Cuba/Solidaridad con Cuba

Los intelectuales y la revolución



A continuación publicamos la respuesta en 1961 de James P. Cannon — en ese momento el presidente nacional del Socialist Workers Party [Partido Socialista de los Trabajadores, SWP por sus siglas en inglés] — a una carta y posdata de los líderes del SWP George Novack y Evelyn Reed sobre su reciente visita con el sociólogo C. Wright Mills, el autor de Escucha, yanki: La revolución cubana.

La carta de Novack y Reed, que acabamos de publicar, se enfocaba en un intercambio de puntos de vista que ambos tuvieron con Mills sobre la revolución cubana, así como sobre cuestiones más amplias, entre ellas el marxismo y el estalinismo.

La victoria revolucionaria en Cuba tuvo un impacto transformador, inspirando en todo el mundo una mayor colaboración entre luchadores por el cambio social de diferentes corrientes y experiencias.

Lo que llama la atención en esta correspondencia es la actitud tan abierta de los líderes socialistas de la época, y su interés por encontrar terreno común con otros combatientes comprometidos a luchar por un mundo de igualdad social y solidaridad humana.

Esta actitud impregna los escritos de Novack, Reed y Cannon. Es diametralmente opuesta al sectarismo. Y es un punto clave del marxismo y del espíritu del Manifiesto Comunista, el documento fundacional del movimiento comunista.

Entre otros puntos importantes, Cannon analiza un aparente desacuerdo entre Novack y Mills sobre porqué en una sociedad en transición del capitalismo al socialismo es necesario que exista, como dijo Mills, una “superioridad moral, cultural e intelectual”.

“Es elemental que ‘una capacidad superior para la producción material es la base necesaria para una superestructura cultural superior'”, dice Cannon, refiriéndose al argumento de Novack. “Incluso los líderes cubanos, que no profesan ser marxistas practicantes, lo saben y trabajan día y noche para mejorar las capacidades productivas y proporcionar los medios para todas las demás cosas. Pero, en mi opinión, también tiene sentido preocuparse por la ‘superioridad moral, cultural e intelectual’, porque no se puede dar por sentado que esto se derivará automáticamente de la reorganización del sistema productivo. Este objetivo debe declararse deliberadamente y luchar conscientemente en todo momento.” [Énfasis añadido.]

Publicamos la carta a continuación para la información de nuestros lectores. El texto que sigue fue tomado del texto original como aparece en el Marxists Internet Archive [Archivo Marxista del Internet].[1] Las fotos, leyendas y notas al final, así como la traducción son de Panorama-Mundial.

También queremos darle un agradecimiento especial a Alan Wald, profesor emérito H. Chandler Davis Collegiate en la Universidad de Michigan y miembro del consejo editorial de la publicación Against the Current. Su ayuda fue esencial para la publicación de estos materiales.

— Los editores de Panorama-Mundial

*

Por James P. Cannon

Querido George:

Con la presente confirmo haber recibido tu carta y de la animada nota de Evelyn el 9 de febrero sobre el encuentro que tuvieron con M. Sin duda, esto es una noticia interesante e importante. También es grato saber que una conversación entre nosotros sobre M. hace un año más o menos condujo, en una cadena de acciones y reacciones, a que lo visitaras en su casa.

C. Wright Mills, al que Cannon se refiere en su carta como “M”.

Pero no es del todo acertado cuando le atribuyes a mi “habitual generosidad” la sugerencia de que realizaras una evaluación seria y crítica del trabajo de M. Esa explicación es un poco demasiado generosa de tu parte. En mi juventud empecé a amar y a tenerle reverencia a la verdad, y ahora en mis últimos años he empezado a adorarla, lo que me obliga a admitir que mi motivo era un poco más complicado y astuto de lo que tú dices. Si tuve algo que ver con eso, hay otras dos razones para mi propuesta que me parecen más plausibles y más cercanas a la verdad.

