Respuesta a la declaración del Partido por el Socialismo y la Liberación de que ‘la revolución bolivariana sigue en pie’
(Esta es la segunda de dos partes que refutan los argumentos presentados en el artículo de Manolo De Los Santos La revolución en Venezuela sigue en pie: desmontando la operación psicológica de Trump. La primera puede encontrarse aquí.)
Por Pete Seidman y Yvonne Hayes
Con Maduro fuera de escena, el gobierno de Delcy Rodríguez se apresuró a atender las demandas de Washington. “Consideramos prioritario avanzar hacia una relación equilibrada y respetuosa entre Estados Unidos y Venezuela”, escribió Rodríguez apenas dos días después del atentado contra la capital. Pidió negociaciones “en términos de soberanía e igualdad”.
Por supuesto, para negociaciones de este tipo no existe un tablero de juego igualitario. Esto era cierto antes del 3 de enero, cuando el gobierno de Estados Unidos le impuso a Venezuela sanciones brutales y desplegó su armada en alta mar. Y más aún hoy, cuando la espada de Damocles de una posible intervención militar pesa sobre cada encuentro entre funcionarios estadounidenses y venezolanos.
Durante una audiencia el 28 de enero ante el comité de relaciones exteriores del Senado de Estados Unidos, Rubio afirmó que la administración Trump ha establecido una “línea de comunicación muy respetuosa y productiva” con el gobierno de Rodríguez. Como resultado, dijo, la administración Trump no “pretende ni espera” usar la fuerza militar contra Venezuela.
Sin embargo, en una declaración escrita al comité, el secretario de Estado de Estados Unidos advirtió que Washington está “dispuesto a usar la fuerza para garantizar la máxima cooperación… si otros métodos fallan”. Y señaló: “Rodríguez es muy consciente de lo que le sucedió a Maduro; creemos que su interés propio está alineado con el avance de nuestros objetivos clave”.
ANÁLISIS DE NOTICIAS
De Los Santos señaló que las negociaciones con el gobierno de Estados Unidos son una continuación del enfoque de Maduro en los meses previos a su secuestro. “El propio Maduro pidió constantemente la diplomacia y la negociación para evitar una guerra total, y ya había ofrecido negociar acuerdos económicos globales con Estados Unidos para los recursos petrolíferos y minerales de Venezuela”, escribió De Los Santos. “Si el Estado venezolano firmara tales acuerdos en el futuro – ahora con Maduro secuestrado – no constituiría una traición”.
Esos acuerdos ya se están firmando. Son efectivamente una continuación de la política bajo Maduro, lo que revela el grado de capitulación al imperialismo de Estados Unidos entonces y ahora.
La apertura de la industria petrolera a la inversión extranjera privada
El 6 de enero Trump anunció un acuerdo de más de 2 mil millones de dólares para desviar crudo venezolano a Estados Unidos. Gran parte de ese petróleo ya estaba cargado en petroleros frente a la costa venezolana, incapaces de romper el bloqueo naval de Estados Unidos.
En su discurso sobre el estado de la unión del 15 de enero, Rodríguez defendió abrir las reservas petroleras estatales de Venezuela a una mayor inversión extranjera. Prometió que el aumentar la producción de petróleo mediante adquisiciones extranjeras generaría un flujo de efectivo hacia el sistema sanitario y la infraestructura del país, gran parte de la cual se ha deteriorado gravemente desde que se construyó bajo Chávez.
En respuesta a una solicitud de Trump, Rodríguez también concedió amnistía a 379 personas encarceladas por el régimen de Maduro, y ha aceptado recibir un mayor número de vuelos de deportación de Estados Unidos a Venezuela. Entre 600 y 900 presos, según organizaciones venezolanas de derechos humanos, siguen tras las rejas. Una promesa de Rodríguez de establecer una amnistía general para los presos políticos no indicó quién sería liberado ni cuándo.
Un día antes del discurso de Rodríguez el 15 de enero, Trump hizo pública la venta de 500 millones de dólares de petróleo venezolano a la empresa Vitol, con sede en Ginebra, que también tiene una sede en Houston, Texas. John Addison, un comerciante de acciones de Vitol quien donó 6 millones de dólares a la campaña presidencial de Trump en 2024, participó en la negociación del acuerdo.
