A continuación presentamos la segunda parte de una reseña del libro recientemente publicado en inglés Sobre el antisemitismo: la palabra a través de los tiempos de Mark Mazower. La reseña de Omer Bartov apareció por primera vez en el número del 24 de septiembre de 2026 de la revista literaria New York Review of Books.
La introducción completa de esta reseña puede encontrarse en la Parte 1.
Publicamos la reseña que sigue para la información de nuestros lectores. El titular y el texto que aparecen a continuación son del original. Los intertítulos, las fotos y las notas son de Panorama-Mundial. Debido a su extensión, publicamos este artículo en dos partes, la segunda de las cuales sigue.
—Los editores de Panorama-Mundial
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(Esta es la segunda de dos partes. La primera puede encontrarse en la Parte 1.)
Dónde yace el odio (Parte 2)
Por Omer Bartov
La fusión del antisemitismo con la crítica a Israel
La mejor herramienta para eliminar la distinción entre el antisemitismo y las críticas contra Israel se ha convertido en la definición de antisemitismo respaldada en 2016 por la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto (IHRA), una organización intergubernamental creada para promover la educación sobre el Holocausto.
De los once ejemplos de acciones o declaraciones potencialmente antisemitas en la definición, siete se refieren directamente a Israel. Entre ellas se incluyen negar a los judíos el derecho a la autodeterminación, aplicar dobles raseros a Israel que no se exigen a otras naciones, acusar a Israel de exagerar el Holocausto y establecer comparaciones entre las políticas israelíes y las de los nazis.
Algunos pueden encontrar estas declaraciones objetables, pero no son antisemitas. Muchos judíos en todo el mundo han rechazado el sionismo por razones teológicas o ideológicas; muchos partidarios del sionismo han argumentado que Israel debería ser “una luz para las naciones” y, por tanto, se le exigen estándares más altos; también muchos críticos del sionismo, entre ellos israelíes, han sostenido que Israel ha instrumentalizado políticamente el Holocausto y ha establecido sus propias comparaciones entre ciertas acciones israelíes y las de los nazis. Por eso se han ofrecido definiciones alternativas, como la Declaración de Jerusalén sobre el Antisemitismo y el Documento Nexus, que distinguen cuidadosamente entre el antisemitismo y las críticas a Israel.
No obstante, en mayo de 2024, la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó abrumadoramente la Ley de Concientización sobre el Antisemitismo [Antisemitism Awareness Act], que exige a la Oficina de Derechos Civiles del Departamento de Educación adoptar la definición de la IHRA. Unos días después, en un discurso en una ceremonia de conmemoración por las víctimas del Holocausto, el presidente Joe Biden apoyó implícitamente la analogía entre el antisemitismo y las protestas contra la brutal respuesta de Israel al ataque de Hamás el 7 de octubre.
En enero de 2025, el presidente Donald Trump emitió una orden ejecutiva llamada “Medidas Adicionales para Contrarrestar el Antisemitismo”, que se basa en otra orden que firmó en 2019 y que exige a las agencias federales considerar la definición de antisemitismo de la IHRA al hacer cumplir el Título VI de la Ley de Derechos Civiles de 1964.
La nueva orden ejecutiva exige que “todas las herramientas legales disponibles y apropiadas” se utilicen “para encausar, remover o de otro modo responsabilizar a los autores de actos ilegales de acoso y violencia antisemitas”.
Esto ha permitido un mayor escrutinio federal de las universidades por denuncias de antisemitismo en sus campus, así como la amenaza de bloquear fondos federales para obligar a las universidades a adoptar nuevas políticas. En la práctica las acusaciones de antisemitismo se han convertido en una nueva forma de silenciar la opinión, silenciar la libertad de expresión y restringir la libertad académica.
Kenneth Stern, quien fue el principal redactor de la definición de la IHRA, ha descrito todo esto como una manera de hacer que sea “más difícil, no menos, bregar tanto con el antisemitismo como con el dogma antiisraelí”.
