La columna de opinión que sigue fue publicada en el diario israelí Haaretz el 21 de agosto de 2025.
La autora, Amira Hass, es la corresponsal de Haaretz para los territorios ocupados — Gaza y Cisjordania — donde Israel se ha mantenido ilegalmente desde la Guerra de los Seis Días en junio de 1967.
Nacida en Jerusalén en 1956, hija de sobrevivientes del Holocausto, Hass se unió a Haaretz en 1989. Ha estado en su puesto actual desde 1993. Mientras cumplía su misión, pasó tres años viviendo en Gaza, lo que sirvió de base para su aclamado libro, Drinking the Sea at Gaza: Days and Nights in a Land Under Siege [Bebiéndose el mar en Gaza: días y noches en una tierra asediada]. Ella ha vivido en la ciudad cisjordana de Ramallah desde 1997.
Como se señaló en la introducción a una entrevista de Democracy Now [Democracia ahora] con Hass el 19 de octubre de 2023, ella es “la única periodista judía israelí que ha pasado 30 años viviendo e informando desde Gaza y Cisjordania”.
Recientemente Panorama-Mundial publicó otro artículo notable de Hass, Cisjordania: Los soldados israelíes ‘hacen lo que les place’.
En esta columna de opinión, Hass describe con franqueza la próxima masacre que las Fuerzas de Defensa de Israel están a punto de desatar en la ciudad de Gaza, mientras se preparan para forzar a 1.5 millones de palestinos apiñados allí hacia el sur de la Franja — con el eventual objetivo de expulsar de Gaza a cuantos puedan de sus 2.3 millones de habitantes.
Como Hass señala correctamente, “Nadie está salvando ni a los palestinos, ni a los rehenes, ni a nosotros de nuestro propio yo repulsivo”.
Junto con la decisión del gobierno israelí de construir un nuevo asentamiento masivo para dividir en dos a Cisjordania — de hecho sepultando cualquier esperanza de un estado palestino independiente y contiguo — el inminente asalto contra la ciudad de Gaza demuestra que los criminales que dirigen los pasillos del poder en Tel Aviv y Jerusalén están ebrios con la idea de ejecutar más y más de sus sueños nazis.
El régimen ultraderechista en Israel está apuntalado, ante todo, por el inquebrantable apoyo militar, económico y político del gobierno de Estados Unidos y muchos de sus aliados europeos, y de hecho por la indiferencia, en el mejor de los casos, de la mayoría de los regímenes árabes de la región.
Como dice Hass al concluir su columna, estos gobiernos son “cómplices del crimen, en contra de nuestra voluntad”.
Panorama-Mundial publica la columna a continuación para la información de nuestros lectores. El título, el subtítulo, las fotos y el texto a continuación son del original (en inglés). La traducción y las notas son de Panorama-Mundial.
— Los editores de Panorama-Mundial
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Europa y los estados árabes están dormidos.
Pronto, todo lo que se mueva en la ciudad de Gaza va a ser asesinado
Imagina a tus amigos, obligados a huir por lo menos por octava vez – hambrientos, afligidos, huyendo de los proyectiles. Mientras las bombas y las excavadoras vacían a Gaza, el silencio israelí es otra forma de violencia.


Por Amira Hass
22 de agosto de 2025, 12:08 a. m. IDT
Es probable que muy pronto le ordenen a mis amigos en Gaza que “evacuen” sus refugios improvisados y sean “absorbidos” por la parte sur de la Franja de Gaza – al igual que mis padres fueron una vez “evacuados y absorbidos”: mi madre a Bergen-Belsen, mi padre a un gueto en Transnistria.
El lenguaje invariable de mentiras del ejército contamina cada informe, cada discusión. Este no es el problema de mis amigos agotados y hambrientos. Es el nuestro, de los israelíes. También lo es el clamor de los voluntariamente ciegos y duros de corazón que insisten: “Nunca debes comparar”.