Estados Unidos toma control de las ventas de crudo venezolano
La Casa Blanca dijo que los ingresos de esta primera venta se dividirían entre Venezuela, empresas estadounidenses y el gobierno de Estados Unidos, a discreción de Washington. Trump dijo que los beneficios destinados a Venezuela solo se usarían para comprar productos “fabricados en América” — o más correctamente, “fabricados en Estados Unidos”.
Las casas comerciales Vitol y Trafigura — ambas previamente implicadas en esquemas de soborno y manipulación de precios — inicialmente depositaban el dinero para ese petróleo en un banco catarí. Pero el 12 de febrero, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, le dijo a NBC News que el Tesoro de Estados Unidos ha abierto ahora una cuenta para recibir directamente los ingresos de esas ventas.
Cuatro bancos privados en Venezuela ya han recibido una parte de los 300 millones de dólares de los ingresos de la primera venta; la parte de los fondos para Venezuela procedentes de futuras ventas se repartirá en función de presupuestos mensuales aprobados por Washington, informó Rubio al Congreso el 28 de enero.
Todo esto y la falta de supervisión bajo los nuevos acuerdos de licencia destacan la preocupación de que el acuerdo sea vulnerable a abusos. Qué porción de los fondos llegarán a las arcas estatales de Venezuela, y de esos fondos qué proporción se va a destinar al sistema sanitario o a la infraestructura del país está por verse.
En otra clara indicación de quién dirige el proyecto, Bloomberg informó el 10 de febrero que los petroleros ya han sido desviados de Venezuela no solo hacia Estados Unidos, sino también hacia India, Europa e Israel. Si eso es cierto, sería el primer envío de petróleo venezolano a Israel en años, aunque Bloomberg señaló que Israel no revela sus proveedores de crudo, y que los petroleros a menudo se desconectan de los sistemas de seguimiento digital al acercarse a sus puertos.
El venezolano Miguel Pérez Pirela, portavoz veterano del gobierno, calificó el informe de mentira. Pero como expresó Trump en una declaración más certera durante una entrevista con el New York Post el 23 de enero, “Ellos no tienen petróleo. Nosotros nos llevamos el petróleo”.
En línea con las propuestas que hizo Rodríguez en su estado de la unión, los legisladores venezolanos aprobaron el 29 de enero un proyecto de ley que otorga a las empresas privadas autonomía para operar bajo nuevos contratos petroleros o en empresas conjuntas, incluso si son los accionistas minoritarios. Esto les permite realizar transferencias de activos y subcontratar a proveedores externos. La nueva ley también formaliza un modelo del reparto de la producción petrolífera que fue negociado en secreto por Maduro con empresas de energía poco conocidas. Políticos y expertos han advertido que existe el potencial de corrupción debido a la laxa regulación de estos acuerdos.
El proyecto de ley también reduce el impuesto a los ingresos generados por estos proyectos de energía, reemplazándolo con un “impuesto a los hidrocarburos” que hasta ahora no ha sido regulado. Aunque esto podría atraer a inversores, exfuncionarios venezolanos afirman que la legislación es inconstitucional.
‘Dudar es traicionar’
“Sigue existiendo una fuerte base de apoyo al chavismo y a la Revolución Bolivariana”, afirmó De Los Santos, añadiendo que el Estado “bolivariano” de Venezuela permanece intacto, con la dirección del gobierno y el PSUV, así como las fuerzas armadas, en posición de “estabilizar las instituciones [y] recuperar el espacio público convocando a las masas a movilizarse”.
Es cierto que miles de venezolanos salieron a las calles de Caracas en protesta contra el secuestro de su presidente. Sin embargo, para evitar que este fervor patriótico enfocado en Maduro y Flores se desbordara y fomentara oposición a la trayectoria de la nueva administración y a sus concesiones al imperialismo estadounidense, el Ministro del Interior Diosdado Cabello emitió un ominoso mensaje.
