Hace poco que se cumplió el tercer aniversario del ataque contra Israel liderado por Hamás, pero la ofensiva genocida contra los palestinos que Israel lanzó en respuesta sigue en marcha. En este contexto, el ensayo que sigue analiza las perspectivas de la lucha por la liberación nacional palestina, que lleva décadas.
El autor, Gilbert Achcar, creció en el Líbano y ha vivido y dado clases en París, Berlín y Londres. Actualmente es profesor emérito de la SOAS, Universidad de Londres — la universidad de referencia mundial especializada en el estudio de África, Asia y el Medio Oriente.
El ensayo de Achcar se publicó por primera vez el 4 de octubre de 2026 en New Politics, que se describe a sí misma como “un foro socialista independiente para el diálogo y el debate en la izquierda”.
“Cuanto más nos alejamos de lo que le ha sucedido al pueblo palestino desde la operación liderada por Hamás el 7 de octubre de 2023, más clara queda la magnitud del desastre desencadenado por lo que he descrito como “el error de cálculo más catastrófico de la historia de la lucha anticolonial”“, afirma Achcar al comienzo de su artículo.
“En consecuencia, el pueblo palestino está hoy más lejos de la autodeterminación que en cualquier otro momento desde el levantamiento popular desarmado, conocido como la Primera Intifada, que comenzó en diciembre de 1987 en los territorios ocupados por Israel en la guerra de junio de 1967, es decir, Cisjordania y Gaza”, añadió Achcar.
“¿En qué podría consistir, entonces, una perspectiva racional y eficaz para la liberación palestina?”, preguntó Achcar. “Dadas las realidades sobre el terreno, debería implicar necesariamente una estrategia de lucha popular destinada a dividir la sociedad israelí y a cambiar la política israelí. A pesar de la creciente hegemonía de la extrema derecha, el régimen político de Israel sigue basándose en la representación electoral proporcional de sus ciudadanos, una quinta parte de los cuales son ciudadanos palestinos de Israel (PCI). Esto significa que, si fuera posible convencer a unas dos quintas partes de los israelíes judíos de la necesidad de poner fin a la ocupación de los territorios de 1967 y de aceptar los derechos de los palestinos, ello bastaría para provocar una ruptura importante del consenso sionista”.
Se trata de una perspectiva similar a la esbozada por el académico palestino-estadounidense Rashid Khalidi, autor de Palestina: Cien años de colonialismo y resistencia y otros libros, y por Edward Said, otro líder palestino, en su ensayo de 1999 Sobre la solución de un solo Estado.
“Entre muchos palestinos, especialmente los jóvenes, existe una resistencia a lo que ellos denominan ‘normalización’“, explicó Khalidi en una entrevista en noviembre de 2024. “Y eso, hasta cierto punto, ciega a algunas personas a la necesidad de encontrar aliados en el bando contrario. Al final, no vas a ganar sin que eso suceda.
“Es más difícil que cualquier otra lucha de liberación, porque no es un proyecto colonial donde la gente pueda volver a casa. No hay un hogar”, afirmó Khalidi. “Ellos [los judíos] han estado en Israel tres o cuatro generaciones. No se van a ir a ninguna parte. No es como apelar a los franceses para que se lleven a sus colonos de vuelta a casa. Es más como Irlanda o Sudáfrica, donde tienes que llegar a un acuerdo con lo que ves como una población separada, pero que ahora se ha vuelto enraciné, arraigada, y ha desarrollado una identidad colectiva”.
Tal y como sugirió Khalidi, cualquier perspectiva viable para la liberación nacional palestina hoy en día debe estar vinculada a una claridad programática que — al igual que el antirracismo del Congreso Nacional Africano (CNA) en Sudáfrica — no deje lugar a dudas sobre el objetivo final de la lucha.
Las lecciones acerca de la relación entre el programa político, la estrategia y las tácticas, extraídas de la lucha de varias décadas por derrocar el apartheid en Sudáfrica, son profundamente relevantes para la lucha palestina de hoy. Esto es así a pesar de que — como ha ocurrido a menudo en la historia — la revolución democrática burguesa en Sudáfrica está lejos de haberse completado. Y las fuerzas burguesas de ese país no están dispuestas a llevarla hasta el final. Los pasos a seguir tras la victoria sobre el apartheid, exigían — y siguen exigiendo — un tipo diferente de organización basada en la clase obrera y sus aliados más confiables.