En primer lugar, reconocí que tú habías estudiado los escritos de M. y el material relacionado con más atención y profundidad que yo, y que estabas mejor calificado para analizarlos como estudioso marxista. En segundo lugar, cuando hay un trabajo muy grande que hacer, mi reacción inmediata de toda la vida ha sido buscar a alguien más que lo haga. En este caso, como en muchos otros, resultó que fuiste tú a quien señalé. Ahora, no pienses que esta admisión es otro ejemplo de mi conocida modestia. Mi procedimiento general en estos asuntos es solo un astuto truco irlandés para convertir los defectos de la ignorancia y la pereza en méritos. Llevo años y años saliéndome con la mía con este tipo de cosas. Y, curiosamente, el movimiento se ha beneficiado la mayoría de las veces, mientras que yo me he ganado la reputación de ser un buen tipo que busca trabajo para los demás. Además, como una especie de extra, he tenido el especial capricho de holgazanear y rumiar sin que mi conciencia irlandesa me agobie demasiado.

* * *

Creo que estoy totalmente de acuerdo con todo lo que dices en tu carta sobre la evaluación de M. Él es diferente. Como sabes, siempre he tenido una opinión baja, por no decir desdeñosa, de la intelectualidad estadounidense contemporánea. Y eso no es simplemente un vestigio del anti-intelectualismo de mi juventud en mis días como un Wobbly.[2] Después de convertirme en comunista y reconocer que los pensadores y líderes de la revolución rusa, al igual que sus propios mentores antes que ellos, eran todos intelectuales, hice un serio esfuerzo por hacer una “reforma del pensamiento” sobre el tema. Pero debo decir que los intelectuales de nuestro tiempo en este país, especialmente aquellos que pretenden ser radicales, han hecho todo lo posible para que no me exceda.

Durante mucho tiempo la experiencia y la observación me han enseñado dos cosas sobre los intelectuales estadounidenses en general, y sobre los académicos en particular. Les falta modestia, que es la condición previa para aprender cosas que no saben ya, especialmente sobre el oscuro interior de los problemas sociales que otros han explorado pero que para ellos siguen siendo un país desconocido. Para complementar ese defecto, que también les impide una exploración seria, está el hecho simple y sencillo de que no tienen valor. Quieren mantenerse alejados de los problemas.

En el libro del catolicismo, que estudié de niño, hay tres tipos de pecados. Los primeros son  pecados veniales (pequeños), como los míos — evadir el trabajo, procrastinar, indulgencia, jugar al billar los domingos, etc. — que se perdonan fácilmente y que uno incluso puede perdonarse tras unas pocas oraciones, si no hay un sacerdote disponible. Luego están  los pecados mortales, como el asesinato, la blasfemia, el adulterio, etc. Estos pueden ser perdonados por un sacerdote si se realiza una penitencia seria, pero el pecador mortal debe cumplir tiempo en el purgatorio antes de entrar al cielo. El tercer pecado es el pecado contra el Espíritu Santo. Para eso no hay perdón, y no hay otra cosa que hacer que irse al infierno. ¡Pues la cobardía es un pecado contra el Espíritu Santo! O, para darle la vuelta y cambiar del catecismo a Ben Johnson: “El valor es la primera virtud, porque es la condición previa para el ejercicio de las otras virtudes”.

* * *

Durante bastante tiempo he considerado a M. un disidente en el ámbito académico; su valor y honestidad evidentes parecían separarlo de la manada. Luego su libro sobre Cuba mostró otro, y muy atractivo, aspecto de su carácter. Lo leí atentamente y fui evaluándolo sobre la marcha, en dos niveles.

En un nivel, es una exposición cautivadora y conmovedora del proceso revolucionario en Cuba, tal y como lo ven los líderes de la revolución. Y, en mi opinión, leyendo entre las líneas de las cartas que ellos le han transmitido a M., ven más, han estudiado y pensado y reflexionado más sobre lo que están haciendo de lo que explícitamente reconocen en las cartas.

Explican que representan a una nueva generación, empezando desde cero, sin el cansancio y la desilusión que paralizan a las generaciones anteriores del movimiento radical. Pero no podrían haberlo dicho si no lo hubieran pensado y reflexionado antes. Debieron de darse cuenta que su juventud les daba la energía y el impulso que solo la juventud puede dar, y que su simple ignorancia, en contraste con la mala educación y el desengaño de sus mayores, tenía un lado positivo. Tenían menos que desaprender.

