El artículo a continuación fue publicado por primera vez el 28 de julio de 2026 en el sitio web de cubaperiodistas.cu. El autor, Enrique Ubieta Gómez, es editor de Cuba Socialista, la revista teórica del Partido Comunista de Cuba.
Ubieta Gómez habla sobre la actual crisis económica y social en Cuba, las medidas recientes que el gobierno cubano adoptó en un intento de enfrentar esta grave situación, y la coyuntura internacional.
Publicamos este artículo para la información de nuestros lectores. El titular y el texto que siguen son del original. Los subtítulos, las fotos y las notas son de Panorama-Mundial.
Debido a su extensión, publicamos el artículo en dos partes, la segunda de las cuales sigue.
— La redacción de Panorama-Mundial
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(Esta es la segunda de dos partes. La primera puede encontrarse en la Parte I.)
Cuba en la encrucijada del ‘nuevo orden trumpista/fascista’
El diálogo como una operación mediática
No puede entenderse la crisis económica y social por la que atraviesa Cuba si no se ubica en su contexto internacional.
Contexto internacional resumido
A partir del abrupto derrumbe o “desmerengamiento” del llamado sistema socialista, las fuerzas de izquierda han navegado a la deriva.
No me refiero a quienes abjuraron de sus creencias y sintieron vergüenza de haber luchado alguna vez por los desposeídos, como si al caer la Unión Soviéticas y hacerse públicas sus manquedades (nadie habló más de sus éxitos), hubiesen desaparecido la pobreza y la explotación de unos hombres sobre otros y de unos pueblos sobre otros.
Cuba fue la excepción en el hemisferio occidental. “No es que seamos el único país progresista, democrático y revolucionario —afirmaba Fidel en 1992—, es que somos el único país convertido en un islote de Revolución en un mundo prácticamente unipolar, a pocas millas del imperialismo hegemónico, y rodeado de capitalismo por todas partes; en un islote de Revolución entre el Atlántico y el Pacífico”.
Hablo de quienes han persistido en un ideal de justicia social. El unipolarismo de los años noventa llevó a Fidel a la convicción de que no era ya posible la lucha armada como vía para la toma del poder.
El internacionalismo médico (reducido en años posteriores el simbolismo semántico de la palabra al de “colaboración”, más ajustado al lenguaje de las Naciones Unidas) revitalizado por Fidel en Centroamérica y Haití poco antes del triunfo electoral de Chávez, como una manera de construir ideología socialista también hacia lo interno, sin palabras, con hechos, fue parte de la nueva estrategia. “Ejército de batas blancas”, lo llamó.[1]
La irrupción de Chávez en Venezuela por la vía electoral abrió un nuevo camino y una nueva esperanza.
La democracia burguesa finamente tejida para sostener a la burguesía inicialmente revolucionaria en el poder e impedir la llegada a este de los grupos antisistema (de los reaccionarios y de los nuevos revolucionarios), mostraba un gran desgaste y muchos descocidos, y la voluntad popular empezaba a cobrar en las urnas los años de neoliberalismo. Aquella democracia se hizo inservible para la clase que le había dado origen.
Poco a poco fue surgiendo un frente continental (Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina, Brasil, El Salvador, Uruguay, Paraguay, Honduras, más algunas islas del Caribe) progresista, que se caracterizaba sobre todo por su oposición mayor o menor al imperialismo estadounidense y su latinoamericanismo.
Por un momento todo parecía posible: la casi muerte de la OEA y el nacimiento de la CELAC,[2] sin la presencia de los Estados Unidos y Canadá.
Siempre he sostenido la idea de que cada eslabón que se rompe o se agrieta en la cadena que nos mantiene supeditados al imperialismo, aún cuando el golpe provenga de una burguesía nacionalista (que no dejará de ser explotadora hacia lo interno), es un paso para la ruptura del orden internacional que sostiene al capitalismo en su fase actual.
Cuba, desde luego, había hecho una Revolución mucho más profunda, pero la nueva fórmula fue adoptada de inmediato, no solo por las izquierdas latinoamericanas, sino por las europeas.
