A continuación presentamos una reseña del nuevo libro On Antisemitism: A Word in History (El antisemitismo: la palabra a través de los tiempos) de Mark Mazower. La reseña, escrita por Omer Bartov, apareció por primera vez en el número del 24 de septiembre de 2026 de la revista New York Review of Books.
Bartov es catedrático de Estudios sobre el Holocausto y el Genocidio en la Universidad de Brown y autor, entre otras obras, de Israel: ¿Qué salió mal?
Bartov expone argumentos bien fundamentados sobre por qué el antisionismo no es implícitamente antisemitismo. Panorama-Mundial también ha cubierto este debate en Por qué la oposición al sionismo no es antisemitismo y En defensa de la libertad de expresión: el antisionismo no es antisemitismo, entre otras publicaciones.

El análisis que hace Bartov en este artículo sobre como la amenaza del odio hacia los judíos procede de la derecha es, quizás, su contribución más importante a este debate.
Como señala Bartov en la conclusión de su reseña,
“Hemos vuelto al punto de partida. Dado que el objetivo de las crecientes acusaciones de antisemitismo hoy día no es combatir el fenómeno en sí, sino reprimir el antisionismo o las críticas a Israel, esto le ha brindado a la ‘nueva derecha’ una conveniente oportunidad. Y la han aprovechado. Ahora dan a entender, y en algunos casos afirman abiertamente, que los judíos son la fuente de la podredumbre de la sociedad estadounidense. Irónicamente, al presentar como maligna la protesta contra lo indefendible, los autoproclamados guardianes de los judíos han hecho algo más que simplemente distorsionar el significado del antisemitismo. Lo han convertido en una herramienta para aquellos que están ansiosos por revivir el bulo centenario de que, en su apoyo inequívoco a Israel, los que defienden al Estado judío y, por extensión, los judíos en su conjunto, han apuñalado por la espalda a su propia patria — en este caso, Estados Unidos”.
La “nueva derecha” a la que se refiere Bartov incluye a Nick Fuentes, “el comentarista nacionalista blanco, negacionista del Holocausto y provocador antisemita”, tal y como lo describió recientemente Politico la página web de noticias; y también a Tucker Carlson, el comentarista político de derecha y presentador del programa de televisión The Tucker Carlson Show.[1]
Muchas personas que se autodenominan socialistas o progresistas en Estados Unidos no comprenden bien los argumentos de Bartov. Algunos miembros de la izquierda estadounidense sostienen hoy en día que, a la hora de oponerse a las atrocidades del régimen israelí contra el pueblo palestino y a sus guerras en el Medio Oriente, existe un “punto en común” con Carlson y compañía.
Como señalaba el artículo de Panorama-Mundial Irán frustra la guerra iniciada por EEUU e Israel: “Los fascistas y los ultraderechistas siempre revierten al odio contra los judíos, una de las teorías conspirativas más antiguas del mundo. La falsa afirmación de los dirigentes israelíes de que hablan y actúan en nombre de todos los judíos ayuda a permitirlo. Para aquellos que exigen el fin de la guerra contra Irán por Estados Unidos e Israel, es esencial comprender que Carlson y compañía no son nuestros aliados. Son nuestros enemigos mortales”.
Cabe señalar que Carlson suele explicar — incluso cuando se distancia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, un antiguo aliado, como lo hizo en una entrevista de mayo de 2026 con el New York Times — que él es buen amigo del vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance. Hoy en día, Vance podría considerarse el sucesor más probable de Trump como líder del movimiento MAGA y el candidato presidencial republicano con más posibilidades en 2028. Vance ya ha comenzado a aprovechar la “conveniente oportunidad” a la que se refiere Bartov.

Por último, sería una negligencia de nuestra parte no señalar lo que nos parece una idea totalmente errónea en la reseña de Bartov.
“A lo largo de la década de 1930, tal y como escribe Mark Mazower en su incisivo y oportuno estudio On Antisemitism [Sobre el antisemitismo], ‘el continente europeo se fue dividiendo gradualmente en dos bandos armados’”, escribe Bartov al principio de su reseña.