Cabello fue incorporado al círculo íntimo de Maduro tras el destacado papel que jugó en la brutal represión de las protestas obreras tras las elecciones de 2024. En una manifestación el 6 de enero en Caracas llevaba puesta una gorra azul con el lema orwelliano “Dudar es traicionar”.
¿’Momento Brest-Litovsk’?
Para darle un barniz de izquierda a su argumento de que las concesiones que el actual gobierno venezolano le está dando a Washington constituyen un necesario repliegue en el camino a la “construcción del socialismo”, De Los Santos trazó un paralelismo con las concesiones que el nuevo gobierno revolucionario ruso, liderado por los bolcheviques, hizo en 1918 cuando firmó un tratado de paz en Brest-Litovsk, en lo que hoy es Bielorrusia.
En 1917, mientras la Primera Guerra Mundial azotaba a sus países vecinos, los trabajadores y campesinos de Rusia llevaron a cabo una poderosa revolución, derrocando al régimen zarista que los sometía y eliminando las relaciones de clase semi-feudales. Exhaustos tras años de guerra, se enfrentaban a la monumental tarea de construir la nueva república soviética bajo la amenaza de ser atacados por muchos ejércitos imperialistas tanto en su frontera occidental como la oriental.
Atrapados en esa mordaza, con sus tropas fatigadas y desmoralizadas, el liderazgo bolchevique decidió ceder una gran cantidad de territorio y recursos en un acuerdo de paz entre su incipiente república y las Potencias Centrales de Alemania, Austria-Hungría, el Imperio Otomano y Bulgaria. Ese tratado de hecho sacó a la Rusia soviética de la Primera Guerra Mundial.
“Venezuela se enfrenta a un ‘momento Brest-Litovsk’ similar”, argumentó De Los Santos. “Aislado por los gobiernos regionales de derecha y enfrentado a un bloqueo casi total, el núcleo revolucionario está dando prioridad a la supervivencia del Estado como base de retaguardia para la lucha futura”.
Aunque a primera vista la Venezuela de 2026 pueda parecer similar a la Rusia de 1918, existen diferencias claves entre ambas que demuestran que De Los Santos estiró el paralelismo histórico que citó hasta el punto de ruptura.
En primer lugar, el liderazgo bolchevique expuso la dura verdad sobre la decisión de poner fin a la participación de Rusia en la Primera Guerra Mundial a cambio de ceder territorio, calificando el tratado de “oneroso y humillante”. No intentaron disfrazarlo como una “relación equilibrada y respetuosa”, como hizo Delcy Rodríguez.
Los líderes bolcheviques explicaron y educaron, a diferencia de Rodríguez, que ocultó la verdad y engañó y confundió a la clase trabajadora.
El tratado de Brest-Litovsk fue muy debatido y finalmente ratificado por el Partido Comunista Ruso en su séptimo congreso en marzo de 1918. En contraste, los líderes del gobierno venezolano no han abierto ningún debate público sobre estos asuntos desde el 3 de enero ni después de la aprobación de la ley del 29 de enero que cede el control de sus recursos a Washington.
La resolución [enlace al texto en inglés] del 7º congreso del Partido Comunista Ruso explicaba: “Dado que no tenemos ejército, ya que nuestras tropas en el frente están en un estado crítico de desmoralización, y dado que debemos aprovechar toda posibilidad, por pequeña que sea, de un respiro antes de que comience el ataque imperialista contra la República Socialista Soviética, el Congreso reconoce la necesidad de ratificar el tratado de paz tan oneroso y humillante que el gobierno soviético firmó con Alemania”.
En Brest-Litovsk, los bolcheviques cedieron aproximadamente un millón de millas cuadradas de territorio — incluyendo tierras que contenían alrededor del 90% de las cuencas carboníferas de Rusia, el 50% de su industria, el 64% de sus minas de hierro y el granero de Ucrania. Sin embargo, entender lo que no concedieron es fundamental para ver la diferencia entre lo que enfrentó la Revolución Rusa en 1918 y lo que enfrenta Venezuela hoy.