Nadie ha explicado con mayor claridad la cuestión fundamental a la que se enfrentan hoy los palestinos que el líder del CNA y expresidente de Sudáfrica, Nelson Mandela.
“Nadie debería cuestionar el derecho de un pueblo oprimido, como los palestinos, a resistir la opresión que le han impuesto quienes les robaron sus tierras y luego respaldaron ese despojo con una violencia implacable durante décadas”, señaló Panorama-Mundial en su columna del 25 de enero de 2024 La lucha palestina y las lecciones de Sudáfrica. “Pero si los oprimidos esperan librar una resistencia efectiva, sólo será posible con un programa como por el cual luchó el CNA, y esgrimiendo una estrategia que movilice a las masas populares para que ellas mismas luchen por su propia liberación”.
En Sudáfrica, la política de rechazar racismo como estrategia fue fundamental. Mandela lo dejó claro en un discurso pronunciado en 1991 ante una conferencia de Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación), el ala militar del CNA creada bajo el liderazgo de Mandela en 1961.
“La piedra angular de la estrategia del CNA es que ningún grupo de revolucionarios actuando por su cuenta, sin importar lo valientes, disciplinados y abnegados que sean, puede esperar derrocar el sistema de opresión”, afirmó Mandela.
“La victoria en la lucha de liberación nacional”, continuó, “depende de la participación activa y consciente de las masas del pueblo oprimido, determinando su propio destino a través de la lucha… Por lo tanto siempre hemos considerado que la lucha armada de liberación se basa en, y surge de, las luchas políticas que libran las masas de los oprimidos“. (Énfasis añadido).
“Eso es lo opuesto al camino que eligió Hamás”, añadió Panorama-Mundial. “Hamás realiza en cambio acciones armadas con civiles como el blanco principal. Primero, relega a las masas palestinas a ser meros observadores de la resistencia armada, y luego los convierte en víctimas de la cruel reacción israelí… En Sudáfrica, por el contrario, la lucha armada se inició en completa consonancia con la perspectiva no racista y el enfoque de acción de masas del CNA”.
La cuestión central no es la contraposición de la “violencia” a la “no violencia”, sino la dialéctica que esbozó Mandela.
En la lucha por los derechos de los oprimidos también es crucial la importancia de emplear formulaciones defensivas a la hora de debatir sobre la lucha armada o el uso de la violencia. Refiriéndose a la Revolución Rusa en octubre de 1917 y a sus líderes bolcheviques, V. I. Lenin y León Trotsky, el líder socialista revolucionario Farrell Dobbs observó en 1961: “No olviden que Lenin y Trotsky hicieron una revolución bajo consignas defensivas”.
Publicamos el artículo a continuación para información de nuestros lectores. El titular y el texto que siguen proceden del original. Las fotos y la traducción son de Panorama-Mundial.
— Los editores de Panorama-Mundial
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Sobre la violencia en la lucha contra la ocupación: el caso de Palestina
Por Gilbert Achcar
4 de octubre de 2026
Nota del autor: El texto que sigue es una posdata, con fecha del 22 de febrero de 2026, a las recientes ediciones — en árabe, alemán y español — de mi libro de 2025, La catástrofe de Gaza: el genocidio desde una perspectiva histórico-mundial.
El epílogo aborda la estrategia de la liberación palestina y sus diversas manifestaciones desde que se completó la ocupación israelí de Palestina en 1967. Es importante, en ese respecto, tener en cuenta los resultados de la más reciente encuesta de opinión pública realizada en Gaza y Cisjordania del 20 al 25 de agosto por el Centro de Medios y Comunicaciones de Jerusalén (JMCC por sus siglas en inglés).
Al preguntarles por el “mejor método para alcanzar los objetivos del pueblo palestino de poner fin a la ocupación y establecer un Estado”, solo el 13.3% eligió “medios militares” (el 9.7% en Gaza y el 15.7% en Cisjordania), mientras que el 17.8% se mostró a favor de la “resistencia no violenta” y una mayoría del 55.8% se decantó por las “negociaciones pacíficas”.
Esto pone de manifiesto el grado de agotamiento de la población en los territorios palestinos ocupados desde 1967, donde el 58.6 % no confía en ninguna figura palestina y el 55% no confía en ninguna facción política. Reconstruir una lucha nacional palestina sostenible y emancipadora en esos territorios requerirá un gran esfuerzo y mucha paciencia.