“Por un lado estaban ‘los vencedores liberales’ de la Primera Guerra Mundial, que apoyaban la democracia, el capitalismo y la nueva Sociedad de Naciones.
Por otro, un grupo de Estados revisionistas que buscaban crear un sistema de dictaduras racistas o etnocéntricas destinadas a abordar la desigualdad social tras la Gran Depresión, combatir el materialismo y, no menos importante, repeler el comunismo”.
Parece algo ingenuo que un historiador de la talla de Bartov comparta la opinión de Mazower de que las potencias imperialistas que impusieron el Tratado de Versalles al final de la Primera Guerra Mundial puedan describirse como potencias “que apoyaban la democracia”. Esta caracterización es falsa, ya que las onerosas condiciones que los “vencedores liberales” le impusieron a Alemania tras la Primera Guerra Mundial contribuyeron a sentar las bases para el auge del nazismo.[2]
La descripción que hace Bartov del “otro grupo” tampoco es más acertada. La forma en que “abordaban” la desigualdad social era demagogia, a veces una demagogia “anticapitalista” que a menudo impregnaba los discursos de Hitler y otros líderes de su partido nacionalsocialista. Pero el fascismo no es una alternativa al capitalismo. Como explicó el líder bolchevique León Trotsky en el último artículo que escribió antes de su asesinato en 1940 a manos de uno de los secuaces de Stalin: “El fascismo es la continuación del capitalismo, un intento de perpetuar su existencia utilizando las medidas más bestiales y monstruosas”.
Pero se trata de una cuestión relativamente menor que no le resta mérito a un artículo por lo demás excelente.
Publicamos la reseña que sigue para información de nuestros lectores. El titular y el texto proceden del original. Los intertítulos, las fotos y las notas son de Panorama-Mundial. Debido a su extensión, publicamos este artículo en dos partes, de las cuales la primera aparece a continuación.
— Los editores de Panorama-Mundial
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(Esta es la primera de dos partes. La segunda puede encontrarse en Parte 2.)
Donde yace el odio (Parte 1)
Por Omer Bartov
El New York Review of Books, número del 24 de septiembre de 2026.
Una nueva y matizada obra histórica de Mark Mazower nos recuerda que el antisemitismo, una amenaza ancestral a la vida judía, puede deformarse hasta convertirse en una herramienta política — como vemos hoy en día, cuando cualquier crítica a Israel puede tacharse de antisemita.
Sobre el antisemitismo: la palabra a través de los tiempos
Por Mark Mazower
Septiembre de 2026, Penguin Press, 333 págs., $29
“Conozco dos tipos de antisemitas”, le dice el narrador anónimo en For Two Thousand Years (1934), del novelista judío rumano Mihail Sebastian (cuyo nombre verdadero era Iosif Mendel Hechter), a un hombre al que admira cuando se enfrenta inesperadamente a sus prejuicios antijudíos. “Los antisemitas comunes y corrientes… y los antisemitas con argumentos”.
Uno de los argumentos antijudíos más comunes en Occidente entre la Revolución Rusa y la caída de la Alemania nazi era que los judíos eran un componente inherente de la expansión mundial del comunismo: el mito que llegó a conocerse como el “judeo-bolchevismo”.[3]
Aseveraciones como esta eran ampliamente difundidas más allá de las fronteras geográficas y las tendencias políticas.
Winston Churchill, en un artículo publicado en el Illustrated Sunday Herald en 1920, cuando era ministro británico de Guerra y de la Aeronáutica, advirtió sobre “las maquinaciones de los judíos internacionales”, cuya “siniestra confederación” podía rastrearse “desde los días de Espartaco-Weishaupt hasta los de Karl Marx”, constituyendo una “conspiración mundial para el derrocamiento de la civilización”.