La república soviética aprovechó el respiro que le brindó el tratado de Brest-Litovsk para construir el Ejército Rojo, preparándose al mismo tiempo para defender la conquista del poder obrero y campesino movilizando a la población y activando un movimiento internacional de solidaridad en su defensa.
Los bolcheviques defendieron la conquista del poder estatal por parte de los obreros y campesinos — que tuvo lugar a través de una revolución social que sacudió al mundo entero — y no retrocedieron ante el posterior esfuerzo por erradicar los vestigios del feudalismo y el dominio zarista. No se desviaron de su meta de afianzar firmemente el dominio de los obreros y campesinos. Gracias a las concesiones que hicieron en Brest-Litovsk pudieron proseguir con la incesante educación y movilización de las masas trabajadoras en todas las federaciones soviéticas — y en el mundo — para defender su trayectoria revolucionaria.
Las relaciones de clase en Rusia tras la revolución socialista de 1917 contrastan marcadamente con las de Venezuela hoy en día. Aunque Chávez, Maduro y ahora Rodríguez (además De Los Santos, con más vigor todavía que Rodríguez) proclaman que el “socialismo del siglo XXI” estaba y sigue vivo y coleando en Venezuela, el país nunca ha derrocado el capitalismo.
A diferencia de la Revolución Rusa de 1917, el PSUV no condujo al pueblo trabajador del país — ni bajo Chávez ni bajo Maduro — a tomar el poder político y a usarlo, en su propio interés, para abolir las relaciones sociales capitalistas y abrir el camino al socialismo. Chávez tomó medidas que prepararon el terreno para avanzar en esa dirección, pero bajo Maduro todas fueron en gran medida revocadas, lo que consolidó el dominio capitalista.
El ejemplo de Cuba
Durante los últimos 25 años, Venezuela adoptó ciertas reformas para mejorar la vida de los trabajadores ampliando el control estatal sobre algunas industrias. Al mismo tiempo, su gobierno buscó aplacar a la clase capitalista, dejando el poder económico firmemente en manos de las familias más ricas del país. Para poder gestionar las inevitables contradicciones, el gobierno concentró cada vez más el poder político en el jefe de Estado.
Esto no es socialismo — ni del siglo XXI ni de ningún otro tipo. Tiene, como explicóPanorama-Mundial en septiembre de 2024, “las características de un régimen bonapartista, aunque en este caso con un barniz de izquierda. Son lo opuesto a fortalecer el poder político de los obreros y campesinos”.
La experiencia en Venezuela contrasta con la de Cuba, su aliado y vecino cercano que emprendió su propia trayectoria revolucionaria en 1959.
Poco después de que las fuerzas rebeldes lideradas por Fidel Castro[1] marcharan hacia La Habana tras derrocar la odiada dictadura de Fulgencio Batista respaldada por Estados Unidos, el gobierno revolucionario de Cuba actuó rápidamente para nacionalizar los principales medios de producción.
Así como Washington le dijo recientemente a Venezuela que no podía enviar su petróleo a Cuba, a principios de los años 60, Washington le dijo a Cuba que no podía comprarle petróleo a Rusia. En respuesta Cuba no negoció, ¡nacionalizó la refinería Shell y otras instalaciones petrolíferas! Luego, cuando Washington tomó represalias y canceló su cuota de azúcar, Cuba organizó la nacionalización de la enorme industria azucarera del país. También llevó a cabo una profunda reforma agraria y desmanteló el Estado capitalista, desde su ejército hasta todas sus instituciones burguesas. Los revolucionarios cubanos ocuparon puestos clave en el gobierno, la banca y la industria, forzando la salida de los capitalistas que no se marcharon voluntariamente, y movilizando a la población para defender los logros de su revolución.
El Goliat al norte, enfurecido porque Cuba se liberó de su control, dio un paso tras otro para bloquear el progreso del pueblo cubano. Pero cada vez que Washington golpeaba, el pueblo cubano se defendía con éxito.
La dirección de la Revolución Cubana movilizó a las masas, hablando abiertamente sobre el peligro inminente y preparando al pueblo para la invasión militar que sabían que se avecinaba — a diferencia del curso secreto y colaboracionista del régimen de Maduro.
