Nota de la redacción: Dos días después de la publicación de este editorial en inglés el 13 de octubre de 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció que la ejecución no se transmitiría en vivo. Este paso atrás se produjo tras una avalancha de críticas y de disgusto por parte de una amplia variedad de personas y organizaciones. La ejecución de Nidal Hasan por fusilamiento sigue en pie, pero solo podrán asistir en persona los familiares de las víctimas del tiroteo de 2009.
El anuncio del secretario de Guerra de Estados Unidos de que el Pentágono transmitirá en directo la ejecución de Nidal Malik Hasan es una repulsiva muestra de la depravación y la decadencia moral de la democracia capitalista en Estados Unidos. También es una señal más del peligro del fascismo incipiente en este país.
La ejecución por fusilamiento de Hasan, un comandante del ejército estadounidense, tendrá lugar el 3 de diciembre en el mismo lugar donde les arrebató la vida a 13 soldados en Fort Hood, Texas. Otros 32 resultaron heridos en ese tiroteo del 5 de noviembre de 2009, el cual, según Hasan, fue una represalia por lo que él consideraba las inmorales guerras de Estados Unidos en Afganistán e Irak.
Quienes enfilarán sus armas contra este hombre, ahora en silla de ruedas, serán soldados que forman parte de la comunidad que perdió a esas personas. El método de ejecución, el hecho de poner los instrumentos de muerte en manos de quienes están más cerca de la tragedia y el plan de convertir esta ejecución en un espectáculo público no son nada menos que un linchamiento — un linchamiento que se difundirá en los hogares de millones de personas en todo Estados Unidos y el mundo entero.
EDITORIAL
En Estados Unidos no se han llevado a cabo ejecuciones públicas bajo el disfraz del debido proceso en casi un siglo. De hecho, solo un puñado de países — entre ellos Afganistán, Irán, Kuwait, Corea del Norte, Arabia Saudí y Somalia — mantienen actualmente esta práctica.
El grabar y transmitir en directo una ejecución es más habitual entre grupos terroristas como el Estado Islámico, que se hizo tristemente famoso por sus vídeos de espantosas decapitaciones de prisioneros que fueron privados de un proceso justo o que nunca fueron condenados por delito alguno.
Aunque la mayoría de la población estadounidense apoya el uso de la pena de muerte en casos extremos, ha habido una reacción negativa incluso entre algunos de esos partidarios de la pena capital ante la idea de convertir este acto cruel en un espectáculo.
El frío desprecio por la vida humana que aquí se pone de manifiesto es una barbarie de la misma índole que la que se exhibió ante las Naciones Unidas el 22 de septiembre de 2026, cuando el presidente Donald Trump, les “dio la bienvenida” a Nueva York a representantes de naciones de todo el mundo pidiendo la aniquilación de Irán. Es la misma brutalidad sanguinaria que caracteriza los bombardeos de Washington contra el pueblo iraní, su apoyo a la guerra genocida del Gobierno israelí contra el pueblo palestino y el intento de someter por hambre al pueblo cubano.
Como señaló Panorama-Mundial en su editorial sobre el discurso de Trump ante la ONU, todos estos son indicios del acelerado declive de Washington desde su antigua posición como primera potencia económica y militar sin rival en el mundo. También son indicios de lo que los trabajadores podemos esperar aquí, en nuestro propio país, mientras nos organizamos para defender nuestros medios de vida en medio de unas condiciones cada vez peores, propiciadas por este declive del sistema capitalista de “sálvese quien pueda” en su última y más elevada etapa: el imperialismo.[1] Cada vez queda más claro hasta dónde están dispuestos a llegar Trump, su secretario de Guerra Pete Hegseth, y compañía para conservar su poder y normalizar el autoritarismo.
Esta vez, el foco de atención es un hombre musulmán que ha admitido haber cometido un asesinato en masa premeditado. Quizá eso haga que a algunos les resulte más fácil soportar la transmisión en directo de su ejecución. Tal vez ese sea precisamente el objetivo: parte del esfuerzo del Gobierno de acostumbrarnos a una brutalidad cada vez mayor, a castigos crueles e inusuales, a más matones federales enmascarados en las calles, a la persecución y el enjuiciamiento de quienes se oponen a las políticas de Estados Unidos, al desmantelamiento de los derechos democráticos y al uso de la fuerza armada contra los trabajadores y otras personas que se organizan para resistir el nuevo orden mundial de los patrones.
Este es el guion que los multimillonarios que gobiernan Estados Unidos han perfeccionado en todo el mundo, pisoteando sistemáticamente el “Estado de derecho” y la soberanía de esas naciones y subvirtiendo elecciones mediante la coacción, las sanciones, las operaciones encubiertas y los ataques militares. Y luego justifican sus acciones tachando a sus enemigos de terroristas y de carecer de moralidad.
¿La moralidad de quién?
El plan para la ejecución pública de Hasan forma parte del mismo espectáculo grotesco que quedó expuesto tras el intento fallido de la ejecución de Christa Pike en Tennessee el 30 de septiembre. Y habrá más casos como este.
Desde el principio, la Administración Trump ha estado presionando a los estados para que aceleren el ritmo de la pena capital. En 2025 se llevaron a cabo más ejecuciones en los estados de Estados Unidos que en cualquier otro año desde 2009. Inmediatamente después de la ejecución fallida en Tennessee, este último anuncio del Pentágono ha suscitado una oleada de protestas sobre la moralidad de la pena de muerte.