Ese mismo año, The Dearborn Independent, de Henry Ford, comenzó a publicar una serie de artículos en los que se argumentaba que
en la confidencia y el hermetismo de la comunicación judía, o sepultada en el dialecto yiddish, o escondida de forma críptica en la prensa nacional judía, encontramos la orgullosa afirmación — ¡dirigida hacia su propio pueblo! — de que el bolchevismo es judío.
Hitler: ‘Todos los judíos son comunistas, y ellos son mis enemigos’
Tales sentimientos encajaban perfectamente con los argumentos nazis de que Alemania, tras la Primera Guerra Mundial, había sido “apuñalada por la espalda” por una conspiración comunista liderada por judíos.
En 1933, en una reunión con el físico Max Planck, Adolf Hitler declaró: “No tengo nada en contra de los judíos. Pero todos los judíos son comunistas, y ellos son mis enemigos. Mi vida está en contra de ellos”.

Su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, proclamó en un discurso pronunciado en un mitin del Partido Nazi dos años más tarde:
Fue el judío quien descubrió el marxismo. Es el judío quien, durante décadas, se ha esforzado por atizar revoluciones mundiales a través del marxismo. Es el judío quien hoy está al frente del marxismo en todos los países del mundo.
A lo largo de la década de 1930, tal y como escribe Mark Mazower en su incisivo y oportuno estudio On Antisemitism, “el continente europeo se fue dividiendo gradualmente en dos bandos armados”.
Por un lado estaban “los vencedores liberales” de la Primera Guerra Mundial, que apoyaban la democracia, el capitalismo y la nueva Sociedad de Naciones.
Por otro lado se encontraba un grupo de Estados revisionistas que pretendían crear un sistema de dictaduras racistas o etnocéntricas destinadas a abordar la desigualdad social después de la Gran Depresión, combatir el materialismo y, sobre todo, repeler el comunismo.
“Los historiadores han dedicado gran esfuerzo a examinar hasta qué punto fue realmente importante el antisemitismo para la derecha europea de entreguerras y durante la guerra”, escribe Mazower, señalando acertadamente que la cuestión ha sido a menudo “más complicada de lo que podría parecer a primera vista”. (Como señala, el fascismo italiano mostró inicialmente escaso interés por la cuestión, y Mussolini no introdujo legislación antisemita hasta 1938 — con consecuencias devastadoras para la antigua comunidad judía, lo cual fue negado durante mucho tiempo en la Italia de la posguerra). Pero el antisemitismo, argumenta, contribuyó sin lugar a dudas a dotar al bloque revanchista de al menos parte de su cohesión ideológica.
Para estos revanchistas, los judíos representaban todo aquello a lo que se oponían, ya fuera el capitalismo, la democracia, el hedonismo o, lo más amenazante, el bolchevismo. En aquella época nadie habría debatido que el antisemitismo era un odio específicamente de derechas y fascista, dedicado a revertir la emancipación judía y todo lo que esta representaba como símbolo del humanismo, la Ilustración y la igualdad de todos los miembros de la humanidad.
El significado del antisemitismo sufre una extraña transformación
Nada de esto habría que señalarse si, décadas después del final de la Segunda Guerra Mundial, el significado del antisemitismo en Occidente no hubiera sufrido una extraña transformación.
En las décadas de 1970 y 1980, especialmente en Estados Unidos y Europa Occidental, cada vez más comentaristas e intelectuales comenzaron a sostener que, en las palabras de Mazower, “el antisemitismo era lo mismo que la oposición a Israel y que, por lo tanto, era principalmente un problema de la izquierda más que de la derecha”.
Para muchos miembros de la élite judía estadounidense parecía haber surgido “una nueva forma de antisemitismo” que representaba, como diría más tarde el primer ministro Benjamín Netanyahu, “esfuerzos despiadados por demonizar al Estado judío y negarle al pueblo judío el derecho a la autodeterminación”.
Desde el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la ofensiva genocida israelí contra Gaza que le sucedió, la asociación entre las críticas a Israel y el antisemitismo se ha vuelto omnipresente.