El ministro de Guerra, Israel Katz, hizo una promesa, y la está cumpliendo: la misión de mover y transportar, concentrar y hacinar, comprimir y aplastar a cientos de miles más de seres humanos en un pequeño trozo de tierra en el sur de Gaza sigue adelante, sin inmutarse por las protestas, las condenas o los paralelismos históricos.
Nadie está salvando ni a los palestinos, ni a los rehenes, ni a nosotros de nuestro propio ser repugnante.
Escribo, esperando un milagro todavía. Que Europa y los estados árabes vayan a despertar. Que usarán las verdaderas palancas de poder que en realidad poseen.
Los bombardeos de nuestros heroicos pilotos, los valientes bombardeos de los comandantes de tanques, van a asegurar que la ciudad de Gaza se vacíe de su pueblo y sea aplastada por las fauces de las excavadoras, conducidas por los jubilosos seguidores de Zarviv, temerosos de Dios.
Los soldados israelíes están imbuidos de valores, son criados para realizar un servicio militar importante. Incluso aquellos que protestan junto a sus padres y las familias de los rehenes contra el gobierno, no rechazan el reclutamiento ni desobedecen órdenes.
Cuando el jefe del Comando Sur, Yaniv Asor, declare a la ciudad de Gaza como una “zona criminalizada”, todos los soldados tendrán licencia para dispararle a cualquier cosa que se mueva. Incluso una mujer de 78 años. Incluso su nieto de 12 años.
Ya puedo escuchar lo que dicen los que nunca se inmutan: Es su culpa; les dieron tiempo para evacuar hacia el sur.
A los manifestantes de la calle Kaplan les queda una palanca para descarrilar los planes firmes del primer ministro Benjamin Netanyahu y del ministro de Finanzas Bezalel Smotrich, planes vinculados a la reforma del régimen al estilo de Putin: el negarse masivamente a participar en estas campañas de destrucción y expulsión.
Pero no lo harán. Para ellos, la bandera nunca es lo suficientemente negra.
Mi limitada imaginación no me permite visualizar a mis amigos y sus familias – demacrados, enfermos, afligidos – siendo expulsados por lo que debe ser al menos la octava vez, tropezando con otra incógnita, con un tramo de tierra aún más pequeño y más poblado que el anterior. ¿En una carreta? ¿A pie durante 20 kilómetros? ¿Corriendo, sin aliento, mientras los proyectiles los persiguen, las columnas de humo negro y el polvo se elevan detrás de ellos?
Mi imaginación aterrorizada se niega a verlos quedarse atrás en casas medio destruidas, a pesar del consejo del portavoz de las FDI, Avichay Adraee, rezando en cambio por una muerte rápida por bombardeo.
Sus apartamentos en los campos de refugiados y sus alrededores, construidos y comprados con años de salarios, se han convertido en paredes humeantes y desmoronadas. De las pocas cosas que han logrado hurgar o improvisar desde la última expulsión – colchones, ollas y cucharones, tablones, mantas, tal vez un panel solar –¿qué se verán obligados a dejar atrás esta vez?

Seguramente no el saco de harina que compraron por mil siclos.[1] Tampoco el recipiente con 20 litros de agua medio purificada. Tampoco los pañales para su madre de 90 años.
Mi inadecuada imaginación no puede imaginar dónde, entre todas las apretadas tiendas de campaña, montarán las suyas.
Donde sudarán hasta que llegue el invierno, para después tiritar cuando la lluvia y el mar creciente los empapen hasta los huesos, entre una ronda de bombardeos y la siguiente. Y arriba los drones seguirán zumbando una y otra vez, día y noche.
Terror. Anhelo. Hambre. Sed. Picazón en la piel. Dolor. Rabia. Agotamiento. Un niño enfermo llorando. Las cartas son iguales, pero en Gaza tienen un peso, una sustancia, un volumen que va más allá de nuestra comprensión.
Las palabras han desaparecido de mi diccionario, excepto por estas entradas: “impotencia”, “parálisis” y también, “cómplice del crimen, en contra de nuestra voluntad”.
NOTAS
[1] El siclo es una moneda de plata usada en Israel.
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Categories: Palestina/Israel
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