Se produjo entonces una situación contradictoria: el imperialismo (que no es solo estadounidense) y sus súbditos empezaron a desentenderse de la democracia burguesa que ya no era funcional, mientras acusaba a los estados progresistas de haber roto con ella, porque si esta no sacaba del gobierno a la izquierda intrusa en los cuatro o cinco años siguientes, como se presuponía, evidentemente no funcionaba.
La izquierda empezó a defender el funcionamiento de la democracia burguesa
En sentido inverso, la izquierda empezó entonces a defender el funcionamiento de la democracia burguesa (sin mencionar el apellido, como si fuera la única posible), y su propuesta en esos años no sobrepasó sus marcos estrechos. Cada cierto tiempo se sometía a elecciones burguesas, donde el dinero burgués/imperialista corría como es natural a favor de la oposición entreguista. A pesar de ello, esas izquierdas ganaron sucesivas elecciones (nunca reconocidas por el imperialismo, como era natural), pero se desgastaban cada vez más en el círculo vicioso de una guerra económica y mediática.
La Revolución venezolana fue la más radical en sus transformaciones, con el doble efecto de las misiones sociales y la organización de comunas populares. La alianza de Chávez y Fidel elevó la apuesta internacionalista a planos superiores, con la Operación Milagro, y la conformación del ALBA – TCP.[3]
Desentendido de las normas que exigía, el imperialismo organizó asesinatos, fraudes, golpes judiciales, mediáticos y militares, guerras económicas, demonización de estados y de figuras claves del progresismo y cuando fue posible, su encausamiento jurídico.
En Cuba estábamos pendientes de cada triunfo o derrota electoral burguesa de los candidatos progresistas, y el Noticiero Nacional de televisión declaraba jubiloso que se había producido una “victoria de la democracia” cuando era reelegido uno de ellos, como si en realidad aquella fuese la democracia.
Los partidos revolucionarios, inmersos en la carrera electoral, dejaron de buscar otro tipo de democracia verdaderamente popular y desestimaron, al menos en la práctica, la posibilidad de derrotar y superar al sistema capitalista. En muchos casos, las políticas progresistas de esos gobiernos fueron asistencialistas; otros aplicaron casi las mismas medidas neoliberales que habían combatido.
Mientras el imperialismo inyectaba en la conciencia social la idea de que un buen gobierno dependía únicamente de “una buena persona”, e igualaba a todos los políticos, los de izquierda y los de derecha, definiéndolos como corruptos o no corruptos, los candidatos de la “nueva” izquierda usaban los mismos mecanismos de presentación electoral que la vieja derecha, y sus propuestas no se alejaban mucho de las de sus adversarios. Algunos, temerosos y obedientes, respetaban los límites de lo “políticamente correcto”, y trataban de distanciarse de sus homólogos más audaces o vilipendiados, como Chávez o Fidel, a pesar de lo cual los acusaban de ser chavistas o fidelistas; a nosotros, sin embargo, nos acusaban de no ser como ellos.
El capitalismo vació de su contenido revolucionario y resignificó el discurso de la izquierda, de sus consignas y sus banderas. Y el pueblo dejó de creer en los políticos, en la política y en los partidos de cualquier color.
Se dice que el auge de los sentimientos fascistas y la apatía ante las elecciones reflejan el descreimiento de la gente en la democracia. Es cierto, pero solo si la adjetivamos como burguesa. Los pueblos han dejado de creer, con razón, en aquella democracia. Es necesario que sepa que existe otra democracia, la popular, y que hay que luchar por ella.
El efecto de la pandemia
Entretanto, ocurrió una pandemia que afectó a los países ricos y a los pobres, y que evidenció el fracaso del capitalismo, incluso en los estados de mayor desarrollo económico. El sistema se tambaleó, y los grandes magnates, desnudos, se sintieron horrorizados ante la exposición pública y las posibles consecuencias.