Un número cada vez mayor de académicos y otros observadores parece coincidir con Mazower en que, aunque “algunas formas de antisionismo enmascaran sentimientos antijudíos, eso no es el caso con la mayor parte”. Sin embargo, la mayoría de las principales organizaciones judías estadounidenses se han aferrado a la teoría de que la principal fuente del antisemitismo en el mundo de hoy es la izquierda antiisraelí.
La Liga Antidifamación (ADL) sostiene que “el antisionismo es antisemita, ya sea en su intención o en sus efectos”. El Comité Judío Estadounidense (AJC) define el antisionismo como “intrínsecamente intolerante” y afirma que, dado que su “objetivo final… es socavar y eliminar los derechos de los judíos”, el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) es impulsado por “motivaciones antisemitas”.
Por su parte, diversas facciones de la derecha política no han dudado en aprovechar estas acusaciones en beneficio propio.
Algunos han empleado las acusaciones de antisemitismo como un mazo contra la izquierda con el fin de, en palabras de Mazower, “vigilar las universidades, poner fin a iniciativas de larga data contra la discriminación y a favor de la diversidad, reafirmar los ‘valores occidentales’ y reafirmar el papel de la religión en la vida estadounidense”.
Otros han recurrido a la retórica antisionista y pro-palestina al servicio de una noción de “valores occidentales” arraigada explícitamente en el nacionalismo cristiano, expresando sospecha y hostilidad hacia los judíos estadounidenses en lugar de afirmar, de forma oportunista, que los protegen.

No cabe duda de que, como afirma Mazower, “los judíos siguen estando entre los grupos que hoy en día son blanco de ataques por ser quienes son”.
El 12 de marzo un hombre embistió con su vehículo el Temple Israel, en Míchigan, y abrió fuego, hiriendo a un guardia de seguridad, antes de quitarse la vida. El sospechoso fue identificado como Ayman Mohamad Ghazali, de cuarenta y un años, nacido en el Líbano; según se informó, cuatro miembros de su familia habían fallecido en un reciente ataque aéreo israelí.
Este fue solo el más reciente de una serie de actos de violencia claramente antisemitas dirigidos contra judíos por el mero hecho de ser judíos, entre los que se incluyen el atentado del Día de Perdón (Yom Kippur) contra una sinagoga en Mánchester (Inglaterra), el tiroteo en Bondi Beach (Australia) y el incendio provocado en una sinagoga de Misisipi.
A veces los agresores expresan su ira por la matanza masiva de palestinos por parte de Israel; en otros casos, como la masacre de 2018 en la sinagoga “Tree of Life” de Pittsburgh, donde fueron asesinadas once personas, los agresores han sido extremistas de derecha con un historial de opiniones supremacistas blancas.
Precisamente porque sigue siendo “un problema persistente”, escribe Mazower, “cualquiera que tome en serio el antisemitismo” debería sentirse “consternado por la confusión que existe en torno al término, por no hablar de su uso excesivo, que amenaza con vaciarlo de significado”.
¿Cómo es que ahora “parece ser algo obvio e incuestionable para mucha gente” que un prejuicio que en su día fue fundamental en la ideología del anticomunismo de extrema derecha resida ahora principalmente en la izquierda? Y si ese sentido común está equivocado, ¿cómo podríamos comprender mejor el funcionamiento de esta intolerancia tan prevalente?
El objetivo original del sionismo
En 1985, el exfiscal general y exjuez del Tribunal Supremo de Israel, Haim Cohn, asistió a un seminario sobre el antisemitismo convocado por el presidente de Israel. A lo largo de tres días, los participantes lamentaron el aumento de los prejuicios antijudíos. “La única nota discordante la aportó Cohn”, informa Mazower.
Se preguntó cómo era posible que la creación de un Estado judío, en lugar de poner fin al antisemitismo, hubiera llevado a que este adoptara nuevas formas. ¿Qué, preguntó, había salido mal? ¿Acaso sus propias premisas eran erróneas? Si era así, ¿qué era realmente el sionismo?