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Cuanto más nos alejamos de lo que le ha sucedido al pueblo palestino desde la operación liderada por Hamás el 7 de octubre de 2023, más clara queda la magnitud del desastre desencadenado por lo que he descrito como “el error de cálculo más catastrófico de la historia de la lucha anticolonial”.
Aprovechando la oportunidad que le brindó esa fatídica operación y los aparentes crímenes de guerra que conllevó, el Gobierno de extrema derecha de Israel se sintió sin límites, e incluso ampliamente respaldado, para lanzar la guerra más sangrienta y devastadora jamás librada contra el pueblo palestino — una guerra que muchos académicos, organizaciones de derechos humanos, e incluso la conocida organización israelí B’Tselem, así como diversos organismos internacionales han calificado, con razón, de genocida.
El enorme número de víctimas mortales y la totalidad del costo humano derivado de la ofensiva israelí — cuya verdadera magnitud no se va a conocer hasta dentro de algún tiempo — se ven agravados por la intensidad sin precedentes de la destrucción de todos los medios de vida en la Franja de Gaza: los edificios, la infraestructura y el entorno natural.
El objetivo principal de esta destrucción masiva es el desplazamiento forzoso de la población de Gaza, es decir, la continuación de la limpieza étnica del territorio de Palestina entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, que ha sido un elemento central del proyecto colonial sionista desde la fundación del Estado de Israel en 1948. Paralelamente, la progresiva anexión y la limpieza étnica se han intensificado hasta alcanzar un nivel sin precedentes en Cisjordania.
En consecuencia, el pueblo palestino está hoy más lejos de la autodeterminación que en cualquier otro momento desde el levantamiento popular sin armas de fuego, conocido como la Primera Intifada, que comenzó en diciembre de 1987 en los territorios ocupados por Israel durante la guerra de junio de 1967, es decir, Cisjordania y Gaza, normalmente denominados Territorios Palestinos Ocupados (TPO).
El movimiento palestino se enfrenta ahora a un largo período de retroceso bajo coacción. En este período tan trágico de su historia, se le debe dar prioridad a la cuestión de cómo asegurar su supervivencia y cómo seguir luchando con alguna posibilidad de éxito.
Etapas de la lucha
El análisis debe partir necesariamente del momento de mayor impacto que alcanzó la lucha del pueblo palestino a finales de la década de 1980. De hecho, la Intifada provocó una profunda crisis en la sociedad, la política y el ejército de Israel. Surgió una fuerte oposición a la continuada ocupación de los territorios palestinos (TPO).
El ala “laborista” del sionismo volvió al poder en 1992, derrotando al Partido Likud de la extrema derecha sionista. En 1993 ellos se involucraron con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) — a la que Israel había tildado hasta entonces de “terrorista” — en las negociaciones que condujeron a los Acuerdos de Oslo.
El ejército israelí se retiró de las zonas densamente pobladas de los territorios palestinos que fueron ocupados en 1967 y traspasó el control de los mismos a la Autoridad Palestina (AP), dependiente de la OLP. Sin embargo, los dirigentes de la OLP cometieron el grave error de no insistir en que se incluyera en los acuerdos la suspensión de los asentamientos. Eso fue lo que provocó el colapso del “proceso de paz” de Oslo a finales del siglo.
La expansión de los asentamientos sionistas y el aumento de las medidas opresivas contra la población palestina provocaron una creciente indignación popular de la que se aprovechó el grupo fundamentalista islámico Hamás (acrónimo árabe del Movimiento de Resistencia Islámica, originalmente una facción de la Hermandad Musulmana) para llevar a cabo una serie de atentados suicidas indiscriminados contra los israelíes. Esto contribuyó a una renovada polarización, a raíz de la cual la sociedad y la política israelíes volvieron a desplazarse hacia la derecha.
En este contexto, la dirección de la OLP cometió otro grave error durante lo que se denominó la Segunda Intifada, al permitir el uso de las armas ligeras que la ocupación israelí había autorizado para uso de las tropas de la Autoridad Palestina con el fin de mantener el orden entre la población palestina.
Este episodio comenzó en el otoño del año 2000, en respuesta a la provocación orquestada por el líder sionista de derecha Ariel Sharon en el recinto de Al-Aqsa, en Jerusalén, y en protesta contra la traición a las esperanzas generadas siete años antes. El efecto, sin embargo, fue el contrario al de la Primera Intifada.