A nadie debería sorprenderle que el plan para el resurgimiento de las ejecuciones públicas lo anunciara un hombre que está muy involucrado en la “moral cristiana”. Hegseth, quien dio la noticia durante una entrevista con el podcaster de extrema derecha Jack Posobiec, llevaba tiempo esperando este momento.
La moral de Trump y Hegseth, y la de la clase a la que representan, no existe en un plano etéreo de verdades eternas, compartidas tanto por los gobernantes como por los gobernados. Es una moral que sirve para mantener en pie el sistema de ganancias. A medida que el capitalismo declina, la narrativa moral que ha desplegado para justificar su dominio comienza a deshilacharse. Cuando se desvanece el velo de la democracia, el carácter sanguinario del capitalismo comienza a aflorar a la vista de todos.
“En lo que al Estado se refiere, en tiempos de paz éste se limita a los asesinatos legalizados de individuos para que, en tiempos de guerra, pueda transformar el mandamiento ‘obligatorio’ de ‘No matarás’ en lo opuesto”, explicaba el líder revolucionario ruso León Trotsky en su ensayo de 1938 Su moral y la nuestra. “Los gobiernos más ‘humanitarios’, que en tiempos de paz ‘detestan’ la guerra, proclaman durante la guerra que el deber supremo de sus ejércitos es el exterminio del mayor número posible de personas”.
Trotsky continuó: “La moral es una función de la lucha de clases; […] la moral democrática corresponde a la época del capitalismo liberal y progresista; […] el agudizamiento de la lucha de clases al atravesar su última fase destruyó definitiva e irrevocablemente esta moral; […] en su lugar surgió, por un lado, la moral del fascismo y, por otro, la moral de la revolución proletaria”.
El ensayo de Trotsky se escribió en lo más profundo de una de las anteriores crisis del capitalismo, con el fascismo en auge y la humanidad precipitándose hacia la Segunda Guerra Mundial. Su explicación del carácter de clase de la moralidad puede ayudarnos a comprender mejor lo que vemos desplegarse ante nuestros ojos hoy en día.
A medida que el imperialismo estadounidense entra en declive, la moral del “sentido común” que la mayoría de nosotros hemos dado por sentada se pone a prueba. La moral de la clase capitalista, que antes nos había concedido algunas libertades y derechos democráticos, ahora justifica cada vez más el derramamiento de sangre y la crueldad en nombre de su causa: el mantenimiento a toda costa del dominio capitalista, del sistema basado en maximizar las ganancias de unos pocos codiciosos a costa de la gran mayoría.
Tras indicar inicialmente que estaba a favor de la transmisión en vivo de la ejecución de Hasan, Trump afirmó después que estaba sopesando la decisión. Sea cual sea la decisión final en este caso, no es más que un atisbo de lo que la clase dominante tiene reservado para los trabajadores que se atrevan a plantarle cara a su brutalidad. Washington está lanzando una advertencia de hasta dónde está dispuesto a llegar en su salvajismo al tomar represalias contra quienes considera sus enemigos, tanto extranjeros como nacionales.
El movimiento obrero debe oponerse enérgicamente a esta depravación. No solo porque este caso implique el asesinato de otro ser humano o por cómo la ejecución de Hasan pudiera convertirse en un circo mediático.
Debemos expresar nuestra indignación porque el Gobierno de Estados Unidos está desplegando su poder — en nuestro nombre — para llevar a la humanidad en la dirección opuesta a la que debemos seguir. Al tratar de proteger los intereses de los superricos, nos está empujando hacia la barbarie y alejándonos de la posibilidad de construir una sociedad basada en la igualdad social y la solidaridad humana.
NOTAS
[1] El imperialismo es la etapa monopolista del capitalismo. Se impuso a principios del siglo XX. El líder bolchevique V. I. Lenin dio a este sistema económico la definición más acertada en su famosa obra, El imperialismo: Fase superior del capitalismo, escrita en 1916. Según Lenin, el imperialismo se caracteriza por cinco rasgos básicos: “(1) la concentración de la producción y del capital ha alcanzado un nivel tan elevado que ha creado monopolios que desempeñan un papel decisivo en la vida económica; (2) la fusión del capital bancario con el capital industrial y la creación, sobre la base de este “capital financiero”, de una oligarquía financiera; (3) la exportación de capital, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia excepcional; (4) la formación de asociaciones capitalistas monopolistas a nivel internacional que se reparten el mundo entre sí, y (5) la división territorial del mundo entero entre las mayores potencias capitalistas”.
En el segundo congreso de la Internacional Comunista, celebrado en julio de 1920, un informe sobre la labor de la Comisión sobre Cuestiones Nacionales y Coloniales resumió así el desarrollo posterior del imperialismo: “La característica del imperialismo consiste en que el mundo entero, tal y como lo vemos ahora, está dividido en un gran número de naciones oprimidas y un número insignificante de naciones opresoras, estas últimas poseedoras de una riqueza colosal y de poderosas fuerzas armadas. La inmensa mayoría de la población mundial… pertenece a las naciones oprimidas… Esta idea de distinción, de la división de las naciones en opresoras y oprimidas, es el tema central de la tesis”.
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Categorías:Editorial, Política en Estados Unidos