El objetivo original del sionismo, señala Mazower, era normalizar la existencia judía creando una entidad política judía y liberando a los judíos de una persecución que parecía eterna. El apoyo al sionismo creció en proporción directa a la violencia contra los judíos: la primera oleada de asentamientos sionistas laicos en Palestina fue provocada por los pogromos en el Imperio ruso en la década de 1880. La matanza de hasta 100 mil judíos durante la Guerra Civil Rusa, junto con otros pogromos en Europa del Este a principios del siglo XX, fortaleció aún más el movimiento.
En el periodo de entreguerras el antisemitismo se convirtió en un fenómeno generalizado en Europa y, en última instancia, en un principio ideológico fundamental de su país más poderoso, que estuvo a un pelo de convertirse en potencia hegemónica y que asesinó aproximadamente a dos tercios de los judíos del continente.
El resultado fue un drástico cambio demográfico. En 1900, más del 80% de los judíos del mundo vivían en Europa; en 1950, los nazis y sus colaboradores fascistas y nacionalistas habían reducido esa proporción a menos de un tercio.
En 2010, esa cifra había descendido aún más, hasta el 10 por ciento, con alrededor del 80 por ciento residiendo en Israel o en Estados Unidos. Fueron, pues, los acontecimientos en esos dos países los que determinaron cómo se entendía y se vivía el antisemitismo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
En esas décadas los judíos estadounidenses disfrutaron de un notable grado de integración y de una movilidad socioeconómica ascendente. “Las actitudes antisemitas ciertamente no desaparecieron, y los episodios de violencia a pequeña escala indicaban su persistencia”, escribe Mazower, “pero se derribaron las principales barreras discriminatorias en materia de vivienda, empleo y acceso a la universidad”, y a partir de principios de la década de 1960, las investigaciones mostraron que los sentimientos abiertamente antisemitas en el país iban disminuyendo de forma constante.
Los debates sobre el antisemitismo en los primeros veinte años tras la guerra se centraron en gran medida en reducir las barreras que aún persistían. En una conferencia de la ADL sobre antisemitismo celebrada en 1962, señala Mazower, “los participantes se enfocaron principalmente en el extremismo de derecha (que consideraban en declive), el fundamentalismo cristiano y los patrones persistentes de discriminación social y profesional”. Dos temas, señala, “simplemente nunca se mencionaron. Uno era el Holocausto; el otro, Israel”.
El Holocausto: ‘uno de los hechos culturales fundamentales del mundo moderno’
Eso cambiaría muy pronto. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, tal y como lo expresó en 1996 el que fuera presidente del AJC, Robert Rifkind, el Holocausto se convirtió en “uno de los hechos culturales fundamentales del mundo moderno”.
Lo que Rifkind denominó “el papel central que el Holocausto llegó a ocupar en el imaginario de la modernidad” comenzó quizá con las retransmisiones del juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén en 1961, y se aceleró durante las dos décadas siguientes con la publicación de La guerra contra los judíos (1975), de Lucy Dawidowicz; la emisión de la miniserie de la NBC *Holocausto* (1978) y la iniciativa de crear un museo del Holocausto en Washington, D.C.

Sobre este punto, Mazower escribe acertadamente:
Las organizaciones judías estadounidenses, que en su día se habían resistido a los llamados a conmemorar el Holocausto, ahora insistían en ello; los gobiernos israelíes, que antes se mostraban reacios a hablar del pasado, ahora presionaban para que se hiciera. Y el propio Holocausto, un genocidio perpetrado por europeos contra otros europeos, se había convertido de alguna manera en una garantía del compromiso de Estados Unidos con Israel.
Quizá “lo más llamativo de todo”, continúa, “fue cómo la memoria del Holocausto llegó a combinarse con el apego a Israel en el mundo cada vez más diverso y secularizado de la comunidad judía estadounidense como un marcador de identidad étnica”.