Hay dos problemas evidentes cuando el antisemitismo se confunde con el antisionismo. El primero es el peligro de confundir opiniones políticas en respuesta a la realidad de la ocupación israelí, la opresión, la limpieza étnica y el creciente racismo con prejuicios antisemitas. De hecho, una buena parte de las protestas contra las acciones de Israel podría verse como una defensa de los mismos valores políticos que los antisemitas llevan tiempo intentando socavar.
Si le prestamos atención a la sentencia de la Corte Internacional de Justicia en 2024 que describió la ocupación de Cisjordania como ilegal, y señaló que las prácticas de Israel violan la prohibición contra la segregación racial y el apartheid, entonces debemos concluir que la crítica a la versión del sionismo implementada hoy por el gobierno israelí no solo está justificada, sino que es necesaria para hacer cumplir el derecho internacional humanitario.
Aunque en su día el antisemitismo significaba “la hostilidad que enfrentan los judíos como minoría al luchar por sus derechos legales”, Mazower argumenta que ahora es más a menudo una acusación “que se usa para defender a un Estado judío mayoritario que priva de los suyos a la minoría en su seno”.
La ultraderecha es la principal fuente de odio hacia los judíos
El segundo problema con entender el antisemitismo enfocándose en Israel es que conduce a una explicación errónea de las principales fuentes del odio antijudío, tanto históricamente como en el presente. Los académicos y comentaristas que confunden el sentimiento antisionista con el prejuicio antijudío suelen centrar su atención en el antisemitismo de la izquierda política y del mundo árabe y musulmán.
Sin duda uno puede encontrar antisemitismo en todas partes, tanto entre socialistas y comunistas como entre liberales y conservadores. Sin embargo, ni la izquierda política ni el mundo musulmán han ofrecido en el último siglo una forma de prejuicio antijudío tan coherente, influyente y peligrosa como la de sus homólogos de la derecha.
Quienes intentan situar las fuentes ideológicas del antisemitismo en la historia de la izquierda suelen usar como ejemplo central la historia de la persecución antijudía en la Unión Soviética. Señalan en particular las purgas “anti-cosmopolitas” de Stalin en 1948, que alcanzaron su punto álgido en el Complot de los Médicos en Moscú y el juicio de Slánský en Praga.[1]
La paranoia de Stalin en los últimos años de su vida tenía todos los ingredientes de fantasías conspirativas antisemitas, a menudo filtradas por la acusación de que la lealtad de los judíos a Israel los convertía en una quinta columna en la Unión Soviética. En esos años antisemitas en busca de poder y favor, sinceros u oportunistas, se tornaban contra sus camaradas judíos, que a menudo seguían estando bien representados entre los comunistas.
Este frenesí asesino terminó con la muerte de Stalin en 1953, pero el prejuicio en sí seguía siendo endémico en la URSS y otros países comunistas de Europa del Este.
En la era posterior a Stalin, los judíos en la Unión Soviética ocupaban una posición extraña, como escribe Yuri Slezkine en The Jewish Century (2004). Por estar “sobrerrepresentados entre los profesionales de cuello blanco”, fueron “perjudicados por la acción afirmativa soviética”, que discriminaba contra los judíos étnicos a favor de “minorías nacionales” subrepresentadas. Pero, a diferencia de esas otras minorías, ellos carecían de una república nacional que pudiera desarrollar “instituciones propias productoras de cultura”, una carencia que contribuyó a “un ensordecedor silencio público sobre todo lo judío” y a una profunda desconfianza hacia la identidad nacional judía.
Estos son algunos de los muchos factores que, entre 1989 y 2006, llevaron a la emigración de unos 1.6 millones de judíos soviéticos, más de la mitad de ellos a Israel. Pero el antisemitismo que persistió bajo esas condiciones, aunque a veces agudo, difícilmente se compara con el de la Alemania nazi.
Sería difícil demostrar que el comunismo como ideología promovía el antisemitismo: ya en 1918 la Unión Soviética había emitido un decreto contra la violencia antisemita.