Cuando — apenas 15 meses después de la victoria revolucionaria — Washington lanzó la invasión de Playa Girón en abril de 1961, las fuerzas contrarrevolucionarias estadounidenses y cubanas se encontraron con la feroz resistencia de todo un pueblo. Tuvieron que salir con la cola entre las patas en cuestión de 72 horas.[2]
‘Un proceso aún no es una revolución’
No existe un “camino fácil hacia la revolución”, dijo Fidel Castro a los estudiantes chilenos durante una visita de Estado en 1971. Describió lo que vio desarrollarse en Chile bajo el entonces presidente Salvador Allende, un socialdemócrata, como un “proceso revolucionario”. Pero añadió que “un proceso aún no es una revolución”. Castro le recordó a su audiencia que “es un axioma político que no puede haber revolución sin la destrucción total del viejo estado burgués”.
La idea del “socialismo en el siglo XXI” no es un programa revolucionario, como no es una idea nueva. Es un eufemismo para mantener las relaciones económicas capitalistas mientras se intenta lograr algunas reformas sociales. Son ideas socialdemócratas recalentadas que se han intentado repetidamente durante más de un siglo y han fracasado en conducir al socialismo.
Chile fue un ejemplo trágico de esta realidad. El gobierno de Allende fue derrocado en 1973. Allende — un valiente socialdemócrata, el polo opuesto de Maduro, pero con similitudes con Chávez — murió heroicamente mientras intentaba defender a su gobierno, democráticamente elegido, contra un golpe militar derechista en gran parte instigado y respaldado por Washington.
La causa de los trabajadores y campesinos chilenos, y de los trabajadores de todo el mundo, sufrió un grave revés precisamente porque el gobierno de Unidad Popular de Allende instituyó reformas sociales importantes pero evitó vulnerar las instituciones burguesas o armar al pueblo chileno para defender sus logros.
La situación en Chile a principios de los años 70 se parecía en cierta medida a lo que ocurrió en Venezuela bajo Chávez en los primeros siete años del mandato de ese líder venezolano. Pero no se parece en nada a lo que ocurrió en Venezuela bajo Maduro en la década previa a su secuestro.
Debemos condenar la brutal violación de la soberanía de Venezuela por parte de Washington y la campaña de difamación estadounidense contra Maduro y su gobierno. Pero no deberíamos disculpar ni ofrecer apoyo político a un régimen capitalista que ha utilizado repetidamente la fuerza y la violencia para sofocar el descontento de los trabajadores mientras afirma falsamente representar sus intereses.
Llamar “revolucionario” al proceso en Venezuela y citarlo como el camino hacia un nuevo tipo de socialismo siembra confusión y desmoralización. Decirles a los trabajadores y campesinos venezolanos, como hace De Los Santos, que la traición a sus esperanzas de futuro se hace en nombre del socialismo descarrila cualquier impulso de resistencia que pueda quedar.
Al socialismo ya se le ha imputado mala fama, ante todo debido a Iósif Stalin y la degeneración del Estado soviético bajo su gobierno que llevó hacia un sistema en muchos aspectos peor que el capitalismo.[3] Los portavoces de la clase capitalista, en los medios y en el gobierno, trabajan incansablemente para promover en la clase trabajadora el profundo prejuicio contra el socialismo que generó el estalinismo. No necesitamos los argumentos de De Los Santos para reforzar esta parodia.
La movilización del poder de los trabajadores
En contradicción a la evaluación apocalíptica de De Los Santos sobre lo invencible que es el ejército estadounidense, el poder de las masas puede movilizarse para enfrentar hasta la más letal fuerza “tecnológica”. Pero para desencadenar ese poder, hay que forjar una dirección revolucionaria que no oculte las lecciones de la historia ni adorne con un moño los desaciertos, fracasos y errores sangrientos del pasado.
Una clase trabajadora consciente, comprometida con la lucha por el poder, que conozca los escollos de siempre y movilizada en acción, puede defenderse incluso contra los láseres, los drones, los robots y la tecnología de la maquinaria de guerra del imperialismo y también de las manos que los controlan.