Dicen francamente que improvisan sobre la marcha. Pero lo sorprendente es que casi siempre han hecho las improvisaciones correctas, y se mantienen al ritmo de la revolución a medida que sigue desarrollándose. Y esta trayectoria ha continuado desde que se escribió el libro. El discurso de Castro en las Naciones Unidas sobre los escenarios principales del imperialismo fue el discurso de un hombre que ha recogido la teoría de Lenin en algún lugar; quizá de la fuente misma. Luego, en los informes de prensa el otro día, Castro fue citado diciendo — por primera vez explícitamente, que yo sepa — que el sistema socialista es superior al sistema capitalista, y que en la reanudación de relaciones diplomáticas normales Estados Unidos tendría que tener en cuenta esta posición de Cuba.

Fidel Castro dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas el 28 de septiembre de 1960. (Foto: Keystone)

De todo esto saqué la impresión de que los líderes cubanos sabían más sobre la teoría revolucionaria de lo que decían saber cuando hablaban con M., y que ahora saben aún más, y siguen aprendiendo.

* * *

Por otro lado, M. se manifestó como un hombre más claramente en este libro que nunca. No paraba de decirme a mí mismo mientras revisaba las páginas de la introducción a su resumen: “Este intelectual realmente se preocupa por la gente hambrienta del mundo. Se preocupa, como él mismo dice, no por la revolución arrasadora, sino con ella. Incluso es capaz del enojo — esa emoción sagrada de rebeldes y revolucionarios — ante la injusticia, la opresión, las mentiras y la hipocresía. ¡Qué hombre tan peligroso y salvaje corriendo suelto por el campus americano!”

Su libro me conmovió profundamente. No dejaba de pensar en escribirle una nota de aprecio y agradecimiento. Pero con mi procrastinar habitual y mi tímida reticencia a entrometerme con extraños, lo pospuse.

* * *

Me gustaría hacer aquí un breve comentario sobre el punto importante con el que bregaste de forma inconclusa al final de tu charla con M. Por comodidad, primero voy a citar un párrafo de tu carta:

“Si la economía soviética es más productiva, ¿no es entonces históricamente superior?” le pregunté. “¿Qué quieres decir con históricamente superior?” me preguntó. “Que puede producir más bienes, más riqueza, en menos tiempo y con menos trabajo por persona”. “Sí, creo que puede ser más eficiente, pero esa no es para mí la única prueba de superioridad histórica. Más importante es la superioridad moral, cultural e intelectual”. La discusión terminó cuando añadí que sin una mejor capacidad de producción material no podría existir una superestructura cultural más avanzada.

No creo que el aparente desacuerdo deba quedarse estancado allí. La pregunta es más sutil, más complicada. Y, por mi parte, veo mérito tanto en tu criterio como en el de M. Deberían reconciliarse, no contrastarse.

Es elemental que “una capacidad superior para la producción material es la base necesaria para una superestructura cultural más avanzada”. Incluso los líderes cubanos, que no profesan ser marxistas practicantes, lo saben y trabajan día y noche para mejorar las capacidades productivas y proporcionar los medios para todas las demás cosas. Pero, en mi opinión, también tiene sentido preocuparse por la “superioridad moral, cultural e intelectual”, porque no se puede dar por sentado que esto pueda derivarse automáticamente de la reorganización del sistema productivo. Este objetivo debe declararse deliberadamente y hay que luchar conscientemente por eso en todo momento.

La democracia más plena en el periodo de transición, institucionalizada mediante formas de organización que aseguran la participación y el control de los trabajadores en todas las etapas de desarrollo, es una parte indispensable de nuestro programa. Esto no solo debe decirse, sino enfatizarse. Nos distingue y nos pone en oposición irreconciliable a los “deterministas económicos” y a los totalitarios. Es la condición para el desarrollo más eficiente y rápido del nuevo proceso productivo.

Y no menos importante, quizá aún más: esta participación democrática plena y libre del pueblo trabajador, en todas las etapas y en todas las fases de la transformación social durante el periodo de transición entre la vieja sociedad y la nueva, es la condición necesaria para la preparación del pueblo para la ciudadanía en una sociedad genuinamente libre. No basta con aprender a leer y escribir y producir cosas materiales en abundancia. Eso es solo el punto de partida. La gente tiene que aprender a vivir en abundancia. Eso significa que tienen que aprender a ser libres de cuerpo, mente y espíritu. ¿Dónde más pueden aprender eso sino en la escuela y la práctica de una democracia en constante expansión durante el periodo de transición?