En Estados Unidos y en Europa Occidental, el antisemitismo siempre ha sido mucho más pronunciado y extendido en la derecha que en la izquierda.
Es cierto que algunos en la extrema izquierda así como en la derecha han apoyado a figuras como el líder nacionalista negro de la Nación del Islam, Louis Farrakhan, cuyas declaraciones antisemitas han sido durante mucho tiempo de dominio público: por ejemplo, ha condenado falsamente a los judíos por haber “poseído muchas de las plantaciones” y por ser “responsables de toda esta suciedad y comportamiento degenerado que Hollywood está difundiendo”. Sin embargo, por muy desagradables que sean tales expresiones de intolerancia, difícilmente son representativas — el propio Farrakhan siempre ha sido una figura marginal.
Quizá el más destacado escándalo reciente de antisemitismo en la izquierda se centró en el exlíder del Partido Laborista británico, Jeremy Corbyn, cuyos críticos lo acusaron de tolerar declaraciones antisemitas. En 2020, la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos del Reino Unido, que investigó el antisemitismo en el Partido Laborista, declaró a la organización responsable de acoso y discriminación “ilegales” durante el mandato de Corbyn como líder.
Corbyn afirmó que siempre estuvo “decidido a eliminar todas las formas de racismo”, describió al antisemitismo como algo “absolutamente abominable”, e insistió en que la magnitud del antisemitismo dentro del Partido Laborista había sido “dramáticamente exagerada por nuestros opositores dentro y fuera del partido por razones políticas”.
Esencialmente el Partido Laborista había gestionado muy mal el familiar debate sobre si el criticar las políticas israelíes y las expresiones de apoyo a los palestinos se debían en parte a prejuicios antisemitas. Cabe destacar que tras la adopción de la problemática definición del antisemitismo de la IHRA en 2018 Corbyn fue criticado tanto por sus propios seguidores como por los simpatizantes de Israel por añadir el reparo de que “esto no socavará en absoluto la libertad de expresión sobre Israel ni los derechos de los palestinos”.
La resistencia árabe al asentamiento judío fue ‘una lucha por la tierra’
Un relato similar puede contarse sobre el antisemitismo entre los críticos árabes y musulmanes de Israel. La misma generación que fundó Israel, como señala Mazower, reconoció que la resistencia árabe al asentamiento judío en Palestina tenía sus raíces sobre todo en “una lucha por la tierra”.
Ya en 1930, Chaim Weizmann, presidente de la Organización Sionista y futuro presidente de Israel, advirtió que el creciente sentimiento nacionalista entre los palestinos crearía una generación “que, desde su punto de vista, sería tan ‘sionista’ como nosotros”.
Nahum Goldmann, presidente del Congreso Judío Mundial, recordó en sus memorias que en 1956 David Ben-Gurión había adoptado una visión similar. Goldmann recordó que el primer ministro israelí le dijo, “Si yo fuera un líder árabe nunca concertaría un acuerdo con Israel. Eso es natural: hemos tomado su país”.
Y sin embargo Mazower observa cómo, en sus declaraciones públicas, Ben-Gurión hizo todas las alusiones necesarias al nazismo y al antisemitismo: el año anterior había insistido en que la retórica del líder egipcio Gamal Abdel Nasser “nos es conocida desde la época de Hitler” y advertía contra “el dogma nazi que se está reactivando en las orillas del Nilo”.
Todavía recuerdo que, de niño, creciendo en Israel a principios de los años 60, cuando hacíamos hogueras durante la festividad de Lag B’Omer, quemábamos efigies tanto de Nasser como de Adolf Eichmann (que en ese entonces estaba siendo juzgado en Jerusalén) como los mayores enemigos del pueblo judío.