Cuba envió brigadas médicas a más de 40 países, algunos de Europa, como Italia y Andorra y creó tres candidatos vacunales muy efectivos que las grandes trasnacionales farmacéuticas bloquearon.[4]
Sin embargo, nada pasó, quiero decir, nada hizo la izquierda; inmersa en los mecanismos democráticos de la burguesía, ya había interiorizado la imposibilidad de derrotarlo. Por un instante, parecía posible que de aquel desastre emergiera un mundo nuevo, más justo. Ante la parálisis de la izquierda revolucionaria, la derecha regresó ajustando sus mecanismos de control, restringiendo aún más los derechos de los trabajadores.
La guerra económica entre las grandes potencias se intensificaba. China emergía como un poderoso centro alternativo capaz de disputar la hegemonía global a los Estados Unidos. Incluso durante la pandemia fue la única economía que creció de manera constante.
En 2010 se constituyó formalmente una asociación económico–comercial alternativa al G-7, integrada por economías emergentes de enorme potencial: los BRICS (las iniciales de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, más otro grupo de países que se han sumado con posterioridad). Esta asociación empezó a utilizar las monedas nacionales de sus respectivos países en sus transacciones comerciales, prescindiendo del dólar estadounidense. La hegemonía del imperialismo occidental estaba seriamente amenazada.
La pandemia de Covid-19 surgida en 2020 se extendió hasta el 2023. Ya en sus últimos meses, el imperialismo, liderado por los Estados Unidos, iniciaba la contraofensiva.
El fuego de la guerra se extendía rápidamente: en Ucrania, con el propósito no conseguido de debilitar a Rusia (2022) alentado y auspiciado por la OTAN; en Gaza (2023), donde el gobierno sionista de Israel perpetra impunemente un genocidio contra su población civil, con el apoyo europeo y estadounidense, que ya ha cobrado la vida de más de 73 000 seres humanos, con incursiones en Líbano y Siria; y más recientemente en Irán (2026) por fuerzas conjuntas de Israel y Estados Unidos.
Pero el regreso del convicto Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos en 2025 marcaría un punto de inflexión en las relaciones políticas internacionales. Si la democracia burguesa ha estado desde hace décadas enferma de muerte, la llegada de Trump ha dado el golpe final al viejo orden internacional establecido por las potencias triunfantes de la II Guerra Mundial.
El imperialismo ha comprendido que solo puede sostener su hegemonía mediante la fuerza bruta, el chantaje y la extorsión, métodos nada nuevos, pero que hoy se aplican sin disfraces o convenientes excusas. Los Estados Unidos han declarado que en lo adelante no se someterán a las normas de convivencia de las Naciones Unidas y que harán valer a como dé lugar sus intereses imperiales.
La respuesta de Carney
El primer ministro de Canadá Mark J. Carney, fue brutalmente honesto y cínico al describir la situación creada:
“Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. (…) Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima.
“Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas”.
Y sentenciaba:
“Los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben. Este aforismo de Tucídides[5] se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose”.
Pareciera que el Nuevo Orden más justo que pedíamos los países del Sur ha sido definitivamente sustituido por la ausencia de todo orden. Los países arriban a la fase vergonzante de “portarse bien”.
Los pueblos reclaman cambios profundos pero no tienen un horizonte al que asirse y no confían en los políticos y en los partidos que solo piensan en sobrevivir.
El fascismo en cambio propone cambios “profundos” en el peor de los sentidos, y atrae a un segmento desesperado de la población.
Pero el propio Carney advierte: “ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad. No lo hará”.
Si Europa está postrada, ¿qué podríamos decir de los países latinoamericanos donde el fraude anunciado y la presión económica han impuesto a gobernantes títeres?
Por otra parte, los BRICS, que necesitan como aliado al movimiento antimperialista, no por convicción ideológica, sino porque es una importante herramienta de presión, no se han mostrado unidos. La ausencia de una ideología común o de una actitud que no se limite al beneficio inmediato de cada miembro por separado, ha producido costosas inconsecuencias en su seno y pueden frustrar su capacidad para imponer un orden multilateral.
Cuba es más que nunca una isla (un islote decía Fidel en 1992). Ha recibido apoyos importantes de China y Vietnam, así como de Rusia, pero tendrá que valerse por sí misma.