En vista de cómo han evolucionado las cosas en la Unión Soviética, Europa del Este y China, esta parte de nuestro programa marxista — la democracia obrera como único  camino para prepararse para una sociedad socialista libre e igualitaria — debe recibir especial énfasis en toda nuestra propaganda y en todos nuestros debates con personas insatisfechas con el capitalismo pero que no quieren cambiarla por una esclavitud totalitaria.

Si no enfatizamos esta característica fundamental de nuestro programa marxista; si la omitimos o la infravaloramos cuando ilustramos la superioridad de la economía nacionalizada y planificada; si nos olvidamos de hablar de la libertad como objetivo socialista — nunca lograremos que los trabajadores estadounidenses y la nueva generación de intelectuales se sumen a la lucha revolucionaria. Y no lo ameritaríamos.

* * *

Mis pensamientos se han enfocado cada vez más en este aspecto del problema de la transformación social en los últimos años. Mi discurso sobre “Socialismo y Democracia” en nuestra convención de 1957 (que luego se repitió en la West Coast Vacation School y posteriormente se publicó como folleto) fue la primera respuesta a las preguntas que preocupaban a muchas personas conmocionadas por el discurso de Jruschov y los acontecimientos en Polonia y Hungría. Nuestra discusión sobre la revolución china durante los últimos dos años me ha impulsado a reflexionar más profundamente sobre el tema, y probablemente tendré más que decir más adelante.

Aquí expondré brevemente mi convicción firme, como marxista ortodoxo, con una pregunta y una respuesta: ¿El desarrollo de las fuerzas productivas mediante un sistema de economía planificada, bajo un régimen totalitario de regimentación y control del pensamiento, conducirá automáticamente a la sociedad socialista de personas libres e iguales? Mi respuesta es No, ¡nunca! Los trabajadores deben lograr su propia emancipación; nadie lo hará por ellos y nadie puede. Si alguien busca argumentar con este postulado básico del marxismo, solo díganle que se atreva a decírmelo a la cara.

Desde este punto de vista, me parece que la preocupación de M., que comparto plenamente, por la “superioridad moral, cultural e intelectual” de la nueva sociedad — y con eso debo suponer que se refiere a una sociedad libre — contradice su rechazo a aceptar el papel de la clase trabajadora como el agente decisivo del cambio social. Esto sobresale aún más si reconocemos que la transformación de la sociedad no se logra con un acto único de revolución, sino que requiere un periodo de transición durante el cual las personas se transforman a sí mismas mientras transforman a la sociedad.

Si los trabajadores no pueden llevar a cabo esta tarea histórica, entonces debe asignársele a algún tipo de élite. Pero nos lleva entonces a las preguntas embarazosas: ¿Será benevolente esta élite descontrolada? ¿Ampliará la libertad, puramente por la bondad de sus corazones y la nobleza de sus intenciones? ¿O coartará la libertad hasta que sea erradicada por completo? La experiencia hasta ahora en la historia de la raza humana en general, y de este siglo en particular, aboga con fuerza por esta última suposición. No sé si el objetivo de [el libro] 1984[3] de George Orwell fue hacer una profecía o una advertencia. Pero si se concede o se asume que los trabajadores no pueden tomar y mantener el control de los asuntos públicos, es más lógico suponer que el “Gran Hermano” acabará tomando el control. No es una nueva idea mía, ni siquiera de Orwell. Trotski planteó esta alternativa de forma directa hace veintiún años en su ensayo En defensa del marxismo.

Él no pensó que fuera a acabar así, y yo tampoco. La clase trabajadora no puede ser descartada hasta que haya sido derrotada de forma definitiva a escala mundial. Eso aún no ha ocurrido ni en Europa ni en Estados Unidos, ni en el bloque soviético, como dejaron claro los acontecimientos de 1956-57.