La Segunda Intifada ocurrió cuando regresó al poder el Likud bajo el liderazgo de Sharon — el comandante militar de la invasión israelí del Líbano en 1982 y el hombre condenado por su papel en la supervisión de las horribles masacres en los campos de Sabra y Chatila, en Beirut. A esto le siguió, en 2002, la ofensiva israelí más violenta contra los Territorios Palestinos Ocupados hasta ese año.
Desde entonces, una Autoridad Palestina muy debilitada ha gobernado parte de los Territorios Palestinos Ocupados bajo el yugo de la ocupación israelí. Aprovechando el rechazo popular hacia la sumisión y la corrupción de la Autoridad Palestina, Hamás ganó las elecciones parlamentarias palestinas de 2006. Tras entrar en conflicto con la Autoridad Palestina — que se negó, con el apoyo de Occidente, a acatar el resultado de las elecciones— Hamás tomó el control de Gaza en 2007, dos años después de la retirada israelí de la Franja, lo que condujo a una división entre las zonas semiautónomas de los Territorios Palestinos Ocupados.
Hoy en día, el gobierno semiautónomo de Hamás en Gaza, bajo supervisión israelí, ha sido aniquilado; la mayor parte de la Franja ha sido reocupada por Israel, y se está instaurando una administración cuasi-colonial en la parte restante bajo la supervisión directa del propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump. La Autoridad Palestina, por su parte, se encuentra sometida a una intensa presión por parte de Estados Unidos para que acate las exigencias de Israel y redoble así su sumisión a las autoridades de ocupación.
Es enorme el retroceso que ha experimentado el pueblo palestino desde las secuelas de la Primera Intifada hasta la desastrosa situación actual. Las derrotas de esta serie de episodios de lucha armada, después el gran éxito logrado por un levantamiento popular desarmado, ofrece lecciones claras e importantes para la lucha palestina, derivadas de una reflexión estratégica general en lo que respecta a los métodos a los que recurren las luchas contra una ocupación extranjera.
Se trata de un debate pragmático: salvo en el caso de crímenes de guerra, como el asesinato deliberado de niños y no combatientes, la resistencia armada a la ocupación extranjera es un derecho indiscutible bajo el derecho internacional. Sin embargo, el que los medios violentos sean eficaces en cada caso concreto es otra cuestión totalmente distinta. Aquí tampoco existe una regla general: la historia de la lucha contra la dominación colonial y la ocupación extranjera ha sido testigo de casos exitosos tanto de luchas violentas como no violentas, así como de combinaciones de ambas.
Estrategias de liberación
Cuando un ejército extranjero ocupa un territorio cuya población le es hostil, pero la retirada sigue siendo una opción para el invasor, es posible compensar con éxito un gran desequilibrio en la fuerza militar empleando medios asimétricos como operaciones de guerrilla que hostiguen al ejército ocupante, con el fin de llevarlo a la conclusión de que el costo de continuar la ocupación es mayor que cualquier beneficio que se derive de ella.
Esta dinámica se ve ampliamente reforzada por la capacidad que pueda tener la lucha de liberación de ganarse la opinión mayoritaria, si no los corazones, de un sector importante de la población del país agresor.
La resistencia vietnamita contra la ocupación estadounidense, combinada con el movimiento en Estados Unidos contra la guerra, logró ese resultado en 1973. Lo logró la resistencia libanesa a la ocupación israelí en 2000 en un contexto de oposición por una parte significativa de la población israelí a que continuara la ocupación.
Cuando el ejército israelí operaba en las zonas densamente pobladas de los Territorios Palestinos Ocupados (TPO) desde 1967 hasta 1993, los ataques guerrilleros que lo hostigaban tenían sentido desde el punto de vista estratégico. Sin embargo, en última instancia, fue la Intifada no violenta y su impacto en la población israelí lo que resultó decisivo para que el ejército israelí se inclinara a retirarse de esas zonas, lo que condujo a los Acuerdos de Oslo.
La situación es fundamentalmente diferente cuando hay que enfrentarse a un Estado atrincherado en un territorio que considera como el único que tiene, habitado por una población que, en su inmensa mayoría, ve a las fuerzas armadas de ese Estado como propias.
