento de McCarthy evidenció claramente características fascistas.
“El macartismo alcanzó su apogeo durante la guerra de Corea e inmediatamente después, cuando se esperaba de forma generalizada que la Tercera Guerra Mundial estallara en cualquier momento. Cuando el enfrentamiento frontal con la Unión Soviética fue abandonada y se prolongó el periodo de prosperidad en tiempos de paz, McCarthy perdió rápidamente el apoyo que tenía y fue abandonado por sus aliados en el Partido Republicano. Fue censurado por el Senado en 1954 y falleció en 1957.
“Hoy en día, el término ‘macartismo’ se usa comúnmente para describir todas las formas de la cacería de brujas anticomunista del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, así como el incipiente desarrollo fascista liderado por el senador de Wisconsin”.
[2] El boicot a los autobuses de Montgomery, provocado en diciembre de 1955 cuando Rosa Parks se negó a cederle su asiento en un autobús urbano a una mujer blanca, fue un acontecimiento crucial en el movimiento por los derechos civiles. El boicot terminó un año después, tras la entrada en vigor de la sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos que declaró que los autobuses segregados eran inconstitucionales.
[3] En 1959, fuerzas rebeldes en Cuba derrocaron la dictadura de Fulgencio Batista respaldada por Estados Unidos, abriendo el camino al socialismo en América. A medida que la hostilidad de Estados Unidos hacia Cuba se intensificaba, el comité Fair Play for Cuba [Trato Justo para Cuba] organizó actividades educativas y protestas contra la intervención. Esto sentó un precedente para la acción conjunta de fuerzas en Estados Unidos que llevaban años en desacuerdo. “Esto era, en un sentido muy real, un movimiento contra guerra, pero uno que el antiguo movimiento pacifista se negaba a respaldar”, escribe Halstead.
[4] The Mobilizer era el boletín informativo del Comité de Movilización Estudiantil para Acabar con la Guerra de Vietnam (Student Mobilization Committee o SMC por sus siglas en inglés), la formación nacional que convocó y organizó las manifestaciones masivas del 15 de abril de 1967. La acción en la ciudad de Nueva York, estimada por los organizadores en 400 mil personas, fue la mayor marcha de cualquier tipo en Estados Unidos hasta ese momento.
[5] Las Conversaciones de Paz de París fueron una serie de reuniones diplomáticas celebradas entre 1968 y 1973 entre Estados Unidos, Vietnam del Norte, el Frente de Liberación Nacional, y el régimen en Saigón respaldado por Estados Unidos. Concluyeron con la firma, en enero de 1973, de los acuerdos de paz que pusieron fin a la involucración militar directa de Estados Unidos en Vietnam. Un poco más de dos años después, las fuerzas restantes de Estados Unidos se retiraron de forma apresurada y desorganizada cuando las fuerzas norvietnamitas y del FLN derrocaron al gobierno títere en Saigón el 30 de abril de 1975 y ganaron la guerra.
[6] Fundado en 1960, el Frente Nacional de Liberación (FNL) de Vietnam del Sur fue la organización política y militar que luchó junto a los norvietnamitas por el fin del régimen dictatorial de Saigón y por la unificación del país.
[7] El Comité de Movilización Estudiantil para Poner Fin a la Guerra de Vietnam surgió a finales de 1966 y siguió siendo la principal organización juvenil del movimiento contra la guerra hasta que ésta llegó a su fin.
[8] La Alianza de la Juventud Socialista era la organización juvenil asociada al Partido Socialista de los Trabajadores.
[9] Empezando en la década de 1950, Malcolm X surgió como el líder más destacado de la lucha por la liberación negra en Estados Unidos.
[10] Tras la Segunda Guerra Mundial, durante la guerra civil china (1945–1949), Washington apoyó fuertemente al régimen nacionalista de Chiang Kai-shek contra las fuerzas comunistas lideradas por Mao Zedong, brindándole a los nacionalistas miles de millones en ayuda financiera, equipamiento militar y apoyo logístico.
[11] Durante la Guerra de Vietnam, muchos se alistaron en las fuerzas armadas por razones económicas, como alternativa a la prisión por supuestos delitos o, ante el reclutamiento, para tener alguna opción de prestar su servicio militar que no fuera en la infantería.
[12] En el verano de 1966, Howard Petrick — un joven socialista y activista contra la guerra — fue reclutado al ejército de Estados Unidos. Cuando llegó para el entrenamiento básico ya se estaba gestando la disidencia en el ejército. Los altos mandos militares intentaron aislar y disciplinar a los soldados que se manifestaban contra la guerra. Petrick fue uno de los señalados y, en 1968, recibió una baja “indeseable”. Una entrevista con Petrick sobre estos hechos aparece aquí.
[13] Lyndon B. Johnson asumió la presidencia de Estados Unidos en noviembre de 1963 tras el asesinato de John F. Kennedy. En un discurso de campaña, Johnson declaró: “No vamos a enviar a muchachos norteamericanos a nueve o diez mil millas de casa para que hagan lo que los muchachos asiáticos deberían hacer por sí mismos”. Sin embargo, en agosto de 1964, basándose en acusaciones de que lanchas torpederas vietnamitas habían disparado contra dos destructores estadounidenses, Johnson impulsó la Resolución del Golfo de Tonkín en el Congreso. Esa ley le otorgaba amplios poderes, que utilizó para implementar escaladas masivas durante los siguientes cuatro años.
El sucesor de Johnson, Richard Nixon, fue elegido presidente en 1968, prometiendo que: “le daremos un fin honorable a la guerra de Vietnam”. Él también intensificó la guerra de forma drástica.
[14] En junio de 1966, el soldado de primera clase (PFC) James Johnson, el soldado David Samas y el soldado Dennis Mora, todos asignados a la base militar en Fort Hood, Texas, hicieron pública su intención de no embarcarse hacia Vietnam tras recibir órdenes de presentarse en Oakland, California, para su despliegue. El movimiento ayudó a ganar apoyo para su caso. Los tres fueron finalmente condenados por desobedecer órdenes y cumplieron tres años de prisión.
En marzo de 1969, ocho soldados rasos destacados en Fort Jackson, Carolina del Sur, fueron arrestados por cargos derivados de una reunión improvisada de más de 100 soldados fuera de sus barracones. Los hombres no habían cometido delitos ni violado ninguna orden. Simplemente se habían pronunciado en contra de la guerra. Bajo la presión pública derivada de los esfuerzos del movimiento contra la guerra, el ejército retiró los cargos y — tras 60 días en el calabozo — el último de ellos fue liberado.
[15] Tras el derrocamiento en 1979 de la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua, que había sido respaldada por Estados Unidos, el nuevo gobierno sandinista se enfrentó hasta 1990 a una insurgencia armada de bandidos contrarrevolucionarios, conocidos como los Contras. Washington apoyó a los Contras financiera y militarmente, pero ese apoyo no se transformó en una intervención directa de tropas estadounidenses.
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Categorías:Historia de Estados Unidos
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