Mazower no descarta del todo la existencia de sentimientos antisemitas en el mundo árabe y musulmán. Aparecen en la retórica de las élites políticas y militares dispuestas a justificar así sus fracasos, así como en los escritos de intelectuales islamistas y movimientos que van desde el ayatolá Jomeini hasta Hamás. Algunas de estas figuras también han negado el Holocausto, a menudo en un intento de refutar la justificación presentada para establecer a Israel como un refugio para los judíos.
Pero según Mazower, este tipo de retórica proliferó en gran parte debido al establecimiento de Israel y a la expulsión violenta de gran parte de su población mayoritaria — unas 750 mil personas — en lo que los palestinos recuerdan como la Nakba, la palabra árabe para catástrofe.
Ese impacto llevó a algunos líderes e intelectuales árabes a adoptar las teorías conspirativas antisemitas como “una manera de entender el triunfo, por lo demás casi inexplicable, de un Estado judío y — un poco después — el rápido ascenso del poder de Estados Unidos en todo el Oriente Medio de la posguerra”.
Además, señala Mazower, incluso los portavoces árabes que se esfuerzan por resistir “la propagación del antisemitismo conspirativo” — como hizo el influyente diplomático sirio palestino Fayez Sayegh en los años 60 —con demasiada frecuencia se ven acusados de sentimientos antijudíos por su oposición al sionismo. “Para mí sigue siendo casi la máxima ironía”, le escribió el historiador israelí iraquí Nissim Rejwan a Irving Howe en 1974, “que lo que los antisemitas árabes han estado haciendo no es nada más horrible que aceptar la propia definición que el sionismo tiene de sí mismo”.
Existe, sin duda, una tendencia emergente entre los críticos antisionistas de Israel hacia una retórica intolerante y abiertamente antijudía.
Sin embargo, se encuentra más comúnmente no en la izquierda, sino en la vanguardia del conservadurismo estadounidense.
La derecha racista es la principal fuente de la violencia antisemita
Mazower lo resume de forma concisa: “La condena generalizada de que los críticos de Israel son antisemitas”, escribe, “pasa por alto una fuente importante y de larga data de violencia antisemita en todo el mundo de hoy, que es la derecha racista”.
En mayo de 2024 una investigación del New York Times concluyó que en la última década “muchos republicanos han ayudado a inyectar en los medios principales mensajes antijudíos poco disimulados con profundas raíces históricas”, entre las que destaca la antigua acusación “de que una camarilla turbia de judíos adinerados controla en secreto eventos e instituciones contrarios al interés nacional del país en el que opera”.
Ahora estamos cosechando lo que sembraron. En diciembre de 2025, una encuesta de republicanos de todo el país por el Manhattan Institute encontró que casi una quinta parte — “típicamente más joven”, “desproporcionadamente masculina”, “más diversa racialmente”, “más propensa a tener estudios universitarios” y “significativamente más propensa” a haberse declarado por el partido Republicano recientemente — se identificaba como racista y antisemita o sostenía estas opiniones sin identificarse como tal.
Ese mismo mes, la publicación de ese instituto, City Journal, reunió a veinte conservadores de la Generación Z para un grupo focal y les preguntó, entre muchas otras cosas, qué pensaban de los judíos. “Tienen a Hollywood controlado”, dijo uno. “¿No es cierto que poseen, como, un montón de medios de comunicación y, como, de todo?” preguntó un segundo. “Diría que son una fuerza para el mal”, dijo un tercero.
No veo por qué apoyamos a Israel. Creo que Israel es un estado muy malvado. El genocidio en Gaza, matando a toda esta gente pobre. Y la única razón por la que realmente los apoyamos es porque son los mayores donantes. Tenemos a AIPAC, y todas esas son organizaciones dirigidas por judíos.
Las respuestas no fueron menos sorprendentes cuando le preguntaron a los miembros del grupo qué pensaban de Hitler. “Creo que fue un gran líder, para ser honesto”, dijo uno. “Creo que lo que buscaba era terrible, pero creo que mostró muy fuertes valores de liderazgo”.
