La guerra tras bastidores entre Israel e Irán estalló el 1 de abril, cuando Israel realizó un ataque aéreo contra parte de la embajada de Irán en Damasco, Siria, que mató a siete altos comandantes del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica. Después de eso, por primera vez, Irán e Israel intercambiaron ataques aéreos directos al territorio del contrincante, en una confrontación que planteaba el peligro de una guerra regional a gran escala. Ambos gobiernos, sin embargo, se alejaron del borde del precipicio cuando, en respuesta al voluminoso pero ineficaz bombardeo de cohetes que Irán lanzó en su contra, Israel decidió responder lanzando un ataque limitado contra objetivos cerca de Isfahán. Habiendo evitado un conflicto militar directo de mayor envergadura, ambos países retornaron a su larga guerra tras bastidores, donde la estrategia de Irán es armar y dirigir milicias aliadas como Hezbolá, mientras que Israel lleva a cabo ataques militares contra unidades patrocinadas por el IRGC en Líbano y Siria. Estos acontecimientos también iluminan cómo Teherán pretende “apoyar” la lucha de liberación palestina. El régimen clerical adopta esa postura política para apuntalar su control dictatorial del poder en Irán, y para mantener su influencia reaccionaria a través de ejércitos subalternos en todo el Medio Oriente. Algunos palestinos en los territorios ocupados, así como muchos trabajadores y otros residentes en Irán, están empezando a comprender que no es más que grandilocuencia, y la han comenzado a rechazar abiertamente