La prueba de ello son los cubanos, que durante casi 70 años se han resistido al sabotaje y a la invasión, al estrangulamiento económico y a las interminables campañas de desinformación, espionaje y asesinatos, y todo a solo 90 millas del mismo poder que De Los Santos describe como invencible.
Cuba es testimonio de lo que obreros y campesinos, movilizados con el poder del Estado a su servicio, pueden lograr. Incluso hoy, mientras se preparan para luchar hasta con las manos contra el Goliat del norte, no han cedido ni un centímetro en su compromiso con las conquistas de su revolución y sus ideales socialistas.
Cuba representa la “brújula moral y política” para los trabajadores del mundo, como dijo el líder cubano Ernesto Limia Díaz en una entrevista reciente. Apunta en una dirección completamente opuesta a la de Maduro y su sucesora en Caracas, quienes le cedieron el patrimonio venezolano a Washington en acuerdos sórdidos.
Mientras los truhanes en Washington, embriagados de poder, lanzan más amenazas y apuntan sus armas contra Cuba, Irán y otros lugares, es necesario forjar la mayor unidad posible en acción contra sus crímenes.
Al mismo tiempo, quienes defienden de corazón los intereses de la clase trabajadora y sus aliados tienen el deber de contar la verdad sobre lo que ha ocurrido en Venezuela sin adornos, para ayudar a evitar que más reveses de este tipo se repitan innecesariamente.
Esa meta se ve minada por las afirmaciones de De Los Santos y del PSL.
(Esta fue la segunda de dos partes. La primera puede encontrarse aquí.)
Aunque este es un artículo firmado, refleja las opiniones de todos los editores de Panorama-Mundial.
NOTAS
[1] Fidel Castro fue el líder central de la revolución cubana. Fue presidente de Cuba desde 1976 hasta su jubilación en 2008. Falleció en 2016.
[2] Playa Girón (en inglés llamada Bahía de Cochinos) fue donde las fuerzas contrarrevolucionarias — organizadas y respaldadas por el gobierno estadounidense durante la presidencia de John F. Kennedy, demócrata e icono liberal — desembarcaron en un intento fallido de derrocar la Revolución Cubana en abril de 1961. La población se movilizó y repelió el ataque en solo tres días.
[3] En 1917, la clase trabajadora y el campesinado de Rusia llevaron a cabo una de las revoluciones más profundas de la historia mundial. En cuestión de meses, la revolución efectuó un salto sin precedentes, y el país pasó de ser una monarquía semi-feudal a una república gobernada por trabajadores de la ciudad y el campo. Esto abrió la posibilidad de realizar una transformación socialista de la sociedad, tanto en el antiguo imperio zarista como en el resto del mundo. Pero la nueva república obrera y campesina permaneció aislada internacionalmente cuando se perdieron las oportunidades de extender la revolución en Alemania y en otros países capitalistas avanzados de Europa. Bajo la implacable presión y la hostilidad de las potencias capitalistas, tomó menos de 10 años para que la reacción comenzara a imponerse. Una casta burocrática privilegiada liderada por Joseph Stalin aplastó violentamente toda oposición a sus políticas en el Partido Bolchevique, que había liderado la revolución, y expulsó a los trabajadores y campesinos del poder político.
El estalinismo sustituyó al internacionalismo, un elemento fundamental del marxismo, con la idea del “socialismo en un solo país”. Recurrió a la brutalidad y al asesinato directo contra quienes defendían el marxismo en todo el mundo. Transformó a los partidos de la Internacional Comunista en apéndices sumisos del régimen de Stalin en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). El estalinismo, en nombre del comunismo y del marxismo, a lo largo de las décadas se convirtió en la expresión acumulada de la corrupción del comunismo y del marxismo.
En su libro La revolución traicionada, el líder bolchevique León Trotski, exiliado por el régimen de Stalin y finalmente asesinado por sus agentes, ofrece la explicación más clara y detallada de cómo y por qué esta capa social burocrática pudo tomar y mantener el poder político en la URSS.
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