El mismo encuestado que llamó a los judíos “una fuerza para el mal” no fue menos explícito en este punto: “Apoyo la soberanía nacional, y Hitler era nacionalista. Él decía: tenemos que recuperar Alemania para los alemanes. Y creo que deberíamos hacerlo en Estados Unidos”.
Algunas de estas opiniones demuestran la influencia del comentarista nacionalista blanco en el Internet llamado Nick Fuentes, que ha amasado una audiencia en redes sociales de cientos de miles de personas con diatribas abiertamente racistas y misóginas que repetidamente repiten teorías conspirativas sobre el control de la política, las finanzas y los medios en Estados Unidos por la “judería organizada”.
Quizá el portavoz políticamente más importante del antisionismo en la derecha estadounidense sea el nacionalista cristiano Tucker Carlson.[2]
La intolerancia y el antisemitismo de Tucker Carlson
Desde que se apartó de Fox News, Carlson ha convertido su programa independiente en un fenómeno mediático con una audiencia en línea que se calcula en decenas de millones, recibiendo a una amplia gama de invitados, entre ellos Fuentes el pasado octubre.
“No es posible realmente separar a Israel y a los neoconservadores y a todas esas cosas de las que hablas del judaísmo — etnia, religión, identidad”, le dijo a Carlson. Los judíos estadounidenses, continuó, pertenecen a “esta comunidad internacional — transfronteriza, extremadamente bien organizada — que antepone sus propios intereses a los de su país de origen”.
Carlson insiste regularmente en que su fe cristiana requiere que él rechace los prejuicios grupales y niega la acusación de que su retórica equivale al antisemitismo. Sin embargo, a menudo recurre a un lenguaje menos explícito pero igualmente muy sugerente sobre la amenaza del lobby israelí a la “civilización occidental”.
En marzo, dos semanas después de que el inicio de la guerra contra Irán por Estados Unidos e Israel generara una ola de debate en todo el espectro político sobre la influencia de Israel en los asuntos políticos de Estados Unidos, Carlson fue entrevistado por Piers Morgan. Las “personas que lograron que Donald Trump fuera elegido”, dijo Carlson, son votantes republicanos no tradicionales que votaron por Trump porque prometió no seguir haciendo lo mismo. Y una de las cosas que prometió no volver a hacer fue cederle la autoridad operativa a Benjamin Netanyahu, como han hecho otros presidentes.
La colaboración de Trump con Israel en la guerra contra Irán, subrayó Carlson, es “una traición a un nivel que no creo que las personas que no están en esos grupos pueden entender”.
Peor aún, argumentó Carlson, esa subversión de la soberanía estadounidense tiene raíces internas claras. Citando a Mark Levin y Ben Shapiro, los comentaristas judíos, proisraelíes y de derechas, continuó: “No vamos a entregar el control de nuestra política exterior a personas así, que no saben nada y que no tienen los intereses de Estados Unidos en su corazón y ni siquiera en mente”. Afirmó que “personas como Levin” están involucradas en un proyecto “totalmente inmoral y peligroso” que intenta dividir a la sociedad estadounidense “en tribus en guerra”, incluyendo el “machacar constantemente sobre esta cuestión del antisemitismo”.
En Occidente, Carlson continuó: “es un derecho humano el ser tratado como un individuo y no hacerte responsable de los pecados de tus padres”. Sin embargo, personas como Levin y Shapiro no lo reconocen, porque no tienen una orientación occidental. Piensan que los derechos solo se aplican a los grupos que favorecen. Y esa idea — esa idea malvada, que fue la base del nazismo, por cierto — es lo que va a destruir a Estados Unidos.
Esta es una notable tergiversación de un viejo engaño antisemita. Si los Levin y Shapiros de Estados Unidos no son occidentales, deben ser orientales en su orientación. Deben entonces favorecer solo a quienes pertenecen a esa “orientación”, sentando así las bases para un nuevo tipo de nazismo — presumiblemente un nazismo arraigado en el “odio contra el blanco” que, según Carlson, no hace mucho que la ADL “promovía abiertamente”.