Un punto de inflexión crucial a este respecto fue la Guerra de los Seis Días de 1967,[4] que llenó a muchos judíos estadounidenses de un fuerte sentimiento de identificación con Israel. Mazower cita un estudio que el sociólogo Marshall Sklare llevó a cabo en un barrio residencial del Medio Oeste al que denominó de forma anónima “Lakeville”, donde ningún otro acontecimiento de la última década, en palabras de Sklare, había tenido un “impacto equivalente sobre los sentimientos de identidad judía”. Según Sklare, escribe Mazower,
La creación y la existencia de Israel habían devuelto a los judíos estadounidenses lo que él denominaba “un sentido de significado” tras la Segunda Guerra Mundial: al menos para los habitantes de Lakeville, podía parecer que “algo nuevo, puro y bueno había nacido” de aquel genocidio.
Pero si bien Israel era motivo de orgullo, la perspectiva de su destrucción — primero en 1967 y luego durante la guerra árabe-israelí de 1973 — también generó un profundo temor en las comunidades judías, lo que acentuó el sentimiento de que la existencia del Estado era esencial para la diáspora. De este modo, una comunidad judía estadounidense cada vez más integrada y próspera estaba adoptando sentimientos de paranoia y vulnerabilidad que tenían su origen en Israel mismo.
Como señala Mazower, el discurso político de los primeros tiempos en Israel hizo mucho hincapié en la visión bíblica de los israelitas como “un pueblo que habita solo”. Se trataba de una visión que, en las primeras décadas del Estado, adoptaron los historiadores de la escuela de Jerusalén, personificada en Shmuel Ettinger, cuyo libro en hebreo El antisemitismo moderno (1978) presentaba el fenómeno como una reencarnación del eterno odio histórico hacia los judíos.
El académico Robert Wistrich, nacido en la Unión Soviética y formado en el Reino Unido, contribuyó a popularizar esta línea de pensamiento con su descripción en 1992 del antisemitismo como “el odio más prolongado”, destilando una visión casi mítica de la historia judía como una narrativa de persecución implacable.
En un principio Israel se percibía a sí mismo como el punto final de esta narrativa. Pero en la década de 1980, la autopercepción del país se había ensombrecido bajo la influencia de una derecha en ascenso liderada por Menachem Begin[5] — quien se basaba en sus recuerdos del antisemitismo polaco de entreguerras — y de una creciente sensibilidad religiosa que reorientó el sionismo hacia la singularidad de los judíos como pueblo elegido, pero eternamente perseguido. En lugar de verse como la solución al antisemitismo, Israel pasó a percibirse como su blanco principal.
No es de extrañar, pues, que en Estados Unidos “el antisemitismo se fuera vinculando cada vez más a la cuestión de Israel”, como señala Mazower.
La publicación de El nuevo antisemitismo anuncia un cambio
La publicación en 1974 de [el libro en inglés] El nuevo antisemitismo, por los líderes de la ADL Arnold Forster y Benjamin Epstein, anunció ese cambio. Haciendo hincapié en “la necesidad de la existencia de Israel para la seguridad y la supervivencia de los judíos en todo el mundo”, los autores abogaron por una “redefinición de las nociones tradicionales del antisemitismo” para incluir la hostilidad hacia el sionismo.
Los críticos de izquierda de Israel, según ellos, eran los principales culpables. Forster y Epstein señalaron especialmente a los nacionalistas negros, a quienes describieron como antisemitas, en parte porque su apoyo a los luchadores por la libertad en África y su visión de la Guerra de los Seis Días como una empresa “imperialista y sionista” los llevó a expresar simpatía por los palestinos.
Esta dinámica no hizo más que agravarse a medida que se aceleraba el proyecto de asentamientos de Israel en los territorios ocupados tras 1967, con toda la violencia y el racismo — así como la resistencia palestina — que ello conllevaba. La izquierda europea, los liberales estadounidenses y muchos líderes de naciones poscoloniales tomaron nota, y en los años siguientes sus denuncias de la ocupación ganaron en fuerza y en influencia.