El 3 de enero de 2026 la resistencia de América Latina se fracturó en Caracas. Treinta y dos cubanos ofrendaron sus vidas por la Revolución bolivariana y latinoamericana, pero sobre todo por Cuba.[6] No traicionaremos a esos heroicos combatientes.
El imperialismo avanza cada vez más y el mundo parece retroceder, bajar la cabeza, guardar silencio. Construye una Falange internacional fascista, para supuestamente combatir el terrorismo de izquierda.
Ha situado a Cuba como la capital del comunismo mundial, que ellos califican de terrorista.[7]
No habrá mucho tiempo ni pretendientes para las reformas. Si bien la lucha armada no era ya el camino, como advirtiera Fidel, es posible que el imperialismo nos obligue a retomarla. La historia de Cuba nos reclama, nos exige. En el centenario de Fidel,[8] su consigna resuena más alto que nunca: ¡Socialismo o Muerte! Porque no siempre la muerte es una derrota, a veces es la única manera de vencer.
NOTAS
[1] Para más información sobre Barrio Adentro, el nombre de las misiones médicas internacionalistas de Cuba en Venezuela, vea Médicos cubanos prestan servicios gratuitos en barrios obreros, rurales y Expanden programas Barrio Adentro, publicados por primera vez en las ediciones de noviembre de 2003 y de abril de 2004 de la revista mensual Perspectiva Mundial.
[2] La Organización de Estados Americanos (OEA) fue fundada el 30 de abril de 1948 en Bogotá, Colombia, pero tiene su sede en Washington, D.C. Fue creada por iniciativa del gobierno de Estados Unidos como una alianza dedicada supuestamente a defender la democracia burguesa. Pero la OEA no ha rehuido a darle la bienvenida a varias dictaduras como estados miembros. Al mismo tiempo, la OEA expulsó a Cuba tras la revolución de ese país en 1959.
CELAC es el acrónimo en español de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe. CELAC es un bloque regional creado el 3 de diciembre de 2011 en Caracas, Venezuela. Comprende 33 naciones miembros que representan aproximadamente a 650 millones de personas en Centroamérica, Sudamérica y el Caribe, sirviendo como un foro de diálogo político distinto al de la OEA porque excluye a Estados Unidos y Canadá.
[3] Para más información sobre la “Revolución Bolivariana” de Venezuela, vea Las elecciones en Venezuela: ¿Un fraude anunciado?
La Misión Milagro fue un programa internacional conjunto de salud humanitaria lanzado en julio de 2004 por los gobiernos de Cuba (liderado por Fidel Castro) y Venezuela (liderado por Hugo Chávez) para proporcionar cirugías oculares gratuitas y tratamiento médico a personas que sufren de ceguera prevenible o de otras discapacidades visuales como cataratas.
La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio Popular (ALBA-TPC), es un bloque político y económico fundado en 2004 por Venezuela y Cuba para promover la integración social, política y económica en América Latina y el Caribe. Se enfoca en el bienestar social y la ayuda mutua en lugar del capitalismo de “libre mercado”. Hoy día las 10 naciones con membresía plena son Antigua y Barbuda, Bolivia, Cuba, Dominica, Granada, Nicaragua, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, y Venezuela.
[4] Para más información, vea Cuba da el ejemplo al enfrentar a la pandemia.
[5] Tucídides (460 – 400 a.C.) fue un historiador y comandante militar en la antigua Grecia. Escribió la Historia de la Guerra del Peloponeso, que describe la amarga lucha del siglo V a.C. entre las ciudades-estado de Atenas y Esparta. Es famoso por haber rechazado mitos y la intervención divina, lo que le valió el título de “padre de la historia científica”.
[6] Los 32 cubanos es una referencia a los combatientes cubanos muertos durante el asalto de Estados Unidos contra Venezuela el 3 de enero de 2026. Murieron intentando proteger al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores.
[7] Para más información, vea La diatriba de Rubio contra Cuba: Un ataque macartista a los derechos democráticos.
[8] El 13 de agosto de 2026 marcó el centenario del nacimiento de Fidel Castro.
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Categorías:Cuba/Solidaridad con Cuba