En esas circunstancias no hay forma de compensar con medios militares asimétricos por la abrumadora superioridad militar del enemigo: este no va a rendirse ni a retirar sus fuerzas bajo el impacto de ataques guerrilleros transfronterizos. De hecho, más bien responderá con todo el poder de su ejército superior para lograr la disuasión, infligiendo una devastación brutal en el territorio del atacante para disuadirlo de repetir sus ataques.
Así, cuando Hezbolá llevó a cabo una operación de guerrilla transfronteriza con el Estado de Israel en 2006, se enfrentó a una represalia devastadora que destruyó zonas enteras habitadas por su base popular, de carácter tanto sectario como político. Hezbolá nunca más volvió a recurrir a ese tipo de ataques transfronterizos.
Sin embargo, cuando en octubre de 2023 inició un intercambio de bombardeos de alcance limitado con Israel en solidaridad con Gaza, acabó pagando un precio enorme, ya que Israel decapitó a la organización y destruyó gran parte de su capacidad militar un año después. Hezbolá creía que había acumulado suficientes medios de disuasión — cohetes y misiles suministrados por Irán a partir de 2006 — como para mantener los bombardeos mutuos dentro de ciertos límites. Esto resultó ser un error de cálculo fatal.
El error de cálculo de Hamás en octubre de 2023 fue mucho peor, ya que sus consecuencias han sido mucho más terribles. En octubre de 2023, Israel llevaba menos de un año gobernado por la coalición de extrema derecha más radical de su historia, la más derechista de cualquier gobierno elegido libremente en el mundo — una coalición que incluía a grupos abiertamente racistas que abogaban por la anexión de los Territorios Palestinos Ocupados y la expulsión de su población.
Desde cualquier punto de vista racional, ya desde la mañana misma del 7 de octubre era obvio que la represalia de Israel sería tremendamente mortífera y devastadora, mucho más allá de cualquier cosa que hubiera hecho en todas sus numerosas guerras desde su fundación en 1948. Aparte de Hamás, a cualquiera que se preocupara por el impacto estratégico de la lucha palestina sobre la población israelí, era igualmente obvio que el efecto del ataque sería un giro masivo a favor del odio más extremo hacia los palestinos.
Romper el consenso sionista
¿En qué podría consistir, entonces, una perspectiva racional y eficaz para la liberación palestina? Dadas las realidades sobre el terreno, debería implicar necesariamente una estrategia de lucha popular destinada a dividir la sociedad israelí y cambiar la política israelí.
A pesar de la creciente hegemonía de la extrema derecha, el régimen político de Israel sigue basándose en la representación electoral proporcional de sus ciudadanos, una quinta parte de los cuales son ciudadanos palestinos de Israel (CPI). Esto significa que, si fuera posible convencer a unas dos quintas partes de los israelíes judíos de la necesidad de poner fin a la ocupación desde 1967 de los territorios y de aceptar los derechos de los palestinos, esto bastaría para provocar una ruptura importante del consenso sionista.

Marcha de miembros y simpatizantes del grupo Standing Together, una de las organizaciones más destacadas de Israel — formada por judíos, palestinos y otras personas — que ha librado una campaña contra la guerra de Israel en Gaza y a favor de darle fin a la ocupación israelí de los territorios palestinos. (Foto: Standing Together)
Sin embargo, durante años, la resistencia palestina en los Territorios Palestinos Ocupados se ha visto dividida entre la colaboración sumisa por parte de una Autoridad Palestina que se limita a la presión árabe e internacional sobre Israel para mejorar su situación, y la confrontación armada liderada por Hamás, que consiste en los sucesivos asaltos con cohetes de baja tecnología de Hamás a los que Israel responde con bombardeos mucho más mortíferos y destructivos.
Ninguna de las dos administraciones palestinas — ni la Autoridad Palestina en Cisjordania ni Hamás en Gaza — ha mostrado el más mínimo interés en dirigirse a la población israelí y ganarse a un sector significativo de la misma para que apoye los derechos palestinos.
Ambas siguen mostrándose profundamente hostiles a cualquier alianza con fuerzas políticas que sean independientes de ellas mismas — ya sean árabes o judías o, lo que sería más importante, mixtas — dentro de las fronteras de Israel anteriores a 1967, y temen perder el control de los territorios bajo su administración, un control que está totalmente contrapuesto al tipo de organización local autónoma que constituyó la fuerza de la Primera Intifada en su apogeo en 1988. Las nuevas iniciativas de movilización popular surgieron de las bases mismas de la sociedad palestina, lo que pone de manifiesto qué tipo de resistencia popular es posible.