Como es un pilar de MAGA y un posible candidato presidencial (lo cual él niega), las palabras de Carlson deberían ponerle la piel de gallina a esos mismos firmes partidarios judíos de Israel que acusan a los críticos de izquierda en este país de antisemitismo. Él ya no expresa una visión vaga y marginal, sino un creciente auge de opiniones, especialmente entre los jóvenes. Algunos argumentarían que ahora incluso está empezando a infectar a varios de los sectores más anti-establishment de la izquierda, donde las entrevistas de Carlson circulan regularmente por las redes sociales.
La organización de abogacía Track AIPAC, por ejemplo, ha canalizado sus críticas del lobby pro-Israel mediante una retórica nacionalista que recuerda a la de Carlson. “No puede uno afirmar ser America First [Norteamérica Primero] al tiempo que jura lealtad a Israel”, tuiteó el grupo el año pasado bajo una imagen generada por IA de George Washington quemando una bandera israelí. Dos meses después publicó que “Al Mossad Mike Lawler le pagan para que jure lealtad al régimen genocida israelí”, refiriéndose al representante de Nueva York Mike Lawler, patrocinador de la Ley de Concientización sobre el Antisemitismo.
La ‘nueva derecha’ se ha aprovechado una apertura conveniente
Hemos vuelto al punto de partida. Dado que el objetivo de las crecientes acusaciones de antisemitismo hoy día no es combatir el fenómeno en sí, sino reprimir el antisionismo o las críticas a Israel, esto le ha brindado a la “nueva derecha” una conveniente oportunidad.
Y la han aprovechado. Ahora dan a entender, y en algunos casos afirman abiertamente, que los judíos son la fuente de la podredumbre de la sociedad estadounidense.
Irónicamente, al presentar como maligna la protesta contra lo indefendible, los autoproclamados guardianes de los judíos han hecho algo más que simplemente distorsionar el significado del antisemitismo. Lo han convertido en una herramienta para aquellos que están ansiosos por revivir el bulo centenario de que, en su apoyo inequívoco a Israel, los que defienden al Estado judío y, por extensión, los judíos en su conjunto, han apuñalado por la espalda a su propia patria — en este caso, Estados Unidos”.
Este fue el segundo de dos artículos. El primero fue The Judeo-Bolshevist Target [El blanco judeo-bolchevique], publicado en la edición del 23 de julio de 2026 de la revista The New York Review of Books.
Omer Bartov es Profesor del Decano de Estudios sobre el Holocausto y el Genocidio en la Universidad Brown y autor, más recientemente, del libro en inglés Israel: ¿Qué salió mal?
(Esta fue la segunda de dos partes. La primera puede encontrarse en la Parte 1.)
NOTAS
[1] “El Complot de los Médicos” fue una campaña estatal antisemita en la Unión Soviética desde 1951 hasta 1953 impulsada por la paranoia de Joseph Stalin. Alegaba que un grupo de destacados especialistas médicos en Moscú — en su mayoría judíos — formaban parte de una conspiración para asesinar a altos líderes soviéticos.
El juicio de Slánský en 1952 en Praga fue un juicio estalinista hecho espectáculo contra 14 altos dirigentes del Partido Comunista de Checoslovaquia (KSČ). El principal acusado fue Rudolf Slánský, exsecretario general del KSČ, quien fue señalado como presunto cabecilla de la conspiración. Los acusados fueron falsamente acusados de alta traición, espionaje, sabotaje y de participar en una conspiración “trotskista-titoísta-sionista”. Los presos eran sometidos a intensas torturas físicas y psicológicas hasta que memorizaban y repetían en el tribunal mentiras guionizadas o confesiones forzadas.
[2] Para más información, vea La intolerancia y el odio contra los judíos cobran protagonismo en la corriente principal del Partido Republicano así como La intolerancia y el antisemitismo de Tucker Carlson.
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Categorías:Política en Estados Unidos