Rebeldes húngaros ondean su bandera nacional sobre un tanque capturado en la plaza principal de Budapest. El levantamiento comenzó el 23 de octubre de 1956 con manifestaciones contra el régimen estalinista y fue aplastado 11 días después por tanques soviéticos. Ese mismo año estallaron huelgas y protestas en Polonia con el objetivo de debilitar el control de los regímenes estalinistas en el bloque soviético. (Foto: Archivo AP)

En este país, donde en última instancia este asunto va a decidirse, la clase trabajadora en la industria básica, que previamente estaba atomizada y no tenía experiencia en cómo organizarse, mostró gran poder en los años treinta. Eso es demasiado reciente para poder olvidarlo. El levantamiento que culminó en la constitución del CIO* fue una semi-revolución. Podría haber ido mucho más lejos si hubiera existido un liderazgo adecuado. Los trabajadores — que necesitan una “élite” que los dirija, pero que no los sustituya — han marcado el tiempo e incluso han perdido algo de terreno desde entonces; pero no han sido derrotados en un conflicto abierto. [* El Congreso de Organizaciones Industriales, CIO por sus siglas en inglés, fue una federación de sindicatos que organizó a trabajadores en sindicatos industriales en Estados Unidos y Canadá desde 1935 hasta 1955.]

En mi opinión, sería imprudente y “no científico” asumir, antes del enfrentamiento final, que serán derrotados. Pero si alguien supone que eso es lo que va a ocurrir, no deberían eludir el reconocer la aterradora alternativa que propusieron primero Trotski y luego Orwell, y deberían dejar de hablar de una futura y bondadosa sociedad de los libres y los iguales. Bajo un régimen así sería ilegal incluso pensar en tales cosas.

Fraternalmente,
 James P. Cannon


NOTAS

[1] Fuente: Boletín en Defensa del Marxismo, octubre-noviembre. 1992. Esta carta de 1961 a George Novack fue encontrada entre los papeles del difunto George Weissman. La “M.” a la que se refiere es el conocido sociólogo radical C. Wright Mills (1916-1962). Mills fue autor de numerosas obras, entre ellas La élite del poder (1956) y Los marxistas (1962). El libro que aquí se discute es su controvertido bestseller, Escucha, Yanqui: La revolución Cubana (1960). Publicado en Construyendo el Partido Revolucionario, ©Libros de la Resistencia 1997 Publicado por Resistance Books, 23 Abercrombie St, Chippendale, NSW, 2008, Australia. Permiso para publicación en línea otorgado por Libros de la Resistencia para su uso por el Archivo de Internet James P. Cannon en 2005.
Transcripción\Marcado de hipertexto HTML: Andrew Pollack.

[2] James P. Cannon se unió a los Industrial Workers of the World (IWW – apodados los Wobblies) en 1911. Colaboró estrechamente con “Big Bill” Haywood, un líder destacado de la IWW, y fue organizador de la IWW en todo el Medio Oeste desde 1912 hasta 1914. Cannon habló de su análisis del papel que jugó la IWW en la historia laboral de Estados Unidos en la edición de verano de 1955 de la revista Cuarta Internacional. Como muchos trabajadores militantes de aquella época, Cannon se inspiró más tarde en la revolución rusa de 1917 y se convirtió en uno de los líderes fundadores del Partido Comunista de Estados Unidos y miembro del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista en 1922. Tras su expulsión en 1928 del Partido Comunista de Estados Unidos, que se había vuelto pro-estalinista, cofundó y ayudó a liderar la Liga Comunista de América, predecesora del Partido Socialista de los Trabajadores (SWP). En 1938 fue elegido secretario nacional del recién fundado SWP y desempeñó ese cargo hasta 1953 y fue presidente nacional del partido hasta su muerte en 1974.

[3] Eric Arthur Blair (1903 – 1950) fue un novelista, poeta, ensayista, periodista y crítico inglés que escribió bajo el seudónimo de George Orwell. Su obra se caracteriza por una prosa clara, una crítica social, y la oposición a cualquier forma de totalitarismo. Sus libros más conocidos incluyen Homenaje a Cataluña (publicado en 1938), un relato de sus experiencias como soldado del bando republicano durante la guerra civil española; su novela alegórica Rebelión en la granja (publicado en 1945); y su novela distópica 1984 (publicada en 1949). Uno de los clásicos más celebrados del siglo XX,1984 constituye una advertencia sobre un ser humano atrapado bajo la mirada vigilante de un estado autoritario. La obra de Orwell sigue siendo influyente en la cultura popular y política. El adjetivo “orwelliano” — que describe prácticas sociales totalitarias — ahora forma parte del idioma inglés.


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