“Este mes viajé a Cuba”, escribe Gerardo Delgado, un cubanoamericano que vive en Miami, Florida, que participó en el Convoy Nuestra América. “Como cubanoamericano, esa frase lleva el peso de un anhelo nacido de un distanciamiento de mis raíces. Durante gran parte de mi vida, Cuba existió como un cuento lejano, un lugar que sólo conocía por las descripciones de mi padre. Fui como parte de un convoy de solidaridad internacional; más de 500 representantes de más de 30 países, unidos por una simple convicción: ningún país tiene el derecho a estrangular a otro simplemente porque eligió un camino diferente. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras asfixian a la isla que es patrimonio de mi familia”.