En marzo de 2018, activistas independientes en Gaza pusieron en marcha lo que denominaron la Gran Marcha del Retorno, es decir, manifestaciones semanales hacia la valla que rodea la Franja. Estas se desarrollaron con gran fuerza durante un año y luego continuaron con un impacto menor hasta finales de 2019.
Inicialmente el apoyo popular de esa iniciativa llevó a los dirigentes de Hamás a tomar el control de la misma y a orientarla hacia un acuerdo con el Gobierno de Benjamín Netanyahu en marzo de 2019, lo que alivió el bloqueo que le había sido impuesto a Gaza y permitió un aumento de la financiación qatarí destinada a la administración de Hamás.
Esta cooptación, junto con los mortíferos disparos de las fuerzas israelíes contra los manifestantes (más de 200 muertos y miles de heridos entre marzo de 2018 y marzo de 2019), el establecimiento de un objetivo poco realista (la implementación del derecho de los refugiados palestinos a regresar a su territorio de origen de 1948) y, lo que es más importante, la falta de una movilización similar y simultánea en Cisjordania — donde ni la Autoridad Palestina ni Hamás estaban a favor de ampliarla — acabó por limitar la eficacia de la iniciativa. No obstante, esto demostró el tipo de presión que puede generar la resistencia masiva y no violenta.
La siguiente experiencia significativa fue más espontánea. Se trató del inicio, en mayo de 2021, de un levantamiento popular en Cisjordania, así como entre los ciudadanos palestinos de Israel, desencadenado por el desalojo de palestinos en el barrio de Sheikh Jarrah, en Jerusalén Este.
Esa importante movilización popular que se desarrolló en pocos días se vio sofocada por la injerencia de Hamás cuando comenzó a lanzar cohetes desde Gaza, lo que desencadenó un intercambio de bombardeos que, como de costumbre, se saldó con muchas más víctimas palestinas que israelíes y frenó rápidamente el ímpetu del levantamiento popular.
Lo que hemos visto durante los últimos dos años y medio en Gaza representa la culminación catastrófica de ese mismo patrón.
Ante el desastre actual, cabe esperar que el pueblo palestino encuentre el camino hacia una nueva lucha de resistencia popular no violenta en todos los Territorios Palestinos Ocupados, con el fin de movilizar la máxima presión internacional y desprender al menos a una minoría significativa de la población judía de Israel del consenso sionista. Solo mediante esa lucha, combinada con la solidaridad internacional y el movimiento mundial de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), el complemento natural de una estrategia popular no violenta, podrán reivindicarse eficazmente los derechos palestinos.
Esta perspectiva se ve reforzada por el auge — como reacción al genocidio en Gaza — de la solidaridad con Palestina en los países occidentales, entre ellos Estados Unidos, y, lo que es más importante, entre los judíos estadounidenses, especialmente las generaciones más jóvenes.
Seguir recurriendo a la violencia reactiva — por muy legítima y humanamente comprensible que sea, especialmente tras el genocidio en Gaza y ante una agresión cada vez más brutal contra la población palestina en Cisjordania — será inevitablemente utilizado como pretexto por Israel y su patrocinador estadounidense, ahora supervisor cuasi-colonial de Gaza, para desatar aún más caos con el fin de acelerar la limpieza étnica de Palestina.
Sobre el autor
Gilbert Achcar creció en el Líbano y ha vivido y enseñado en París, Berlín y Londres. Es profesor emérito de la SOAS, Universidad de Londres. Entre sus numerosos libros se encuentran (los títulos son traducidos del inglés) El choque de las barbaries (2002, 2006); Poder peligroso: Oriente Medio y la política exterior de EE.UU., escrito en colaboración con Noam Chomsky (2007); Los árabes y el Holocausto: la guerra de narrativas árabe-israelí (2010); Marxismo, orientalismo, cosmopolitismo (2013); El pueblo quiere: una exploración radical de la revuelta árabe (2013); Síntomas mórbidos: recaída en la revuelta árabe (2016); La nueva Guerra Fría: Estados Unidos, Rusia y China, de Kosovo a Ucrania (2023); y La catástrofe de Gaza: el genocidio desde una perspectiva histórico-mundial (2025).
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Categorías:Palestina/Israel