En 1975, las naciones árabes, africanas y del bloque soviético apoyaron la famosa resolución de la ONU que declaraba el sionismo “una forma de racismo y discriminación racial” y lo equiparaba al régimen del apartheid sudafricano. Aunque la resolución fue derogada en 1991 como condición para la participación de Israel en la Conferencia de Madrid, tuvo un impacto duradero en quiénes llegarían a considerarse los verdaderos enemigos de los judíos.[6]
Como muestra Mazower, esta transformación en la concepción del antisemitismo se reflejó en profundos cambios en el apoyo de Estados Unidos a Israel. Especialmente tras la caída del comunismo, organizaciones como el AJC y la ADL, junto con el recién creado Centro Simon Wiesenthal de Los Ángeles y la organización UN Watch, respaldada por el AJC, se involucraron cada vez más en “vigilar” los sesgos contra Israel y en llevar a cabo investigaciones sobre el antisemitismo.
En 2004, el Congreso aprobó la Ley de Revisión del Antisemitismo Global, lo que condujo a la creación de la Oficina del Enviado Especial para Supervisar y Combatir el Antisemitismo dentro del Departamento de Estado. Dado que la definición del antisemitismo incluía ahora la “difamación de Israel”, explica Mazower, “los diplomáticos estadounidenses tenían la obligación de actuar en nombre de otra nación”. Dicho de otro modo, también significaba que el antisemitismo — definido como “la denigración de Israel” — se había convertido en algo antiamericano.
(Esta fue la primera de dos partes. La segunda puede encontrarse en la Parte 2.)
NOTAS
[1] Para más información, vea La intolerancia y el odio contra los judíos cobran protagonismo en la corriente principal del Partido Republicano y La intolerancia y el antisemitismo de Tucker Carlson.
[2] El Tratado de Versalles fue un acuerdo de paz firmado el 28 de junio de 1919 que puso fin oficialmente al estado de guerra entre Alemania y la mayoría de las potencias aliadas tras la Primera Guerra Mundial. Obligó a Alemania a aceptar toda la responsabilidad por haber iniciado la guerra y de haber causado todos los daños.
Alemania perdió el 13% de su territorio europeo, incluyendo Alsacia-Lorena, que pasó a manos de Francia, y partes del este de Alemania, que pasaron a Polonia, además de todas sus colonias en ultramar. El ejército alemán se limitó a 100 mil hombres, se prohibió el servicio militar obligatorio y se prohibió la creación de una fuerza aérea y la construcción de grandes buques de guerra. Alemania también se vio obligada a pagar una enorme indemnización económica por daños de guerra.
La clase gobernante de Alemania consideró estas duras condiciones como una humillación, lo que derivó en una profunda crisis económica y la inestabilidad política, que los nazis aprovecharon en su posterior ascenso al poder y causando una segunda matanza interimperialista.
[3] Vea el primer artículo de Bartov en el relato en dos partes: El objetivo judeo-bolchevique, publicado en inglés en el número del 23 de julio de 2026 del The New York Review of Books.
[4] En junio de 1967, tras la “Guerra de los Seis Días” contra varios países árabes, Israel salió victorioso. Se apoderó de amplias zonas, entre ellas Gaza, Cisjordania y dos tercios de los Altos del Golán, territorios que sigue ocupando décadas después. Para más información, vea La tragedia judía encuentra en Israel una secuela sombría.
[5] Menachem Begin fue un político israelí de derechas que fundó los partidos políticos Herut y Likud y fue primer ministro de Israel de 1977 a 1983.
[6] Para más información, vea El sionismo: ‘Una forma de racismo’.
* Vea a continuación el PDF del folleto en inglés de Pete Seidman Los socialistas y la lucha contra el antisemitismo.
** Vea a continuación el PDF del folleto en inglés de George Novack ¿Cómo pueden sobrevivir los judíos? Una respuesta socialista al sionismo.
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Categorías:Política en Estados Unidos